La realidad es irrelevante y los secretos de Estado solo importan en relación con el enemigo, con los otros Estados, no con el pueblo. Esto lo demostró Julian Assange con Wikileaks en 2010. El tipo puso al alcance de la sociedad entera las miserias y delitos de los Estados y de las élites y ¿Qué sucedió? Nada. No hubo revoluciones, ni vuelcos electorales de trascendencia…nada. A la gente le dio igual. Él, lógicamente, sufrió las represalias de las agencias y poderes afectados y nada ha cambiado quince años después. Ningún régimen ha caído, ningún Estado se ha resquebrajado, nadie se acuerda ya de aquello. Importante lección a tener en cuenta.
Si buscas una revolución esta no guardará relación ni con la realidad, ni con la exposición de la inmoralidad del régimen ni del Estado, ni con el generalizado conocimiento de secretos vergonzosos o delictivos perpetrados por las élites. Por lo tanto, si buscas una revolución puedes estar seguro que no será una acción virtuosa o moral, tan solo una maniobra política.
Constatado esto, ¿Qué podemos decir? ¿Estoy lanzando un mensaje inmovilista y conservador? No.
Yo, sin duda, en mi juventud fui de los más absurdos idealistas y dispuestos revolucionarios que pudieran encontrarse. Tengo a mi favor que aprendo de la realidad y que estudio constantemente los libros, las teorías y las realidades objetivas. A día de hoy sigo queriendo pelear del modo que sea por un mundo mejor…pero sé que la revolución no es un asunto moral, ni relacionado con la virtud ni con la verdad. Simplemente política destinada a derribar un grupo de oligarcas y encumbrar a otro. Quizá, con suerte, el pueblo pueda lograr algún beneficio en el transcurso del cambio, la pregunta es si este compensaría el caos, la sangre, la violencia, las venganzas…
Hay mucho que preguntarse al respecto y quizá, con el tiempo, las respuestas obtenidas acaben engrosando un libro de filosofía bastante pesimista. Veremos.
Lógicamente, los ficheros de algunas agencias nunca se cierran y los caminos de ciertos «Señores» son inescrutables y configuran de modo curioso la realidad.
De pronto, no sabes cómo, te encuentras en el parque al que sueles ir a pasear en tu ciudad de provincias, en la que vives retirado para no mancharte con las inmundicias de ciertos ambientes, una hermosa mujer que conociste hace demasiado tiempo en tierras lejanas. Ya no es tan joven como entonces, pero sigue siendo atractiva. Conocen tu talón de Aquiles. Te reconoce, te saluda…la miras con silenciosa ironía, intentando parecer cándido y sincero, como si no supieras a qué viene.
Te recalca, por si lo has olvidado, que no es rusa sino kazaja…aunque de los kazajos de origen ruso. Te invita a cenar, a unas copas…le dices claramente: «non serviam» y desaparece lindamente sin pagar la cuenta.
Estas cosas pasan a veces.
Recuerdo a este respecto cierta conversación en la Escalerona de Gijón cuando tenía diecisiete años con un coronel de vacaciones en la que ya dejé sentados bien claros algunos principios irrenunciables que me costaron la pérdida de la financiación de algún proyecto en el que, por otra parte, ya había perdido interés.
Ahora quizá sea preciso dejar por escrito, sin entrar en pormenores, algunos de ellos: jamás seguiré a quien no garantice la grandeza y unidad de España, jamás obedeceré a ningún tirano, jamás optaré por la guerra mientras existan caminos de paz…
Ignoro si en un futuro próximo tendremos que matarnos por las ambiciones y la estupidez de viejos mandatarios en Moscú, Washington (que deberíamos escribir Guasintón) o Pequín (no Beijing), pero sé que tarde o temprano deberemos reconciliarnos, establecer la paz entre nuestros pueblos más allá de la crueldad de los sátrapas del mal y, llegados a ese punto, y en este mismo instante como acto preventivo, quiero manifestar en este lado del mundo el verdadero pensamiento de la mayor parte de los rusos. Utilizaré para ello una canción del grupo disidente y perseguido Ic3peak que me parece lo suficientemente elocuente:
Bueno, dos canciones:
NOTA: Adoro la voz y las capacidades vocales de Nastya Kreslina, y me parece preciosa. Estas intimidades carecen de interés público, pero ya que hablo más de la cuenta, que sea con todas las consecuencias.
Se ha convertido en un lugar común de la propaganda mediática del parlamentarismo liberal asegurar que el populismo se caracteriza por ofrecer respuestas (y soluciones) sencillas a problemas complejos. Estas respuestas se consideran erróneas no por su sencillez (que se imposta desde el poder amenazado) sino por exceder el dogma político dominante y por ende amenazar la posición de aquellos que, escondidos tras el teatrillo electoral, controlan la situación incapaces de resolver los problemas complejos existentes porque, en muchos casos, a ellos les benefician. Los problemas para ellos son medios de control y prevaricación. Porque, no nos engañemos: en eso que llamamos democracia existen dominantes y dominados: élites cleptocráticas corruptas y masas ignorantes y mansas que siguen votando entre opciones polarizadas solo para mantener el poder de dichas élites.
Pero no quiero hablar de política. Ni del populismo, ni de los falsos dogmas del parlamentarismo liberal, ni de las oligarquías de ladrones explotadores y especuladores que nos gobiernan y contra las que más temprano que tarde deberíamos sublevarnos para aniquilarlas si es que deseamos sobrevivir en el futuro incierto que nos acecha.
No, mi intención, si se desea, es mucho más estratégica, filosófica y personal.
Vivimos en un mundo complejo de variables prácticamente infinitas, inmersos en una competencia salvaje acrecentada por el excesivo número de congéneres y la interesada tasación de recursos y procedimientos para conseguirlos que limitan nuestras opciones.
En nuestro estado prístino, si necesitábamos comer, solo debíamos recoger leña para el fuego y cazar algún animal apetecible. En caso de encontrar competencia en estas dos acciones la solución resultaba sencilla: pactar o pelear. La derrota o una decisión errónea podía suponer la muerte, pero también resolverse con la fuga. Ahora las cosas son mucho más complejas, más difíciles. La sociedad se ha organizado de modo tal que no puedas coger lo que necesitas ni utilizar una acción directa y sencilla para obtener los recursos.
El mundo es difícil y complejo en parte por los intereses de aquellos que ocupan la cúspide social y retienen para sí la mayor parte de las oportunidades y recursos, en parte por su propia evolución y desarrollo que ha ido generando situaciones y relaciones cada vez más artificiales, falsas y complejas. Pensemos, sin ir más lejos, en el entorno laboral y toda su carga de jerarquías ficticias (todos hemos tenido jefes inútiles a los que despreciamos, pero debemos soportar; compañeros a los que fuera del trabajo ni siquiera dirigiríamos la palabra…) que conlleva: los horarios, los convencionalismos…
Paulatinamente la acción directa ha ido quedando relegada por inútil. En los tiempos que corren un heroico guerrero micénico o un caballero medieval apenas serían otra cosa que delincuentes sin más merecimiento que un suelto en tal o cual medio de comunicación. El drama es que con esta evolución también se han sepultado los códigos de honor.
¿Qué somos ahora? Cuando se pierde el honor ¿en que nos convertimos?
Sea cual sea la complejidad social en la que nos desenvolvamos, quien no tiene honor es un ser inferior e indeseable. Por ese motivo se nos plantea la paradoja entre acción y complejidad. Podría resolverse, pensando en términos ajedrecísticos, con una evolución de la estrategia hacia la complejidad al modo en que la simplicidad de Morphy se mixtificó con el barroquismo de la escuela soviética…revestir la acción de los numerosos pasos necesarios para, acatando las retorcidas normas preexistentes, ir alcanzando pequeñas metas…sería, quizá, lo más inteligente y conveniente. Pero la experiencia demuestra que dichas estrategias, fuera del tablero del ajedrez, conducen a amortizar el impulso, a degenerar el propósito y, en última instancia, a que los cabecillas de las mismas acaben instalándose en el sistema y convirtiendo su impulso inicial en simple demagogia.
Por lo tanto, y esta es mi opción en cuanto hombre de honor (categoría ya arcaica e incomprendida en los tristes tiempos de degeneración que corren) es la siguiente: simplificar y golpear a la cabeza, si se puede. En caso contrario: simplificar e ir a la guerrilla permanente. No hablo exactamente de política, ni de acciones militares…ya me entendéis.
Pero, cuidado: Paul Morphy en nuestros días sería aplastado por cualquier ajedrecista mediocre de quinta fila tamizado por la complejidad de la escuela soviética y sus secuelas…esa es la dificultad intrínseca.
Y yo, como siempre, vuelvo a Jayam (O Khayyam, si queréis utilizar la grafía inglesa): ¡dame vino! ¡Ya he envejecido!
El domingo 26 de julio de 1806, en Winkel, con Maguncia a la izquierda y Bingen (la abadía de Hildegarda) a la derecha, ambas en la orilla opuesta, la joven poetisa de 26 años Karoline Von Günderrode, desesperada por no conseguir que su amante, Georg Friederich Creuzer, que tendría el mal gusto de sobrevivirla hasta 1853, abandonara a su mujer, buscó un tranquilo y adecuado paraje en la rivera del Rin y llegó hasta él con un llamativo vestido rojo. Una vez allí, tras asegurarse de que se encontraba sola, extrajo de su faltriquera un estilete de plata y se lo clavó en el corazón dejándose caer, como una Ofelia travestida en amapola, en la corriente impetuosa del río, que la arrastró durante días hasta que la encontraron en un remanso. Había dejado escrito el siguiente poema: