El racismo germánico no puede soportar la supremacía civilizatoria de España y lleva, por lo tanto, siglos inventando mentiras, expandiendo la Leyenda Negra y tratando de borrar de la Historia las enormes aportaciones de España al mundo.
Esto sucede también con el descubrimiento de América que, con toda la pompa y fanfarria posible tratan de arrebatar a España para entregárselo a los vikingos, pueblo convenientemente ario. Usan para ello el controvertido yacimiento de L´Anse aux Meadows que, aun resultando cierto y no políticamente malinterpretado, no vendría a significar otra cosa que el resultado fracasado de una navegación a ciegas sin ningún valor cultural. Una simple deriva en nada comparable a la preparación científica que significó el viaje de Colón.
No obstante, para atajar las ínfulas racistas y propagandísticas de los que ensalzan a Leif Erikson como «descubridor» de América en detrimento de nuestro Cristóbal Colón, bastan solo un par de preguntas: ¿ cuanta gente habla danés, noruego o sueco en América como idioma natal? ¿ Cuanta habla español?…Poco hay más que decir.
En cuanto a las insidias vertidas contra la acción española en América basta preguntar: ¿en qué parte queda más población indígena y mestiza, en la española o en la anglosajona? ¿ Quienes fundaron los primeros hospitales y universidades en América?
España transmitió la civilización a América por mucho que los anglosajones y los traidores de las naciones hispánicas intenten negarlo. España llevó a cabo una misión divina, quien la combate abraza el mal y se enfrenta al bien.
No voy a entrar en asuntos políticos ni a incidir en lo evidente (lo cerquísima que nos encontramos de una tercera guerra mundial), prefiero centrarme en materias culturales e históricas.
En estos momentos en los que el Estado de Israel se ve obligado, una vez más, a defenderse frente al radicalismo islámico y la xenofobia árabe, en los que ha comenzado una nueva guerra, me viene a la memoria una operación especial que tuvo lugar durante la guerra de los Seis Días en 1967 y que todavía hoy tiene consecuencias culturales y científicas de amplio rango. Se trata de una operación poco conocida que me limitaré a resumir.
Entre 1947 y 1956 se encontraron, primero en cuevas sitas en la localidad cisjordana de Qumrán, después en otra docena de los alrededores, hasta 972 manuscritos religiosos judíos en casi perfecto estado de conservación. Los famosos Manuscritos del Mar Muerto.
En ese momento Samaría, la actual Cisjordania, se encontraba bajo control del Reino de Jordania, uno de esos Estados artificiales que el imperialismo inglés puso bajo dominio de la dinastía hachemí de La Meca para asegurar, entre otras cosas, el predominio de los Sauditas en Arabia, y todos aquellos manuscritos acabaron en el Museo Rockefeller establecido en Jerusalén Este, es decir: bajo control árabe, lo que se tradujo en el hecho beligerante y contrario a los usos académicos y científicos de impedir que los expertos israelíes pudieran estudiarlos debidamente.
Cuando en junio de 1967 Egipto, Jordania, Siria, Líbano, Irak y Arabia Saudí pretendieron aniquilar al Estado de Israel siendo vergonzosamente derrotados en apenas seis días de combate, algunos de los historiadores israelíes, implicados como la mayor parte de la sociedad en la defensa política y militar de su país y situados en puestos de responsabilidad estratégica aprovecharon para incluir una operación especial de rango cultural en las operaciones de defensa y contrataque.
Una de las prioridades de Israel era recuperar la ciudad vieja de Jerusalén y con ella todo el alfoz de Jerusalén Este y se aprovechó al ataque árabe para hacerlo.
El general Mordechai Gur penetró con la 55 Brigada Paracaidista del Ejército de Israel por la Puerta de los Leones en la Ciudad Vieja de Jerusalén y ocupó tras tres días de combates todo el territorio ambicionado por Israel en aquella zona. Entre sus misiones se contaba la de ocupar el Museo Rockefeller y hacerse con los manuscritos del Mar Muerto sin que sufrieran ningún daño para trasladarlos al Museo de Israel fundado en 1965.
De este modo Israel, en el transcurso de una guerra territorial por la supervivencia se las apañó también para recuperar parte de su patrimonio cultural hasta entonces en manos de sus enemigos.
La guerra presenta siempre oportunidades para los audaces. El valor, la previsión y la fortuna suelen caminar de la mano.
FERNANDO I DE ARAGÓN, DE LA CASA DE TRASTÁMARA. DESDE ÉL LA GRANDEZA DE ARAGÓN FUE ADAPTARSE A LA LENGUA COMÚN DE LA GRANDEZA ESPAÑOLA, EL CASTELLANO.
Soy aragonés. Nacido en Zaragoza. Y afirmo con absoluta firmeza que la llamada fabla es un chiringuito inventado del que quieren vivir unos cuantos sinvergüenzas contrarios a la unidad de España.
No niego que en las zonas remotas y atrasadas del Pirineo queden reductos dialectales a extinguir por la misma naturaleza del idioma como medio de comunicación. El idioma es una necesidad elemental y, por lógica, los idiomas grandes acaban imponiéndose a los dialectos cuya supervivencia es innecesaria.
Cuando es preciso, como sucedió en las provincias vascas y en Cataluña, y sucede en Aragón, enseñar un idioma que nadie hablaba, es que no nos referimos a un idioma sino a un invento político con finalidades precisas: la desunión, la destrucción de España. El afianzamiento de oligarquías locales a costa de los caudales públicos. En otras palabras: traición y corrupción, males ambos que deben ser desgajados del cuerpo social y político con la máxima energía y diligencia.
Hoy he tenido que avergonzarme al ver como un indocumentado de esos que se llaman de izquierdas y se hacen las víctimas para beneficiarse del pesebre público ha dado un triste espectáculo en el Congreso hablando en una lengua inventada (lo que hay en el Pirineo solo son dialectos residuales y lo que se llama fabla aragonesa es tan solo una «reconstrucción» académica con fines políticos separatistas) y diciendo representar a Aragón.
Una de las grandezas históricas de Aragón fue asimilar pronto la lengua común, el castellano, para contribuir a la unidad y grandeza de España. Los defensores de la supuesta fabla atentan directamente contra esa grandeza, contra la historia, la cultura y deben ser tachados de corruptos y traidores. Lo digo alto y claro. No solo no representan a Aragón, deben ser castigados con la máxima celeridad por antiespañoles y antiaragoneses.
Añadiré, además, que aquellos de regiones periféricas y atrasadas como la vasca, la catalana o la gallega que no se adaptaron a tiempo a la lengua común de la grandeza española, lejos de estar orgullosos deberían sentirse avergonzados por su ignorancia y su atraso. Tiempo llegará de restablecer el orden. Por desgracia antes España deberá cumplir su preprogramado destino de Estado fallido. Luego nos despacharemos a gusto.
Resulta triste decirlo, pero es verdad: en España carecemos de historiadores. Nos sobran los propagandistas y los apologistas, pero nos faltan historiadores. Incluso aquellos con más fama y que presentan trabajos sesudos y bien documentados que pueden llegar a dar el pego, una vez examinados a fondo, acaban delatándose como garantes de una ortodoxia política bien definida. Eso se debe, entre otras cosas, a que en España nunca, y digo nunca, ni siquiera ahora, ha existido una verdadera democracia. Tan solo un régimen oligárquico que muta en el accidentalismo, pero mantiene fuertemente sujetas las riendas de todas las instituciones del Estado, desde las judiciales a la universidad.
Se dirá que podemos recurrir a los hispanistas externos, pero estos son mayoritariamente anglosajones o están imbuidos de su ideología y, por lo tanto, también son botarates de facción. De Inglaterra no puede llegar ninguna interpretación ni explicación útil de la historia de España, tan solo la deformada por los intereses e ideología de nuestro enemigo tradicional.
También se dirá que existen diversidad de opiniones entre los historiadores patrios y que eso garantiza y justifica la existencia de una democracia. Falso. Solo existen facciones, sectas. Están, por un lado, los propagandistas nacional-católicos (entre los que se andan infiltrando desde hace un cuarto de siglo los pagados por el ultraliberalismo anglosajón y judeo-protestante) y, por otro, los liberal-progresistas. Una de estas dos Españas artificiales y al servicio de ideologías externas ha de helarte el corazón, españolito. Y ambas deben ser barridas radical e inmediatamente de nuestro panorama intelectual, historiográfico, político y social.
Actualmente la facción más en boga es la liberal-progresista e impera su sesgada perspectiva fáctica. Por eso tenemos una visión determinada y manipulada de los acontecimientos sociales y políticos de nuestra Historia y no otra.
Consecuentemente, en esto, como en todo, soy absolutamente partidario de replantear desde la base nuestra perspectiva del siglo XX (y del XIX) para encontrar un futuro viable en el XXI.
Dominando la facción liberal-progresista del estamento universitario-historiográfico y en los medios de comunicación, obviamente cualquier alusión al concepto de patria y de perpetuación de la esencia de España a lo largo de la Historia es despreciado y perseguido. Cualquier movimiento que no se estime protagonizado por siglas de izquierda o por un «pueblo» dirigido y manipulado por estas, se demoniza. Así las cosas, los golpes de Estado destinados a mantener la unidad y la continuidad de España son siempre tratados negativamente.
Sin embargo, esa perspectiva llena de prejuicios e intereses políticos debe cambiar sin caer en el otro sesgo: el derechista. Debemos analizar nuestra Historia no desde la ideología, sino desde la madurez y la sensatez.
Por ese motivo quiero dedicarle, ahora que va a cumplirse el centenario, una breve mirada al golpe de Estado del general Primo de Rivera, en septiembre de 1923.
Lo primero que hay que decir es que el golpe era necesario.
La huelga de la Canadiense en 1919 había quebrado por completo al Estado otorgándole a la CNT (que había purgado a sus elementos lerrouxistas para imponer a los anarquistas) esperanzas de poder derribarlo en breve y conseguir una subversión que hubiera dado al traste con el país. El golpe de Primo de Rivera lo impidió asegurando la continuidad de España.
Por otro lado, el desastre de Annual en 1921 había supuesto un duro revés para la recuperación de España como nación viable y potencia media en auge. Era preciso restablecer la situación y Primo de Rivera lo consiguió con el desembarco de Alhucemas en 1925 y la derrota de Abd el Krim en 1926.
Lo segundo que hay que decir es que el golpe estaba condenado al fracaso desde antes de producirse.
Por mucho que el general Primo de Rivera se acomodase al mito del «cirujano de hierro» que venía a cortar por lo sano y salvar a una España moribunda que había puesto en circulación Joaquín Costa, no podía verse limitado por su propia naturaleza. El general Primo de Rivera era un hombre del régimen de 1876, del turnismo caciquil sobre el que se había impuesto la avaricia desprejuiciada y escasamente inteligente de Alfonso XIII. Cuando Primo de Rivera hablaba de «salvar España» apenas era consciente de que estaba diciendo «salvar a la oligarquía corrupta que dominaba el país desde el golpe anterior del general Martínez Campos en 1874». Con dicha limitación conceptual poco podía hacer en pro de la comunidad nacional.
Además, convertir un golpe necesario en una mala imitación del fascismo mussoliniano no podía conducir a nada útil. Si al menos la mascarada se hubiera llevado con eficacia…pero Primo de Rivera carecía de arraigo social y político para replicar una Marcha Sobre Roma. Lo más que pudo hacer fue trasladarse en tren desde Barcelona a Madrid con la aquiescencia del rey y de los demás capitanes generales.
Lógicamente, cuando trató de organizar un partido único, la Unión Nacional, a imagen del Movimiento Nacional Fascista, fracasó también. Seguía careciendo de base social y la Unión Nacional nació endeble, raquítica y trufada de arribistas y corruptos.
En resumen: el golpe de 1923 era necesario, pero estaba condenado al fracaso por falta de base social y por su visión limitada que, lejos de englobar a toda la nación, venía a identificarla con los caciques y los poderes fácticos del régimen. Por eso, aunque fue útil (limitó la agitación social y puso freno a los movimientos disolventes, restauró el prestigio y el poder de España en África…) acabó fracasando.
El General Espartero, regente de España (1840-1843), a pesar de ser liberal, sabía que, para que España funcione debidamente, hay que bombardear Barcelona y acallar a las oligarquías provinciales regularmente. Lo dijo alto y claro. Fernando II de Aragón y el conde duque de Olivares opinaban igual. De hecho, es la primera norma de una España fuerte: unidad frente al cantonalismo.
La única función del lenguaje es la comunicación. Por lo tanto, la tendencia histórica natural es la integración de los hablantes en grandes isoglosas, a menudo mediante procesos políticos de carácter imperialista (nos guste o no, el imperialismo ha sido siempre un método de expandir la civilización e implementar la ecúmene que debe conducir a la paz universal). Quienes, con cualquier excusa, van en contra de este proceso natural y beneficioso para la humanidad, son elementos retrógrados y desechables que en caso alguno deben ser escuchados y atendidos y sí eliminados a la mayor brevedad.
En España, ya lo sabemos, debido a la debilidad prefabricada por nuestros enemigos del régimen ilegítimo de 1978 y la persistencia del federalismo liberal incardinado desde 1874 en las corrientes izquierdistas hábilmente manipuladas desde los años veinte del siglo pasado por Moscú y desde los sesenta por Pequín, estamos recorriendo precisamente el camino inverso. Desde la unidad idiomática a la atomización. Lo que significa, en la práctica, que avanzamos desde el proyecto nacional hacia un mosaico de taifas manejadas por corruptas oligarquías provinciales. Madrid en 2023 es Córdoba en 1031.
No pasa nada. Únicamente hay que traer a colación la guerra cantonal de 1873-1874 y tener el cuajo de hacer una limpieza profunda durante la misma. Los cánceres solo se curan cortando por lo sano. Habrá que hacerlo.
Mientras tanto, estamos asistiendo a un esperpento más de este régimen ilegítimo y en declive. La vicepresidenta de un Gobierno en funciones entrevistándose con un traidor a España sin ser encarcelada ni destituida y el Parlamento plegándose a la atomización lingüística impulsada por los traidores a la nación.
No quiero desbarrar ni dejarme llevar por la justa indignación del patriota (tiempo habrá cuando el Estado colapse de reconstruirlo con la energía y las ejecuciones necesarias), plantearé el asunto en términos lógicos.
Hablamos del Parlamento…es decir: de una institución pensada para hablar y entenderse. Lógicamente un parlamento debe desarrollarse en un solo idioma, porque es el método mejor para que todos puedan explicarse y entender las razones del otro. Si a un parlamento lo sometes a la atomización lingüística, por mucho que contrates traductores y compres pinganillos, lo estás pervirtiendo, prostituyendo y privándolo de su razón de ser. Deja, por lo tanto, de ser un Parlamento.
No es que el Parlamento español sirva para mucho, pero en el momento en que se admitan en él otras lenguas que no sean la nacional, el español, habrá dejado de existir, aunque sus miembros sigan cobrando del Estado y tratando de vendernos la burra de la constitucionalidad y la legitimidad institucional. Será un paso más hacia la destrucción.
Y, no nos asustemos, por lo tanto un paso más hacia la necesaria reconstrucción.
Esperanza y combate, amigos: esperanza y combate.
Recordemos a Garci Ximénez y el modo en que de la nada puede reconstruirse un reino.