
Se ha convertido en un lugar común de la propaganda mediática del parlamentarismo liberal asegurar que el populismo se caracteriza por ofrecer respuestas (y soluciones) sencillas a problemas complejos. Estas respuestas se consideran erróneas no por su sencillez (que se imposta desde el poder amenazado) sino por exceder el dogma político dominante y por ende amenazar la posición de aquellos que, escondidos tras el teatrillo electoral, controlan la situación incapaces de resolver los problemas complejos existentes porque, en muchos casos, a ellos les benefician. Los problemas para ellos son medios de control y prevaricación. Porque, no nos engañemos: en eso que llamamos democracia existen dominantes y dominados: élites cleptocráticas corruptas y masas ignorantes y mansas que siguen votando entre opciones polarizadas solo para mantener el poder de dichas élites.
Pero no quiero hablar de política. Ni del populismo, ni de los falsos dogmas del parlamentarismo liberal, ni de las oligarquías de ladrones explotadores y especuladores que nos gobiernan y contra las que más temprano que tarde deberíamos sublevarnos para aniquilarlas si es que deseamos sobrevivir en el futuro incierto que nos acecha.
No, mi intención, si se desea, es mucho más estratégica, filosófica y personal.
Vivimos en un mundo complejo de variables prácticamente infinitas, inmersos en una competencia salvaje acrecentada por el excesivo número de congéneres y la interesada tasación de recursos y procedimientos para conseguirlos que limitan nuestras opciones.
En nuestro estado prístino, si necesitábamos comer, solo debíamos recoger leña para el fuego y cazar algún animal apetecible. En caso de encontrar competencia en estas dos acciones la solución resultaba sencilla: pactar o pelear. La derrota o una decisión errónea podía suponer la muerte, pero también resolverse con la fuga. Ahora las cosas son mucho más complejas, más difíciles. La sociedad se ha organizado de modo tal que no puedas coger lo que necesitas ni utilizar una acción directa y sencilla para obtener los recursos.
El mundo es difícil y complejo en parte por los intereses de aquellos que ocupan la cúspide social y retienen para sí la mayor parte de las oportunidades y recursos, en parte por su propia evolución y desarrollo que ha ido generando situaciones y relaciones cada vez más artificiales, falsas y complejas. Pensemos, sin ir más lejos, en el entorno laboral y toda su carga de jerarquías ficticias (todos hemos tenido jefes inútiles a los que despreciamos, pero debemos soportar; compañeros a los que fuera del trabajo ni siquiera dirigiríamos la palabra…) que conlleva: los horarios, los convencionalismos…
Paulatinamente la acción directa ha ido quedando relegada por inútil. En los tiempos que corren un heroico guerrero micénico o un caballero medieval apenas serían otra cosa que delincuentes sin más merecimiento que un suelto en tal o cual medio de comunicación. El drama es que con esta evolución también se han sepultado los códigos de honor.
¿Qué somos ahora? Cuando se pierde el honor ¿en que nos convertimos?
Sea cual sea la complejidad social en la que nos desenvolvamos, quien no tiene honor es un ser inferior e indeseable. Por ese motivo se nos plantea la paradoja entre acción y complejidad. Podría resolverse, pensando en términos ajedrecísticos, con una evolución de la estrategia hacia la complejidad al modo en que la simplicidad de Morphy se mixtificó con el barroquismo de la escuela soviética…revestir la acción de los numerosos pasos necesarios para, acatando las retorcidas normas preexistentes, ir alcanzando pequeñas metas…sería, quizá, lo más inteligente y conveniente. Pero la experiencia demuestra que dichas estrategias, fuera del tablero del ajedrez, conducen a amortizar el impulso, a degenerar el propósito y, en última instancia, a que los cabecillas de las mismas acaben instalándose en el sistema y convirtiendo su impulso inicial en simple demagogia.
Por lo tanto, y esta es mi opción en cuanto hombre de honor (categoría ya arcaica e incomprendida en los tristes tiempos de degeneración que corren) es la siguiente: simplificar y golpear a la cabeza, si se puede. En caso contrario: simplificar e ir a la guerrilla permanente. No hablo exactamente de política, ni de acciones militares…ya me entendéis.
Pero, cuidado: Paul Morphy en nuestros días sería aplastado por cualquier ajedrecista mediocre de quinta fila tamizado por la complejidad de la escuela soviética y sus secuelas…esa es la dificultad intrínseca.
Y yo, como siempre, vuelvo a Jayam (O Khayyam, si queréis utilizar la grafía inglesa): ¡dame vino! ¡Ya he envejecido!
© Fernando Busto de la Vega.



