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ROMILDA, UN TRUCULENTO DRAMA MEDIEVAL

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA (NECESARIA, AUNQUE PRESCINDIBLE)

Desatendemos el periodo transcurrido entre los siglos V y IX de nuestra era y con ello perdemos la oportunidad de comprender adecuadamente nuestra historia continental y, a la vez, nos perdemos peripecias vitales apasionantes y a menudo trágicas de hombres y mujeres (ahora que está tan de moda buscar hasta debajo de las piedras mujeres que en su mayor parte resultan anodinas, irrelevantes y mediocres, pero que la propaganda feminista, siempre anclada en los métodos leninistas y en la profunda ignorancia y escasa cultura de sus fautoras tratan de colarnos como indispensables) que, sin embargo, todavía hoy tienen la capacidad de conmovernos, interesarnos y asombrarnos. En esta entrada hablaremos de una de esas mujeres desconocida por la mayoría del público y cuya historia nos removerá hasta los cimientos más íntimos de las entrañas: Romilda de Friul.

Para entender el devenir vital de Romilda hemos de comprender siquiera mínimamente el momento político en el que vivió. Nació a finales del siglo VI, para entonces los bizantinos habían derrotado a Teya, el último rey ostrogodo, en la batalla del Monte Lactarius, al sur de de Nápoles, allá por 553 y aplastado al último rebelde de esa etnia, Widin, en 562 cerca de Verona y controlaban toda Italia, aunque con un ejército escaso y agotado después de dos décadas de guerra continuada.

Paralelamente, y aprovechando que las guerras en Italia y los problemas en la frontera persa tenían casi desbordados a los emperadores de Oriente, desde 476 únicos del mundo romano, los ávaros, un pueblo compuesto por una oligarquía de origen tungús que huía de los chinos tras la destrucción de los yuan-yuan (o rourán) y a la que se adhirieron en su largo viaje hacia Europa innumerables restos de noblezas de origen escita, alano, huno, proto-húngaro, proto-búlgaro, eslavo y hasta germánico, se establecían en la llanura de Panonia donde, con la ayuda de los longobardos, aniquilaron al reino de los Gépidos, pueblo de origen germánico que representaba la paz y la estabilidad en el área desde la destrucción del imperio de Atila un siglo y medio antes.

El asentamiento de los ávaros en Panonia conllevó toda una política de alianzas, invasiones y movimientos de pueblos que condujo no solo a la destrucción de los gépidos, sino a la consolidación de una dinastía, la de los Agilolfingios, sobre los bávaros y la invasión de Italia por parte de los longobardos.

Ambas dinastías, la que se acababa de imponer sobre los bávaros y la de los longobardos eran escasamente prestigiosas. En comparación con la alcurnia de los Baltos o los Amalos godos o los Merovingios francos, no eran nadie, simples advenedizos.

Con todo, muy conscientes del seísmo político al que estaban asistiendo, los Merovingios trataron de captar para su órbita a los bávaros y los longobardos ofreciéndoles ventajosos matrimonios y alianzas que estos, ensoberbecidos por el poderoso apoyo ávaro, rechazaron. A la postre los bávaros acabarían siendo vasallos de los francos y los longobardos sometidos por ellos, pero a finales del siglo VI y comienzo del VII todo eso parecía lejano.

Los bávaros no existían antes del siglo VI, se conformaron con las migraciones de la gente procedente de la actual república checa que se fueron extendiendo hacia el sur y el oeste para dejar espacio a los nuevos amos ávaros ocupando las tierras baldías que habían dejado las migraciones y las guerras en la antigua frontera imperial del Danubio. Estos inmigrantes, restos a su vez de las migraciones y guerras de los últimos doscientos años, tenían un origen heterogéneo (germanos, sármatas, alanos, romanos, hunos…) que se homogeneizó y germanizó bajo el dominio de los Agilolfingios.

Los longobardos, por su parte, eran una antigua escisión de la confederación vándala que mantuvo su identidad, si bien no siempre su independencia, bajo la presión de pueblos más poderosos como los hunos o los sajones, por ello carecían de una dinastía persistente y afamada y sus reyes establecían efímeras líneas que no alcanzaban renombre ni estabilidad.

En ese escenario, con los ávaros asentando sus posiciones en Panonia y fortificando sus flancos con la invasión de Italia por sus aliados longobardos (568) y el establecimiento del ducado de Baviera por los Agilolfingios, nació Romilda, hija del duque Garibaldo I de Baviera que había logrado contraer matrimonio con Waldrada, viuda del merovingio Teodebaldo I de Austrasia, hija del rey longobardo Waco que, a su vez, la había tenido con Ostrogoda, una princesa gépida que descendía al mismo tiempo de los Amalos y de Atila, lo que elevaba su prestigio a las más altas cotas de la realeza confiriendo a los longobardos y a los bávaros un estatus superior dentro del mundo nobiliario y real de la Europa del siglo VI.

Romilda, en virtud de las alianzas dinásticas del momento, contrajo matrimonio con el duque longobardo Gisulfo II de Friul, sobrino-nieto del rey Alboino, el que dirigió la invasión de Italia (568) y del drama de cuya esposa, Rosamunda, otra princesa gépida escribiremos en breve.

AHORA VIENE EL DRAMA DE ROMILDA

¿Qué podía ir mal? Romilda, hija de un oscuro duque bávaro, pero descendiente por vía de su abuela de Teodorico el Grande y Atila, lo que la convertía en una princesa de primera división, contrajo matrimonio con el sobrino-nieto del rey longobardo que había conducido a su pueblo desde la mediocridad de Eslovaquia, en la frontera de los gépidos, a la grandeza de Italia, y que, a su vez, era duque hereditario no solo de un conglomerado de clanes sino también de un territorio en la frontera con los aliados ávaros: Friul.

¿Qué podía ir mal? Pues, a la vista de los acontecimientos: todo.

En 601 los bizantinos habían logrado recuperar su iniciativa en los Balcanes y habían aplastado al Kan de los ávaros, Bayán, en una batalla cerca del Tisza donde murieron él y cuatro de sus hijos. Lo único que salvó a los ávaros fue el motín de las tropas bizantinas en 602, descontentas por tener que pasar el invierno al norte del Danubio. El emperador Mauricio fue asesinado y tomó el trono el centurión Focas, que, al dictado de sus compañeros de armas, abandonó el campo de batalla regresando al sur del Danubio y permitiendo la supervivencia de los ávaros.

Ello no obstante, la dinastía ávara había quedado muy debilitada y había clanes, entre ellos el Dulo, de origen onogur (huno, por lo tanto) que daría origen al pueblo búlgaro, que aspiraban al trono. Esto obligó al nuevo Kan, Bayán II, a mostrarse enérgico y restablecer el poder de su dinastía mediante la represión y en ese contexto, pero en circunstancias mal conocidas, aunque sin duda Gisulfo II andaba negociando con los Dulo o con otros conspiradores, acabó invadiendo el ducado de Friul en 610.

Gisulfo II murió en batalla y Cividale, la capital de su ducado, quedó cercada por los ávaros y defendida por Romilda, la princesa viuda, que decidió jugar la baza de su linaje. Ya sabemos que descendía de Teodorico el Grande y de Atila, además de toda la dinastía de Arderico, reyes gépidos, lo cual la convertía en un apetitoso trofeo que, como ya había sucedido con su madre Waldrada, bastaba para legitimar y dar prestigio a toda una dinastía advenediza y en problemas aunque fuera de origen tungús o yuan-yuan. Bien es cierto que los kanes ávaros decían pertenecer al clan Ashina, el más prestigioso y noble de toda la estepa, pero los Dulo no les iban a la zaga en nobleza y entroncar, estando asentados en los Balcanes y los Cárpatos, con aquellas tres prestigiosas ramas de la realeza no les vendría nada mal. Por lo tanto, Romilda, a cambio de ver respetada la vida de los hijos que había tenido con Gisulfo II y la ciudad que entregaba, ofreció a Bayán II matrimonio.

El kan ávaro aceptó el trato. Cividale se entregó con la promesa de no ser saqueada y Romilda contrajo matrimonio con él.

Desgraciadamente, los cronistas de estos acontecimientos son de origen longobardo, monjes de monasterios italianos, y no nos cuentan toda la historia. Omiten, desde luego, cualquier dato que pudiera ir en detrimento de la princesa Romilda y avalar los actos del khan Bayán II, pero hay puntos oscuros y que inducen a la sospecha en todo el relato que nos ha llegado.

En primer lugar, Romilda no debía confiar mucho en su nuevo esposo y tampoco debía ser muy sincera en su entrega cuando, antes de abrir las puertas de Cividale y proceder al casamiento, hizo que todos sus hijos huyeran poniéndose a salvo.

En segundo, algo muy grave que los monjes omiten, debió suceder para que las cosas adquirieran el rumbo que llevaron.

En efecto, Bayán II se casó con Romilda y el matrimonio se celebró con la pompa y alegría preceptivas. Sin embargo, a la mañana siguiente del himeneo el kan entregó a su nueva esposa a doce de sus rudos guerreros para que la sometieran a una salvaje violación en grupo mientras hacía saquear Cividale.

Concluida la prolongada y brutal violación de Romilda, totalmente inédita en una princesa de su rango, fue arrastrada desnuda y empalada. Mientras padecía su suplicio, elevada sobre un grueso palo que se abría paso por sus entrañas a través del recto, Bayán II se le acercó para decirle que era aquello lo que se merecía. Insisto: nuestros cronistas, italianos y bajo dominio longobardo, nos ocultan el motivo de la furia del ávaro a quien nos presentan como un psicópata demoniaco…y es cierto: sus actos no pueden despertar en absoluto nuestra simpatía ni cabe justificarlos, pero sí deberíamos explicarlos y en ese campo no es descartable que Romilda tratase de despacharle con veneno (ya veremos al hablar de Rosamunda que no se trataba de un procedimiento tan extraño e Ildico sigue bajo sospecha).

Pero, en cualquier caso, ese fue el truculento drama de Romilda.

Sus hijos, Taso y Caco, mantuvieron la revuelta contra los ávaros y llegaron a expulsarles de Italia ocupando parte del Tirol, pero acabaron aplastados por los bizantinos en la ciudad de Oderzo allá por el 617. Pero esto es ya otra historia.

© Fernando Busto de la Vega.

ÉXITO Y TRIFULCAS EN EL TEATRO DEL XVIII (UN EJEMPLO: MARÍA LADVENANT)

Uno de los grandes pecados de España, y que debe atribuirse sobre todo a sus élites «cultas» de los últimos trescientos años, abducidas hasta mediados del XIX por lo francés y desde que los liberales se hicieron con las riendas del país para su decadencia y destrucción por lo anglosajón, es la absoluta indiferencia y consiguiente ignorancia sobre su historia en todos los aspectos y, muy especialmente, por el cultural y artístico.

Cuando cualquier paniaguado profesor de secundaria concibe la idea de poner a sus alumnos en contacto con el teatro clásico (cosa que sucede de pascuas a ramos) hay muchas más posibilidades (un noventa por ciento) de que piense en Shakespeare que en Lope o Calderón. En Música se enseñará a Haydn, Bach y Haendel, pero no a Nebra, Soler y Leal o Literes, que no les iban a la zaga en calidad, aunque son despreciados por su condición de españoles (los alemanes, italianos y franceses que conformaron el canon actual ignoraban y despreciaban la cultura española, de la que no obtenían réditos ni fama)… y así todo.

De hecho, sé que este artículo será uno de esos que muy pocos leerán porque ni siquiera los términos de sus etiquetas están en el mapa cultural y de intereses no ya de la mayoría sino incluso de un núcleo estimable de hispanos y españoles «cultos» . En suma: la abismal ignorancia hispana en lo referente a su propio pasado y cultura que facilita tanto que a uno y otro lado del Atlántico consumamos religiosamente las ruedas de molino eructadas por anglosajones y germanos en general. Una pena. Pero yo soy inasequible al desaliento. Seguiré intentando culturizar y civilizar a los arriscados hispanos hasta llevarlos al redil del necesario resurgimiento.

Hoy vamos a fijarnos en la corta, pero exitosísima carrera de la actriz y «autora», esto es: directora de compañía teatral, María Ladvenant.

Hija de actores, nació por accidente en Valencia, donde sus padres representaban, en 1741 y murió en Madrid en 1767, sin haber llegado a cumplir los 26 años. Vida breve, pero bastante para que sigamos recordándola.

Debutó en Madrid en 1759 como meritoria sin sueldo (para entonces ya estaba casada con el actor Manuel de Rivas)y al año siguiente ya era segunda dama y en 1762, estando ambas en la compañía de María Herrero (nótese que en el teatro del siglo XVIII las mujeres tenían las mismas posibilidades no solo de éxito sino de formar y dirigir compañías que los hombres, por mucho que nos quieran engañar las modernas e ignorantes feministas), estalló su rivalidad con otra joven actriz ascendente: Mariana Alcázar.

El enfrentamiento trascendió la simple rivalidad sobre las tablas puesto que en el momento existían dos grandes y combativas facciones entre el público: los chorizos y los polacos.

Hay que decir que los chorizos no se llamaban así por su propensión al robo. El origen de su nombre se encuentra en un lance de la escena, precisamente en el Corral del Príncipe. Allí, en 1742, actuaba el famosísimo cómico Francho que representaba un entremés muy popular en el que debía comer unos chorizos. Cierto día, al encargado de preparar la escena se lo olvidó colocarlos en el escenario y el cómico, improvisando, arrancó las risas del público en una larga escena en la que reclamaba sus chorizos al escenógrafo. Sus frases y ademanes causaron furor en el público y sus partidarios dieron en imitarlos ganándose el apodo.

Pues bien, a la altura de 1762 los chorizos, que se identificaban con un lazo azul en el brazo, se pusieron de parte de Mariana Alcázar y sus rivales, los polacos, que se identificaban con un lazo dorado, de María Ladvenant. Este enfrentamiento causaba tumultos y peleas en el interior de los teatros, especialmente en el Corral del Príncipe, donde actuaba preferentemente la compañía de María Hidalgo y, naturalmente, en tabernas y callejones. La gente, literalmente, se dejaba de hablar y se daba de navajazos a causa de dicha rivalidad que, de todos modos, acabó pronto.

En 1763 Mariana Alcázar, que por cierto también escribía sainetes con música y otras obras hoy en su mayor parte perdidas, pero que despertaron el respeto y la admiración de Moratín y De La Cruz, hubo de abandonar la compañía de María Hidalgo y su rival, María Ladvenant se atrevió a dar la campanada con solo 23 años. Ese año, la autora (es decir: propietaria de compañía) Águeda de la Calle se retiró del teatro y ella solicitó a las autoridades sucederla en su puesto. La petición causó enorme revuelo y gran rechazo por su excesiva juventud. Una vez más se le enfrentaron los chorizos encabezados esta vez por el primer galán Nicolás de la Calle (obviamente familiar de la jubilada que pretendía heredarla) y el primer «gracioso» Chinica y la apoyaron los polacos y algún discreto duque que acaso la tenía como amante y sería padre de alguno de los cuatro hijos que dejó a su muerte.

El caso es que Nicolás de la Calle y Chinica acabaron en la cárcel y, lo que es peor, encuadrados mal de su grado en la compañía de María Ladvenant cuando salieron de la misma al poco tiempo y la joven actriz sucedió a Águeda de la Calle como «autora» con sede en el Corral del Príncipe.

Desgraciadamente para ella las cosas cambiaron pronto. Su duque la abandonó allá por 1764 y Nicolás de la Calle y Chinica aprovecharon la circunstancia para contraatacar consiguiendo el primero la autoría que ansiaba y ambos el breve encarcelamiento de María Ladvenant que, al salir del calabozo, y tras un corto retiro, regresó a la escena con el mismo éxito de siempre, aunque muchas más deudas.

En abril de 1765 murió repentinamente (yo siempre he sospechado de un envenenamiento) dejando el camino libre a sus detractores y competidoras. Sin embargo, cuarenta años después seguían recordándola y admirándola quienes la habían visto actuar alguno de los cuales dejó un elogioso retrato de ella: hermosa de rostro y cuerpo, buena y exacta declamadora, actriz excepcional, excelente cantante…

Hoy, casi 260 años después de su muerte algunos seguimos recordándola y respetándola.

© Fernando Busto de la Vega.

CASIA DE CONSTANTINOPLA: TEOLOGÍA EN UN CONCURSO DE BELLEZA.

Hemos de situarnos a comienzos del siglo IX. Sí, ya sé que muchos de vosotros pensáis que eso de los concursos de belleza es una rareza surgida con la plenitud del capitalismo yanqui en el siglo XX, pero los concursos de belleza femenina con formatos más o menos similares y siempre adaptados a los tiempos se remontan a la Guerra de Troya. De hecho, no lo olvidemos, mitológicamente esta comenzó a causa de un concurso de belleza entre las diosas Hera, Afrodita y Atenea que dirimió el iluso de Paris Alejandro.

PARIS ( TOCADO CON UN OPTIMISTA GORRO DE INICIADO MISTÉRICO) BUSCÁNDOSE PROBLEMAS AL ELEGIR A AFRODITA COMO LA DIOSA MÁS BELLA. NÓTESE EL DETALLE ANTROPOLÓGICO DE QUE YA EN ESTA ÉPOCA (SIGLO V, D. C.) GUSTABAN EL PUBIS DEPILADO Y LAS MEDIAS HASTA LOS MUSLOS. LAS COSAS NO CAMBIAN TANTO COMO PENSAMOS.

Entre mediados del siglo VIII y mediados del siglo IX el medio habitual de los emperadores bizantinos para elegir esposa era, precisamente, la organización de concursos de belleza.

Naturalmente la cosa no era tan simple. La belleza era una excusa para elegir una consorte apropiada. La época que el imperio atravesaba no resultaba sencilla. Los árabes por el este y el sur y los búlgaros por el norte presionaban las fronteras amenazando seriamente su supervivencia. Además, la situación dinástica era precaria, especialmente después de que la emperatriz Irene cegara, castrara y depusiera a su hijo Constantino VI en 797 creando una situación de ilegalidad que permitió al franco Carlomagno coronarse emperador en occidente, concretamente en Roma en el año 800. Los golpes de Estado y las conjuraciones se sucedían y los emperadores necesitaban a menudo alianzas regionales y familiares que añadir a sus apoyos militares y eclesiásticos para mantenerse en el trono e intentar instaurar una nueva dinastía. Por eso se solían convocar en Constantinopla concursos de jóvenes casaderas entre las que el emperador o su hijo elegían a la más bella, que solía ser, también, miembro de una importante familia que constituyera un apoyo territorial, político, religioso y fáctico del golpista de turno.

En el año 820 el emperador León V, que había llegado al trono mediante un golpe de Estado al traicionar a Miguel I Rangabé en la batalla de Versinikia (813), fue a su vez depuesto por el golpe de Miguel II que hubo de enfrentarse hasta 823 con otro rival: Tomás el Eslavo, apoyado por los árabes del califato de Bagdad, al que acabó derrotando.

Así las cosas, la situación de Miguel II en el trono no podía resultar más precaria y necesitaba rápidamente apoyos, formar un partido que le sostuviese y permitiese establecer una dinastía, de modo que procedió a convocar el ya habitual concurso de belleza para encontrarle una esposa a su hijo y sucesor, Teófilo.

Aunque ahora la época no suscite nuestro interés, y sé que este artículo está condenado a ser muy poco o nada leído, el final del siglo VIII y la primera mitad del IX fue un periodo apasionante parte del cual ya hemos tratado aquí al hablar del golpe del general Toto en Roma y la creación de los Estados Pontificios o la oposición de la shubiya a los árabes y el islam al tratar del poeta Abu Nuwás.

Decíamos que el golpe de la emperatriz Irene permitió el restablecimiento del imperio en occidente aupando a los Carolingios a la más absoluta supremacía y dando inicio a toda una nueva fase de la historia de Europa occidental que no concluyó hasta la coronación imperial de Napoleón a comienzos del siglo XIX y debemos informar al lector sobre la trascendencia del combate entre la iconodulia y la iconoclasia en el imperio bizantino.

Observada superficialmente, la disputa entre iconodulos (partidarios de la adoración de imágenes sagradas) e iconoclastas (enemigos de la misma) puede parecer irrelevante, simple fruto del fanatismo sectario de monjes ortodoxos contra una nobleza y un ejército opuestos a su poder y que les atacaba negando precisamente una de las bazas propagandísticas más importantes de dichos monjes: la posesión en monasterios de afamados y reverenciados iconos; sin embargo, la disputa tiene raíces mucho más profundas. No debemos olvidar que en ese momento el poder del islam, y especialmente del califato abasida de Bagdad, estaba alcanzando su cénit y que, junto con este, y a pesar de la oposición de la que ya hablamos al respecto de Abu Nuwás, se extendía su influencia teológica y cultural de tal modo que la iconoclasia era un caballo de Troya para dicha influencia en Bizancio y anunciaba, quizá, algún tipo de evolución teológica que desbaratase el legado católico de Constantino el Grande conduciendo a una forma de islamización que quizá llegase a allanar el camino de los abasidas al trono imperial, lo que hubiera cambiado radicalmente la historia de Europa y del mundo. No era asunto baladí lo que se jugaba. Pero no voy a aburrir al lector con las idas y venidas de la iconoclasia y la iconodulia a lo largo de prácticamente un siglo. Diremos, simplemente, que Teófilo, el hijo de Miguel II, era rabiosamente iconoclasta y estaba muy influido por la mentalidad islámica desde su infancia. Vivía en Constantinopla, pero no dejaba de mirar a Bagdad.

ÁUREO DEL EMPERADOR TEÓFILO, QUE NOS MUESTRA UN RUDIMENTARIO RETRATO DEL MISMO.

Como ya explicamos, Miguel II había llegado al poder mediante un golpe de Estado en 820 y hubo de defender su trono a lo largo de una dura guerra civil (en la que le apoyaron los entonces poderosos búlgaros mientras los también poderosos abasidas, califas de Bagdad, apoyaban a su rival, Tomás el Eslavo) hasta 823. Estaba muy necesitado de apoyos y para ello precisaba emparentar con la aristocracia de Constantinopla, motivo por el cual convocó el habitual concurso de belleza para elegir a la esposa de su heredero, Teófilo.

Se discute mucho sobre si dichos certámenes estaban amañados y se acordaba previamente su resultado citándose a las demás participantes como un medio de honrar a sus poderosas familias y confirmar su cercanía al trono o si realmente la belleza y la decisión del príncipe jugaban algún papel determinante. Sea como fuere, en el certamen de belleza para elegir a la esposa de Teófilo, las cosas no salieron como se esperaba.

Insisto en que Miguel II necesitaba desesperadamente una alianza con la aristocracia de la capital y, en ese contexto, la candidata elegida parecía ser la poetisa Casia, hija de un poderoso guardia de palacio y cuñada de un general iconoclasta y con gran influencia en el ejército. Además era hermosa, las fuentes no dejan de loar su belleza, culta e inteligente. Solo tenía un defecto: era una iconodula radical a la que en la época del concurso, cuando andaba entre los quince y los veinte años, ya habían azotado públicamente en dos ocasiones por su cerrada defensa de la adoración de los iconos e imágenes sagradas. Y, como sabemos, Teófilo era un iconoclasta radical, de hecho, fue el último emperador iconoclasta. ¿Podía funcionar una unión semejante? En realidad, sí. Si Casia, la ilustre poetisa, hubiera permanecido calladita.

Al principio todo pareció ajustarse al guion preestablecido. Las jóvenes aristócratas se reunieron en Constantinopla para competir por el corazón del príncipe que, como en el mítico juicio de Paris, debía entregar una manzana de oro a la elegida, y Teófilo se dirigió hacia Casia, la hija del poderoso guardia de palacio, la cuñada de un prestigioso general, la descendiente de una noble familia mucho más antigua que la sucesión de golpistas que llevaba décadas accediendo indebidamente al trono…pero Teófilo tenía muy claras sus ideas. Era un iconoclasta ferviente, estaba por hacer virar la herencia de Constantino hacia el faro de Bagdad (y quizá, en cierto grado, de Mahoma). Era, como todos los que vivían influidos por ese canto de sirenas musulmán, crítico con el papel de la Virgen María, a la que los musulmanes no ven como la madre de Dios, sino como una mujer normal y, por supuesto, no la consideran libre de pecado. Más o menos abiertamente, Teófilo, estaba en esa idea. Naturalmente, Casia, iconodula intransigente, la detestaba.

De modo que el joven Teófilo se dirigió, manzana de oro en mano, hacia la poetisa (ya entonces era afamada por sus versos a pesar de su juventud) Casia y le ofreció el premio no sin pronunciar la frase:

—A través de la mujer fluye la maldad.

Que venía a atacar indirectamente a la Virgen y, de paso, acentuar la idea de que la mujer había traído el pecado a la Humanidad a través de Eva justificando así la habitual política musulmana de relegar a la mujer a un segundo plano.

El guion indicaba que Casia debería haberse callado, aceptado la manzana de oro y convertirse en emperatriz…pero a Casia no la habían azotado en vano dos veces por sus ideas y no en vano era una mujer culta y educada que se resistía a no debatir, de modo que le espetó al ya casi emperador:

—Pero a través de una mujer emana lo mejor.

Reivindicando el papel de Cristo como mesías y de la Virgen María como vehículo de la salvación. Es decir: oponiéndose firmemente a la iconoclasia y al perfume islámico que ocultaba.

Ofendido, Teófilo le dio la espalda a Casia, y a su poderosa familia asentada en la corte, y le entregó la manzana de oro a Teodora, perteneciente a una familia noble de Paflagonia, una provinciana, e igualmente hermosa e iconodula que mantuvo la boca cerrada, se casó con él fue emperatriz…y al quedarse viuda en 840, como regente de su pequeño hijo Miguel III, acabó definitivamente con la iconoclasia restaurando la iconodulia.

Casia fundó un convento y continuó su carrera poética alcanzando grandes cotas de fama y respeto y llegando casi a santa. Hoy muchos la han olvidado. Su poesía religiosa ha pasado de moda. Está, sin embargo, entre las mujeres hermosas y sabias de la antigüedad a las que sigo amando a pesar de los siglos transcurridos (Safo, Wallada, Beatriz di Fosco Portinari, María Balteira…y tantas otras).

Quiero acabar esta entrada con una fotografía de la actual Miss Universo, lo ignoro todo sobre ella ¿tendrá opiniones teológicas? ¿Y políticas? ¿Atesorará dotes poéticas o literarias? ¿Habrá fotos de ella desnuda o existirán vídeos de contenido sexual?…Quiero decir: ¿Le hubiera gustado al emperador Teófilo?

© Fernando Busto de la Vega.

LA CAÍDA DE PUTIN (Y SU POSIBLE PRECIO)

Salvo el de Estados Unidos en relación con la guerra de Vietnam (y el asunto merece un estudio en profundidad que todavía no se ha abordado con seriedad), ningún régimen ha podido sobrevivir a una guerra impopular que, además, se pierde. La Rusia de Putin no será una excepción. El problema son los tiempos de la caída y lo que pueda suceder en ellos.

La Historia resulta siempre un referente eficaz y útil para comprender el presente y predecir con éxito el futuro. A ese respecto podemos establecer interesantes paralelismos entre lo que supone la guerra de Ucrania para la Rusia actual y lo que supuso la Guerra del Rif para la España del siglo pasado.

Evidentemente, la Guerra del Rif condujo indefectiblemente a la caída del régimen canovista y a la proclamación de la república en 1931. El problema fueron los tiempos. El primer desastre de aquella guerra, en la que murieron reservistas que llevaban menos de una semana en filas a causa de la ineptitud de sus mandos profesionales fue el Desastre del Barranco del Lobo, en 1909. Esta debacle condujo de inmediato a las enérgicas protestas de la Semana Trágica que no hicieron caer al régimen. Ni siquiera llegaron a tambalearlo. La guerra siguió, hubo avances y éxitos, también muchos españoles muertos, heridos y enfermos y un nuevo desastre, el de Annual, en 1921 que condujo a la dictadura de Primo de Rivera en 1923. Veintidós años transcurrieron entre el primer desastre y las primeras protestas tumultuarias, casi revolucionarias, y el fin del régimen.

Putin, derrotado, o en proceso de derrota, en Ucrania, caerá sin duda. La pregunta es cuando y qué llegará a hacer para mantenerse en el poder y reivindicarse (o vengarse). No solo hablo de la represión en el interior de Rusia y los crímenes de guerra en Ucrania. Desgraciadamente, dispone de armas nucleares…y esperemos que de subalternos sensatos y valientes. En momentos como este, los valores universales que conforman a las personas, sean cuales sean sus creencias e independientemente de su nacionalidad y posición social, profesional y política, son la única esperanza de la Humanidad. Y deberíamos reflexionar a fondo sobre este extremo en el futuro. Si es que llegamos a tenerlo.

© Fernando Busto de la Vega.

LLUVIA, SOL Y GUERRA EN SEBASTOPOL

  • 1-LOS BENEFICIADOS
  • 2-LA OTRA CARA DE LA MONEDA
  • 3-LAS CONSECUENCIAS

1.-LOS BENEFICIADOS

Lluvia, sol y guerra en Sebastopol. Este efímero refrán describía , con cierto optimismo, a mediados del siglo XIX los condicionantes estratégicos que definían una época de bonanza para el agro castellano. Estaba en curso la Guerra de Crimea, circunstancia que bloqueaba las exportaciones de trigo de Ucrania y abría grandes oportunidades de negocio para los productores españoles, que afianzaron su posición económica y política en aquellos años.

2.-LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Desgraciadamente, no todo resulta tan sencillo en la Historia y en la Política. Dentro de España hubo descontentos con la euforia de los productores de grano del interior quienes impusieron políticas librecambistas en Madrid para favorecer sus ventas en el extranjero. No se trataba de políticas descabelladas o basadas en el privilegio. Por el contrario, resultaban muy beneficiosas para la balanza de pagos nacional, necesitada, además, de rápidas y abundantes entradas de efectivo después del desastre económico ocasionado por las guerras que se venían padeciendo desde comienzos del siglo y de la pérdida de gran parte de las provincias españolas de ultramar.

Ahora bien, las oligarquías periféricas, los fabricantes textiles catalanes y los productores metalúrgicos vascos, se veían perjudicados. Sus producciones no podían competir ni en precio ni en calidad, ni siquiera en cantidad, con las inglesas y una política librecambista les damnificaba, razón por la cual pugnaban por el proteccionismo. Era una pugna perdida, el conjunto de España se beneficiaba en ese momento de las políticas librecambistas y la imposición del proteccionismo hubiera supuesto un suicidio económico. Por ese motivo, las oligarquías periféricas sufrieron reiteradas derrotas en las Cortes y apenas contaron con algún gobierno que les escuchara, lo que dio inicio a las consabidas críticas contra el «centralismo».

3.- LAS CONSECUENCIAS

De esos egoísmos perjudicados por el bien común y las consiguientes críticas al «centralismo» madrileño se alimentaron fantasías regionalistas que derivaron artificialmente (y a causa de la debilidad de los regímenes liberales y la condición social y no nacional de las dictaduras, incluida la de Franco, más preocupada por proteger a los oligarcas frente al pueblo, aunque se tratase de individuos vinculados a los artificiales nacionalismos periféricos, que de asentar España como nación integrada) en los nacionalismos y hasta independentismos que contemplamos hoy en algunas de nuestras provincias peninsulares. Fue así, y por la vía bastarda de la codicia de algunos industriales inmorales más dispuestos a proteger sus bolsillos que a participar en el auge de España mejorando a base de sacrificio patrio e inversiones su competitividad frente a Inglaterra, como una guerra en Ucrania marcó la historia de España a mediados del siglo XIX y sigue afectándonos hoy en día. Me parece adecuado hacer esta reflexión historicista en momentos como los actuales. Nada más.

© Fernando Busto de la Vega