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TERCERMUNDISMO

Lo que vemos aquí no es fruto de la pobreza, sino de la irresponsabilidad y el egoísmo individuales y la falta de organización administrativa y respeto mutuo.

La verdad reside en los detalles, esta es una frase que se repite a menudo en estas páginas y que nos servirá una vez más para llegar a comprender una realidad oculta, incómoda y que enfurecerá a algunos.

Por cuestiones profesionales me veo obligado a tratar, desde la trinchera de la administración pública, con cientos de inmigrantes cada semana y esto me permite percatarme de algunos rasgos que, a la postre, explican muy bien tanto la naturaleza de la ineficacia e inviabilidad de sus naciones de origen como la compleja integración de esas personas en la nuestra sin contribuir a su deterioro.

Existe un rasgo común en muchos (nunca se debe generalizar al extremo) de los inmigrantes que llegan de la América hispana, del Magreb y del África negra (y que no se da en los europeos ni los asiáticos no musulmanes): la incapacidad, en apariencia total y aparentemente definitiva para ceñirse a un simple trámite administrativo. El mero hecho de comprender que debe acudirse a los sitios con cita previa y recordar la fecha y la hora de la misma representa ya en sí mismo un problema grave. Hay gente que se presenta sin la debida cita y se enfada cuando no se le atiende sin ella y otros muchos que, simplemente, la dejan pasar, se presentan semanas o meses después y se enfadan también cuando se les indica que ya perdieron su cita.

La cosa es sencilla, se limita a decirles: «para poder ser atendidos en condiciones, dedicándoles el tiempo que requiere su trámite, tienen que venir tal día a tal hora» y un porcentaje elevadísimo ni siquiera es capaz de cumplir esta simple obligación por mucho que se la recalques e insistas en ello usando un idioma que comprendan (que esta es otra: cuando emigras a un país, como mínimo se pensaría que deberías haberte preocupado de aprender los rudimentos de su lengua y no pensar que todo va a funcionar, como suelen creer los subsaharianos, quedándote de pie y mirando al suelo con infantil carita de pena para que el funcionario blanco te lo de todo masticadito y servido y que esta actitud se mantenga en muchos casos dos y tres años después de haber llegado al país). Y esta incapacidad denota los males intrínsecos de esas sociedades de origen que la llegada de estos inmigrantes amenaza con imponer aquí.

Es preciso decir que, cuando ven que, al haber hecho caso omiso de sus citas, no van a poder realizar el trámite cuando y como a ellos les apetece, estos individuos reaccionan de diferentes maneras. Unos (generalmente los magrebíes y algunos hispanoamericanos que tiran de odio racista y resquemores antiespañoles elevando el tono con la esperanza de que el funcionario acabe cediendo por temor a ser tachado de racista) con rabia y agresividad. Otros con lloros, ruegos y ofrecimientos (pequeños intentos de soborno), algunos (especialmente los subsaharianos) quedándose de pie durante horas en el mostrador de turno sin marcharse por mucho que les digas que nadie les va a recibir y les vuelvas a explicar mil veces que necesitan cita previa.

Hay algunos, especialmente hispanoamericanos, que se encastillan y exigen que sea el funcionario quien les de la cita previa que necesitan y se niegan en redondo a tomarla por ellos mismos porque, al parecer, representa un ultraje que deban hacerlo como ciudadanos autónomos y responsables y necesitan que un funcionario español les haga de mayordomo.

Todo esto pueden parecer simples anécdotas que atañen a recién llegados necesitados de adaptarse a su nuevo entorno, pero muestran en realidad las disposiciones mentales propias de personas procedentes de países ineficaces y desorganizados.

En primer lugar podemos constatar la total y absoluta falta de responsabilidad personal y de respeto hacia la administración y los restantes ciudadanos. Solo su problema les importa y pretenden ser atendidos cuando les conviene y les apetece (los hay que se presentan a cinco minutos del cierre de la oficina de turno y pretenden que se les atienda aunque su trámite lleve media hora o cuarenta minutos y no faltan los que llegan una hora antes o media hora después del horario de cierre y se dedican a golpear las puertas para que se les habrá prorrumpiendo en malas caras e insultos cuando se les indica el horario de atención al público y se les explica que deben atenerse a él) sin querer comprender que se necesita un orden para respetar las necesidades y derechos de los restantes usuarios. Son personas incapaces de atenerse a un simple proceso de cita previa a causa de la indisciplina moral y social que traen de fábrica (quiero recordar aquí que, durante la pandemia, cuando tomaba el autobús que me conducía al Centro COVID en el que trabajaba como voluntario, los únicos que viajaban sin mascarillas y con los que había que discutir todos los días para que se las pusieran, debiendo llamar a veces a la policía, eran hombres de ascendencia hispanoamericana que rechazaban, por chulería y desprecio al bien común, someterse a las normas profilácticas establecidas para todos, ellos eran demasiado guapos y chulos para aceptarlas y sumarse al esfuerzo común y, claro, algunos acababan detenidos por los «racistas» cuerpos de seguridad.

Acto continuo, tras la irresponsabilidad personal, la falta de madurez para cumplir el único deber que se les impone (acudir a una fecha y hora precisas) y el desprecio hacia los derechos ajenos y el desconocimiento de los propios deberes, llega la fase de excepción, en la que buscan quebrar las normas a su favor mediante los gritos, las posiciones pasivo-agresivas, las exigencias, los llantos, los ruegos y los intentos de soborno. Esto también denota una disposición moral deplorable y típica que define per sé al tercermundismo.

Digo con esto, y para terminar, que el tercermundismo y sus nefastas consecuencias, van mucho más allá de las causas políticas, económicas y postcoloniales (la América hispana jamás fue una colonia y, en el peor de los casos, lleva sin serlo doscientos años) que esgrime la demagogia maoísta y cala en el comportamiento moral de sus ciudadanos. Hablamos de una disposición inmadura, irresponsable, egoísta y desorganizada que amenaza por su propia existencia a la eficacia de los Estados avanzados poniéndolos en peligro de caer en los mismos abismos que los países tercermundistas. Hay que tener cuidado con eso.

Otra de las taras morales de estos inmigrantes tercermundistas es su profunda y agresiva ignorancia que abarca desde la total incompetencia digital e incluso alfabética (es elevado el número de subsaharianos que llegan a Europa sin saber leer ni escribir) hasta el problema de las supersticiones contrarias a la civilización que traen y no abandonan (subsaharianos y magrebíes son básicamente musulmanes, hay muchos hispanoamericanos que llegan como despreciables evangelistas de sectas predominantemente antiespañolas) …y esa es una amenaza sistémica. Europa, y especialmente España, deben defender la civilización que representan en todos los frentes, también en el del control de las sectas hostiles que pretenden arraigarse en su territorio. Eso de la libertad de religión es una derivada del mosaico de sectas protestantes que en modo alguno podían imponerse unas sobre otras en los Estados Unidos y que no tenían otro remedio que coexistir. Desde esa realidad sectaria la idea pasó al liberalismo parlamentario anglosajón, pero es una de tantas excrecencias masónicas incompatibles con la grandeza y permanencia de España y la civilización que representa que debemos eliminar. Y, para ello, lo sabemos, es necesario derrocar al ilegítimo régimen intruso de 1978 que padecemos.

Creo que se nota la diferencia y no dudo en qué realidad queremos vivir, para preservarla debemos ser conscientes de los insidiosos peligros que el tercermundismo trae consigo y cercenarlos de raíz.

© Fernando Busto de la Vega.

LA PAYASADA DE LEÓN XIV EN ESPAÑA

Una cosa es predicar y otra dar trigo, dice el refrán español, y esta inapelable realidad es aplicable a las payasadas que el papa León XIV ha venido a predicar a España, especialmente en relación con la invasión de migrantes africanos que estamos sufriendo.

Hay que explicarle al papa, y a quienes comulgan (siendo católicos o progres) con sus posiciones, que un país, un continente, no es una ONG, no es una maquinaria destinada a sacrificar el presente y el futuro de sus nacionales para satisfacer las desordenadas ambiciones de naturales de otras regiones, sino un instrumento para el mantenimiento de la prosperidad y el progreso de esos nacionales (que son, junto a sus antepasados, quienes con su esfuerzo, trabajo, estudio y predisposición la han instalado en la vanguardia económica, social y cultural del mundo) así como la defensa y expansión de la Civilización, papel que España, como sabemos, cumplió sobradamente en el pasado y está destinada a cumplir en el futuro.

Ello es incompatible con arruinarse aceptando pasivamente la invasión de elementos culturalmente inferiores que en la mayoría de los casos (puedo afirmarlo por mi experiencia profesional diaria) ni saben leer ni escribir y mucho menos manejar la nueva tecnología ni adaptarse a las costumbres europeas ni desean aprender ni adaptarse. Antes al contrario, importan a Europa las suyas hasta el punto de corroer los barrios en los que se hacinan y cuyos bancos se atestan de negros tumbados o repantigados descalzos y con las barrigas al aire, vagueando durante todo el día y toda la noche y de moros gritando y acosando mujeres en todas las esquinas (donde muchos de ellos se dedican a trapichear) …¿Le parece al lector bienintencionado una descripción racista y xenófoba? Eso es porque no ha sufrido esta invasión. Le recomiendo, si tiene ocasión, que se pasee por el barrio de las Delicias de Zaragoza o el del Gancho de la misma ciudad y luego opine. Si no puede trasladarse a Zaragoza, no importa: España y Europa están llenos de barrios semejantes, degradados hasta el extremo por la inmigración africana y americana.

¿Es de recibo que alguien, cualquier figurón internacional, cualquier ideología estúpida, nos obligue a soportar esto? ¿A aceptar unos procesos inasimilables que nos convierten, paso a paso, en países del tercer mundo? La inmigración depaupera la sociedad europea y ese es un hecho incontrovertible. Seguir en la misma línea que hemos seguido hasta ahora y que defiende el papa, solo tiene un final: la destrucción de Europa y su conversión en un territorio arrasado, alejado del progreso, la riqueza y la civilización, en un continente fallido hundido en la miseria, la ignorancia y el islam.

Es preciso recordarle a ese payaso vestido de blanco que llaman León XIV y tuvo la humorada de viajar a Canarias para defender políticas tan desastrosas, que los migrantes africanos son en su mayor parte musulmanes y lo primero que hacen, en cuanto llegan a España, es organizar una mezquita. No una iglesia ni un centro de estudios de cultura europea: una mezquita, mientras que los americanos, aparte de introducir las bandas de delincuentes hasta hace un par de décadas por completo desconocidas en Europa, suelen apiñarse en otra de las sectas que amenaza a la civilización: las iglesias evangélicas.

De modo que la inmigración, además de delincuencia, pobreza e involución, inunda España de dos de las más peligrosas sectas que amenazan a la Civilización en el mundo: el islam y el evangelismo. Ya solo por eso debería controlarse con microscopio quién entra en España y como se comporta. Porque las actuales políticas son disolventes y destructivas y solo pueden ser impulsadas por memos absolutos o traidores. Da lo mismo, ambas categorías deben ser apartadas del poder a la mayor brevedad y castigadas duramente por sus crímenes. El papa-payaso es un propagandista de estas políticas y, por ende, cómplice de estos crímenes.

Es preciso explicarle también a León XIV que España es una tierra repoblada. Según avanzó la Reconquista, nuestra gloriosa y costosa liberación del yugo musulmán, proceso secular que salvó a Europa y la convirtió en lo que es hoy, fueron repoblándose las tierras que los moros abandonaban. Y se hizo con método y unas líneas políticas muy claras. En primer lugar, se elegía repobladores que mejoraran la raza. No cualquiera podía instalarse en las tierras liberadas de la frontera. Por regla general se trataba de gentes del norte de la península sin mezclas perjudiciales (Roma, con su legado genético unido al de celtas e íberos, y los visigodos eran la materia de la repoblación a la que se unían, gentes procedentes del norte de los Pirineos). Y esto fue así desde las primeras repoblaciones en el siglo VIII hasta el siglo XVIII cuando siglos después de acabada la Reconquista se decidió repoblar Sierra Morena y se hizo con alemanes católicos. Porque esta es la segunda parte de la ecuación: España se construyó con la dirección genética adecuada y la estructura ideológica precisa. En ese sentido, la Inquisición (tan denostada por los anglosajones y germanos protestantes porque les impidió eficazmente mangonear en España) no fue un instrumento de atraso, sino de defensa de la unidad cultural y moral que llevó a España a convertirse en la Nueva Roma llevando la Civilización no solo a América, sino al orbe entero.

Esa debe seguir siendo, en el siglo XXI, la política rectora de nuestro desempeño como nación: una defensa cerrada de nuestro legado genético y cultural que excluye por definición el asentamiento de negros, moros y otras razas secundarias en nuestra tierra sagrada. Otra cosa es avanzar hacia el tercermundismo y la destrucción. Convertir a Europa en una África 2.0 en plena y desastrosa involución.

Por otro lado, ante un panorama en el que se le está regalando la nacionalidad española a gente que ni siquiera es capaz de hablar correctamente el español, a menudo ni de balbucear un par de palabras, habría que recordar a los traidores que nos gobiernan que español se es, por constitución inmemorial, por derecho de sangre. Todo lo demás, aunque se haya legislado en las ilegítimas cortes del ilegítimo régimen de 1978, es traición, es contrafuero. Y deberá pagarse.

Lo dejo aquí.

Clown in bishop attire with colorful robe and mitre holding a staff at seaside
UN PAPA-PAYASO

© Fernando Busto de la Vega.