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TOTALITARISMO LIBERAL E IZQUIERDISTA

ROBESPIERRE, UN AMABLE POLÍTICO LIBERAL Y SANGUINARIO GENOCIDA QUE ANTECEDIÓ A OTROS MUCHOS SIMILARES ALCANZANDO, POR LAS DERIVACIONES IZQUIERDISTAS DE LA REVOLUCIÓN A OTROS TIPOS SIMPÁTICOS Y HUMANITARIOS COMO STALIN.

Hay que asumir y empezar a difundir como acto revolucionario y contracultural que tanto el liberalismo como todas sus derivaciones izquierdistas son ideologías totalitarias, represivas y anquilosadas en su propio fanatismo y, por lo tanto, contrarias a la libertad y absolutamente inadecuadas para el avance de la especie, el salto civilizatorio y evolutivo que necesitamos.

Muchos piensan lo contrario por la labor de lavado de cerebro y propaganda total de estos regímenes que padecemos y nos impiden avanzar. Desde la escuela misma nos adoctrinan para convencernos de que la «democracia» (llaman así, equívocamente, a lo que no es sino parlamentarismo liberal de origen masónico y, por ende, enemigo de la civilización) es un régimen natural que garantiza la libertad del individuo. Es falso. Solo hay que ver los nervios y la intolerancia de los «centristas» cuando surgen opciones políticas capaces de descabalgarlos del poder o de poner coto a la herencia ideológica de la Revolución Francesa y sus adláteres en el mundo. Ahí vemos el rechinar de dientes, los cordones sanitarios, las alharacas y la pulsión represiva.

Basta, sin embargo, ir a los orígenes, fijarse en el Régimen del Terror de la Revolución Francesa, en la Guerra a Muerte de los mal llamados libertadores americanos (en realidad traidores al servicio de la masonería y el imperialismo protestante anglosajón, gentuza en suma: hablo de Bolívar, de San Martín…de toda esa chusma) o de la política represiva de los Estados Unidos desde su origen hasta nuestros días. El moderno imperio liberal-parlamentario-capitalista se sustenta en el genocidio de sus enemigos y opositores allí donde es necesario (ocurre que como la mayoría de estos genocidios se remontan a los siglos XVIII y XIX ya no los recordamos, entre otras cosas porque la educación impuesta desde el poder alcanzado por los represores nos hurta la historia) y se basan en la propaganda y el adoctrinamiento constante desde la escuela, los medios de comunicación, las instituciones…

Pero el liberalismo (y todas sus derivadas de izquierda desde la socialdemocracia al comunismo) es básicamente un régimen totalitario, ilegítimo, periclitado, nocivo, inadecuado para el salto necesario de la especie que debe ser combatido, junto con toda su ideología, derribado y sustituido. Tenemos una revolución pendiente y aquí incitamos a ella.

© Fernando Busto de la Vega.

LA DICTADURA DE LA IZQUIERDA

Estoy empezando a estar harto de leyes «progres» que tienen como función última limitar mi manera de pensar, lo que puedo decir o hacer o el modo en que debo comportarme. Al decir esto, y es un efecto secundario del pensamiento totalitario que anima a ciertos colectivos, muchos me tildarán ya de facha y de derechista. No lo soy (abjuro de todo sectarismo y me opongo a cualquier forma de tiranía, sea azul, verde o roja). Ahora, en los días que corren, la tiranía que más amenaza, la dictadura que va imponiéndose subrepticiamente, es la roja, por eso es esa la que hay que combatir en primer lugar.

Lo primero que debemos advertir es que el totalitarismo izquierdista no es en absoluto inocente y derivado de una ingenua sobreactuación de jóvenes idealistas exaltados. Nos enfrentamos a la vieja (data de 1945-1948) Táctica del Salami según la cual, rodaja a rodaja, los partidos comunistas se quedaron con la totalidad de los Estados donde fuerzas contrarias no lograron frenarlos. Y, por cierto, que no establecieron precisamente democracias ni llevaron libertad ni prosperidad a sus pueblos. Porque esa es otra: si te proclamas defensor del proletariado y en lugar de conducirlo a una era de prosperidad lo condenas a décadas de miseria, algo falla. Y para quién quiera enmendarme la plana en este punto, dos ejemplos: Cuba y Corea del Norte. Y en cuanto a la forma de tratar al pueblo y la libertad de los ciudadanos ahí están, sin agotar el elenco: las purgas de Stalin, los millones de muertos de Mao, Pol Pot…

Lo segundo es que ellos mismos saben que carecen de implantación, que la sociedad en su conjunto, salvo en escasísimo porcentaje decreciente, repudia sus imposiciones y está lejos de convertirse en su vía de ascenso al poder. Por ese motivo andan desesperados buscando ampliar sus bases electorales con todo género de clientelismos, desde el patrocinio que pretenden ejercer sobre el colectivo LGTBI (a cuyos miembros están lejos de favorecer con ello, solo a ciertos colectivos subvencionados y a radicales histéricos—o histériques— que perjudican con sus actos y declaraciones la convivencia pública y, por lo tanto, a los miembros de a pie de sus propios colectivos estigmatizados en su vida cotidiana por el fanatismo de los predicadores a sueldo del régimen), o las mujeres (cuya representación se limita a las alharacas de los grupúsculos organizados afines al poder adquirido por los izquierdistas), la idea absurda de reducir la edad de votación a los dieciséis años o de admitir toda una caterva de neodamois procedentes de la inmigración, y no suficientemente españolizados, en el censo electoral.

Saben que son minoritarios, pero están decididos a ocupar el poder, a utilizarlo para regar con subvenciones a sus organizaciones títeres e ir escalando peldaños hasta poder imponer su hegemonía indiscutible al modo más estalinista posible. Es así, la estrategia es clara para cualquiera que no sea estúpido.

Mientras tanto, limitan cuanto pueden la libertad de pensamiento y de palabra (no hay más que ver esa aberración doctrinal y totalitaria que es la Ley de Memoria Democrática que están imponiendo, o el modo en que se alían con los independentistas para permitirles imponer del mismo modo versiones aberrantes y falsas de la Historia para favorecer su conquista del poder estatal) y censuran el comportamiento social introduciendo leyes destinadas a hacer prevalecer dictatorialmente su ideología de género y otras similares y a dividir a la sociedad para crear un escenario artificial de buenos y malos en los que ellos, erigiéndose en adalides de los «buenos», puedan auparse al poder.

Hoy por hoy, y desde el desafortunado momento en que Rodríguez Zapatero alcanzó la presidencia del Gobierno en 2004, la izquierda representa un verdadero peligro de dictadura y está llevando a cabo un golpe de Estado paulatino. Evidentemente, es preciso frenarlo.

Desgraciadamente, dentro del ilegítimo régimen liberal que padecemos, esta certeza nos deja en manos de otro sectarismo no mucho mejor.

© Fernando Busto de la Vega.