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KAWAI SORA EN EL PASO DE SHIRAKAWA

DEUTZIAS

A pesar de mi nueva y reciente opinión sobre Matsuo Basho no desdeñaré la ocasión de recurrir a un pasaje de la Senda Hacia El País de Oku (yo prefiero la traducción de La Estrecha Senda Hacia el Lejano Norte) que, desde la primera vez que la leí, allá por la adolescencia, viene dándome que pensar.

Seré escueto y dejaré la reflexión, como siempre, al lector.

Llegados al paso de Shirakawa, que delimitaba la frontera entre el Japón más o menos doméstico y controlado y el lejano norte todavía salvaje y misterioso (al menos para un habitante de Edo-Tokio), Basho nos cuenta una anécdota sobre su discípulo y compañero, el ronin Kawai Sora.

En una de sus habituales digresiones cultas, el poeta recuerda como Fujiwara-no-Kiyosuke, un compilador de poemas y anécdotas del siglo XII, contaba como cierto viajero procedente de la corte se puso su mejor traje, el más formal y ceremonial, para atravesar el paso de Shirakawa.

Kawai Sora, también muy consciente de este antecedente histórico-literario y vestido con su traje negro y harapiento de peregrino, simplemente se colocó en la cabeza una corona de deutzias y atravesó con ese aderezo el mismo paso dejando escrito un haiku:

«Deutzias blancas en mi frente,

me visten de gala

para cruzar el paso de Shirakawa.»

Y tenemos aquí planteada una de esas interesantes dicotomías de la existencia.

Podemos zanjarla recurriendo al displicente escepticismo moderno: Sora no era un noble cortesano, tampoco vivía en el siglo XII sino en el XVII…no son situaciones comparables.

Sin embargo, es evidente que Basho y Sora querían compararlas y dejar una lección de vida, de literatura y de filosofía.

¿Cómo atravesar los grandes hitos del camino y de la vida? ¿Con pompa y circunstancia o con alegre humildad?

Mi respuesta individual está clara, quienes me conocen no dudarán. Dejo que el lector opte por la suya.

© Fernando Busto de la Vega.

FOTOGRAFÍA Y HAIKU

Matsuo Basho definía el haiku como aquello que sucede aquí, ahora mismo. En otras palabras: el haiku consiste en encontrar lo trascendente en lo cotidiano, incluso en aquello que no parece significar nada por sí mismo.

Sin embargo, el verdadero conocedor sabe que todo es trascendente y significativo, que hasta el suceso más aleatorio y transitorio ocupa un lugar. El caos es simplemente una apariencia.

A mi juicio, la fotografía debe jugar también esa baza de explicar la totalidad y lo transitorio desde el aquí y el ahora. Llegar a la poesía y la mística desde la cotidianeidad, desde la humildad, desde la mirada del hombre común…

Todo lo cual está muy relacionado con lo que escribí en este otro lugar sobre Hotei.

Añado algunas fotografías propias para expresar con ejemplos esta teoría.

A través de estas imágenes sencillas, encontradas en el azar de los paseos de un cazador de lo trascendente, que no otra cosa han de ser el poeta y el fotógrafo, expreso la naturaleza última del mundo que me circunda. Cada cual que las entienda como desee.

Gracias.

© Fernando Busto de la Vega.

BASHO, ESE TURISTA

Cuando uno acaba comprendiendo que Matsuo Basho era un simple turista, todo cambia.

Tanto la exagerada fascinación, rayana en la impostura y la fabulación, de los primeros traductores del poeta japonés al español, procedente en cualquier caso de la que le transmitieron sus asociados nipones, como el hecho comprobado que desde 1679, a los treinta y cinco años, se convirtiera en «laico consagrado» del zen, suelen inducirnos a error. Consideramos fruto del desapego lo que no es sino frivolidad.

No estoy diciendo con esto que sea mal poeta y mucho menos me sumo a las acusaciones de mediocridad de un experto como Masaoka Shiki que, a mi juicio, comprendió la obra de Basho todavía menos que los traductores occidentales, queriendo ver en ella lo que nunca existió (una voluntad de innovación) y cerrándose en un exagerado concepto formalista.

Basho, como todos, simplemente era producto de su tiempo y su tiempo, la estricta dictadura Tokuwaga, tendía, como todas las dictaduras, a la irrelevancia moral. Uno no se hacía preguntas trascendentes, simplemente aceptaba la verdad oficial y dialogaba con ella sin excesivas complejidades, sin cuestionarla. Las cosas eran como eran, y punto. El estado anterior, el desorden y la guerra, era peor. Eso no podía cuestionarse. Y, de hecho, solo lo cuestionaron los cañones del comodoro Perry en 1854.

Un ejemplo inmejorable de esa frivolidad (que no critico, tan solo describo) de Basho y su poesía, esa condición de turista (y solo pondré uno para no alargar esta entrada, el tema daría para un extenso libro y es mejor no alargarlo demasiado aquí) lo tenemos en el libro Nozarashi Kikô ( Diario de Una Calavera a la Intemperie) en el que podemos leer: «Caminaba junto al río Fuji cuando encontré a un niño de apenas dos años abandonado. Lloraba desconsoladamente (…)bajo el frío viento de otoño el niño me hizo recordar al trébol, que cae de noche y se marchita cuando amanece. Bajé mis mangas en señal de duelo, le eché un poco de comida y pensé, al pasar junto a él:

Los que se compadecen de los monos ¿cómo se comportarán con este niño en el viento de otoño?»

Viene después un párrafo de lamento y conformidad sangrientamente estoica que concluye: » Esto es algo que te viene del cielo y solo puedo llorar por tu destino» para pasar de inmediato a comentar: «El día que íbamos a cruzar el río Oi, estuvo lloviendo sin pausa» e insertar un poema sobre sus amigos de Edo, ansiosos por su regreso y preocupados por el peligroso tránsito de la corriente fluvial.

El niño abandonado se convierte así en una simple anécdota lacrimógena y dramática con que adornar un viaje por provincias, más o menos al modo moderno en que ciertas «influencers» que se benefician no cuestionando el mundo establecido y el poder que lo rige, se hacen fotos con niños desnutridos y miserables de los países tercermundistas que visitan. Es el mismo espíritu frívolo y conformista. El mismo actuar hacia la galería de los favorecidos por el régimen.

Sí, definitivamente, Basho era un turista y un «influencer» de su época. No lo critico, pero comprenderlo lo cambia todo. Es así.

© Fernando Busto de la Vega