¿Quién en su sano juicio no está ya harto de toda la bobada dictatorial de la ideología de género? Llegados a este punto (y precisamente como macho alfa obligado a dirigir y disciplinar la manada) a lo mejor conviene recordar sucintamente qué es lo que nos enseña la naturaleza, a la postre único juez y maestro en estos asuntos.
Salvo la partenogénesis propia de organismos muy simples y la mitosis celular de algunas plantas, todo en la naturaleza está dividido en dos sexos (y solo dos) con la funcionalidad exclusiva de la procreación para la perpetuación de las distintas especies. Es así, no hay más.
Follamos para reproducirnos y es preciso que los genes provengan de dos especímenes de sexos opuestos (machos y hembras). Todo lo demás son cuentos.
Como eso de fornicar, si nos paramos a pensarlo, es molesto, sucio, incómodo y exige un nivel de intimidad excesivo, la naturaleza nos ha tendido la trampa del placer. Los especímenes, embriagados de cócteles hormonales adecuados, incurren en el acto que, habitualmente, provoca la liberación en el organismo de otros cócteles hormonales (dopamina, serotonina…) que hacen deseable un acto que, sin dicho condicionamiento hormonal, seguramente no nos gustaría. La prueba: imagínese besándose con lengua con cualquiera a quien no ame o no le excite sexualmente…más aún: inténtelo.
Es precisamente esa descarga hormonal la que convierte el sexo en un acto cultural llevando a variables recreativas (desde el intercambio de parejas o las camas redondas a la pornografía pasando por la masturbación, las orgías y otras prácticas) y la que, en cierto modo, justifica las prácticas homosexuales.
Pero hay que atenerse a la naturaleza: la finalidad última del sexo (y no niego en absoluto su función cultural y recreativa, es más: la reivindico) es la reproducción, de modo que las cosas son muy simples: existen dos sexos. Solamente. Todo lo demás son desarreglos hormonales o mentales que ciertos colectivos ideológicos de financiación nunca bien aclarada aprovechan y manipulan para obtener poder y quien sabe si debilitar a grupos humanos indeseados mediante la corrupción de la correcta percepción de la naturaleza.
El adulterio es una gran escuela de vida que proporciona, además, innumerables e interesantes tipos para un variado plantel de personajes y argumentos literarios. No se puede ser un buen escritor sin haberse engolfado frecuentemente en las mucilaginosas y turbias mareas de la infidelidad. Es así.
De todos esos posibles tipos hoy voy a detenerme en los que enuncia el título de la entrada.
Existen muchas formas de catalogar a las amantes que uno va encontrándose por la vida. De lejos, la mejor y menos problemática es la amante tangencial o concomitante, aquella con la que se coincide temporalmente en el pecado y luego, por la misma inercia vital, se aleja y queda en el pasado. La peor, sin duda, es la paralela, que no se alcanza, ni llega siquiera a tocarse, jamás. Luego están las centrífugas, empeñadas en abandonar a su marido arrastrándote con ellas o usándote de excusa (lo que conlleva los numerosos riesgos que todos hemos experimentado en algún momento: persecuciones furiosas del ofendido o de sicarios pagados por él, agresiones diversas, intentos de asesinato…) y, finalmente, las centrípetas, que de algún modo te arrastran hacia el interior de su mundo tóxico y, frecuentemente, surrealista.
Por regla general, el centripetismo amoroso se da más en las (y los, pero estos no me afectan) divorciadas por el mero hecho de que el divorcio no existe, es una simple ilusión. El divorcio consiste en la continuación de un matrimonio disfuncional por otros medios. De hecho, hay que aseverarlo sin cortapisas: el matrimonio, para lo bueno, y sobre todo para lo malo, es un paso sin retorno. Una vez casado (o casada) ya jamás se vuelve a ser soltero (o soltera), ese es un paraíso perdido para siempre.
Con todo, y son al tiempo peligrosas y enojosas, sí existen algunas amantes casadas de características centrípetas que, sin saber muy bien cómo, te arrastran al epicentro de su disfuncionalidad matrimonial y sentimental. Y, por supuesto, como en todo, el fenómeno admite y presenta gradaciones. Están desde aquella, en grado leve, que empieza comprándote ropa y acaba llevándote vestido como a su marido (o a sus hijos, que resulta más humillante), mismas camisas, mismos pantalones… cosa esta algo ridícula y no poco embarazosa si el marido, o los hijos, pertenecen a tu mismo círculo social; hasta aquella que procura adrede ser sorprendida por el cornudo en pleno coito para saltar en cueros de la cama e iniciar una feroz y cruel discusión en la que compara a gritos a su marido, siempre desventajosamente, con el emboscado amante. Tales discusiones son en extremo peligrosas, porque nunca se sabe como acaban y, creedme, el asesinato no es el peor de los finales.
Alguien, un amigo, me contó que en cierta ocasión le sucedió algo así y la esposa, siempre gritando y tratando de humillar a su marido, ponderaba las ventajas del atribulado amante que trataba de huir del lugar a toda prisa y lo más disimuladamente posible. En un momento dado la esposa loó el miembro viril del amante, ridiculizando el del marido que, furioso, se asomó a la entrepierna del pobre desgraciado que andaba buscando sus pantalones y calzoncillos y rompió a carcajadas afirmando que el suyo era más grande y, para demostrarlo, se bajó la ropa hasta las rodillas haciendo heroica y desafiantemente el molinete ante su espantado y sonrojado rival que nunca cometió la torpeza de volver a enredarse con una mujer casada. Aquel molinete feroz del marido le causa pesadillas hasta el día de hoy.
Y, claro, el complemento ideal de la amante centrípeta, es el cornudo pasivo-agresivo. En el campo de los divorciados esa categoría suele encarnarse en el cliché del exmarido-colega que incluso pretende jugar al tenis o al golf con su sucesor (desaconsejo vivamente aceptar invitaciones a cazar, pescar o acampar, a veces no se vuelve de dichas actividades, lo que también representa un buen argumento literario).
Pero estamos hablando de amantes y de sus complementarios esposos cornudos pasivo-agresivos.
La teoría, el estudio y la casuística del cornudo pasivo-agresivo es extensa y enjundiosa, daría para un grueso tomo de más de seiscientas páginas, por eso resumiré aquí enumerando tres ejemplos reales que llegaron a mi conocimiento mediante confidencias de amigos.
Sin duda, el más patético de todos los cornudos pasivo-agresivos de los que he tenido noticia fue aquel que, al saber que su mujer le engañaba con otro, se enfrentó a él y acabó llorando y abrazándolo casi fraternalmente. Era impotente y comprendía que su mujer buscase alternativas para llenar el hueco que él dejaba vacante. El amante se sintió tan mal que acabó rompiendo con la esposa y esta se enfureció de tal modo que los envió a ambos al hospital en sendas discusiones. Al amante de un golpe de tostadora arrojada con maña ala cabeza, al marido de un salvaje tirón testicular a puño cerrado.
Otro invitó a su mejor amigo a ver no sé qué final futbolística en la televisión y se dejó absorber de tal modo por el partido que no se percato de que su invitado no acababa de regresar después de ir al baño. En ese instante el equipo del marido marcó un gol y él, enfervorecido, dio en correr por la casa gritando a todo pulmón:—¡¡¡¡Gol!!!…
…Y, sin dejar el grito, irrumpió en la cocina, donde se encontró a su mujer reclinada sobre la encimera y a su amigo, los pantalones en los tobillos, profanándola por la retaguardia.
Hubo un instante, ni siquiera dos segundos, de pasmado silencio y abismal incertidumbre que se resolvió con el marido reanudando su grito:—¡¡¡Gol!!! mientras se alejaba de la cocina sin darle la más mínima importancia al hecho. Es más: jamás habló de ello. Pero en lo sucesivo, siempre que invitaba a comer o cenar a su amigo, le servía invariablemente brócoli e hígado acompañado de vino malo y caliente. Horrible venganza. Además, y con la aquiescencia de la esposa, que se quedaba ostensiblemente repantingada en el sofá: le enviaba a fregar los platos…solo. También, en los tres meses siguientes, le ardió misteriosamente el coche, le pusieron pegamento en las cerraduras de su domicilio y su negocio y dos negros musculosísimos le atracaron dándole una paliza sin robarle un solo euro, pero no vamos a ser mal pensados.
Finalmente, quiero recordar a aquel que, tan pagado de sí mismo y de su propia posición y perspicacia, telefoneó a su amigo para decirle que sabía que había intentado acostarse con su mujer.
—Yo no me chupo el dedo—dijo—, soy un tipo que se las sabe todas. Cuando tú vas, yo vuelvo…
Y, magnánimamente, perdonó la debilidad de su amigo al que, dijo, habría matado si su «locura» hubiera llegado a materializarse, por fortuna su esposa era fiel, juiciosa y de fiar…
La esposa también se rio, sobre todo en presencia de su marido, de los delirios amatorios del amigo. Pero ella y él sabían que el marido sí se chupaba el dedo. Otra cosa es que la esposa, después de ir demasiado lejos hubiera recogido cable a toda prisa haciéndose la buena y la santa. El marido la tenía por una pánfila a la que manipulaba y dominaba a su placer y ella, de vez en cuando, se aprovechaba vilmente de ese engreimiento.
Nadie duda de que eso de montarse un trío entra de lleno en el top de las fantasías sexuales de hombres y mujeres. Luego la composición del mismo varía y fracciona las preferencias. Es obvio.
Lo que no suele tenerse en cuenta son las complicaciones de toda índole que esta práctica conlleva, tanto en los aspectos prácticos como en los puramente personales.
Yo, que vengo de cometer varias veces este último mes el error de mezclar churras con merinas, de jugar algunos partidos con la chica a la que adoro (y estoy tratando de convencer de que se quede a mi lado) y su mejor amiga, joven, guapa, juerguista, bi (muy bi), recién divorciada y empeñada en llevársela a algún punto de la costa para lanzarse juntas a la vida loca, sé lo hostil y complejo que puede resultar un lance como este. Por ese motivo quiero aportar al mundo (que sin duda las necesita) algunas reflexiones previas al hecho que, basadas en experiencias propias y ajenas, quizá puedan resultar de ayuda a alguien.
1ª REFLEXIÓN.- Si eres una chica y te lo vas a montar con dos tipos, asegúrate de que eres la princesa de tu cuento y no la actriz porno/puta del cuento de ellos. Parece una tontería, pero la experiencia cambia mucho según la perspectiva.
2ªREFLEXIÓN.- Si eres un hombre y te lo vas a montar con una chica y otro tío, asegúrate de ser el que la tiene más grande. Si eso no ocurre, no te vengas abajo, mantén la dignidad dentro de lo posible. Y nunca, PERO NUNCA, NUNCA digas ni le dejes decir a ella que el tamaño no importa. Hechos y no palabras. Por cierto: también resultaría muy práctico deslindar desde antes de llegar a mayores el nivel de interrelación que deseas con el otro individuo, de lo contrario puedes acabar mirando a Cuenca sin saber muy bien como has llegado a eso…a fin de cuentas, y cito Amanece que nos es poco, un hombre en la cama, siempre es un hombre en la cama.
2ª-B.- Si por el contrario eres un hombre que se deja seducir por los encantos masculinos y descubres con asombro el esplendor del miembro de tu partener, mantén la calma y el saber hacer. Recuerdo a ese efecto cierto poeta malagueño (cuyo nombre no citaré para evitar querellas indeseadas) que, en trance similar, según cuentan, empezó a babear, a lanzar agudos gritos entusiastas, a aferrarse manual y bucalmente al elefantiásico apéndice del otro tipo y la cosa acabó con la intervención de la Guardia Civil, porque la chica se mosqueó, el otro tipo se lo tomó a mal y acabó todo como el rosario de la aurora. Contención, amigo maricón, la senda es peligrosa. (Y un saludo, Cisne).
3ª REFLEXIÓN.- Pase lo que pase, nunca hagas un trío con un matrimonio (o similar), estás ahí de relleno, con toda seguridad uno de los miembros de la pareja te odia y corres el riesgo de o bien verte envuelto/a en una pelea conyugal o, peor aún, escuchando como van a pintar el salón o si van a llevar al nene a clases de guitarra mientras os lo montáis. Matrimonios, no, gracias.
4ª.- REFLEXIÓN.- Nunca cedas a la pasión antes de haber dejado bien ordenadita la ropa, especialmente la interior. De lo contrario, luego pueden producirse momentos embarazosos e incómodos.
5ª.- REFLEXIÓN.- Los extras (desde el champán a los condones) se pagan a escote. O, bien vas invitado/a a todo. Que no te pierdan las ansias y acabes de pagafantas erótico-festivo/a.
6ª.- REFLEXIÓN.- Cuando la cosa surja espontáneamente en el transcurso, por ejemplo, de una fiesta, asegúrate de que formas parte del paquete pasional no vaya a ocurrirte como a mi amigo Carlos Copacabana, al que, literalmente, dos chicas expulsaron a patadas de un taxi mientras se enrollaban con pasión furibunda y él, sentado en uno de los lados del asiento trasero, trataba de inmiscuirse en lo que pensaba era una fiesta común. Aparte de la autoestima destrozada el pobre se llevó a casa una muñeca rota, por desgracia la del brazo del autoconsuelo, horrible contingencia que tardó en superar.
Y podría seguir, pero he prometido que en abril (y está ya ahí) las entradas serían cortas, ligeras, superficiales y mundanas.
Una última cosa: como asegura mi amigo Censorino Purujosa, siempre pesimista y negativo, todos empeoramos desnudos y en la realidad todo es peor, de modo que sí, tendemos a imaginarnos los trios a guisa de la imagen que abre esta entrada, pero a buen seguro se parecen más a las que la cierran.
Los guapos somos pocos, hay que reconocerlo con resignación.
Por cierto, ahora que lo pienso: no sé qué es peor, si ser el más guapo o el más feo de los tres.
Si tenéis algo que aportar u opinar usad los comentarios. Gracias, y un beso nada concupiscente.