
INTRODUCCIÓN HISTÓRICA (NECESARIA, AUNQUE PRESCINDIBLE)
Desatendemos el periodo transcurrido entre los siglos V y IX de nuestra era y con ello perdemos la oportunidad de comprender adecuadamente nuestra historia continental y, a la vez, nos perdemos peripecias vitales apasionantes y a menudo trágicas de hombres y mujeres (ahora que está tan de moda buscar hasta debajo de las piedras mujeres que en su mayor parte resultan anodinas, irrelevantes y mediocres, pero que la propaganda feminista, siempre anclada en los métodos leninistas y en la profunda ignorancia y escasa cultura de sus fautoras tratan de colarnos como indispensables) que, sin embargo, todavía hoy tienen la capacidad de conmovernos, interesarnos y asombrarnos. En esta entrada hablaremos de una de esas mujeres desconocida por la mayoría del público y cuya historia nos removerá hasta los cimientos más íntimos de las entrañas: Romilda de Friul.
Para entender el devenir vital de Romilda hemos de comprender siquiera mínimamente el momento político en el que vivió. Nació a finales del siglo VI, para entonces los bizantinos habían derrotado a Teya, el último rey ostrogodo, en la batalla del Monte Lactarius, al sur de de Nápoles, allá por 553 y aplastado al último rebelde de esa etnia, Widin, en 562 cerca de Verona y controlaban toda Italia, aunque con un ejército escaso y agotado después de dos décadas de guerra continuada.
Paralelamente, y aprovechando que las guerras en Italia y los problemas en la frontera persa tenían casi desbordados a los emperadores de Oriente, desde 476 únicos del mundo romano, los ávaros, un pueblo compuesto por una oligarquía de origen tungús que huía de los chinos tras la destrucción de los yuan-yuan (o rourán) y a la que se adhirieron en su largo viaje hacia Europa innumerables restos de noblezas de origen escita, alano, huno, proto-húngaro, proto-búlgaro, eslavo y hasta germánico, se establecían en la llanura de Panonia donde, con la ayuda de los longobardos, aniquilaron al reino de los Gépidos, pueblo de origen germánico que representaba la paz y la estabilidad en el área desde la destrucción del imperio de Atila un siglo y medio antes.
El asentamiento de los ávaros en Panonia conllevó toda una política de alianzas, invasiones y movimientos de pueblos que condujo no solo a la destrucción de los gépidos, sino a la consolidación de una dinastía, la de los Agilolfingios, sobre los bávaros y la invasión de Italia por parte de los longobardos.
Ambas dinastías, la que se acababa de imponer sobre los bávaros y la de los longobardos eran escasamente prestigiosas. En comparación con la alcurnia de los Baltos o los Amalos godos o los Merovingios francos, no eran nadie, simples advenedizos.
Con todo, muy conscientes del seísmo político al que estaban asistiendo, los Merovingios trataron de captar para su órbita a los bávaros y los longobardos ofreciéndoles ventajosos matrimonios y alianzas que estos, ensoberbecidos por el poderoso apoyo ávaro, rechazaron. A la postre los bávaros acabarían siendo vasallos de los francos y los longobardos sometidos por ellos, pero a finales del siglo VI y comienzo del VII todo eso parecía lejano.
Los bávaros no existían antes del siglo VI, se conformaron con las migraciones de la gente procedente de la actual república checa que se fueron extendiendo hacia el sur y el oeste para dejar espacio a los nuevos amos ávaros ocupando las tierras baldías que habían dejado las migraciones y las guerras en la antigua frontera imperial del Danubio. Estos inmigrantes, restos a su vez de las migraciones y guerras de los últimos doscientos años, tenían un origen heterogéneo (germanos, sármatas, alanos, romanos, hunos…) que se homogeneizó y germanizó bajo el dominio de los Agilolfingios.
Los longobardos, por su parte, eran una antigua escisión de la confederación vándala que mantuvo su identidad, si bien no siempre su independencia, bajo la presión de pueblos más poderosos como los hunos o los sajones, por ello carecían de una dinastía persistente y afamada y sus reyes establecían efímeras líneas que no alcanzaban renombre ni estabilidad.
En ese escenario, con los ávaros asentando sus posiciones en Panonia y fortificando sus flancos con la invasión de Italia por sus aliados longobardos (568) y el establecimiento del ducado de Baviera por los Agilolfingios, nació Romilda, hija del duque Garibaldo I de Baviera que había logrado contraer matrimonio con Waldrada, viuda del merovingio Teodebaldo I de Austrasia, hija del rey longobardo Waco que, a su vez, la había tenido con Ostrogoda, una princesa gépida que descendía al mismo tiempo de los Amalos y de Atila, lo que elevaba su prestigio a las más altas cotas de la realeza confiriendo a los longobardos y a los bávaros un estatus superior dentro del mundo nobiliario y real de la Europa del siglo VI.
Romilda, en virtud de las alianzas dinásticas del momento, contrajo matrimonio con el duque longobardo Gisulfo II de Friul, sobrino-nieto del rey Alboino, el que dirigió la invasión de Italia (568) y del drama de cuya esposa, Rosamunda, otra princesa gépida escribiremos en breve.
AHORA VIENE EL DRAMA DE ROMILDA
¿Qué podía ir mal? Romilda, hija de un oscuro duque bávaro, pero descendiente por vía de su abuela de Teodorico el Grande y Atila, lo que la convertía en una princesa de primera división, contrajo matrimonio con el sobrino-nieto del rey longobardo que había conducido a su pueblo desde la mediocridad de Eslovaquia, en la frontera de los gépidos, a la grandeza de Italia, y que, a su vez, era duque hereditario no solo de un conglomerado de clanes sino también de un territorio en la frontera con los aliados ávaros: Friul.
¿Qué podía ir mal? Pues, a la vista de los acontecimientos: todo.
En 601 los bizantinos habían logrado recuperar su iniciativa en los Balcanes y habían aplastado al Kan de los ávaros, Bayán, en una batalla cerca del Tisza donde murieron él y cuatro de sus hijos. Lo único que salvó a los ávaros fue el motín de las tropas bizantinas en 602, descontentas por tener que pasar el invierno al norte del Danubio. El emperador Mauricio fue asesinado y tomó el trono el centurión Focas, que, al dictado de sus compañeros de armas, abandonó el campo de batalla regresando al sur del Danubio y permitiendo la supervivencia de los ávaros.
Ello no obstante, la dinastía ávara había quedado muy debilitada y había clanes, entre ellos el Dulo, de origen onogur (huno, por lo tanto) que daría origen al pueblo búlgaro, que aspiraban al trono. Esto obligó al nuevo Kan, Bayán II, a mostrarse enérgico y restablecer el poder de su dinastía mediante la represión y en ese contexto, pero en circunstancias mal conocidas, aunque sin duda Gisulfo II andaba negociando con los Dulo o con otros conspiradores, acabó invadiendo el ducado de Friul en 610.
Gisulfo II murió en batalla y Cividale, la capital de su ducado, quedó cercada por los ávaros y defendida por Romilda, la princesa viuda, que decidió jugar la baza de su linaje. Ya sabemos que descendía de Teodorico el Grande y de Atila, además de toda la dinastía de Arderico, reyes gépidos, lo cual la convertía en un apetitoso trofeo que, como ya había sucedido con su madre Waldrada, bastaba para legitimar y dar prestigio a toda una dinastía advenediza y en problemas aunque fuera de origen tungús o yuan-yuan. Bien es cierto que los kanes ávaros decían pertenecer al clan Ashina, el más prestigioso y noble de toda la estepa, pero los Dulo no les iban a la zaga en nobleza y entroncar, estando asentados en los Balcanes y los Cárpatos, con aquellas tres prestigiosas ramas de la realeza no les vendría nada mal. Por lo tanto, Romilda, a cambio de ver respetada la vida de los hijos que había tenido con Gisulfo II y la ciudad que entregaba, ofreció a Bayán II matrimonio.
El kan ávaro aceptó el trato. Cividale se entregó con la promesa de no ser saqueada y Romilda contrajo matrimonio con él.
Desgraciadamente, los cronistas de estos acontecimientos son de origen longobardo, monjes de monasterios italianos, y no nos cuentan toda la historia. Omiten, desde luego, cualquier dato que pudiera ir en detrimento de la princesa Romilda y avalar los actos del khan Bayán II, pero hay puntos oscuros y que inducen a la sospecha en todo el relato que nos ha llegado.
En primer lugar, Romilda no debía confiar mucho en su nuevo esposo y tampoco debía ser muy sincera en su entrega cuando, antes de abrir las puertas de Cividale y proceder al casamiento, hizo que todos sus hijos huyeran poniéndose a salvo.
En segundo, algo muy grave que los monjes omiten, debió suceder para que las cosas adquirieran el rumbo que llevaron.
En efecto, Bayán II se casó con Romilda y el matrimonio se celebró con la pompa y alegría preceptivas. Sin embargo, a la mañana siguiente del himeneo el kan entregó a su nueva esposa a doce de sus rudos guerreros para que la sometieran a una salvaje violación en grupo mientras hacía saquear Cividale.
Concluida la prolongada y brutal violación de Romilda, totalmente inédita en una princesa de su rango, fue arrastrada desnuda y empalada. Mientras padecía su suplicio, elevada sobre un grueso palo que se abría paso por sus entrañas a través del recto, Bayán II se le acercó para decirle que era aquello lo que se merecía. Insisto: nuestros cronistas, italianos y bajo dominio longobardo, nos ocultan el motivo de la furia del ávaro a quien nos presentan como un psicópata demoniaco…y es cierto: sus actos no pueden despertar en absoluto nuestra simpatía ni cabe justificarlos, pero sí deberíamos explicarlos y en ese campo no es descartable que Romilda tratase de despacharle con veneno (ya veremos al hablar de Rosamunda que no se trataba de un procedimiento tan extraño e Ildico sigue bajo sospecha).
Pero, en cualquier caso, ese fue el truculento drama de Romilda.
Sus hijos, Taso y Caco, mantuvieron la revuelta contra los ávaros y llegaron a expulsarles de Italia ocupando parte del Tirol, pero acabaron aplastados por los bizantinos en la ciudad de Oderzo allá por el 617. Pero esto es ya otra historia.
© Fernando Busto de la Vega.






