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RUDY RUCKER Y LA DEFINICIÓN DE LA VIDA

Nunca he sido demasiado aficionado a la ciencia ficción como género y, de hecho, siento una profunda aversión por algunos de sus autores (verbi gratia, Isaac Asimov al que considero un cantamañanas insigne). Por Rudy Rucker, en cambio, experimento un cierto respeto. Incluso simpatía a pesar de ser descendiente de Hegel y profesor de matemáticas en Heidelberg durante un periodo de su vida.

En realidad, el hecho de que se educara con los jesuitas y que durante su paso por el Randolph-Macon College para mujeres de Lynchburg, Virginia (1980-1982) saliese sin ningún hijo secreto ni escándalo sexual alguno tampoco contribuye a que mi simpatía por él crezca en demasía.

Más aún: ni siquiera estoy seguro de que el transrealismo inventado por él como alternativa personal al género cyberpunk me convenza del todo…aunque en ese punto aun persisto en la duda.

Sea como fuere, una cosa es cierta: Rudy Rucker ha acuñado la mejor definición de la vida y la existencia que jamás se ha enunciado. Una frase sencilla, pero que daría para un grueso volumen exegético. Es la siguiente: «Mi vida, dijo, es un fractal en el espacio Hilbert».

Esta definición me subyugó y me impresionó desde la primera vez que la leí en épocas de mayor permeabilidad y plasticidad intelectual. Sigo, no obstante, adoptándola como propia y dicta no pocos de mis caminos literarios: el personaje en su infinito abismo interior en medio de un espacio (físico, moral, temporal, social, etc) de dimensiones infinitas.

Yo mismo, como todos, soy un inabarcable fractal de abismos insondables en medio de un caos cuántico que solo se disfraza de orden euclídeo como impostura.

© Fernando Busto de la Vega.

UN LÍO (¿INCESTUOSO?) DE GOETHE

JOHANN WOLGANG GOETHE (FRANCFORT DEL MENO, 1749-WEIMAR,1832)

Lo confieso: experimento por Goethe la misma animadversión que Beethoven y prácticamente por los motivos motivos: su mundana hipocresía, su falso encanto y la especiada impostura de su obra.

Y sí, el asunto del Werther forma parte de la áspera antipatía que experimento por el autor alemán. Es cierto que ese mismo asunto, como traslación de la realidad a la literatura (del yo real al yo literario) y, después, de la literatura a la realidad, me fascina. Como sin duda sabrá el lector, la novela Las Penas del Joven Werther (Leipzig,1774) está basada en los desafortunados amoríos del joven Goethe con Charlotte Buff, que le dio calabazas.

En la novela Werther es también rechazado y se convierte en una a modo de amigo gay y pagafantas de la joven homenajeada y acaba por suicidarse. El éxito de la novela fue tal que, durante décadas, muchos jóvenes románticos se suicidaron por amor, entre ellos nuestro Larra, en 1837…pero Goethe vivió hasta los 83 años y tuvo otros muchos amoríos y romances, hasta se casó (y de eso hablaremos luego). Bien es cierto que, consciente del efecto de su novela, más tarde (en La Campaña de Francia y El Sitio de Maguncia, Leipzig 1822) se disculparía alegando que él solo había despertado el espíritu de una época. Que la mayor parte de los jóvenes alemanes del momento estaban ofuscados y frustrados y que de ahí surgieron muchos de los suicidios que ponían como excusa el amor y su novela…sea.

Tampoco ayudan en mi poca simpatía por él hechos absolutamente arbitrarios y subjetivos como que su cumpleaños, el 28 de agosto, sea también la fecha de la muerte de mi madre. Todo hay que confesarlo. La irracionalidad juega también un papel fundamental en nuestras filias y fobias. Y yo, que soy absolutamente racional, experimento sin querer remediarlo profundas y oscuras corrientes irracionales que escoran el barco de velas impolutas de mi cordura. Navego tempestades con el velamen desplegado y aparente indiferencia. Para mí el Cabo de Hornos nunca ofrecerá mayor peligro ni dificultad que el estanque del Retiro…soy así.

MI APARENTE CORDURA NAVEGANDO AGITADOS MARES DE IRRACIONALIDAD

Sin embargo, hay que decirlo, de haber coincidido, sé que nos hubiéramos llevado bien. El tipo era simpático, divertido, cortés, culto, juerguista y mujeriego…hubiéramos tenido mucho de lo que charlar y muchas ocasiones de pasarlo bien de alifara en alifara. Eso hace que mi antipatía se compense con mucho de complicidad y de simpatía póstuma…nunca he ocultado mi complejidad psicológica y no os puede extrañar ahora esta ambivalencia. Es por ello, por esa dualidad entre el desdén y la afinidad, que no logro deshacerme del todo de Goethe y su obra. Es por ello que quiero dedicarle esta pequeña entrada llena de maledicencia y chismes.

Hemos de situarnos en Winkel, localidad suiza del cantón de Zurich, el 26 de julio de 1806. Ese día, desesperada por haber sido abandonada por su amante, Georg Friederich Creuzer (que prefirió su cátedra en Heidelberg y su matrimonio a fugarse con ella a Alejandría), la joven poetisa Karoline Von Günderrode, se viste un elegante vestido rojo y se atraviesa el corazón con un estilete de plata cayendo en las aguas del Rin. Tenía 26 años.

Este suicidio impresionó especialmente a su amiga Bettina Brentano (1785-1859), hermana del poeta Clemens Brentano (1778-1842) que llegaría a casarse con el también poeta, Achim Von Arnim (1781-1831), entonces joven de 21 años.

BETTINA BRENTANO, DESDE SU MATRIMONIO VON ARNIM, (1785-1859), AMANTE Y QUIZÁ HIJA DE GOETHE, FAN DE BEETHOVEN, HERMANA DEL POETA CLEMENS BRENTANO, NIETA DE LA NOVELISTA SOPHIE LA ROCHE Y ESPOSA DEL POETA ACHIM VON ARMIN. EL IMPACTO DEL SUICIDIO DE SU AMIGA, LA POETISA KAROLINE VON GÜNDERRODE, LA ARROJÓ EN BRAZOS DE GOETHE, 36 AÑOS MAYOR QUE ELLA.

Hasta ese instante Bettina Brentano era fan del poeta Friederich Glottlieb Kolpstock al que, sin embargo, toma inmediata aversión por considerarlo fúnebre. Huye, pues, a Franckfort del Meno, donde se hace amiga de la madre de Goethe y se entrega por completo a él. A través de su madre llega a conocerle y puede visitarle en Weimar allá por 1807 convirtiéndose en su amante. El lance tiene su lado escabroso porque Goethe fue amante de su madre, Maximiliana Von La Roche, hija de la escritora Sophie La Roche, y Bettina estaba firmemente convencida de ser hija del poeta, a pesar de lo cual (y de que él también tiene sus dudas) se encaman durante varios años.

En cualquier caso, la relación estaba llamada al desastre. No solo el escándalo en Weimar, que podía acabar con la privanza de Goethe en la corte que le permitía vivir con desahogo y lujo, y en el resto de Alemania que amenazaba con desacreditarle por completo, les separaba. No solo los 36 años de diferencia de edad…al cabo fueron los celos los que dinamitaron su apasionada relación. Los de Christiane Vulpius primero amante y desde 1806 esposa de Goethe y los de este por Beethoven. Pero, sobre todo, la incapacidad del viejo poeta para comprender y apreciar la música del joven genio al que Bettina empezó a venerar desde 1810. Del mismo modo que alguien criado en el rock o el pop es incapaz de apreciar el reguetón, alguien que se había educado con la música de Cimarrosa, Paisiello y, a lo sumo, Mozart, no era capaz de adaptarse a Beethoven y ahí radicó gran parte del desencuentro entre Goethe y Bettina.

Ahí, y en los celos de Goethe.

Desde que Bettina conoció a Beethoven en 1810 no dejó de insistir para que su amante le conociese también permitiéndole poner música a alguno de sus poemas u obras de teatro, cosa a la que el poeta se opuso siempre. Es más: aunque no pudo evitar que la fama y la música de Beethoven llegaran a Weimar y él mismo hubo de soportarlas en algún salón y aun en su propia casa, Goethe jamás citó al compositor de Bonn ni en su obra ni en sus cartas. Le detestaba tan profundamente por el arraigo que habían conseguido en el alma y el corazón de Bettina que adoptó frente a él una constante y persistente actitud de negación. Cierto es que coincidieron en 1812 en Teplitz (actual República Checa) cuando Bettina ya no contaba en la vida de Goethe, pero resultó que no simpatizaron. Beethoven, revolucionario y antisocial, no pudo soportar los buenos modales del poeta y su contemporización con la realeza (olvidaba el músico que Goethe era consejero secreto del duque de Sajonia-Weimar y no podía permitirse otra cosa) y viceversa. Además, los celos, si bien subterráneos y secretos, persistían.

El año anterior, en 1811, Bettina y Goethe habían roto estrepitosamente por intermedio de Christiane Vulpius. Sucedió que Bettina y Christiane se odiaban. Ambas habían rivalizado por el mismo hombre y la segunda, después de haber dilapidado su reputación por él, temió seriamente verse sustituida en el altar por la primera, veinte años más joven que ella. Por su parte, Bettina despreciaba a Christiane considerándola poco culta, nada espiritual y escasamente sofisticada.

EL POETA LUDWIG ACHIM VON ARNIM (1781-1831), ESPOSO DE BETTINA BRENTANO DESDE 1811.

En el transcurso de su viaje de novios (Bettina había cedido a las conveniencias sociales casándose con el poeta Achim Von Armin, solo cuatro años mayor que ella y amigo de su hermano Clemens Brentano, sin por ello abandonar a Goethe ni dejar de adorar a Beethoven, el 11 de marzo de 1811) la joven pasó por Weimar para encontrarse con su amante y se permitió el lujo de ridiculizar los gustos pictóricos de Christiane en una galería de arte, estando ella presente. La bronca fue monumental y Goethe no tomó partido. Mantuvo un prudente silencio. Bettina se marchó triste de Weimar y, aunque durante más de una década siguió escribiéndole al viejo poeta, este jamás le respondió. Con todo, al año siguiente, la casualidad le reunió con Beethoven en Teplitz y no hubo química. El músico de Bonn también se dedicó a escribirle una larga sucesión de cartas a Goethe que este jamás respondió, ni siquiera cuando en 1827, encontrándose en la ruina y a las puertas de la muerte, Beethoven le suplicó por algún tipo de ayuda. Su odio era eterno e indomable. El amable Goethe era también rencoroso y cruel.

Este es el resumen de los amoríos de Goethe con la joven Bettina Von Armin, acaso su hija, frustrados por la injerencia de otro joven genio: Beethoven y los celos de un ama de casa fondona, poco inteligente, pero dispuesta a reclamar su lugar: Christiane Goethe (nacida Vulpius).

Me gusta recalcar lo de la posibilidad del incesto no por morbo (no solamente por morbo) sino por lo que tiene de tropo literario-artístico. Estoy pensando, por ejemplo, en los diarios de Anais Nin, en los que confesaba haberse convertido en amante de su padre tras su reencuentro después de veinte años sin verse, y teniendo ella treinta…extremo que niega su hermano, menos literato. Y, también, en la película Cosí Come Sei, protagonizada en 1978 por Marcelo Mastroianni y Nastasja Kinski y que también juega con esa posibilidad o fantasía…

NASTASSJA KINSKI EN COSÍ COME SEI (1978)

PONGO LA FOTOGRAFÍA DE ARRIBA POR NO ESCANDALIZAR A LOS PURETAS DE HOGAÑO CON ESTE GIF DE LA MISMA PELÍCULA. POR ESE MISMO MOTIVO TAMPOCO DIRÉ QUE EN ESA ÉPOCA NASTASSJA TENÍA 17 AÑOS.

Lo cierto es que iba a continuar esta entrada hablando de como ese tropo literario, esa fantasía más o menos libertina del romance con una adolescente o joven hija de una amante pasada y que acaso podría ser nuestra hija, obra a menudo en la vida ordinaria no literaria con una realidad mucho más perturbadora de la que los entes biempensantes pueden llegar a dar por válida, pero lo cierto es que la entrada ha alcanzado ya respetables dimensiones y mis lectores aman las cortas (hablo de entradas, de artículos…de lo otro me consta que no).

© Fernando Busto de la Vega.

¿LECTORES SENSIBLES?

NATURALMENTE, ES NECESARIO ILUSTRAR ESTA ENTRADA CON UNA IMAGEN QUE DENOTE MACHISMO Y RACISMO Y, SOBRE TODO, INDEPENDENCIA DE CRITERIO CON RESPECTO A LOS CENSORES WOKES. ESCRIBIR ES UN ACTO REVOLUCIONARIO.

Una de las cosas buenas de ser el último mono de la literatura patria es que no me hacen caso ni los abundantes censores que andan estos días por esos mundos convencidos de que la corrección política no es un dogma tan despreciable como todos los demás y ejerciendo de Torquemadas y Savonarolas no solo contra aquellos libros y autores nuevos que pueden defenderse sino, incluso, contra los clásicos.

Vamos a ver: el trabajo de un escritor es, principalmente, poner en solfa cualquier dogma vigente, darle la vuelta a toda normalidad aceptada, provocar, sobrepasar los márgenes para poner en evidencia al poder de turno y sus reglas…que siempre tienen un mismo fin: mantener en el poder al poderoso y en la indefensión y la miseria a los sojuzgados. Escribir es por sí mismo un acto revolucionario.

En ese sentido, en el de evitar la literatura como acción revolucionaria, una de las herramientas más despreciables del poder globalista actual son esos censores, ebrios de puritanismo y de prejuicios maoístas, aunque no tengan ni puñetera idea de quién era Mao Zedong (y del papel que su ideología cumple al servicio del imperialismo totalitario de China) y se crean muy modernos/as/es, que se declaran a sí mismos «sensibles» y trabajan bien por libre, bien, lo que ya riza el rizo, para agencias o editoriales de tal modo que no solo censuran los libros publicados sino aquellos por publicar cuya eclosión impiden, lo cual incide en la desesperada necesidad de los escritores independientes por abrirse camino hacia la luz, a pesar de las editoriales grandes y pequeñas que tratan de impedírselo con criterios crematísticos e ideológicos. Ya sabemos que la buena literatura no va a ser anunciada en televisión ni jaleada en las revistas literarias, se abre ante nosotros el excitante panorama de la contracultura, de la revolución, de la conquista del Estado y el espacio público…¡Somos afortunados! ¡Al combate!

En última instancia, esa de los lectores «sensibles» se trata de censura de la peor especie. Estos lectores «sensibles» no se diferencian en nada de los censores de la inquisición, también aquellos se creían en posesión de la verdad absoluta, aunque, hay que decirlo, sobre todo examinando las publicaciones del Siglo de Oro Español, eran mucho más cultos e inteligentes que las feministas, maricones y negros varios que ahora ejercen de tales con un único objetivo: destruir la Civilización que, les guste o no, es cosa de europeos blancos (no los hay de otro color, mal que les pese).

Estos lectores «sensibles» no han sido capaces de asimilar la Civilización (que es greco-romana) y mucho menos de aceptar el papel subordinado de determinados pueblos con respecto a ella. Así las cosas, en lugar de sumarse a su exigencia moral intentando aportar algo que redima su origen periférico, se empeñan en destruirla mediante la censura, ayudando con ello al ya citado imperialismo totalitario chino.

Estas liendres son miasmas de las catástrofes del siglo XX que todavía nos afectan y representan el síntoma inequívoco de nuestras enfermedades que habremos de curar más temprano que tarde si queremos que la Humanidad y la Civilización sobrevivan. Ello implica poner en valor y recuperar esta última con su sentido filosófico e histórico original y unívoco. Para hacerlo necesitaremos acciones enérgicas y, a menudo, violentas.

Estamos de nuevo al final del imperio romano, de nosotros depende restablecerlo o perdernos en otros mil años de oscuridad. ¡Ah, Flavio Ecio! ¿Dónde estás?…

Mientras tanto, está claro: para defender la Civilización, la Libertad y la supervivencia de la Humanidad es necesario escribir libros machistas, racistas y salvajes. E ir con un bate de béisbol a las presentaciones…Ahora comprendo a los futuristas cuando proclamaban que un puñetazo también es arte.

© Fernando Busto de la Vega.

IDENTIDAD, COMPLEJIDAD RELATIVA.

Nos gusta aparecer como seres complejos, llenos de recovecos y singularidades al tiempo que rehuimos nuestra naturaleza contradictoria y tratamos de elaborar y mantener un relato continuista y coherente de nuestro «yo». Esto último resulta de lo más conveniente para no incurrir o delatar enfermedades mentales que nos conducirían a situaciones vitales poco deseadas.

Sin embargo, y pienso en ello más como escritor que como ser humano, la identidad propia y ajena puede ser muy sencilla y depende en gran medida de la minuciosidad del foco que queramos aplicarle.

En lo tocante a la identidad ajena, las cosas son simples y sencillas. Pensemos en el camarero que nos sirve la caña en la terraza…¿Cuál es su identidad? Para nosotros simplemente es «el camarero»…si frecuentamos esa terraza y hay varios, habrá que afinar más: «el camarero calvo», «el camarero joven», «el camarero guapo», «el camarero torpe»…y, si seguimos frecuentándola, el camarero llegará a tener nombre y a individualizarse cada día un poco más: sabremos si está casado o no, si tiene hijos, si está preparando Notarías…En cualquier caso, la identidad de ese camarero o de cualquier otra persona que nos encontremos puede ser tremendamente esquemática y superficial: el camarero que nos sirve la caña.

Cuando nos referimos a nuestra propia identidad la cosa se vuelve mucho más compleja porque nos miramos mucho más de cerca, manejamos mucha más información y nos damos una importancia desmedida. El egoísmo nos induce al protagonismo y este a un relato novelesco de nosotros mismos. Somos, incluso de puertas adentro, nuestro personaje.

Hace años conocía a una actriz porno que era tímida, dulce y hasta recatada en su vida cotidiana, pero que, desnuda, maquillada y con los orificios abiertos en espera de la recepción de arietes mercenarios ante las cámaras se tornaba otra persona: una puta desvergonzada, lúbrica, salvaje y exhibicionista. Naturalmente, ella era muy consciente de su personaje exterior: la actriz porno, y de su «realidad» cotidiana, la chica de barrio que se habría camino en la vida como bien podía y que mantenía, a pesar de su trabajo, todos los valores y rasgos de personalidad que hacían que su abuela siguiera queriéndola y considerándola «su niña»…En gran medida todos somos conscientes de esta ambivalencia: lo que representamos y lo que somos, o creemos ser.

El ejemplo que pongo, aquella actriz porno, era muy consciente, como digo, de la dualidad de sus caretas: la que se ponía cuando se lo quitaba todo delante de las cámaras y la otra, la que consideraba su verdadero yo…la que constituía su relato, su novela personal, su autoidentificación como ser humano plausible y tolerable. Pero afirmo que en ella, y en todos nosotros, esa autoidentificación es también una careta. Nos disfrazamos ante los demás, pero también ante nosotros mismos. Cuando nos miramos en el espejo somos siempre otros. Y este es un factor clave a tener en cuenta para todo escritor que se precie y pretenda trazar buenos e interesantes personajes, quizá también para los actores o actrices que pretendan encarnarlos. Hay que tener en cuenta lo que los demás piensan del personaje, lo que el personaje piensa de sí mismo y lo que es en realidad.

A este último respecto hay que especificar que si bien tendemos, por pura cordura y necesidad de supervivencia, un hilo conductor de nuestra identidad pretendiendo continuidad y coherencia, en muchos casos nuestra identidad emerge fraccionaria y superficial, como en el caso que citábamos del camarero. ¿Cuántas veces al día somos simplemente el vecino que saluda, el cliente que compra, el operario que hace su trabajo, el padre o el hijo en la versión que creemos más conveniente? ¿Cuántas horas o minutos al cabo del día somos plenamente conscientes de lo que hacemos, decimos y nos preocupamos de mantener a salvo la coherencia identitaria que tanto queremos proteger y alentar? ¿Cuántas veces nos mostramos contradictorios o nos traicionamos a nosotros mismos, es decir: a la novela sobre nosotros mismos que construimos como autoidentificación para soportarnos, establecer un relato coherente y hacernos propaganda ante nosotros mismos? Amigos, somos fragmentos dispersos, un magma hirviente que solo alcanza unidad en el discurso, en el relato que hacemos de nosotros mismos. A veces somos previsibles, pero eso no es un signo de coherencia, sino de tendencia, incluso de circunstancias.

A buen entendedor pocas palabras bastan, y estas entradas no deben ser demasiado prolijas, lo dejo aquí.

© Fernando Busto de la Vega.

LOS TAMBORES, BUÑUEL, SAURA Y YO.

ICÓNICA IMAGEN DE PEPPERMINT FRAPPÉ, PELÍCULA DE CARLOS SAURA ESTRENADA EN 1967 EN LA QUE EL TAMBOR, TOCADO POR GERALDINE CHAPLIN, TIENE GRAN IMPORTANCIA ARGUMENTAL.

Soy aragonés, amigos y, por lo tanto, llevo el estruendo de los tambores en la sangre, en el alma y en la médula de mi creatividad exactamente igual que los también aragoneses Luis Buñuel y Carlos Saura, si bien no acabo de estar seguro de que este último (a fin de cuentas nacido en Huesca, ciudad donde la fiebre de la percusión litúrgica, procesional y telúricamente mágica tiene menos peso y tradición) entendiera y sintiera tan profundamente el tambor y su significado mágico y trascendente como Buñuel (calandino) o yo (zaragozano criado desde la más tierna infancia con los tambores atronando la primavera), y temo que, en última instancia, lo suyo solo fuera un a modo de impostura, de síndrome mimético y transitoriamente superficial o superficialmente transitorio.

LUIS BUÑUEL TOCANDO EL TAMBOR DURANTE LA ROMPIDA DE LA HORA EN CALANDA CON EL ACTOR FERNANDO REY MUY ATENTO A SU EJECUCIÓN.

Los tambores son ruido, pero también vibración. Una vibración que hace temblar el suelo y las vísceras cuando se vive de cerca, un ruido que convierte en dolor el repentino silencio, una experiencia que, vivida en primera persona, a pie de calle, en medio del tumulto y de la madrugada, ejerce un papel iniciático, abismal, profundamente mistérico. Hay un antes y un después para quien lo experimenta, para quien se impregna de ese tronar feroz y a la vez íntimo, de ese ruido exterior que se convierte en vibración visceral primero y espiritual después.

En el Bajo Aragón, comarca que conservó mejor que ninguna otra la pasión de los tambores trasladándola del Corpus a la Semana Santa, conocen bien esa cualidad mágica de los tambores capaces de «romper la hora», de abrir un umbral que conduce de lo cotidiano a lo trascendente, de quebrar los sellos y permitir la comunicación con lo sagrado. Quien escribe o hace cine desde el influjo mágico de los tambores conocidos en la calle y en la madrugada (o en la mañana o la tarde) habla necesariamente otro idioma. Un lenguaje abismal y profundo que marca las distancias…

GERALDINE CHAPLIN, LA HIJA DE CHARLOT, TOCANDO EL BOMBO EN CALANDA EN UNA ESCENA DE PEPPERMINT FRAPPÉ.

El turismo acecha a esta teofanía popular, pero, afortunadamente (y aunque la protagonista de Peppermint Frappé fuera la hija de Charlot, entonces pareja de Carlos Saura) todavía no hemos padecido ningún anglosajón descerebrado que descubriera el acto mágico y sagrado a sus pares llenándonos las calles de Zaragoza y los pueblos de la Ruta del Tambor de guiris ignorantes y borrachos tratando de sumarse a una tradición que no entienden ni son capaces de respetar. Pertenecer a la España interior y ser poco conocido tiene sus ventajas.

CARLOS SAURA ROMPIENDO LA HORA EN CALANDA.

El tiempo de la caja muda ha concluido. Los tambores vuelven a resonar en la primavera. El misterio ha retornado…los dioses se manifiestan en el ruido y la vibración, yo, como todos los años, me sumiré en dicha teofanía para emerger, el lunes que viene, purificado y sacralizado. Olvidad a Cristo, ignorad los pasos…zambullíos en el abismo ancestral, dejad que os transforme. Luego hablaréis un nuevo idioma que ahora ignoráis. Es la magia última de los tambores.

OTRO ICÓNICO FOTOGRAMA DE PEPPERMINT FRAPPÉ.

Y, para terminar: no confundáis esto de lo que hablo con la superficialidad de las batucadas o el legado africano y nocivo de los tambores llegados a América con los esclavos. Nada tiene que ver.

Desechad también la memez germánica de El Tambor de Hojalata y la pedantería falsamente intelectual de un escritor aficionado a besarse su propio culo como Günter Grass, nosotros no tenemos resabios nazis, culpas innombrables que expiar y sí queremos crecer, de hecho hace tiempo que lo hicimos.

ESCENA DE EL TAMBOR DE HOJALATA, CUYA PEDANTERÍA GERMÁNICA NADA TIENE QUE VER CON EL ABISMO MISTÉRICO Y TELÚRICO DE LOS TAMBORES DE ARAGÓN.

© Fernando Busto de la Vega.