Archivo de la categoría: mundo y carne

TIRSO DE MOLINA Y LA INFIDELIDAD EMOCIONAL EN EL SIGLO DE ORO.

Es muy posible que durante demasiado tiempo haya menospreciado a Tirso de Molina, no a su obra, claro está, sino al individuo, al personaje. Obnubilado con el tipo de escritor-militar-amante como Cervantes, Garcilaso o el propio Lope de Vega desdeñé indebidamente al frailecillo sin aparente historia ni heroísmo. Recientes lecturas y conversaciones me han hecho cambiar de opinión. Resulta que, a la chita callando, el mercedario debía tener más conchas que un galápago (condición, por otra parte, necesaria para un buen escritor).

Para empezar, hay que tener en cuenta que Tirso se la jugó para ser autor dramático y que sufrió persecuciones y sinsabores por su empeño en seguir escribiendo. En 1614 hubo de marchar prudentemente a un convento de Aragón (Estercuel) para poner una frontera jurisdiccional entre él y sus perseguidores castellanos. Desde allí marchó a Santo Domingo para convertirse en profesor de su universidad y mantenerse fuera del foco de sus censores. En 1625 hubo de comparecer ante una de las juntas de reforma de costumbres impulsadas por el Conde-Duque de Olivares y acabó desterrado en Sevilla (donde acaso recibió inspiración para escribir El Burlador de Sevilla)…

Pero, lo interesante de Tirso, y más en estos tiempos que corren, es su inclinación por los personajes femeninos a los que construye fuertes, independientes y enredadores. Se nota que el buen fraile conocía bien a las mujeres y las apreciaba en su justa medida, en todo lo que tienen de santas y de hadas y en todo lo que tienen de duendes y hasta demonios. Ello, sin duda, surgió de sus charlas de confesionario. Cuantas mujeres le confesarían sus pecados, sus cuitas, sus argucias, sus inquietudes, con cuantas llegaría a tener una verdadera y profunda vinculación emocional, pero no necesariamente sexual. Pensemos aquí en La Regenta de Clarín y la relación entre la protagonista y el magistral de la catedral…

En la actualidad, época dedicada a definir y nombrar hasta los más nimios azares de las relaciones interpersonales y convencida de haberlos inventado todos, se utiliza mucho el término «infidelidad emocional» para definir esa situación en la que una mujer entrega su intimidad, su corazón y sus necesidades espirituales y sentimentales a alguien que no es su pareja oficial, pero sin entregarle su cuerpo, lo que en el siglo XVIII se denominaba un chichisbeo.

En la infidelidad emocional, cuya simple enunciación arrastra ya un tufillo del galopante puritanismo actual siempre disfrazado de progresismo y feminismo, la mujer habla a menudo con «el otro», le cuenta sus secretos, sus sentimientos, busca su apoyo…también podemos definir al «otro» como un triste pagafantas o pseudoamigo gay que traga con la mierda para que, al cabo, se la folle otro (el marido o un amante transitorio y cutre, pero listo y afortunado)…

Sea como fuere, cabe preguntarse cuantas vinculaciones de este tipo generaría a lo largo de su vida Tirso de Molina en el confesionario y hasta qué punto influirían en la construcción de sus personajes femeninos…buen tema, aunque difícil de estudiar. Quizá mediante la ouija y con una buena conexión mediúmnica…

© Fernando Busto de la Vega

UNA VIEJA HISTORIA JAPONESA

Uno, es parte del oficio, anda siempre buscando argumentos e historias que le ayuden a poner en pie narraciones interesantes y que, sin perder el agrado de sus lectores, permitan algún tipo de reflexión vital y un cierto filosofar oculto en la acción y el implacable desarrollo de la trama.

Ayer, rebuscando en viejas historias japonesas, encontré la semilla de una de esas novelas magníficas que jamás escribiré, pero cuyo argumento quiero, no obstante, compartir aquí y legar a quien le pueda interesar.

La historia, hay que decirlo, es real y ocurrió en un pasado ya remoto, pero puede actualizarse fácilmente.

Es la siguiente: un apuesto joven recién salido del cascarón (o de la universidad), llega como secretario a casa de un prócer (nos vale desde un ministro hasta un traficante de drogas o un especulador inmobiliario) ya cercano a la jubilación casado con una hermosa mujer mucho más joven, pero unos quince mayor que el nuevo secretario.

Hay un flechazo. La esposa madura, pero todavía atractiva y seductora, se fija en el joven que ha llegado a la casa y este, un pipiolo bobo al cabo, le corresponde ardientemente. Inician unas relaciones adulterinas…y, cierto día, el marido, un tipo celoso y peligroso, los sorprende en plena acción. Hay un forcejeo, quizá el cornudo saca un arma, y el pipiolo, guiado por el miedo, la pasión y la inconsciencia se la arrebata y le mata.

Los amantes han de huir.

Las circunstancias les obligan a sobrevivir como delincuentes y es en esa tesitura donde poco a poco el joven secretario va descubriendo la verdadera naturaleza de su amante madura. Se trata de una mujer violenta, cruel, avariciosa, egoísta, manipuladora, llevada más de la pasión física que del amor…llega a despreciarla y odiarla. Acaba asesinándola en una violenta discusión a causa del destino y reparto de uno de sus botines.

He ahí un drama tremendo, tremebundo incluso, y hasta tremendista que puede escribirse con prosa ligera, abundancia de anécdotas violentas y sexuales y proponer como objeto de meditación filosófica sin parecer en exceso pedante. Un tema que me vendría como anillo al dedo, pero que no escribiré.

© Fernando Busto de la Vega.

PRECISIONES NECESARIAS

PRECIOSA CABRA, CAPAZ DE SEDUCIR A ALGÚN ATOLONDRADO SIN MESURA NI CRITERIO

Agosto, ya se sabe, es mes abonado para las noticias chuscas. Desde ovnis al monstruo del lago Ness o anécdotas variopintas. Y yo, como soy un canalla envuelto en piel de cordero, he acabado por fijarme en una de cariz picante (¿a alguien le sorprende?), pero de derivadas interesantes en lo tocante a las necesarias precisiones de los titulares.

En los últimos días ha habido un incidente ferroviario en Tarragona que, como no podía ser de otro modo, ha alcanzado cierta difusión en la prensa estival. Un tren de cercanías salió media hora tarde porque el conductor, al llegar a su puesto, se encontró al revisor allí manteniendo relaciones sexuales.

Ante tamaño desafuero, el conductor bajó del tren y se negó volver a subir (afectado y traumatizado ¿sería un ataque de cuernos?) a la locomotora incluso cuando el revisor libidinoso fue convenientemente desalojado de la misma. Se hizo necesario habilitar una nueva locomotora y un nuevo maquinista para poner en marcha el tren.

INCLUYO FOTO DE MUJER PARA AQUELLOS QUE NO TENGAN DATOS SUFICIENTES PARA DISTINGUIRLAS DE LAS CABRAS. LAS MUJERES SUELEN IR MEJOR DEPILADAS Y NO TENER CUERNOS, AL MENOS A LA VISTA.

Bien, la anécdota (salvo en el caso de los pasajeros del convoy, condenados a esperar y perder el tiempo por la incuria de un funcionario ¿pero, después de todo, quién no ha follado alguna vez en el trabajo? Hay que ser indulgente con los calentones ajenos) es divertida, picante y muy apropiada para el mes de agosto. Lo llamativo del caso, y es a lo que voy, son las precisiones necesarias de casi todos los titulares de prensa que se hicieron eco del hecho. La práctica mayoría especificaban muy puntualmente que el revisor estaba practicando sexo…¡con una mujer!…lo que no deja de ser tranquilizador, si lo hubieran encontrado practicándolo con una cabra o un extraterrestre la cosa cambiaría, y mucho.

Analizar los titulares (y, lo sabemos, los pies de foto) es siempre un interesante ejercicio de psicología social. Un buen entretenimiento y una fuente inagotable de hilarantes erratas y disparates conceptuales. Ahí lo dejo.

© Fernando Busto de la Vega.

MEJUNJES ALCOHÓLICOS Y UNA REFLEXIÓN MANIDA SOBRE EL PLACER.

Hay por esos mundos de Dios todo un doctor en Historia reducido a la triste condición de profesor de instituto (los profesores de instituto, casta engreída y endogámica tendente a la negación de la realidad, suelen creerse una élite intelectual, un cuerpo sagrado que constituye la base de la intelligentsia patria, pero son en realidad el epítome más triste de la mediocridad funcionarial, la entrega a los lugares comunes, la vulgaridad intelectual y la indigencia cultural y, por lo tanto, su condición es deleznable e indeseable) que en la facultad solía desayunar un croissant mojado en cerveza. Ahora lo niega taxativamente, en especial delante de sus hijos, y presume de ser un entendido en los caldos de Borgoña (aunque, lo digo, deja bastante que desear en lo que respecta a los vinos del Rin y lo ignora todo sobre el tokay, que mira con prevención a causa de haber sido originado por la esposa de un príncipe de Transilvania a la que sigue confundiendo obstinadamente con Erszebeth Bathory).

Viene esto a cuento por el cierto revuelo que, contra todo pronóstico, ha venido generando en ciertos círculos, una inocente confesión hecha en este mismo blog allá por finales de junio de este mismo año en el que me describía bebiendo ron con zumo de melocotón.

Hay cohortes enteras de amigotes bebedores y espontáneos aficionados al bebercio que andan opinando, sin probar el mejunje, y rechazando inquisitorialmente la ocasional y dulce mixtura. En todas estas semanas el único apoyo que he recibido (y es raro, porque suele ser un tocapelotas impenitente) es el de mi amigo Censorino Purujosa (alias Francisco), que me aportó datos y recetas para contrarrestar las arremetidas de mis críticos. Del mismo modo que estos han dado en denominar el «bustivega» a esa combinación de ron y zumo de melocotón, yo denominaré «censorino» a la receta que trasegaba mi amigo durante la forzada reclusión del Covid-19. El encierro le cogió a contrapié y acabó aficionándose a un combinado de circunstancias que ahora aprecia sobremanera compuesto a base de whisky DYC de quince años y zumo de manzana Hacendado.

En mis tiempos de adolescente engreído, entregado a Dante y Dostoievski y empecinado en la esgrima, el ciclismo y el ajedrez me las daba de purista (máscara habitual del ignorante) y únicamente aceptaba aquello que consideraba adecuado para un hombre de mundo. En consecuencia, solía esgrimir una pomposa copa de calvados cuando dedicaba largas horas a jugar al ajedrez con otros tipos raritos, por supuesto en ausencia de mis padres, y miraba con desdén a una de mis novias de entonces que, por el contrario, se daba con fruición a una mezcla de anís dulce y peppermint, que la mantenía siempre feliz y con la mirada acarameladamente turbia obligándome, de paso, a inventar explicaciones sobre la excepcional capacidad de evaporación de ciertos espirituosos para contrarrestar las sospechas paternas sobre la rápida desaparición del contenido de tales o cuales botellas en el mueble-bar del salón azul de casa (teníamos otro blanco, con fantasma incorporado, pero sin almacenamiento alcohólico).

Quiero, aparte de rellenar blog en tiempos estivales de visitantes poco interesados en asuntos serios y profundos y de continuar una tradición sobre cócteles de este blog escrito, curiosamente, por alguien que, en realidad, apenas bebe, poner de manifiesto una idea cardinal sobre «lo socialmente correcto» y la felicidad en libertad.

Todos conocemos la mueca de desdén del sumiller de un buen restaurante cuando rechazamos su propuesta de maridaje y elegimos un vino diferente (¿acaso un heterodoxo blanco?) para acompañar un ya pasado de moda rosbif o algún otro género más a la moda de receta de carne.

Ese sumiller es la más moderna encarnación de la ortodoxia social, de lo más estrictamente aceptado y correcto y muy pocos se atreven a desacatarlo temerosos de ser tenidos por poco elegantes, rudos o ignorantes.

Yo, personalmente, paso. Hago lo que quiero y disfruto de lo que considero bueno en cada ocasión, en todos los aspectos de la vida.

Sirva esto, de paso, como desacato público a esos amigos conservadores que habitualmente me predican contra mi propensión a los escarceos con mujeres casadas y jovencitas que «podrían ser mis hijas».

Volviendo al principio: amigo C., vuelve a mojar el croissant en la caña, si eso te hace feliz (y prueba el tokay). A los demás: romped las cadenas, disfrutad del mejor modo posible y de la manera que os apetezca, vienen mal dadas y es posible que el año que viene estemos todos muertos, o en la miseria.

¡Evohé!

© Fernando Busto de la vega.