Archivo por meses: julio 2024

LA LIMITACIÓN INTELECTUAL DE LOS ANGLOSAJONES

Me sucede a menudo: comenzar a leer cualquier voluminoso (y siempre pretencioso) ensayo anglosajón inducido por amigos entusiastas que cifran su formación e información en los engendros «culturales» de la anglosfera y acabar arrojándolo con desidia y desdén poco después de pasar las primeras cien páginas o, con suerte, las doscientas. ¿El motivo? Siempre el mismo: la limitación intelectual de los anglosajones y, por ende, su indigencia cultural y la falta de tino y de interés en sus conclusiones.

Cuando uno se enfrenta a cualquier tipo de ensayo procedente del mundo anglosajón sabe que van a suceder dos cosas: la primera, y muy significativa, es el absoluto borrado de los logros e influencias de España en cualquier campo cultural, filosófico, científico o político. En España se coció la modernidad desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII, pero eso jamás lo van a aceptar los anglosajones.

El problema anglosajón, que puede extenderse al común de los germánicos es, por un lado, su racismo, por otro su envidia y su odio a lo latino (y no hablo de los sudamericanos sino del mundo mediterráneo que implementó y vehiculó la civilización desde Atenas hasta El Escorial durante dos mil años) y su absoluto provincianismo, son paletos.

He explicado ya en algunas otras entradas de este blog como la repulsa de Lutero a lo que encontró en Roma durante su viaje de 1510 no se debía, como después quiso explicar, a la decadencia moral y espiritual de la ciudad. Lo que le horrorizó fue el Renacimiento, el retorno a la civilización que para un monje alemán racista y paleto solo podía suponer el anatema. Toda la reforma protestante, que en la práctica vino a suponer una vía de escape de los germanos a su sumisión moral, política y cultural a la civilización mediterránea, continúa esa línea hasta nuestros días: la repulsa a la civilización haciendo hincapié en el comarcalismo autorreferencial, limitado, xenófobo, supremacista y alicorto de la insulsa pedantería, vacua charlatanería y escasa profundidad intelectual del mundo germano, así como una exaltación de su avaricia y rapacidad.

Los germanos, hay que decirlo, fueron deficientemente civilizados. El hecho, triste, de que permanecieran fuera del Limes romano tuvo, y sigue teniendo, nocivas consecuencias políticas, sociales, culturales y de todo tipo que se traducen, ya en el Romanticismo, en la sesgada, limitada y ruin interpretación de la cultura y el arte europeos (dejando a España fuera y aceptando a Italia solo con reticencias a causa de la influencia de especialmente los músicos italianos en las lerdas y provincianas cortes alemanas) y continúa hasta nuestros días.

Como decíamos, cualquier ensayo o estudio de origen anglosajón que decidamos leer va a tener este defecto: la ignorancia (a menudo no voluntaria, sino ocasionada por la misma falta de conocimientos del pomposo autor habitualmente con doctorados y diplomas en las mejores universidades anglosajonas) de todo el legado mediterráneo y, especialmente, español. Pero no solo este defecto. Además, en su provincianismo autorreferencial que solo mediante el respaldo del poder imperial y económico oculto tras él no despreciamos universalmente (de hecho Inglaterra y Estados Unidos son los dos imperios más provincianos, menos universales y más anquilosados intelectualmente de la historia, incluyendo a los asirios y a los árabes), estos ensayos tienden a ignorar (de nuevo por desconocimiento de los autores, verdaderos eruditos en los parvos campos anglosajones, pero absolutos ignorantes en el resto del ancho mundo) las aportaciones, opiniones y avances de competidores. Ignoran todo sobre Rusia, no saben nada de China, del islam solo guardan imágenes estereotipadas…

En suma, y para no extenderme: es triste que nuestros intelectuales, a los que, como se sabe, desprecio con todo el alma (mientras ellos me ignoran y si llego a inquietarles recurrirán al desprestigio), se nutran precisa y casi exclusivamente de la cultura anglosajona y sigan considerando a la fauna intelectual y universitaria de los decadentes centros anglosajones a ambos lados del Atlántico como referencias principales y ciertas (por cierto que esto sucede tanto en la izquierda como en la derecha) de sus opiniones. Ello demuestra la tantas veces denunciada en estas páginas, decadencia moral e intelectual de nuestra «intelligentsia» y la urgente y perentoria necesidad de enviarla colectivamente al muladar de la historia para dar paso a un renacimiento hispano y civilizatorio.

Aviso: la próxima vez que un tipo culto (o una tipa culta, me de igual) me induzca a la lectura de un cantamañanas anglosajón abandonaré la educación y la moderación para ser didáctico a la antigua. ¡Vienen collejas, tontos del haba!… Y quien avisa no es traidor.

© Fernando Busto de la Vega.

LIBROS DE AGOSTO

Esta va a ser una entrada más sentimental que literaria, pero no por ello dejará de tener algún interés para el lector desocupado ávido de encontrar algún libro más o menos clásico al que hincarle el diente.

Sucede siempre, en cuanto se acerca el mes de agosto me asaltan deseos de colocar sobre mi mesilla de noche (donde ahora tengo una biografía de Negrín y un estudio sobre la guerra de la Vendée, y los habituales volúmenes de Basho, San Juan de la Cruz y Rumi) dos libros: Últimas Tardes con Teresa, de Juan Marsé y Tuareg, de Alberto Vázquez Figueroa. Son, sin duda, dos grandes novelas. Dos lecturas amenas y apasionantes cada una en su categoría, pero la verdadera razón de este deseo, como he dicho, es puramente sentimental.

En lo tocante a Tuareg, de Vázquez Figueroa, me recuerdo a los trece años, en el viejo y amplio caserón con fantasma incluido en el que vivíamos entonces mi madre y yo, leyéndolo con fruición. Puesto que la historia transcurría en pleno desierto, para ambientarme mejor, me parapetaba en uno de los balcones, cobijándome del sol bajo una de aquellas añosas y maravillosas persianas de madera, entre las cuatro y las seis de la tarde, en medio del calor más acuciante y feroz del día. Mi madre, Diamantina, me reñía y me invitaba a dormir la siesta o, al menos, refugiarme en la fresca sombra de mi habitación, yo la ignoraba e integraba el sudor y la intensa canícula en la que parecía fundirse el lapislázuli del cielo para disfrutar mejor de aquella historia sahariana…hasta que, a eso de las seis, mi amor de entonces, la que sería mi primera novia, Belén (un ángel de larga melena rubia, grandes ojos verdes y rostro de anuncio) regresaba de la piscina y, pasando bajo mi balcón, me llamaba…ahí terminaba la literatura y comenzaba el verano.

Son estos intensos recuerdos de primera adolescencia y no tanto el libro en sí, lo que me llama a retomar la lectura de Tuareg, cosa que casi nunca hago. Lo que sí se repite cada año es la lección aprendida entonces. Yo con trece años ya quería ser escritor. Ya lo era, de hecho. Y Vázquez Figueroa me enseñó una lección fundamental: se puede ser buen escritor, escribir grandes libros, trascendentales incluso, sin encastillarse en la pedantería y la erudición vacua y sin sentido. Escribir, y este es un mantra y un mandamiento para mí, es como practicar sexo y cocinar. Ciertamente hay que disfrutar, pero pensando también en los demás, en quienes van a participar de la liturgia (sea esta literaria, sexual o gastronómica) y ponérselo fácil. Eso, en parte, lo aprendí a los trece años con Tuareg de Vázquez Figueroa.

Últimas Tardes con Teresa es harina de otro costal. De hecho, debo confesarlo, Juan Marsé es uno de los pocos escritores contemporáneos por el que siento algún respeto y esto debe notarse en mi día a día.

En este caso la melancolía me conduce a otro verano, el de los quince años.

Fue un verano de mucha limonada y aún más café con hielo, de esconderse por los rincones y quemar las madrugadas, de creer en la música como vía de escape hacia las estrellas y componer y cantar canciones con los amigos, como tantos otros chavales de nuestra edad. Un verano que creí adulto y fue la quintaesencia de la adolescencia exaltada.

Y en esto: Teresa, el Pijoaparte, Maruja, la lucha de clases, la diferencia de barrios, las motos robadas, las chicas medio desnudas en las playas, la maldad de los celos, la desesperación de los deseos inalcanzables…el amor, las aspiraciones, el engaño, la mezquindad, la impostura…la lección literaria de que toda buena novela debe reflejar la miseria del ser humano, sus limitaciones físicas y morales. Otra gran lección para un escritor en ciernes. Un zangolotino de quince años que lo ignora todo, pero quiere aprender deprisa, que lleva dentro el fuego exaltado de la creación y la procreación, de la filosofía, el idealismo y el amor, de la pasión y el conocimiento absoluto de que la lucha puede conducir a la derrota, sin que ello importe demasiado. Al menos a los demás.

Son dos libros que vienen a mi en agosto por cuestiones sentimentales, pero que, en cualquier caso, recomiendo al lector. Especialmente al lector adolescente (si es que eso sigue existiendo).

Vale.

© Fernando Busto de la Vega.

ALFONSO EL BATALLADOR ¿MARICÓN?

MONUMENTO A ALFONSO EL BATALLADOR EN ZARAGOZA, UNA NOCHE DE ESTE VERANO.

Lo cierto es que resulta triste (y a la par nauseabundo) comprobar hasta donde llega la estulticia y la indigencia cultural de algunos que pomposamente (y por certificación universitaria, y habría que hablar de la ilegitimidad intelectual que está alcanzando la universidad en nuestros días) se denominan historiadores.

Ayer mismo, mi excelente amigo Sergio L. (por cierto: a ver si aprovechamos estos días para tomarnos unas cañitas), me envió un corte de vídeo en el que una de estas «doctoras en Historia» sabelotodo, jactanciosa y ayuna de conocimientos indispensables para el desarrollo de su profesión, al dar cuenta del desastroso matrimonio de Alfonso el Batallador con la reina Urraca de León, zanjaba las desavenencias (sin tener en cuenta los arduos y enconados problemas políticos que se oponían al normal desarrollo de aquel matrimonio, siendo el principal de todos la ambición de Diego Gelmírez, arzobispo de Compostela, que veía en la llegada al trono de León de Alfonso I de Aragón un freno para su dominio casi absoluto en Galicia) y los problemas en el lecho aludiendo a la homosexualidad de Alfonso el Batallador.

Vamos a ver. Seamos serios. Esta señora con todos sus doctorados y todo el prestigio académico que quiera tener (el prestigio académico entre catedráticos mediocres, cantamañanas insulsos y cenutrios de ambos sexos adocenados y cegados por la deriva político-propagandística del momento carece de otro valor que la autocomplacencia social, pero es nulo si atendemos a la capacitación profesional e intelectual de esa mayoría de mamelucos de cuarta con título y cátedra conseguida de favor o al pairo de lo ideológicamente conveniente…y por eso procuro alejarme del viciado ambiente universitario) carece de la perspectiva adecuada. Y esta señora y otros historiadores e historiadoras como ella, no tiene esa perspectiva adecuada porque toma demasiados cafés con sus amiguitas feministas, progres y lesbis y dedica muy poco tiempo a comprender la época que trata de explicar.

Cierto que la experiencia con las mujeres de Alfonso el Batallador era escasa y que muy probablemente llegó al matrimonio sin ninguna tentativa sexual, pero esto no se debía a la homosexualidad, sino al ascetismo. Alfonso I de Aragón fue un personaje muy próximo a la Orden del Temple, incluso llegó a donarle en su testamento su caballo, su espada y su reino. A lo largo de su vida y de su reinado, Alfonso el Batallador siguió las reglas del Temple que incitaban a combatir constantemente al infiel (cosa que hizo impecablemente y con notabilísimo éxito) y vetaban el contacto con mujeres. Un templario no debía hablar, tocar ni mirar a ninguna mujer, ni siquiera a su propia madre. Era parte de su renuncia al mundo y de su entrega al combate sagrado.

Alfonso I de Aragón, el Batallador, no era un maricón, era un templario in péctore y esta señora lo sabría si se hubiera molestado en leer las reglas del Temple, que son asequibles y están impresas en castellano y hasta en una edición popular.

Así nos luce el pelo y por eso habrá que cerrar las universidades. Demasiada mediocridad, demasiada política, demasiado cabildeo, demasiado memo metido a catedrático…

OTRA FOTOGRAFÍA ALGO MÁS HEROÍCA DEL MISMO MONUMENTO. AMBAS DEL AUTOR.

© Fernando Busto de la Vega.

EL TUTEO Y LA FALANGE

CAMILO JOSÉ CELA Y GONZALO TORRENTE BALLESTER, DOS FALANGISTAS AL AZAR.

En España nos tuteamos de manera habitual, es un hecho. Muy pocas veces hay quien reflexione al respecto y busque el motivo de esta anomalía social tanto histórica como geográfica (el tuteo no es habitual, salvo en Suecia, en ninguna parte de Europa o América) y quien lo hace muy a menudo queda preso de los lugares comunes y el relato oficial de la Historia pensando que este tuteo se debe a la quiebra de la rígida etiqueta franquista durante la Transición y que representa un signo de democracia, igualitarismo y social democracia. Y, naturalmente, se equivoca.

No tiene demasiada importancia, se trata tan solo de una curiosidad, pero resulta interesante encontrar las verdaderas raíces de las costumbres sociales. Hacerlo ayuda a poner en perspectiva las verdades oficiales y los relatos dogmáticos que vienen a justificar las aspiraciones políticas de estos o aquellos.

En España esta puesta en perspectiva es especialmente interesante porque desarma rápidamente las ínfulas de la izquierda y demuestra su escasa influencia en la vida social e histórica del país.

Con el tuteo sucede lo mismo.

El tuteo es cosa de los falangistas.

Habrá quien clame por el origen sindical del mismo y quiera atribuírselo a la UGT o la CNT, y se equivocará. La UGT y el PSOE fueron siempre grupúsculos pequeño burgueses y no se apeaban el tratamiento como principio. Todavía en 1938 Largo Caballero, Negrín y Prieto se trataban de usted tras décadas de militancia común y de amistad más o menos continua. En cuanto a la CNT, en 1937 dejó de contar y de influir en España (afortunadamente).

Los que desde 1936 impusieron sus usos y costumbres en la sociedad hasta bien entrado 1976 fueron los falangistas que se tuteaban entre sí sin importar su rango (al Jefe Nacional se le saludaba con un «¡A tus órdenes!») ni su procedencia social (en la CNT predominaba la clase obrera, en la Falange se mezclaban todas las clases) y así fue impregnándose la sociedad española de igualitarismo y hermandad entre españoles.

De modo que, mal que nos pese, hemos de reconocerlo y tenerlo presente: este rasgo tan característico de la vida social española no proviene de la Transición ni de la influencia izquierdista sino de la falangista.

Es un dato histórico, no sufráis por él. Pero id aprendiendo a diferenciar churras de merinas.

© Fernando Busto de la Vega.

EL MEJOR WESTERN DE LA HISTORIA (LA BATALLA DE LAS COLINAS DEL WHISKY, THE HALLELUJAH TRAIL, 1965)

Me consta que los puristas del género y los fans de John Ford están en este momento rasgándose las vestiduras (aunque afirmo que El Sargento Negro, Sergeant Rutledge, 1960, no le va a la zaga a esta) y que el director de The Hallelujah Trail, John Sturges, es también el autor de una de las películas más racistas y despreciables de la historia (Los Siete Magníficos, 1960, adaptación de Los Siete Samuráis de Akira Kurosawa en la que los samuráis son mercenarios anglosajones y los campesinos, mejicanos en la miseria), pero nada de eso me importa. Es verano, hace calor y el eco trae recuerdos de aquellos entrañables cines al aire libre de la infancia. Hoy por hoy, deseando pasar un buen rato y recrearnos en la aventura, la comedia, una buena historia bien contada, con excelentes personajes y tensiones dramáticas perfectamente trazadas, música briosa y adecuada…hoy por hoy, digo, y por lo menos hasta octubre, sostengo que La Batalla de las Colinas del Whisky es el mejor western de la historia y merece la pena verlo en familia o con amigos.

Fuera de eso, como aficionado impenitente a la historia y la estrategia militar, sigo estudiando muy a fondo la táctica de la «dirección casi paralela» y el «contacto separado» que tan bien escenifica y explica Burt Lancaster en su papel de coronel Gearhart.

Por cierto, es preciso recordar aquí a los guionistas: William Gulick y John Gay y al autor de la banda sonora, Elmer Bernstein.

Un último apunte, este algo más pedante: que Sturges era un fiel alumno de Kurosawa y que aprovechaba sus enseñanzas se nota en esta película en el detalle del mapa para explicar la acción, artificio procedente sin duda alguna de Los Siete Samuráis (1954).

No molesto más por hoy.

© Fernando Busto de la Vega.