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CEUTA Y LA ANTIESPAÑA

La izquierda antiespañola (que es toda al menos desde 1833) siempre anda entonando jeremiacas e hipócritas lamentaciones acusando a los defensores de España de fascistas, ultras, xenófobos y demás descalificativos del canon (o manual) habitual de su sanedrín oculto cuando, después de un desaguisado provocado por su incompetencia o su abierta traición (como lo sucedido en Ceuta en el verano de 2026), los verdaderos patriotas se ponen manos a la obra para restablecer el orden.

Ahora andan, ciertos medios de todos conocidos y cuyos dirigentes e integrantes deberán ser juzgados y castigados por traición cuando por fin derribemos el ilegítimo régimen que les permite existir, lloriqueando porque los ceutíes, hartos de sus mentiras y de sus retorcidas acusaciones, les increpen. Le sucede lo mismo a ciertas ONG que, en plena invasión de territorio español, se dedican a defender y ayudar a los invasores traicionando con ello a España y los españoles.

En situaciones como esta es preciso dibujar con plena claridad cual es la realidad: España ha visto invadido su territorio en una operación de guerra híbrida llevada a cabo por Marruecos con la aquiescencia y el apoyo oculto del enemigo estadounidense. Muchos de los invasores engañados volvieron a Marruecos por su propia voluntad, pero han quedado los irreductibles, que ocupan el territorio español, suponen una carga para el Estado y la sociedad (a la que no han contribuido ni contribuirán) y sirven a sus amos extranjeros en contra de la soberanía y estabilidad de España. Son enemigos de España dentro del territorio español. Estamos en una situación de guerra híbrida en la que nos jugamos la soberanía de nuestra patria, un territorio que debería considerarse como inviolable y sagrado, y en esa tesitura, sumándose a la indolencia culpable del Gobierno social-comunista que padecemos, ciertos medios patrios, de idéntica tendencia, salen a defender a los invasores y a insultar a los españoles (por lo visto, defender a tu patria, tu territorio, las calles que deberían transitar tranquilamente tus hijos, tus servicios públicos, tu pertenencia a España es convertirse en un ultraderechista peligroso, en un xenófobo poseído por el odio). Lo mismo sucede con determinadas ONG sufragadas por el Estado (y algunos Estados enemigos) que aparecen para alimentar, defender, asesorar y hasta armar a los invasores. ¿Alguien se extraña de que estos periodistas y «activistas» sean percibidos por el pueblo como enemigos y, por lo tanto, increpados?

Estamos sufriendo una invasión, un ataque por parte de Marruecos y Estados Unidos y los invasores que han decidido permanecer en Ceuta no son seres inocentes (les vemos violando a sus propias mujeres, a menudo niñas, atacando patrullas militares, robando, negándose a marchar del territorio invadido, empecinados en mantener su vinculación al islam, que es incompatible con la civilización europea…), pero son preferidos por ciertos medios de comunicación, por ciertas organizaciones presuntamente benéficas, pero de lealtades dudosas y por ciertas organizaciones políticas a la integridad de España y a los intereses de los españoles, que son insultados y acosados por esas instancias cuando osan defenderse. ¿Cómo debemos interpretar esta situación? Solo cabe una interpretación: como traición (y como tal deberá juzgarse y hacerse pagar en el futuro).

Pero tampoco supone ninguna sorpresa. La izquierda española siempre fue antiespañola. Recordemos que ya en 1909 los traidores anarquistas de la CNT montaron motines y disturbios (la Semana Trágica de Barcelona) en connivencia con los republicanos y los independentistas catalanes para intentar evitar que España recuperara su pulso y defendiera sus fronteras con el establecimiento del protectorado en el norte de Marruecos. Recordemos que en 1922-1923 el filibusterismo parlamentario del PSOE y los republicanos, apoyados en la calle por los anarquistas, costó más vidas de soldados españoles que el desastre de Annual (1921) por el mero hecho de que todos los diputados socialistas de la época estaban a sueldo del traidor y especulador socialista Horacio Echevarrieta, que tenía intereses en el chiringuito que nuestro enemigo y traidor Ab el-krim había montado en torno a la capital de su insurrección en la bahía de Alhucemas.

Fue tal el daño que causó aquella constante traición del PSOE en 1922-1923 que fue necesario que el general Primo de Rivera diera el golpe de Estado de 1923 para organizar a continuación el desembarco de Alhucemas (1925) acabando con la insurrección en nuestro protectorado.

Más tarde, en 1931, el PSOE (como sigue haciendo con las llamadas Leyes de Memoria Democrática) falseó la historia culpando al rey y al general Fernández Silvestre de graves cargos en 1921 y haciendo olvidar sus crímenes de 1922-1923.

Cien años después seguimos igual.

Si queremos defender la integridad territorial de España, lo he dicho aquí hasta el aburrimiento, debemos, por un lado, acabar con el ilegítimo e ineficaz régimen de 1978 que nos conduce a la condición de Estado fallido y por otro hacer una intensa y generalizada limpia de enemigos interiores, tanto de partidos e instituciones (sindicatos, ONG, asociaciones diversas…) como de individuos claramente escorados a la anti-España. Urge ya hacerlo.

Lo digo sin odio, pero con total convicción.

© Fernando Busto de la Vega.

EL GOLPE DE PRIMO DE RIVERA (1923)

Resulta triste decirlo, pero es verdad: en España carecemos de historiadores. Nos sobran los propagandistas y los apologistas, pero nos faltan historiadores. Incluso aquellos con más fama y que presentan trabajos sesudos y bien documentados que pueden llegar a dar el pego, una vez examinados a fondo, acaban delatándose como garantes de una ortodoxia política bien definida. Eso se debe, entre otras cosas, a que en España nunca, y digo nunca, ni siquiera ahora, ha existido una verdadera democracia. Tan solo un régimen oligárquico que muta en el accidentalismo, pero mantiene fuertemente sujetas las riendas de todas las instituciones del Estado, desde las judiciales a la universidad.

Se dirá que podemos recurrir a los hispanistas externos, pero estos son mayoritariamente anglosajones o están imbuidos de su ideología y, por lo tanto, también son botarates de facción. De Inglaterra no puede llegar ninguna interpretación ni explicación útil de la historia de España, tan solo la deformada por los intereses e ideología de nuestro enemigo tradicional.

También se dirá que existen diversidad de opiniones entre los historiadores patrios y que eso garantiza y justifica la existencia de una democracia. Falso. Solo existen facciones, sectas. Están, por un lado, los propagandistas nacional-católicos (entre los que se andan infiltrando desde hace un cuarto de siglo los pagados por el ultraliberalismo anglosajón y judeo-protestante) y, por otro, los liberal-progresistas. Una de estas dos Españas artificiales y al servicio de ideologías externas ha de helarte el corazón, españolito. Y ambas deben ser barridas radical e inmediatamente de nuestro panorama intelectual, historiográfico, político y social.

Actualmente la facción más en boga es la liberal-progresista e impera su sesgada perspectiva fáctica. Por eso tenemos una visión determinada y manipulada de los acontecimientos sociales y políticos de nuestra Historia y no otra.

Consecuentemente, en esto, como en todo, soy absolutamente partidario de replantear desde la base nuestra perspectiva del siglo XX (y del XIX) para encontrar un futuro viable en el XXI.

Dominando la facción liberal-progresista del estamento universitario-historiográfico y en los medios de comunicación, obviamente cualquier alusión al concepto de patria y de perpetuación de la esencia de España a lo largo de la Historia es despreciado y perseguido. Cualquier movimiento que no se estime protagonizado por siglas de izquierda o por un «pueblo» dirigido y manipulado por estas, se demoniza. Así las cosas, los golpes de Estado destinados a mantener la unidad y la continuidad de España son siempre tratados negativamente.

Sin embargo, esa perspectiva llena de prejuicios e intereses políticos debe cambiar sin caer en el otro sesgo: el derechista. Debemos analizar nuestra Historia no desde la ideología, sino desde la madurez y la sensatez.

Por ese motivo quiero dedicarle, ahora que va a cumplirse el centenario, una breve mirada al golpe de Estado del general Primo de Rivera, en septiembre de 1923.

Lo primero que hay que decir es que el golpe era necesario.

La huelga de la Canadiense en 1919 había quebrado por completo al Estado otorgándole a la CNT (que había purgado a sus elementos lerrouxistas para imponer a los anarquistas) esperanzas de poder derribarlo en breve y conseguir una subversión que hubiera dado al traste con el país. El golpe de Primo de Rivera lo impidió asegurando la continuidad de España.

Por otro lado, el desastre de Annual en 1921 había supuesto un duro revés para la recuperación de España como nación viable y potencia media en auge. Era preciso restablecer la situación y Primo de Rivera lo consiguió con el desembarco de Alhucemas en 1925 y la derrota de Abd el Krim en 1926.

Lo segundo que hay que decir es que el golpe estaba condenado al fracaso desde antes de producirse.

Por mucho que el general Primo de Rivera se acomodase al mito del «cirujano de hierro» que venía a cortar por lo sano y salvar a una España moribunda que había puesto en circulación Joaquín Costa, no podía verse limitado por su propia naturaleza. El general Primo de Rivera era un hombre del régimen de 1876, del turnismo caciquil sobre el que se había impuesto la avaricia desprejuiciada y escasamente inteligente de Alfonso XIII. Cuando Primo de Rivera hablaba de «salvar España» apenas era consciente de que estaba diciendo «salvar a la oligarquía corrupta que dominaba el país desde el golpe anterior del general Martínez Campos en 1874». Con dicha limitación conceptual poco podía hacer en pro de la comunidad nacional.

Además, convertir un golpe necesario en una mala imitación del fascismo mussoliniano no podía conducir a nada útil. Si al menos la mascarada se hubiera llevado con eficacia…pero Primo de Rivera carecía de arraigo social y político para replicar una Marcha Sobre Roma. Lo más que pudo hacer fue trasladarse en tren desde Barcelona a Madrid con la aquiescencia del rey y de los demás capitanes generales.

Lógicamente, cuando trató de organizar un partido único, la Unión Nacional, a imagen del Movimiento Nacional Fascista, fracasó también. Seguía careciendo de base social y la Unión Nacional nació endeble, raquítica y trufada de arribistas y corruptos.

En resumen: el golpe de 1923 era necesario, pero estaba condenado al fracaso por falta de base social y por su visión limitada que, lejos de englobar a toda la nación, venía a identificarla con los caciques y los poderes fácticos del régimen. Por eso, aunque fue útil (limitó la agitación social y puso freno a los movimientos disolventes, restauró el prestigio y el poder de España en África…) acabó fracasando.

© Fernando Busto de la Vega.