Archivo de la categoría: literatura

RAMÓN J. SENDER, UN ESCRITOR INJUSTAMENTE OLVIDADO

Hay cosas que indignan, momentos que invalidan cualquier desarrollo ulterior de una amistad (o lo que surja), instantes en los que las personas se borran literalmente del paisaje y dejan de existir.

Hace unos pocos días paseaba por la zaragozana calle Don Juan de Aragón con una joven (y ciertamente atractiva) profesora de lengua y literatura de secundaria, de origen andaluz, una cordobesa de veintiséis años, grandes ojos negros, enormes tetas, buen culo e inconfundible acento, y aproveché la ocasión, pensando que le ilusionaría el dato, para comentarle que en aquella calle había vivido el joven Ramón J. Sender y que precisamente allí (le señalé el lugar exacto de la todavía adoquinada calzada), allá por 1918, pudo contemplar el cadáver de un estudiante de la entonces cercana universidad abatido a tiros por las fuerzas del orden durante unas algaradas estudiantiles contra el gobierno. Momento clave en la vida del escritor que le empujó hacia su militancia anarquista.

Según hablaba fui encontrándome con los ojos vacuos y la boca abiertamente sorprendida de mi interlocutora que caminaba agarrada de mi brazo, vínculo que también fui soltando paulatinamente, horrorizado, a medida que me daba cuenta de lo que sucedía. Al cabo la profesora cordobesa (por lo demás una buena chica) acabó preguntándome con su acento sureño:

—¿Sender? ¿Y ese quién es?

—Un escritor—le respondí airado, pero procurando fingir jovialidad indiferente.

—¿Un escritor?

—Aragonés, sí. Vivió en esta calle.

—Pues a ese no lo he estudiado…

¿Qué decir? Sonreí con aire sombrío, cambié de tema y continué el paseo. Habíamos quedado a cenar la noche siguiente, busqué una excusa para no acudir. Desde entonces, sin poder evitarlo, la rehúyo. Ni siquiera la he acompañado a la estación para despedirla en estos días en los que vuelve a Córdoba para celebrar la Navidad con su familia. Hay cosas que indignan y son superiores a mí…cierto, la chica es preciosa y posee grandes virtudes, pero en modo alguno pueden contrarrestar en mi ánimo una laguna literaria como esa. La profesora cordobesa se acabó para siempre incluso antes de empezar…todavía si estuviera especializada en ciencias o matemáticas…si en lugar de una profesora fuera una alumna universitaria (diré entre paréntesis que la cultura que se imparte en los institutos es nula y estas instituciones sirven hoy en día para estabular acémilas que llegan a la universidad sin siquiera saber escribir correctamente ni tener una idea clara de quien era Cervantes)… Pero a una profesora de lengua y literatura no se le puede perdonar algo así por muy grandes que sean sus ojos negros, sus tetas altivas y muy redondo y duro que sea su culo.

Bien, una vez superado el drama personal (que fue grande e intenso) hice abstracción de lo ocurrido y llevé el análisis a lo general.

En su momento, desilusionado, ya lo explicaba Miguel Labordeta, otro escritor aragonés también injustamente olvidado, después de publicar tres libros de poesía y ser ninguneado por la intelligentsia patria: habitamos en un entramado cerrado, centralista y bicéfalo. Todo lo que no sucede en Madrid o Barcelona, lo que no sirve a determinadas siglas dominantes de derecha o izquierda, literalmente, no existe.

En su momento, allá por 1937, los comunistas quisieron eliminar a Sender por su inquebrantable militancia anarquista. Intentaron fusilarlo acusándolo de traición porque se oponía al golpe de Estado del PCE y sus amos moscovitas en la España republicana. Para entonces los fascistas habían fusilado a su hermano, Manuel Sender, alcalde republicano de Huesca, y a su propia esposa, Amparo Barayón, en Zamora…

Sender acabó exiliado en los Estados Unidos tras prometer que no intervendría en política y asegurar que era un ferviente anticomunista y antifascista. En su obra no hay ni un ápice de odio…

Ramón J. Sender es, sin lugar a dudas, uno de los más grandes escritores españoles del siglo XX y me repatea el estómago el hecho de que por ser aragonés y hacer gala de serlo (sin concesiones a los señoritos madrileños ni a los intelectuales adocenados y de pega, y matices comunistoides, de Barcelona) y no prestarse al sucio juego de las siglas se le olvide tan injustamente. Leedle, me lo agradeceréis.

© Fernando Busto de la Vega.

EMILIA PARDO BAZÁN (UN CHOCHO VIEJO)

La anécdota es ya muy conocida, casi manida. Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán fueron amantes durante algún tiempo y, como siempre ocurre en estos casos, acabaron odiándose cordialmente (a veces el odio es a muerte, pero lo bueno de las amantes es que uno se libra de ellas con facilidad, no son como las esposas, que le sangran a uno en los tribunales o le denuncian falsamente por violencia machista). Ya seniles, se cruzaron en unas escaleras y la señora, muy poco agradable, como todas las ex, saludó a Don Benito espetándole:

—Adiós, viejo chocho.

A lo que él, picado y veloz, respondió:

—Adios, chocho viejo.

En estos días en los que el feminismo radical anda levantando santas laicas para reforzar sus manejos institucionales y justificar tanto sus chiringuitos como la imposición de su enfermiza ideología a través de leyes injustas e ilegítimas, tratan de vendernos a Emilia Pardo Bazán como la quintaesencia de la contribución femenina a la literatura y la cultura, como ejemplo insigne de «mujer liberada» (que por alguna razón siempre ha venido a significar promiscua y de escasas prendas morales) y feminista inquebrantable.

Pero literariamente hemos de ser sinceros. Emilia Pardo Bazán, que tiene una obra estimable, pero no puntera, es hoy poco más que un chocho viejo, rancio y sin interés. La propaganda política es una cosa, la verdad literaria otra muy distinta.

Ya sabemos que, siguiendo la estela de los usos comunistas, las feministas andan levantando ídolos culturales y artísticos con los pies de barro con la intención de aprovecharse de su prestigio prefabricado para presentarse como una vanguardia cultural. Así que ahora no dejan de aparecer y ser reivindicadas escritoras, pintoras, artistas de toda laya en su mayor parte mediocres y de poco calado que nos venden como mártires olvidadas a causa de un machismo represor…la pregunta a este respecto es ¿alguien ha olvidado a Safo o a Wallada? no, porque eran grandes.

Yo, aquí, no voy a entrar en mayores discusiones sobre el asunto. Solo diré que se pongan como se pongan las propagandistas feministas y su alobada caterva de seguidoras, EMILIA PARDO BAZÁN ES UN CHOCHO VIEJO. UN PETARDO Y UNA PETARDA. Una secundaria estimable, pero olvidable. Además de gorda (ella misma en sus cartas amenazaba con aplastar a Don Benito, el señor, no el pueblo, y confesaba que tenía miedo de despachurrarlo con uno de sus abrazos) y bizca.

¡Ah, y no debemos olvidar a este respecto una pequeña argucia editorial! Las obras de esta autora ya han pasado al dominio público, luego publicarla y promocionarla solo genera beneficios para quienes lo hagan, se acabó el porcentaje para la familia. Eso también pesa lo suyo. ¡Ay, esos editores pillines!

He dicho.

© Fernando Busto de la Vega.

MORTADELO Y FILEMÓN EN CLAVE FALANGISTA

España es culturalmente hipócrita. Vive en la continua reinterpretación y olvido interesado de sus realidades para adaptarlas a las conveniencias políticas dominantes de cada periodo y, en general, la tendencia imperante consiste en implantar un sesgo ideológico que divide en bloques la realidad, la sociedad y el legado cultural y escamotear la continuidad histórica de la cultura popular española para adecuarla a los intereses del régimen actual y de la evolución totalitaria que algunos pretenden imprimirle. Por ese motivo artículos «eruditos» e «historicistas» como el presente son necesarios. Porque debemos eliminar el nocivo sectarismo, la manipulación cultural e histórica y establecer una perspectiva neutral y de unidad y futuro a nuestro legado cultural.

En la conmemoración del cuadragésimo aniversario de la aparición de Mortadelo y Filemón, allá por 1998, el propio Ibañez ofreció una explicación del supuesto origen de Mortadelo en la que se aseguraba que su nombre procedía de su forma al nacer. Al parecer una mortadela, recibió el apelativo. Se trataba de una explicación ramplona propia de la reinvención de un mito y su aggiornamento con intenciones de satisfacer la curiosidad infantil sin meterse en charcos innecesarios que nada aportarían a la popularidad del mismo ni a su comprensión dentro de un contexto ligero y sin pretensiones.

No obstante, aquí, y con la intención ya expuesta, vamos a poner en contexto los personajes y su dimensión social contextualizándolos en su momento de surgimiento y primera etapa entre 1958 y 1969.

En esa década, los antiguos participantes en la División Azul se encontraban en el auge de sus vidas y la relación entre Mortadelo y Filemón era una apelación directa a una situación vital que podían reconocer a la perfección, se trataba de un chiste generacional que, a la vez, retrataba a la perfección la pirámide social del momento y la naturaleza ideológica del régimen imperante entonces, así como la deriva personal de muchos de los que se adhirieron a él con entusiasmo en los primeros momentos y, por lo tanto, expresa a la perfección el camino silencioso e íntimamente personal de una generación que fue avanzando hacia la idea de reconciliación y de democracia desde la pérdida de ideales y que, a la postre, tendió una mano que la «otra España» no recogió sin resentimiento y sectarismo.

Los expedicionarios en la División Azul fueron relevándose de tal modo que los veteranos de combate aleccionaban a los novatos antes de regresar a España. En ese contexto, los novatos eran denominados «mortadelos» y estos se dirigían a los veteranos como «jefes» estableciéndose relaciones «profesionales» como las que mantienen los personajes del comic: un «jefe» engreído y desdeñoso, no especialmente competente, obligado a realizar misiones con la ayuda de un novato «mortadelo» voluntarioso, pero inexperto, que las ponía en peligro con su temperamento infantil, ajeno todavía a la mentalidad militar y la naturaleza cruel de una guerra que, como la propia existencia profesional de los personajes, carecía de sentido. No debemos olvidar que la División Azul significó para muchos de sus miembros una dura cura de realidad que les empujó a ese cruel escepticismo y pesimismo social que también muestra el comic. Por lo tanto, es importante apartar a Mortadelo y Filemón de una explicación simplista e ideológica e inscribirlos en una profunda interpretación vital, generacional y social. La grandeza del mito reside ahí: en su hondura, su conexión con la realidad social y su continua evolución y reinvención para adaptarse a la misma cargándose de estratos interpretativos.

El chiste de los jefes y «mortadelos» era netamente generacional y, obviamente, dejó de tener mordiente (aunque no cambiara al constituir la esencia de los personajes) con el tiempo y el cambio social que el mismo comic siguió a partir de 1969 con el ingreso de Mortadelo y Filemón en la TIA y su entrada en el mundo de la guerra fría, pero es bueno, en aras de recuperar una perspectiva neutral y positiva de nuestro legado cultural, recordar esa primera etapa y su origen social, generacional y político.

© Fernando Busto de la Vega.

LA DESCONFIANZA DEL FEO

Esta entrada podría titularse también «La desconfianza del viejo (o de la madurez, para no resultar tan ofensivo)» o «Gato escaldado del agua fría huye».

Pues señor (obsérvese el guiño, que la mayoría de vosotros no captaréis, a Romualdo Nogués) uno, a pesar de estar lejos de esa condición, ha adquirido algunas costumbres de jubilado. La más conspicua, la de pasear cuando tiene tiempo libre por el parque cercano a su casa y hasta calentar banquillo durante largo rato para meditar y reflexionar sobre qué escribir o cómo hacerlo.

Estando en ello, este domingo sucedió algo reseñable. Incluso, diría, milagroso y supercalifragilísticoespialidoso rozando con lo chiripitifláutico ( y ojo: ambas son referencias muy anteriores a mí).

Hallábase este pobre escribidorcete sentado en un banco mirando a las avutardas (con gesto altivo y noble, casi napoleónico, eso sí) y haciendo anatomía de sus entrañas (esta es cita de Cervantes) cuando una inmarcesible y preciosísima rubia, que recreo con aproximación en la foto adjunta, paró su bici a mi altura, me saludó y comenzó a hablar conmigo.

En otra época, no tan lejana, el que suscribe, se hubiera ilusionado, puesto cara de ternerillo no por romántico menos erotómano y pensado:

—¡Ya está! ¡Ya he ligado!

Hoy, en cambio, le he lanzado a la rubia una mirada asesina, he medio levantado el lado derecho del labio con desdén y he respondido a su «hola» con una especie de rebuzno a medio camino entre la cortesía y el asco que ha venido a sonar:

—Ñieck…hmmlá.

Todo ello pensando:

—¿Qué querrá sacarme esta?

En mi favor debo advertir al lector que, en meses pasados, sentado en ese mismo banco, se me acercaron otras mujeres: una quiso enrolarme en su secta, otra tasó justiprecio sobre sus encantos y servicios, la tercera me confundió con un invasor de la galaxia X-62 y quiso combatirme. Tuve que huir de su furia, por desgracia no encontré mi nave espacial y acabé escondido, agachado, entre unos setos y una fuente, mientras ella me buscaba con su desintegrador especial y espacial, que se parecía sospechosamente a un martillo.

De modo que el hecho de que una preciosa rubia desconocida detuviese su bicicleta ante mí y me saludase con una sonrisa afable no me tranquilizó en absoluto, más bien todo lo contrario.

Pero hubo suerte: se trataba de una antigua alumna de cierto instituto de secundaria en el que trabajé y que me recordaba de hace apenas unos pocos años. Ahora ha crecido, está en la universidad…nos hemos tomado un café (y lo ha pagado ella).

No todo iba a ser malo.

Pero la moraleja del gato escaldado ahí queda.

Cierro la entrada con fotos de rubias en bicicleta descartadas para ilustrar la entrada, ninguna de ellas traducía con precisión el concepto que pretendía transmitir al lector, pero, oye, no están mal como fotos, ni como rubias:

© Fernando Busto de la Vega.

LOS AMANECERES DOMINICALES Y LA LITERATURA

Como sabéis, tengo la mala costumbre de anotar aquí los argumentos de novelas que jamás escribiré por si a alguien le resultan útiles. Esta entrada no será una excepción.

Frecuentemente, los domingos por la mañana, debido a lo que les queda de la madrugada de los sábados etílicos, lisérgicos, alucinógenos, eróticos, pasionales y desfasados, suelen ser fecundos semilleros de historias que pueden constituir el núcleo inicial de una novela, incluso en una tranquila ciudad de provincias como esta en la que habito: Zaragoza.

El último galimatías dominical que me hizo aguzar las orejas literarias sucedió hace ya unos meses y no condujo a nada, porque resultaba tan surrealista que ni siquiera yo fui capaz de encontrarle pies y cabeza para armar una historia coherente, no digo ya sensata o creíble.

El enigmático galimatías al que me refiero consistió en la concatenación en un mismo espacio geográfico y temporal de tres hechos por completo extraños y dispares que involucraron a una patrulla policial a eso de las siete de la mañana de un domingo cualquiera de primavera.

El lugar es preciso y no demasiado exótico: la calle Genoveva Torres Morales que corre encajonada entre lo que se conoce en la ciudad como El Rollo, antigua zona de bares y diversión juvenil, y el río Huerva, lugar que, por cierto, tiene su protagonismo en la próxima novela que pretendo publicar: El Incidente Lesmes.

Pues bien, una primaveral mañana de domingo de este mismo año 2022, una vecina vio desde su balcón como una mujer joven caminaba desnuda, magullada y llorando por este apartado callejón arrumbado en la periferia de barrios más poblados y de clase media. Le preguntó qué le sucedía y la caminante desnuda afirmó haber sido violada. Como es natural, la vecina llamó de inmediato a la policía y una patrulla uniformada se presentó a los pocos minutos allí haciéndose cargo de la supuesta víctima que, trasladada al hospital, resultó no haber sido agredida ni violada y tampoco soltó prenda de lo que le había sucedido.

Estando en el escenario de los hechos, mientras se ocupaban de la supuesta víctima, los agentes divisaron, caminando por ese mismo callejón, a un individuo que venía sin camisa y con los pantalones remangados. De inmediato sospecharon de él como violador y le dieron el alto. El tipo, ni corto ni perezoso, se dio a la fuga arrojándose al agua y uno de los policías se zambulló también en el Huerva para capturarlo, cosa que logró. Resultó que el tipo ni tenía nada que ver con lo sucedido a la caminante desnuda ni había cometido delito ninguno ni tenía antecedentes penales… simplemente, según confesó, se asustó al ser interpelado por la policía y saltó al río. Tampoco explicó por qué andaba por ahí medio desnudo.

Finalmente, y esta es la guinda del pastel y la percha literaria, la patrulla sufrió el ataque del Aprietahuevos.

El Aprietahuevos es un género extraño de terrorista, supervillano o demente cuya manía es emboscarse en los más inesperados lugares y cargar a la carrera sobre el primer policía varón que encuentra, entonces, por sorpresa, le agarra los testículos, se los aprieta con furia y se da a la fuga. Es una amenaza en la sombra a la que todavía no han podido capturar…lo cual ya de por sí daría para una buena novela.

Pero la concatenación de esos tres sucesos en el mismo lugar a la misma hora es demasiado surrealista y extraña como para que este humilde literato sea capaz de organizarlos en una novela. Como mucho podría utilizarlos como historias separadas.

No muy lejos de allí, en el paseo Fernando el Católico, hubo un tipo, hará un par de años, que amaneció el domingo paseándose también en cueros (qué manía), pero con un cuchillo en una mano y su propio pene amputado en la otra. Por supuesto lo puso todo perdido de sangre y, aunque sobrevivió, sigue internado en algún centro psiquiátrico.

Remataré la entrada con un hecho reciente. De este mismo domingo próximo pasado. El incidente implica a un tipo seguramente del género cretináceo y una prostituta no muy avispada y se explica en cuatro encuentros sucesivos a lo largo de este otoño, que resumiré:

1.- El tipo contrata los servicios de la prostituta y todo va como se supone que debe ir.

2.- El tipo vuelve a requerir los servicios de la prostituta, esta le hace un quiebro y, prometiéndole volver, le saca 50 euros para hacer una compra. Naturalmente se marcha y no regresa.

3.- El tipo desea venganza, telefonea a la puta y se cita con ella en una dirección inexistente obligándola a un viaje en balde.

4.- Con la cantidad de putas que hay, el tipo llama de nuevo a la misma prostituta, se reúnen, discuten y la cosa acaba mal. El tipo la viola, le pega y la deja abandonada en los Pinares de Venecia, naturalmente él acaba detenido y ella en el hospital.

¿No os parece el inicio de una bonita historia de amor y venganza? Yo la escribiría, pero no tengo ganas ni tiempo. Os la cedo.

© Fernando Busto de la Vega.