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EL SUICIDIO DE CASIO Y LA SALUD MENTAL ACTUAL

El suicidio de Casio, prematuro e innecesario, cambió la Historia.

Sucedió durante la batalla de Filipos entre el partido republicano y el popular-cesariano en el transcurso de las guerras civiles que condujeron del final de la República Romana al Imperio allá por octubre del 42 a.d.C (hace 2066 años).

El contexto es bien conocido. Tras cuatro años de guerra civil, Julio César se proclamó dictador de Roma en el 45 a.d. C. Al año siguiente, un grupo de senadores republicanos encabezados por Bruto y Casio le asesinaron dando inicio a una nueva guerra civil entre quienes deseaban el restablecimiento de la república libre y aquellos que defendían el legado de César (que implicaba una serie de reformas sociales y de calado nacional que beneficiaban a las clases desfavorecidas) y que pronto encabezó su hijo adoptivo: Octaviano (el futuro César Augusto).

Bruto y Casio huyeron de Italia haciéndose con el control de las numerosas legiones establecidas en los Balcanes y Asia menor (unas veinte) y concitando la alianza de muchos monarcas orientales como Deyótaro de Galacia que aportó cinco mil jinetes mandados por su sobrino Amintas, que le sucedería en el trono y sería cabeza de una familia senatorial romana y desertó al inicio de la batalla de Filipos.

Marco Antonio (que había compartido el consulado con Julio César en el 44 a.d.C y jefe efectivo de su partido en ese momento) y Octaviano (hijo adoptivo y heredero de César que aprovecharía esta circunstancia para abrirse paso hasta la tiranía y el imperio) salieron en el 42 a.d.C. en persecución de los tiranicidas sublevados con unas veinte legiones encontrándolos en Filipos, 130 kilómetros al noreste de Salónica y unos 200 kilómetros al sureste de la actual Sofia, y a escasos 13 kilómetros del mar Egeo a la altura aproximada de la isla de Tasos. Allí tuvo lugar la batalla que duró casi un mes (entre escaramuzas y treguas) y resultó confusa y, sin embargo, decisiva.

Ninguno de los generales implicados (Bruto, Casio, Octaviano y Marco Antonio) brillaron en ella por su capacidad y los respectivos ejércitos dieron muestras sobradas de impericia, incapacidad e indisciplina. En el momento crucial de la misma, cuando por fin se llegó al enfrentamiento total, Bruto logró avanzar y conquistar el campamento de Octaviano que salvó la vida con una huida innoble abandonando a sus soldados. Sin embargo, en el otro extremo del combate, Casio fue derrotado y cercado en su propio campamento por Marco Antonio, recibió entonces falsas noticias de que Bruto había sido también derrotado y se suicidó para escapar a las torturas y exposición pública en un triunfo de su rival que terminaría, de todos modos, con su ejecución.

El suicido de Casio convirtió en irrelevante la victoria de Bruto y el propio Marco Antonio, mientras Octaviano seguía escondido, marchó a combatirle y le derrotó consiguiendo que, para evitar ser capturado, se suicidara también el 23 de octubre del 42 a.d.C. con 43 años de edad.

Desde ese momento la rivalidad y las guerras civiles se darían dentro del partido popular-cesariano entre Marco Antonio y Octaviano, que sería el vencedor después de la batalla de Actium (31 a.d. C.).

Hasta aquí la Historia. Ahora la reflexión que nos acerca a nuestra época, al momento en que vivimos y la lección que podemos extraer del suicido de Casio Longino.

Como hemos dicho al principio, su muerte fue prematura e innecesaria. Si hubiera vivido y resistido muy probablemente Bruto hubiera acabado rescatándole y derrotando a Marco Antonio, de este modo los tiranicidas hubieran podido regresar a Roma y restablecer la república. La Historia hubiera sido diferente y ellos triunfado.

A menudo se acusa a Casio de precipitación y aun de falta de valor. Son acusaciones injustas. En una situación de máximo estrés, con información escasa y deliberadamente errónea, se dejó llevar de su inevitable ansiedad precipitándose en un acto irreparable.¿Qué tiene eso que ver con nosotros? Mucho.

¿No vivimos acaso la mayor parte de nosotros en la cuerda floja?¿Agobiados por la inestabilidad laboral, las reglas de juego pensadas para el beneficio y la rapiña de los especuladores y explotadores?¿Con la miseria acechando a la puerta de nuestra casa? ¿No son estas terribles batallas que, si las perdemos, nos exponen, como a Casio, a la indignidad de la miseria y la mendicidad y a la intemperie de la calle? No debe extrañarnos que España sea el país de Europa con más consumo de ansiolíticos. El sistema está pensado para favorecer a los especuladores y los explotadores y empobrecer y demoler a los ciudadanos honrados. Necesitamos, indudablemente, un cambio de sistema, derribar el régimen ilegítimo de 1978 y establecer otro pensado para el bienestar y prosperidad de los ciudadanos honrados (y que no puede pasar por el parlamentarismo liberal-capitalista del mismo modo que las necesidades de los menesterosos de la Italia del siglo I a. d. C. no pasaban por el sostenimiento de la república, fue el imperio de César Augusto el verdadero instrumento de nivelación social y salvación económica de las clases proletarias, el parlamentarismo es siempre clasista y conservador).

Pero cuidado: nuestros gobernantes progresistas (no izquierdistas, no patriotas, no interesados en el bienestar del pueblo sino en su propio poder que pretenden consolidar a sueldo y bajo el amparo de imperialismos extranjeros) ya están entrando en liza para proponernos soluciones fáciles, terapéuticas y totalitarias. Ahora empiezan a hablar de la salud mental de los ciudadanos…a preocuparse por ella…en otras palabras: a imponer un dogma que se sostenga mediante la conversión de los ciudadanos libres en pacientes diagnosticados y sometidos a terapeutas de parte, no médicos interesados en curarles sino funcionarios a sueldo o sacacuartos con título y consulta privada que pesquen en río revuelto apoyando las tesis del poder.

En cualquier caso, si estamos locos, hagamos locuras. Si estamos desesperados rompamos con todo y lancémonos a la gloria y la épica. HAGAMOS LA REVOLUCIÓN, ACABEMOS CON EL RÉGIMEN ILEGÍTIMO DE 1978.

© FERNANDO BUSTO DE LA VEGA.

IDEOLOGÍA Y SALUD MENTAL

La ideología, cualquier ideología, es una seria tara mental, un sesgo cognitivo próximo a la psicosis en su inadaptación al medio y a la realidad objetiva.

En estos tiempos estoy harto de tratar con elementos ideologizados que no ven más allá de los dogmas de su secta y esto me indigna y me aburre. Por lo tanto he de decirlo alto y claro: cualquier ideología es una enfermedad mental que distancia al individuo de la realidad.

Lo sensato, lo útil y por lo tanto lo verdaderamente ético es el análisis objetivo de la realidad para encontrar el medio más cómodo y eficaz de convivencia y prosperidad. Esto, sin embargo, impone la renuncia a cualquier prejuicio, al odio, al ego y a los relatos dogmáticos que favorecen el poder de ciertas camarillas, por eso se rechaza.

Las ideologías, como dogmas sectarios, se imponen por la pobreza intelectual y moral de los individuos que prefieren ser monos de mente embotada, pero emotividad ligada a un grupo que seres humanos evolucionados.

En cierta ocasión conocí una secta cuyo líder les había convencido de que si alcanzaban cierto nivel de pureza espiritual podrían atravesar las paredes. Todos los seguidores de dicha secta eran chatos, se habían roto la nariz, en ocasiones varias veces, contra algún muro. Ninguno llegó a la conclusión de que su líder y los dogmas que les inculcaba eran erróneos, pensaban, simplemente, que no habían alcanzado el nivel espiritual óptimo para atravesar los muros…y seguían rompiéndose las narices sin remedio.

De modo que, amigo, amiga, amigue…si tienes unas ideas muy firmes y estás en lo cierto mientras los demás, ya tus enemigos, se equivocan, háztelo mirar, tienes una forma socialmente aceptada de psicosis, pero que esté aceptada por la mayoría no te hace menos loco, menos dogmático, menos repugnante.

© Fernando Busto de la Vega.

MÁS PAIDEIA, MENOS DOCENCIA

Vivimos en una sociedad decadente que cada vez nos acerca más a una larga época oscura durante la cual la Civilización será aniquilada para siempre por los flujos migratorios y la emergencia de imperios totalitarios cuyos cimientos ideológicos se oponen en todo a dicha Civilización.

Y esto sucede porque hemos perdido el rumbo y ya no sabemos transmitirles los valores adecuados y ser lo debidamente exigentes con las nuevas generaciones (y hemos perdido varias, algunas ya hasta peinan canas) lo cual no cesa de ahondar la decadencia que padecemos y nos destruirá.

Pero hay más.

Vivimos un momento en el que las enfermedades mentales de los adolescentes y jóvenes se han convertido en una plaga (entre otras razones por el impulso perverso de la sociedad liberal-progresista de implementar su totalitarismo ideológico convirtiendo a todos los ciudadanos en pacientes bajo un férreo dogma de «salud mental y social». Uno puede sublevarse contra sus sacerdotes, contra policías, jueces y militares tiránicos, contra reyes, políticos y banqueros… ¿pero contra su médico y su terapeuta?) y no es por casualidad.

Adolescentes y jóvenes han sido abandonados a su suerte y, lo que es peor, a la rapacidad de ideologías que tratan de imponer los desvaríos de minorías desviadas sobre la totalidad de la sociedad utilizando métodos de terrorismo social y mental. Además, un hecho que muchos considerarán beneficioso ha venido a dejar abandonados a los adolescentes y los jóvenes. El fin de la disciplina es también el fin de la atención y de la seguridad. Lógicamente, un adolescente debe sublevarse contra la autoridad y encontrar su propio camino en la vida, pero la autoridad y la disciplina son una referencia constante y amigable. La disciplina confiere al adolescente la atención que necesita; la autoridad, el rumbo. La pérdida de ambos principios conduce a la deriva de adolescentes y jóvenes. Habrá, pues, que recuperarlas.

Pero, sobre todo, hemos de cambiar el paradigma formativo. Acabar con el adocenado y perjudicial concepto de la docencia liberal-progresista y recuperar el de paideia como formación integral de los jóvenes (y ya por desgracia de los adultos) en una estricta conciencia del mundo al que pertenecen y las obligaciones como ciudadanos que esto conlleva. Hay que educar para la grandeza, no para la sumisión ante oligarquías corruptas, explotadoras y enemigas de la Civilización que deben ser derrocadas y aniquiladas a la mayor brevedad.

Necesitamos una rápida y profunda revolución en Occidente, pero no del signo que suele utilizar esta palabra, sino el simple y puro retorno a encarnar lo que somos y el papel que nos ha reservado la Historia: el de autores, difusores, gestores y defensores de la Civilización.

Muchos de vosotros no estáis en condiciones de entender lo que digo…y ese es un buen síntoma de nuestra decadencia.

© Fernando Busto de la Vega.

SALUD MENTAL, EL NUEVO MANTRA

En los últimos tiempos ha surgido un nuevo mantra del «Estado de Bienestar» que nos gobierna considerándose con derecho a decidir por nosotros y a imponernos la intervención en nuestra vida diaria y personal de «expertos» destinados a diseñar nuestro comportamiento y pensamiento de acuerdo con el dogma que pretenden imponer.

Vivimos un avanzado proceso de totalitarismo «tecnocrático» que poco a poco y por diversas vías, todas ellas amparadas por unos Estados que no defienden precisamente los intereses del pueblo y en los que los parlamentos solo juegan un papel teatral para escenificar una supuesta democracia inexistente y vulnerada por los poderes que se esconden detrás del conveniente escenario.

Ahora, los medios de comunicación y políticos y funcionarios muy preocupados por la población están empezando a lanzar la idea de que, especialmente los jóvenes, tienen gran cantidad de problemas mentales y que es preciso proporcionarles ayuda psicológica.

Están tratando de convertir en enfermedad el descontento causado por políticas destinadas a empoderar y enriquecer más a los poderosos y ricos arrebatando las oportunidades a los jóvenes. En todos los regímenes totalitarios, la disidencia ha sido perseguida bajo el estigma de la enfermedad mental, se trata de un hecho histórico.

Es preciso recordar a este respecto que la «normalidad psicológica» no es un concepto neutral y aséptico sino un dogma impuesto desde el poder.

Que el Estado y los poderes económicos empiecen a dudar de la salud mental de los jóvenes y a pretender ponerlos de un modo u otro bajo tutela de funcionarios de un oculto Ministerio de la Verdad con el nombre de terapeutas y psicólogos no augura nada bueno.

Lo que viene va ser peor que el nazismo o el estalinismo….es preciso comenzar a prepararse. La sublevación será necesaria. Volvámonos locos.

© Fernando Busto de la Vega.

Nota: 44j-99k-234-456-beñ-004