Como Marco Aurelio, yo también creo que todo es opinión.
Pero, me pregunto que hubiera sucedido si a Marco Aurelio le hubieran hecho convivir quince días con un cadáver. Él podría opinar y hasta decretar que estaba vivo, no obstante los carroñeros y las moscas, además de opinar lo contrario, lo demostrarían sobradamente con su actividad así como los restantes efectos, nunca agradables, de la putrefacción.
En estos tiempos que corren hemos contemplado hasta la saciedad como se defienden opiniones contra toda evidencia. El cadáver se pudre, pero existen quienes niegan porfiadamente el hecho y siguen proclamando encontrarse ante una entidad viva y en perfecto estado de salud.
Yo soy un estoico convencido (más allá del postureo modernillo y trascendiendo las modas y tontunas facilonas en boga en el decadente occidente que habito), pero afirmo que debemos matizar la frase de Marco Aurelio. Todo es una opinión, sin embargo la opinión que sustentamos ha de apoyarse en la razón y la evidencia.
Un poquito de cordura y sentido común es lo que necesitamos como primera providencia en este mundo enloquecido y carcomido de dogmas y fanatismo.
Releer a Alexis de Tocqueville (1805-1859) en los tiempos que corren tiene su interés y su miga. Especialmente si nos ocupamos de La Democracia En América (1835-1840) y, con mayor detenimiento, en su cuarta y última parte que anda ahora desgajada como volumen independiente con el título El Despotismo Democrático (Página Indómita, 2023).
Explica Tocqueville en la obra citada el modo en que el dogma de la igualdad y la búsqueda de la libertad individual acaba poniendo todo el poder en el Estado que, asumiendo funciones previamente delimitadas al ámbito privado o social y desarrollando otras con afán de servicio o protección (las llamadas políticas sociales son un buen ejemplo moderno y podemos observar in situ cómo su desarrollo corre parejo con una acentuación del totalitarismo estatal y la consiguiente pérdida de libertad e intimidad del ciudadano, especialmente aquel que por su posición económica o personal cae en manos de los funcionarios y los procedimientos estatales establecidos), acaba concentrando el poder y erigiéndose en un ente con vocación absolutista y, lo que es peor y sabemos desde el siglo XX: totalitaria.
Tocqueville casi llega a adivinar el devenir del totalitarismo del siglo XX que, tanto en el campo izquierdista como en el derechista surge, precisamente, de esa asunción del control y poder por parte del Estado moderno.
Lo que ni Tocqueville ni el mismísimo Marx llegaron a imaginar, vivieron en tiempos en los que el Estado centralista burgués (el Estado burgués capitalista es siempre centralista, aunque asuma formas federalistas) era demasiado rudimentario, es el modo en que el Estado se vacía rápidamente de contenido convirtiéndose, desde el liberalismo burgués, desde eso mal llamado «democracia» que nos venden como panacea occidental, en un coto cerrado de la oligarquía dominante. El Estado, con el liberalismo burgués, acaba dejando de ser res pública, el asunto público de todos los ciudadanos, para convertirse en el medio de legitimización y dominio de un solo grupo, al que a veces (y a eso juegan los grupúsculos «progresistas», «wokes» y similares) se puede obligar al pactismo y a la cesión de parcelas de poder bien regadas de dinero público.
La llamada democracia liberal acaba siendo, lo es ya en todos los países de occidente, un cascarón vacío, una máscara que esconde el totalitarismo de unos pocos (cada vez menos y más poderosos) y la desposesión de sus derechos de la inmensa mayoría de ciudadanos reconvertidos en consumidores y productores, es decir: en esclavos.
Puesto que se necesita la ceguera de los dominados para ejercer la dominación, el Estado, usando todos los medios a su alcance, desde la televisión y la educación a la publicidad que regula adecuadamente para transmitir sus mensajes ideológicos, adquiere como principales funciones la propaganda y la represión cuando aquella falla y el descontento induce a la protesta, para justificarse y dar la impresión de utilidad y servicio al ciudadano. Pero no lo olvidemos: precisamente esa «utilidad» y ese «servicio» es lo que propicia y justifica la centralización del poder estatal y su acaparamiento cada vez de mayor poder hasta alcanzar un sentido absolutista, despótico y autoritario que se pone al servicio no de los ciudadanos sino de un grupo privilegiado auxiliado por una pequeña galaxia de grupúsculos parasitarios.
La democracia liberal capitalista es un peligro para la libertad y desarrollo de la sociedad en cuanto individuos interrelacionados, la socialdemocracia progresista uno de los más peligrosos y temibles caballos de Troya del totalitarismo.
Sé que el ciudadano europeo, especialmente el adocenado español moderno, tendrá grandes dificultades para comprender lo que digo y me cancelará de su mente tachándome como ultraderechista, facha o algo similar. Es lo esperable: el totalitarismo liberal hace bien su trabajo de adoctrinamiento.
Hay que dejar de creer en los dogmas insuflados desde el poder para recuperar la libertad. Os animo a ello.
YA QUE ESTAMOS EN MISIÓN DIDÁCTICA HABRÁ QUE RECORDAR QUE LAS BARRAS QUE SE HAN APROPIADO LOS CATALANISTAS INDEBIDAMENTE SON LAS BARRAS DE ARAGÓN CONCEDIDAS POR EL PAPA AL REY DE ARAGÓN SANCHO RAMÍREZ EN 1068 COMO PARTE DEL INFEUDAMENTO DEL REINO AL PONTÍFICE. LOS CATALANES LAS HAN HEREDADO COMO MUESTRA DE SU HISTÓRICO SOMETIMIENTO A ARAGÓN. TÉNGASE SIEMPRE EN CUENTA. ANTES QUE A MADRID, CATALUÑA LE DEBE PLEITESÍA A ZARAGOZA.
Es triste tener que enseñar español a los españoles a estas alturas, y más que el culpable de ello sea el propio Estado sometido a un régimen ilegítimo pensado por nuestros enemigos para debilitarnos y llevarnos a la disolución, pero en fin: la pedagogía es un deber moral.
A ver, en España se habla español (los dialectos pueden tolerarse como curiosidad etnológica o fósiles culturales, pero no como instrumentos políticos de disensión ni como excusas de las oligarquías comarcales o los grupúsculos de izquierda al servicio de imperialismos ajenos para diluir la unidad nacional) y, por lo tanto, es preciso que volvamos a recordar cómo se habla y cómo se escribe.
Verbi gratia: es Cataluña, no Catalunya; Lérida, no Lleida; Gerona, no Girona…y es Pedro, no Pere; Miguel, no Miquel…y, esta es buena: Aureolo no Oriol.
Lo de Aureolo como nombre catalán es interesante porque, en realidad, se refiere a un conde franco que gobernó en territorio aragonés, «frente a Huesca y Jaca» según las crónicas, y expone claramente no solo las constantes apropiaciones culturales e históricas del catalanismo, también sus endebles bases si a la realidad nos referimos. Como el nacionalismo vasco, el catalán no pasa de ser la validación acrítica de un puñado de fantasías y leyendas románticas elevadas a ridículo dogma.
Y ya que hablamos del prefabricado nacionalismo vasco, tan próximo al nazismo en cuanto a su fantasía racista, bueno será repetir la lección: Álava, no Araba; Vizcaya, no Bizkaia; Guipúzcoa, no Guipuzkoa; etc.
Y Orense, no Ourense, La Coruña, no A Coruña…
La unidad indiscutible de España debe sustentarse en unas leyes, una educación, unos derechos y obligaciones y un idioma únicos. Todo lo demás, es traición.
Como pude verse aquí, lo dicho sobre los dialectos catalán, vasco y gallego sirve también para otros, incluido el aragonés.
POR CIERTO, PARA QUE ESTA BANDERA SEA PERFECTA ES PRECISO ELIMINAR LA CORONA Y EL PARCHE CON LAS FLORES DE LYS DEL ESCUDO. NECESITAMOS UNA III REPÚBLICA DE CARÁCTER NACIONAL Y ESPÍRITU SOCIAL QUE BARRA LA CORRUPCIÓN Y DECADENCIA BORBÓNICAS Y DE LA OLIGARQUÍA CLEPTOCRÁTICA QUE HA GENERADO DESDE 1833.
Defender la patria, mantener la unidad, grandeza y viabilidad de España es una prioridad moral para cualquier persona de honor. Y es preciso hacerlo por todos los medios posibles. Desde el compromiso social y el trabajo diario y cotidiano hasta las acciones más extremas llegando a la guerra (y ganándola) si es necesario.
Perseguir y eliminar a los traidores a España es parte de esa prioridad moral.
Todo aquello y todos aquellos que atenten contra la unidad, la estabilidad, la grandeza y la viabilidad de España en cualquier modo deben ser apartados: aquello solucionado de raíz y aquellos castigados con la máxima dureza y los mejores métodos para garantizar la neutralización del peligro y el insulto que suponen.
En momentos como los que sufrimos no diré más.
Salvo: Delenda est Carthago. El ilegítimo e inmoral régimen de 1978…ya me entendéis.
No es mala cosa ir recuperando novelas interesantes hoy olvidadas. Hemos de seguir ampliando y cambiando nuestra perspectiva, profundamente manipulada y equivocada por sesgos comerciales y políticos, sobre la literatura del siglo XX. Es necesario hacerlo para recomenzar el XXI desde una plataforma más acertada y más en línea con el futuro político, social y cultural al que debemos aspirar y que no tiene nada que ver con el adocenamiento posmodernista que nos ha ido vendiendo la industria editorial y cultural de nuestro país desde al menos los años cincuenta.
Pero que nadie se equivoque, este replanteamiento del legado literario del siglo XX en modo alguno debe venir marcado por un cariz partidista, sino todo lo contrario. Por ese motivo quiero comenzar esta revisión con tres novelas escritas por dos autores más conocidos por sus actos políticos que por su tarea literaria, escritores que no son tenidos por tales, y, además, de tendencias completamente opuestas.
En primer lugar quiero referirme a Fermín Galán (1899-1930), el joven capitán que dirigió la sublevación militar de Jaca en 1930 siendo posteriormente fusilado por la dictadura no ya del general Primo de Rivera sino del general Berenguer. Posteriormente la propaganda de la II República le convertiría en un héroe y hasta Rafael Alberti le escribiría una obra de teatro estrenada en el Teatro Español de Madrid el 1 de junio de 1931.
Pero lo que muchos olvidan es que el joven capitán, a la postre un aspirante a espadón más en la tradición del pronunciamiento decimonónico, ya implicado en el intento de golpe de Estado del 24 de junio de 1926, fue legionario. Uno de los primeros oficiales adscrito a la nueva unidad bajo el mando de Millán Astray y Franco resultando gravemente herido en una emboscada en el aduar de Xeruta durante la cual se llegó al combate cuerpo a cuerpo allá por 1924.
Galán fue un oficial valiente y gallardo, lo que le hace digno de haber pertenecido al glorioso Ejército español y le confiere el derecho a ser recordado junto con otros héroes del mismo. Es un legado de honor para España que debe reivindicarse más allá del sectarismo político.
FERMÍN GALÁN (1899-1930) HÉROE MILITAR ESPAÑOL, CONSPIRADOR Y GOLPISTA REPUBLICANO Y ESCRITOR A REDESCUBRIR.
Precisamente de sus recuerdos como legionario surgió una efectiva e interesante novela, la única que llegó a escribir en su corta vida, que merece la pena redescubrir en nuestros días. Se titula LA BARBARIE ORGANIZADA y, a la par que una excelente obra, viene a constituirse en un sugestivo contrapunto a otra obra que debemos desempolvar y rescatar del olvido: DIARIO DE UNA BANDERA del entonces comandante Francisco Franco, escritor también en sus horas libres.
Es bueno, creedme, leer ambos libros y hacerlo con el espíritu abierto. Aprenderéis mucho y comprenderéis mejor vuestra historia.
En segundo lugar os recomiendo recuperar también la figura de Jaime de Foxá (1913-1975), hermano del más conocido Agustín de Foxá, conde, ingeniero de montes, falangista y procurador en las Cortes franquistas, gobernador civil de Toledo, presidente de la Real Federación de Caza…un facha en toda regla, vaya…pero también impulsor del ICONA y protector de la carrera de Félix Rodríguez de la Fuente, para quien creó el Centro de Cetrería de Burgos en 1954 y a quien abrió las puertas de RTVE originando lo que sería a la postre la imperecedera serie EL HOMBRE Y LA TIERRA.
JAIME DE FOXÁ, FALANGISTA, PRESIDENTE DE LA REAL FEDERACIÓN ESPAÑOLA DE CAZA, PROCURADOR EN LAS CORTES FRANQUISTAS Y UNO DE LOS PRIMEROS ESCRITORES ECOLOGISTAS DE ESPAÑA.
Jaime de Foxá es autor de dos de las primeras novelas de espíritu ecologista en España y que recomiendo vivamente a quienes quieran replantearse su visión del pasado cultural y literario de la España del siglo XX poniendo en cuestión los dogmas impuestos por la gauche divine de Barcelona y que hemos aceptado estúpida e indebidamente como verdades indiscutibles.
Estas novelas se titulan: MAREA VERDE (1951) una obra distópica que se decanta por el conservacionismo y las preocupaciones ecológicas, y SOLITARIO (1960) que narra en primera persona las andanzas de un jabalí por los montes españoles.
Son dos simples pinceladas de una tarea ardua: recalibrar nuestro legado literario más allá de los dogmas impuestos por los «intelectuales» de izquierda burguesa e influencia comunista y antiespañola nucleados en torno a la industria editorial catalana que seguimos comprando como indiscutibles, pero que deben ser discutidos, socavados y arrumbados al olvido.