Resulta que ahora todo es polémica. Todo el mundo se escandaliza y opina por las redes sociales. Todo el mundo trata de imponer sus puntos de vista y de ejercer el dominio y la humillación sobre los demás.
Esta situación nos la venden como novedosa. Parece que es una característica de la época. Pero se trata de otra interpretación errónea del adamismo ignorante que preside la interpretación del mundo de ciertas generaciones que carecen de formación histórica, de cultura, de humanidad (se ve que no suelen hablar con sus mayores) y de sentido común.
En realidad ese ambiente ha existido siempre. La diferencia radica en que antes se daba en los patios de vecinas, las esquinas de los barrios, los bares…y ahora en esa cosa tan moderna (ya no tanto, por cierto) que son las redes sociales.
Yo conozco bien los chismes, críticas y censuras de las vecindonas guardianas de la ortodoxia social y siempre agresivas y malhumoradas…y aprendí hace muchísimo tiempo una realidad que siempre debe tenerse en cuenta: los que critican, censuran, lapidan e insultan jamás, digo JAMÁS, aportan nada positivo a nadie. Solo critican, censuran, lapidan e insultan…aun en el caso de modificar nuestra conducta y adaptarla a sus directrices encontrarán causa para seguir odiándonos, insultándonos, criticándonos, lapidándonos y cancelándonos…en esas mentalidades tóxicas, y a menudo interesadas, no existe el perdón, solo el odio.
Es más: cuando caes y necesitas manos que te ayuden, estas jamás, y vuelvo a decir JAMÁS, llegan de esas personas de intachable y agresiva moralidad que critican, lapidan e insultan. Conclusión: como nada van a darte ni nada les debes, la mejor forma de lidiar con esos seres tóxicos es el desprecio y el regodeo en aquello que te censuran.
Ladran, luego cabalgamos.
¿Polémica?…siempre artificial, destructiva y tóxica. No escuches y sigue adelante con tu vida y tus proyectos. La libertad y la gloria se conquistan y esa conquista nunca llega de hacerle caso a quienes critican y odian sin aportar nada útil. En las redes sociales y los medios de comunicación al uso solo la mediocridad y la negatividad se hacen oír. Y carecen de interés para quien aspira a la grandeza, que es la única aspiración digna del ser humano.
El puritanismo de origen protestante anglosajón y su enorme hipocresía ha conseguido un nuevo triunfo en esta España decadente que tan tristemente se rinde a la mentalidad de nuestros enemigos (y no deja de ser curioso que aquellos que se definen progresistas y de izquierdas sean los más empeñados en difundir ese puritanismo y sus consecuencias). Los espectáculos cómicos taurinos en los que participen enanos, y concretamente el famoso «Bombero Torero» han sido prohibidos.
Quienes han impulsado esta medida están orgullosos de sí mismos, convencidos de haber salvado al mundo evitando la exhibición de pobres discapacitados en espectáculos públicos de carácter cómico. Digo yo que los profesionales de gran cualificación y experiencia a los que han mandado al paro por su ñoñería, su hipocresía y su totalitarismo buenista, no estarán tan contentos. Un puñado de personas que se ganaba dignamente la vida y que no dependía para nada del Estado ni del Gobierno han quedado en el paro, en la puta calle, y supeditados a las ayudas gubernamentales, convertidos en mendigos controlados por el Estado por el empeño de cuatro marujas progres por imponer sus criterios absolutistas y radicales sobre la realidad y los usos habituales…¿podemos considerar eso un avance? ¿Es un avance social que tengas un trabajo con el que te ganas la vida y que requiere especialización y cualificación extremas y te impidan realizarlo por decreto ministerial convirtiéndote en dependiente de una administración que sabes, todos lo sabemos, no va a sacarte del pozo en el que te arroja para que unas cuantas y cuantes se sientan realizadas en su quimérica salvación del mundo?…
Ahora bien, yo me pregunto: ¿Quienes serán los próximos?
¿Prohibirán a los enanos aparecer en películas o series de televisión?¿Les prohibirán dedicarse al porno?
Toda sociedad dirigida por beatas de parroquia, aunque militen en partidos y asociaciones que se digan progresistas, va de cabeza a la decadencia, la dictadura y la distopía. Y ese es nuestro caso.
Quiero cerrar el artículo con esta noticia: MUJER SE QUEDA EMBARAZADA DE STRIPER ENANO EN SU DESPEDIDA DE SOLTERA. ¿Consideramos a este señor un ser explotado sexualmente por el mero hecho de su enfermedad? ¿O es un pillo con mala suerte? Expresado en otras palabras: ¿debemos considerar a las personas aquejadas de acondroplasia discapacitadas mentales que deben ser tuteladas o empezamos a respetarlas como a seres adultos y libres con plenitud de capacidades mentales para elegir su propia vida? Yo siempre voy a estar por el respeto y la libertad en todos los casos.
NATURALMENTE, ES NECESARIO ILUSTRAR ESTA ENTRADA CON UNA IMAGEN QUE DENOTE MACHISMO Y RACISMO Y, SOBRE TODO, INDEPENDENCIA DE CRITERIO CON RESPECTO A LOS CENSORES WOKES. ESCRIBIR ES UN ACTO REVOLUCIONARIO.
Una de las cosas buenas de ser el último mono de la literatura patria es que no me hacen caso ni los abundantes censores que andan estos días por esos mundos convencidos de que la corrección política no es un dogma tan despreciable como todos los demás y ejerciendo de Torquemadas y Savonarolas no solo contra aquellos libros y autores nuevos que pueden defenderse sino, incluso, contra los clásicos.
Vamos a ver: el trabajo de un escritor es, principalmente, poner en solfa cualquier dogma vigente, darle la vuelta a toda normalidad aceptada, provocar, sobrepasar los márgenes para poner en evidencia al poder de turno y sus reglas…que siempre tienen un mismo fin: mantener en el poder al poderoso y en la indefensión y la miseria a los sojuzgados. Escribir es por sí mismo un acto revolucionario.
En ese sentido, en el de evitar la literatura como acción revolucionaria, una de las herramientas más despreciables del poder globalista actual son esos censores, ebrios de puritanismo y de prejuicios maoístas, aunque no tengan ni puñetera idea de quién era Mao Zedong (y del papel que su ideología cumple al servicio del imperialismo totalitario de China) y se crean muy modernos/as/es, que se declaran a sí mismos «sensibles» y trabajan bien por libre, bien, lo que ya riza el rizo, para agencias o editoriales de tal modo que no solo censuran los libros publicados sino aquellos por publicar cuya eclosión impiden, lo cual incide en la desesperada necesidad de los escritores independientes por abrirse camino hacia la luz, a pesar de las editoriales grandes y pequeñas que tratan de impedírselo con criterios crematísticos e ideológicos. Ya sabemos que la buena literatura no va a ser anunciada en televisión ni jaleada en las revistas literarias, se abre ante nosotros el excitante panorama de la contracultura, de la revolución, de la conquista del Estado y el espacio público…¡Somos afortunados! ¡Al combate!
En última instancia, esa de los lectores «sensibles» se trata de censura de la peor especie. Estos lectores «sensibles» no se diferencian en nada de los censores de la inquisición, también aquellos se creían en posesión de la verdad absoluta, aunque, hay que decirlo, sobre todo examinando las publicaciones del Siglo de Oro Español, eran mucho más cultos e inteligentes que las feministas, maricones y negros varios que ahora ejercen de tales con un único objetivo: destruir la Civilización que, les guste o no, es cosa de europeos blancos (no los hay de otro color, mal que les pese).
Estos lectores «sensibles» no han sido capaces de asimilar la Civilización (que es greco-romana) y mucho menos de aceptar el papel subordinado de determinados pueblos con respecto a ella. Así las cosas, en lugar de sumarse a su exigencia moral intentando aportar algo que redima su origen periférico, se empeñan en destruirla mediante la censura, ayudando con ello al ya citado imperialismo totalitario chino.
Estas liendres son miasmas de las catástrofes del siglo XX que todavía nos afectan y representan el síntoma inequívoco de nuestras enfermedades que habremos de curar más temprano que tarde si queremos que la Humanidad y la Civilización sobrevivan. Ello implica poner en valor y recuperar esta última con su sentido filosófico e histórico original y unívoco. Para hacerlo necesitaremos acciones enérgicas y, a menudo, violentas.
Estamos de nuevo al final del imperio romano, de nosotros depende restablecerlo o perdernos en otros mil años de oscuridad. ¡Ah, Flavio Ecio! ¿Dónde estás?…
Mientras tanto, está claro: para defender la Civilización, la Libertad y la supervivencia de la Humanidad es necesario escribir libros machistas, racistas y salvajes. E ir con un bate de béisbol a las presentaciones…Ahora comprendo a los futuristas cuando proclamaban que un puñetazo también es arte.
Nos gusta aparecer como seres complejos, llenos de recovecos y singularidades al tiempo que rehuimos nuestra naturaleza contradictoria y tratamos de elaborar y mantener un relato continuista y coherente de nuestro «yo». Esto último resulta de lo más conveniente para no incurrir o delatar enfermedades mentales que nos conducirían a situaciones vitales poco deseadas.
Sin embargo, y pienso en ello más como escritor que como ser humano, la identidad propia y ajena puede ser muy sencilla y depende en gran medida de la minuciosidad del foco que queramos aplicarle.
En lo tocante a la identidad ajena, las cosas son simples y sencillas. Pensemos en el camarero que nos sirve la caña en la terraza…¿Cuál es su identidad? Para nosotros simplemente es «el camarero»…si frecuentamos esa terraza y hay varios, habrá que afinar más: «el camarero calvo», «el camarero joven», «el camarero guapo», «el camarero torpe»…y, si seguimos frecuentándola, el camarero llegará a tener nombre y a individualizarse cada día un poco más: sabremos si está casado o no, si tiene hijos, si está preparando Notarías…En cualquier caso, la identidad de ese camarero o de cualquier otra persona que nos encontremos puede ser tremendamente esquemática y superficial: el camarero que nos sirve la caña.
Cuando nos referimos a nuestra propia identidad la cosa se vuelve mucho más compleja porque nos miramos mucho más de cerca, manejamos mucha más información y nos damos una importancia desmedida. El egoísmo nos induce al protagonismo y este a un relato novelesco de nosotros mismos. Somos, incluso de puertas adentro, nuestro personaje.
Hace años conocía a una actriz porno que era tímida, dulce y hasta recatada en su vida cotidiana, pero que, desnuda, maquillada y con los orificios abiertos en espera de la recepción de arietes mercenarios ante las cámaras se tornaba otra persona: una puta desvergonzada, lúbrica, salvaje y exhibicionista. Naturalmente, ella era muy consciente de su personaje exterior: la actriz porno, y de su «realidad» cotidiana, la chica de barrio que se habría camino en la vida como bien podía y que mantenía, a pesar de su trabajo, todos los valores y rasgos de personalidad que hacían que su abuela siguiera queriéndola y considerándola «su niña»…En gran medida todos somos conscientes de esta ambivalencia: lo que representamos y lo que somos, o creemos ser.
El ejemplo que pongo, aquella actriz porno, era muy consciente, como digo, de la dualidad de sus caretas: la que se ponía cuando se lo quitaba todo delante de las cámaras y la otra, la que consideraba su verdadero yo…la que constituía su relato, su novela personal, su autoidentificación como ser humano plausible y tolerable. Pero afirmo que en ella, y en todos nosotros, esa autoidentificación es también una careta. Nos disfrazamos ante los demás, pero también ante nosotros mismos. Cuando nos miramos en el espejo somos siempre otros. Y este es un factor clave a tener en cuenta para todo escritor que se precie y pretenda trazar buenos e interesantes personajes, quizá también para los actores o actrices que pretendan encarnarlos. Hay que tener en cuenta lo que los demás piensan del personaje, lo que el personaje piensa de sí mismo y lo que es en realidad.
A este último respecto hay que especificar que si bien tendemos, por pura cordura y necesidad de supervivencia, un hilo conductor de nuestra identidad pretendiendo continuidad y coherencia, en muchos casos nuestra identidad emerge fraccionaria y superficial, como en el caso que citábamos del camarero. ¿Cuántas veces al día somos simplemente el vecino que saluda, el cliente que compra, el operario que hace su trabajo, el padre o el hijo en la versión que creemos más conveniente? ¿Cuántas horas o minutos al cabo del día somos plenamente conscientes de lo que hacemos, decimos y nos preocupamos de mantener a salvo la coherencia identitaria que tanto queremos proteger y alentar? ¿Cuántas veces nos mostramos contradictorios o nos traicionamos a nosotros mismos, es decir: a la novela sobre nosotros mismos que construimos como autoidentificación para soportarnos, establecer un relato coherente y hacernos propaganda ante nosotros mismos? Amigos, somos fragmentos dispersos, un magma hirviente que solo alcanza unidad en el discurso, en el relato que hacemos de nosotros mismos. A veces somos previsibles, pero eso no es un signo de coherencia, sino de tendencia, incluso de circunstancias.
A buen entendedor pocas palabras bastan, y estas entradas no deben ser demasiado prolijas, lo dejo aquí.
No ha pasado nada porque el Dalai Lama ha pedido perdón y ya sabemos que en este mundo regido por las normas de la hipocresía protestante anglosajona con pedir perdón basta para anular las consecuencias, intenciones y catadura moral de nuestros actos. Es aquello que también intentó el Emérito de: «lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a pasar»….curiosamente solo se pide perdón cuando te han pillado, de modo que el asunto del arrepentimiento…
Pero no quiero ir por ahí. La reflexión que me ocupa es otra.
Supongo que el lector ya sabrá de lo que hablo: ese desagradable incidente en el que el Dalai Lama pretendió hacer lengüecitas, digámoslo así, con un niño. ¡Y en una ceremonia pública!
Bien…no seré yo el que se escandalice. Solo quiero poner de manifiesto un hecho palpable: cuando un niño se acerca a un monje o sacerdote de cualquier religión vigente existen muchas posibilidades de que le pidan que chupe algo…o que se agache y mire al sagrario…
Es este un aspecto mistérico del ámbito espiritual sobre el que, creo, deberíamos meditar profundamente…en la posición del loto, con los ojos abiertos y los labios muy apretados.
En fin…yo seguiré reflexionando profundamente sobra las lenguas y su utilidad espiritual…no molesten.