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EL FRACASO DEL IV REICH ALEMÁN

Toda vez que dividimos la historia alemana de finales del siglo XIX y hasta mediados del XX en II Reich (1871-1918), República de Weimar (1918-1933) y III Reich (1933-1945), podemos asumir el convencionalismo de denominar República de Bonn a la Alemania occidental de 1949 a 1990 y IV Reich a la Alemania unificada desde 1990. Cierto es que formalmente, el Estado al que nos referimos sigue siendo oficialmente la República Federal Alemana y no ha mutado formalmente de nombre ni de intenciones, pero es preciso reconocer que la reunificación con la RDA y el traslado de la capital desde Bonn a Berlín sí supuso un cambio de aspiraciones internas y de percepción interna.

La reunificación alemana en 1990 potenció el papel hegemónico de Alemania dentro de Europa y, aunque no militarmente, sí financiera e industrialmente (que a la postre fueron siempre la base del imperialismo alemán) la condujo a su vieja aspiración de dominación continental. Durante todo el siglo XIX estuvo combatiendo para que la capital del poder europeo fuera el Berlín prusiano y no la Viena de los Habsburgo o el París de los diferentes regímenes que se sucedieron en Francia. La pugna comenzó con Federico II de Prusia (1740-1786) y perduró hasta la derrota alemana en la I Guerra Mundial. Después, el nazismo intentó un nuevo asalto que acabó con Berlín sometida a Washington y Moscú.

A partir de 1990 parecía posible recuperar el viejo sueño no propiamente hegemónico sino imperialista y el entusiasmo de las élites alemanas creció, al par que su soberbia y su racismo, que conforman parte consustancial de la personalidad alemana, hasta el rompeolas de la crisis de 2008 cuando se manifestaron en su desesperado intento de salvar sus intereses a costa de naciones consideradas inferiores como España, Italia, Portugal y, sobre todo, Grecia. Y triunfaron en el aspecto táctico, aunque fracasaron en el estratégico. Pudieron hacerse pagar las «deudas» y sobrevivir a base de esclavizar a sus supuestos socios en la UE, pero dejaron demasiado a la vista su verdadera naturaleza moral e ideológica. Nada, por otro lado, que no supiera toda Europa desde la Edad Media, incluso desde el Imperio Romano.

Bien, con todo, el IV Reich alemán siguió adelante. Una vez salvado de la crisis de 2008 con el dinero ajeno continuaron su campaña de ascenso a la hegemonía regional y, en consecuencia, de discreta rebeldía contra la potencia dominante en la región (Estados Unidos desde 1945, que nunca ha sido aliado de Europa, sino amo) que, lógicamente, no iba a quedarse cruzada de brazos viendo como su imperio sobre pequeños y dóciles Estados vasallos en Europa se debilitaba a medida que crecía un nuevo gallo continental.

Estados Unidos apoyó el ascenso alemán mientras este sirvió de eficaz herramienta geoestratégica para debilitar a la Unión Soviética e impedir el asentamiento de la nueva Rusia. Cuando comenzó a amenazar su dominio continental, naturalmente se puso en contra. Y contó en ese giro con el apoyo de una potencia emergente y ambiciosa que, a pesar de haber ingresado en la UE, dispone de su propio plan imperialista, me refiero, claro está, a Polonia y su Intermarium (o Miedzymorze) del que hablábamos en un artículo reciente.

La lucha geoestratégica de Polonia desde su mismo surgimiento ha sido abrirse espacio entre Alemania y Rusia y ello la convierte, de facto, y sean cuales sean las circunstancias temporales, en enemiga de ambas. Ahora, como siempre. Ahora, erigiéndose en eficaz siervo y aliado de los Estados Unidos contra la hegemonía alemana y, por ende, contra la marcha de la Unión Europea.

En sus designios por alzarse con la hegemonía en Europa liberándose del dominio de los Estados Unidos potenciando de paso su potencia económica e industrial, Alemania no tenía más horizonte que la alianza con Rusia, aunque fuera simplemente económica. Fue así como en 2012 (solo cuatro años después del éxito político y económico que significó para el IV Reich la crisis de 2008) firmaron con Rusia la construcción de sendos gasoductos (Nord Stream 1 y 2) para transportar combustible ruso a Alemania a través del Báltico, lo que perjudicaba los planes estadounidenses, que planeaban controlar ese mismo transporte a través de Ucrania, a Polonia, que tenía en marcha sus propios gasoductos y, naturalmente, a Noruega, que aspiraba a vender su producción en Alemania. Demasiados enemigos para un solo proyecto.

Mientras la obra iba construyéndose, la paciencia de los enemigos del proyecto se mantuvo soterrada. Pero, al cabo, cuando entró en funcionamiento, la acción ejecutiva se hizo necesaria e imparable. El presidente Biden, cuyo hijo, como sabemos, tenía intereses en Ucrania, impuso sanciones a las empresas constructoras y explotadoras del Nord Stream en mayo de 2021 y en febrero de 2022 amenazó con inutilizarlo si Rusia invadía Ucrania, lo que hizo que el canciller alemán Scholz interrumpiera el flujo del mismo. Importó poco, el 26 de septiembre de 2022 en medio de unas maniobras bálticas de la OTAN con dicho mar atestado de buques de guerra, helicópteros y aviones estadounidenses, el Nord Stream fue volado. Hubo investigaciones, y se callaron sus resultados, aunque sabemos extraoficialmente (todo se acaba sabiendo) que fue un acto de terrorismo, hostilidad y sabotaje de los Estados Unidos (en tiempos de Biden, no de Trump, el imperialismo yanqui es un continuo) con ayuda de Noruega y Polonia. Quedaba así abortado el intento de independencia de suministro frente a los Estados Unidos de Alemania y su IV Reich. Quedaban, por otro lado, a salvo los intereses de Polonia y Noruega.

Ya previamente se habían impuesto desde Washington las sanciones contra Rusia que, en la práctica, debilitaron a la Unión Europea y la convirtieron en un cliente cautivo del gas licuado procedente del fracking de los Estados Unidos. Un gas y un petróleo de menor calidad y tres veces más caros.

Luego llegó Trump, un continuador más agresivo de la política imperialista de los Estados Unidos, no un innovador.

Podemos decir así que la guerra de Ucrania de 2022 fue una trampa yanqui para debilitar a la Unión Europea y supuso el fracaso del IV Reich alemán. En ese sentido, Trump es una buena noticia: han caído las caretas, ahora ya podemos seguir el camino que nos interesa a la integridad de los europeos y que no pasa por seguir bajo la tutela gringa.

¡Independencia!

© Fernando Busto de la Vega.

TRUMP Y LA DESTRUCCIÓN DE EUROPA

Algo que siempre me sorprende es lo mal informados que están mis amigos bien informados y cuanto dependen sus conocimientos (incluso especializados) de los argumentarios académicos ( y, no nos engañemos, por ello mismo propagandísticos) de los Estados Unidos o, en general, el espectro anglosajón. Por otra parte, cuando lees a los especialistas anglosajones en geopolítica, geoestrategia o futuro en general, únicamente te encuentras con pomposos analistas autorreferenciales, que solo han leído en inglés y a los amigos o enemigos que tienen cerca y desconocen todo del rival o de escenarios complejos no procesados previamente por sus analistas.

En fin, esto viene a cuento porque no hace mucho se expusieron algunas ideas generales sobre la estrategia de Trump en Europa y muchos de estos amigos bien informados se sorprendieron y se escandalizaron de que el azafranado carcamal pretendiera separar a Polonia y Hungría de la Unión Europea conformando con ambos países el núcleo de una nueva realidad geopolítica y estratégica.

Esto ni es nuevo, ni es idea de los Estados Unidos.

Polonia viene defendiendo desde sus revoluciones nacionalistas de los siglos XIX y XX, la estrategia denominada en polaco Miedzymorze y en latín intermarium que viene a reivindicar el papel rector de la unión polaco-lituana desde la Unión de Lublin en 1569 hasta el primer reparto de Polonia en 1772. Se trata, en la práctica de un proyecto nacionalista, supremacista e imperialista de Polonia que busca establecer su poder entre el Báltico y el mar Negro y entre este y el Adriático, que la convierta en la potencia dominante en detrimento de Alemania y de Rusia.

Siguiendo el esquema inicial de la República de las Dos Naciones (Polonia y Lituania) establecida con la Unión de Lublin, el proyecto se presenta como un a modo de federación bajo el predominio polaco que en su máxima expresión incluiría a Polonia, Hungría, la parte occidental de Ucrania, Rumanía y los antiguos países de Yugoslavia así como las repúblicas bálticas y, si se deja, incluso Finlandia. De este modo Polonia recuperaría su hegemonía regional (y hasta continental) y no muy lejos de ese proyecto anda la implementación acelerada de su rearme, y, con la alianza de los Estados Unidos, debilitar a la Unión Europea y a Rusia, lo que dejaría a los norteamericanos sin contrapesos reseñables en Europa.

No debemos pensar que este plan es una innovación moderna salida de la nada. Lo exportaron a los Estados Unidos los exiliados políticos polacos que llegaron allí en el último cuarto del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. De hecho, conviene que vayamos dándonos cuenta, para comprender al imperio bárbaro de los yanquis, que la mayor parte de sus doctrinas y afinidades proceden del pasado y están arraigados en una historia que se oculta, pero no varía. Del mismo modo que para entender su afinidad con Marruecos (y cómo perjudica eso a España y hace que los Estados Unidos nunca puedan ser considerados por Madrid como verdaderos aliados) hay que comprender que este fue el primer país que reconoció la independencia de los Estados Unidos (1777), debemos entender que la doctrina del Miedzymorze llegó allí con el general Pulaski en 1777. Era este un noble polaco descendiente de los reyes de ese país que, tras fracasar en una sublevación contra Rusia tras el Primer Reparto de Polonia, se exilió en los Estados Unidos uniéndose a su ejército, fundando su caballería y dotándola de las eficaces tácticas de los ulanos polacos (y de ahí que fuera siempre una caballería ligera tal y como la vemos en los western), salvándole la vida en una ocasión a Washington y muriendo en combate en 1779.

En los Estados Unidos no hay nunca nada nuevo bajo el sol. Son un país escasamente dinámico, ideológica y socialmente inmovilista y poco preparado para los desafíos del futuro. Por ello el lodo estratégico en el que se revuelca tampoco tiene nada de novedoso. Será bueno tenerlo en cuenta.

También que Europa se debate entre las aspiraciones imperialistas de Alemania, Francia, Polonia, Hungría, Inglaterra y, claro está, Rusia y los Estados Unidos. Sin olvidar a China y el mundo musulmán. Si queremos tener una ligera idea de lo que nos aguarda, hay que estar atentos a todo eso.

© Fernando Busto de la Vega.