No mentiré: soy un partidario a ultranza de la enseñanza y la sanidad públicas, pero nunca un fanático en ningún aspecto de la vida y cuando los sistemas fallan soy siempre partidario de ponerlo de manifiesto y reflexionar e invitar a la reflexión.
Y estos días estoy percatándome de la decadencia de ambos sistemas públicos: el de sanidad y el de educación.
En la sanidad pública el propio personal sanitario, singularmente los médicos, colectivo corporativista y no especialmente ético en sus planteamientos de vida, está, y naturalmente generalizo, boicoteando el sistema para hacerlo inoperante y llevar a los enfermos a la sanidad privada donde sus emolumentos son mayores. Paralelamente, contemplamos como las nuevas hornadas reúsan puestos rurales o en la atención primaria por mero afán de enriquecimiento marchando a otros países o requiriendo plazas con mayores ingresos. Se dirá que el afán de enriquecimiento es legítimo, especialmente en una sociedad capitalista como la nuestra y quizá sea cierto…pero entonces a lo mejor deberíamos apear a los médicos del altar de humanitarismo y desinterés que se han autoerigido. Quizá debemos empezar a verlos como simples técnicos avariciosos y de ética dudosa más interesados en su medro personal que en su labor sanitaria…y tratarlos en consecuencia.
Por otro lado, la educación pública se ha convertido en un coto para el adoctrinamiento político de activistas de izquierdas (del mismo modo que la enseñanza privada lo es de los de derechas) y vengo observando que en general cuantos, siendo personal docente la defienden, responden a un simple interés partidista. La gran mayoría son militantes de determinados partidos, determinados sindicatos, determinadas corrientes ideológicas… y no defienden la enseñanza pública sino su nicho de poder y de adoctrinamiento. Tenemos ahí otro problema grave. No solo en lo que se refiere a la enseñanza pública, como hemos visto también en la privada.
Sanidad y educación, sean privadas o públicas, demuestran la decadencia como sociedad y como pueblo que padecemos. La falta de ética y responsabilidad social y nacional de profesionales evidentemente mal formados e indeseables y nos marca la ineludible necesidad del cambio. Un cambio que debe ser inmediato, inminente y radical, sin piedad para los inmorales y los que se han definido por sus actos como enemigos del pueblo y de la nación.
Lamentablemente, sé que predico en el vacío. Nada nos va a librar de la ruina. Las sociedades en decadencia como la nuestra jamás reaccionan, simplemente se pudren. Nos estamos pudriendo y nada cambiará. Lástima.
kirk Douglas en el personaje que bien pudo haberse llamado El Rubicundo Neurótico.
Obviamente, como escritor vivo obsesionado con la sintaxis y la gramática y dándole vueltas a asuntos quizá triviales que no revisten el menor interés para la mayoría de los mortales, pero ocupan parcelas extensas de mis cavilaciones. Una de esas materias absolutamente impopulares, arcanas incluso, totalmente esotéricas, es el peso y el orden de las palabras.
Pensemos, por ejemplo, en el título español de una película del Hollywood clásico: Lust for Life, dirigida en 1956 por Vincente Minelli y protagonizada por Kirk Douglas que interpreta a Vincent Van Gogh. Se trata de un biopic seguramente muy mejorable cuyo título se tradujo en Hispanoamérica, casi miméticamente, como «Sed de vivir» y en España como «El loco del pelo rojo». Y este último título será el que nos induzca a la breve meditación que pretendo sirva como ejemplo de otras más especiadas, extensas y profundas que ocupan a menudo mi pensamiento como individuo obligado a titular y empeñado en narrar historias con el efectismo deseado, aprovechando para ello el peso y el orden de las palabras.
Alguien con el pelo rojo es, obviamente, un pelirrojo. Hubiera sido más correcto un título semejante a El pelirrojo loco o El loco pelirrojo. Como sinónimos de pelirrojo podemos utilizar taheño o rubicundo, pero eso nos alejaría todavía más del concepto pretendido: El taheño loco, El Rubicundo loco…
Seguramente El pelirrojo loco se descartó porque induce a pensar en una comedia algo alocada y un tanto surrealista. El loco del pelo rojo suena más a drama y pompa.
El taheño loco carece de gancho ¿Quién sabe qué demonios es un taheño?…alguno llegaría a pensar en un toro (y quien dice toro, dice vaquilla) e imaginaría alguna charlotada cinematográfica con el Bombero Torero por banda.
En cuanto a El rubicundo loco (o, por buscar algún sinónimo también para loco: El rubicundo neurótico, o El rubicundo demente) ¿Qué historia podría sugerir? Dejo al lector que la imagine por su cuenta.
Naturalmente, recurriendo al femenino y alterando el orden de las palabras y jugando con los sinónimos podríamos inventarnos otra película completamente distinta. Pensemos en La traviesa pelirroja…
Ahí lo dejo.
Soy muy moderado en la elección de la pelirroja traviesa por aquello de la omnipresente censura en internet. Para algunas cosas, y por culpa de la influencia del despreciable puritanismo anglosajón, seguimos en los años cincuenta.
ESCENA DE UNO DE LOS SACRIFICIOS HUMANOS SEGUIDOS DE CANIBALISMO QUE HABITUALMENTE PRACTICABAN LOS AZTECAS Y QUE SHEINBAUM Y AMLO REIVINDICAN CRITICANDO LA OBRA LIBERADORA Y CIVILIZADORA DE ESPAÑA EN AMÉRICA.
El ridículo e impostado (siempre está al servicio de imperialismos extranjeros y en contra de su propio pueblo) nacionalismo y racismo antiespañol que alienta en las ilegitimas repúblicas de Hispanoamérica ha tenido dos grandes etapas de servilismo externo y traición. La primera, que abarcó todo el siglo XIX y hasta mediados del XX, en que sirvió a los intereses imperialistas anglosajones (de Londres primero, de Washington después); la segunda, todavía en curso, en la que sirven al maoísmo y las aspiraciones imperialistas de la China comunista.
Estos «americanistas», «indigenistas» y «nacionalistas» de pacotilla y tres al cuarto (mirando a México tenemos ahora a AMLO, un tipo obviamente español por sus cuatro costados, un criollo sin mezcla, y a Sheinbaum una judía de ascendencia askenazi, ni siquiera sefardí, es decir: sin ninguna relación con España ni con América en los cuatro siglos de presencia española allí, una advenediza, una extranjera en la hispanosfera, como representantes de esas corrientes) suelen ser gentecilla estúpida y ridícula que para justificar su poder y la penetración de los imperios a los que sirven (en este caso: China) mienten y se inventan la historia.
Reflexionemos brevemente sobre México. El mero hecho de que cuatrocientos españoles pudieran sojuzgar al imperio azteca ya hablaría de por sí mal de este último. ¡Un imperio sojuzgado por medio millar de hombres!…mal imperio y pésimo estado sería. Pero resulta que los cuatrocientos españoles que conquistaron Tenochtitlán iban acompañados de trescientos mil tlaxcaltecas hartos de la tiranía azteca. Y si esos cuatrocientos españoles pudieron quedarse en Nueva España fue, evidentemente, porque quisieron no solo los trescientos mil tlaxcaltecas sino los millones y millones de indígenas que habitaban el territorio y que encontraron una mejora obvia en la administración española.
Cuando la impresentable judía lituana que es Sheinbaum y el criollo estúpido y resentido que es López Obrador reivindican a los aztecas, están reivindicando los sacrificios humanos sistemáticos y la práctica del canibalismo. Cuando critican a España están criticando a la potencia que liberó a los restantes pueblos indígenas de la tiranía azteca, que fundó hospitales, universidades, ciudades, que introdujo a América en la civilización…
Obviamente alguien en la propia América española debería empezar a callar las bocas de estos impresentables al servicio del maoísmo.
Y, por cierto: es América la que debe pedir perdón a España por su traición y darle las gracias por haber recibido de ella la liberación de los pueblos de los imperios y tribus rapaces que las devastaban y la civilización. Honremos la PAX HISPÁNICA (y el progreso a ella asociado)… Porque… ¿Dónde han ido las ilegítimas republicas de la América española desde su independencia?…En España vivían mejor, ahora son tercer mundo.
EN LA IMAGEN, Y ANTE LA DIFICULTAD DE ENCONTRAR UN RETRATO DEL GENERAL SAN JUAN, UN LANCERO DEL VÍSTULA.
El general Benito de San Juan no era un cualquiera. Tenía una honrosa carrera militar a sus espaldas y había cumplido debidamente en todos sus puestos operativos y administrativos.
Siendo teniente coronel sirvió en la Guerra de las Naranjas como segundo del regimiento de Húsares Españoles (fundado en 1795) distinguiéndose de tal modo en la acción de Arronches que Godoy se fijó en él y lo ascendió a coronel poniéndolo al frente de su guardia personal: la Guardia del Generalísimo (sí: hubo generalísimos antes que Franco. Godoy fue el primero, Wellington, para nuestra deshonra, el segundo). En 1805 era ya mariscal de campo y en 1806 fue enviado a Vizcaya como gobernador político y militar para acabar con la sublevación conocida como Zamacolada.
En 1807 regresó a Madrid como inspector general de Infantería y allí le pillaron el motín de Aranjuez y la invasión francesa. Pudo sobrevivir a la caída de Godoy porque tenía lazos con los Palafox.
Contra lo que suele afirmarse, Godoy era un buen político y un aceptable general. De hecho, sin mediar el golpe de Aranjuez encabezado por el traidor e inepto príncipe de Asturias (futuro Fernando VII) que incluso corrió a los brazos de Napoleón, hubiera zanjado en pocos meses la invasión de 1808. Es más: con él ya prisionero y aplicando su plan de concentración de tropas en el sur y contrataque el ejército patriota estuvo muy a punto de conseguirlo. El 19 de julio de 1808 el general Castaños (eficazmente secundado por el general suizo Reding y el walón Coupigny, ambos al servicio de España y leales a la patria) derrotó por primera vez en campo abierto a un ejército napoleónico (no lo hicieron ni los ingleses, ni los alemanes, ni los austriacos, ni los rusos, fueron los españoles). Después el ejército unido avanzó hacia el norte. José I hubo de huir de Madrid, que fue reconquistada, y los franceses huyeron en masa al norte del Ebro, hacia Pamplona y Barcelona, donde se habían hecho fuertes, levantando de paso el sitio de Zaragoza. El siguiente jalón del plan fue la batalla de Tudela (23 de noviembre de 1808) que se perdió por la indisciplina y traición de José de Palafox y sus hermanos. De haberse ganado, y pudo haberse ganado de no mediar la traición de los Palafox, que no deseaban ver encumbrado a Castaños, el siguiente paso hubiera sido la invasión de Francia y muy probablemente España hubiera derrotado a Napoleón y restablecido a los Borbones en Francia antes que los ingleses y se hubieran evitado siete años más de guerra.
Pero los Palafox seguían sus propios intereses políticos y prefirieron el aniquilamiento del ejército español a ver triunfar al general Castaños ejecutando un plan diseñado por el generalísimo Godoy.
Destrozado el ejército español en Tudela solo pudo retirarse en desbandada. Los franceses volvieron a cruzar el Ebro hacia el sur y a asediar Zaragoza. El propio Napoleón viajó a España para hacerse cargo del mando directo de sus ejércitos y acompañó a su hermano José camino de la reocupación de Madrid.
En efecto, Madrid volvía a estar en peligro, era preciso frenar a los franceses antes de que pudieran cruzar la sierra y ocuparlo de nuevo. La misión se le ofreció al general Elío, que muy consciente de su dificultad (la derrota y la dispersión del ejército de Castaños así como la destrucción del Ejército de la Izquierda dirigido por el general Joaquín Blake, había dejado el centro de la península casi desguarnecido y había muy pocas tropas que reunir para aquella gesta frente al propio Napoleón), se excusó de aceptarla. Por lo tanto el marrón, permítasenos la expresión vulgar, le cayó al general San Juan, a la postre inspector general de Infantería y sin duda el jefe militar de más alto calibre que se encontraba en Madrid.
Y lo cierto es que San Juan no lo hizo mal. Reunió una docena de batallones y 16 cañones y salió de Madrid para bloquear el paso de Somosierra. Menos de una semana tardó en plantarse allí Napoleón después de la derrota española de Tudela. A esas alturas los ingleses del general Moore que habían entrado desde Portugal huían hacia Galicia, donde se embarcaron a principios de 1809 en La Coruña y Vigo, lo que restaba del Ejército de la Izquierda intentaba frenar inútilmente a los franceses entre Vizcaya y Burgos, Palafox volvía a encastillarse en Zaragoza, Castaños era defenestrado por las insidias e influencias de los Palafox y lo que restaba de su ejército se replegaba rápidamente sobre La Mancha. El general San Juan estaba solo.
Una vez en Somosierra estableció un dispositivo defensivo inobjetable. Tres líneas de defensa en profundidad y ganando cotas de altura con la artillería dominando el único puente practicable para salvar los barrancos del puerto. Durante toda la mañana del 30 de noviembre de 1808 este dispositivo frenó eficazmente a los franceses. El general San Juan estaba derrotando al mismísimo Napoleón Bonaparte. Finalmente este acabó recurriendo a un escuadrón de los Lanceros del Vístula una unidad de caballería polaca mandada por el capitán Kozietulski que lanzó una carga suicida y frontal contra la primera línea defensiva española. La artillería y la fusilería de San Juan diezmaron el escuadrón polaco, pero los jinetes lograron cruzar el puente y saltar sobre los cañones lanzándose sin detenerse contra la segunda línea, que contra todo pronóstico, tomaron también lanzándose contra la tercera a la que llegaron apenas veinte lanceros ya sin oficiales, porque todos yacían muertos o gravemente heridos en el camino. En esas condiciones se les hubiera rechazado fácilmente, pero Napoleón había lanzado tras ellos a los húsares y la caballería ligera y la tercera línea fue desbaratada también obligando al general San Juan a retirarse con los restos de sus tropas, la historia, Napoleón y 216 lanceros polacos le habían pasado por encima.
Al general San Juan ni se le ocurrió regresar a Madrid (que fue tomado el 4 de diciembre siendo defendido por 300 soldados españoles que se enfrentaron a los 55000 de Napoleón). Con lo que restaba de su columna se retiró a Segovia primero (desde donde uniéndose con las tropas del brigadier Heredia procedentes del aniquilado ejército de Blake intentó avanzar hacia Madrid, aunque no llegó a tiempo) y de allí a Talavera de la Reina donde un motín acabó con su vida el 7 de enero de 1809. Quienes le asesinaron y arrastraron su cadáver por las calles hasta colgarlo de un gran olmo a las afueras de la población fueron soldados del regimiento de Montesa a cuyo coronel, Sardeñ, San Juan había acusado de cobarde al no obedecerle cuanto le ordenó a finales de noviembre acudir a ayudarle en Somosierra.
La Junta Suprema envió al general Morillo (que años más tarde se distinguiría en la guerra contra el traidor a sueldo de los ingleses Simón Bolívar) que restableció el orden y apresó a Sardeñ.
En 1820, a sus cincuenta años, Georg Wilhem Friedrich Hegel era la indiscutible estrella de la Filosofía alemana y disfrutaba de su fama y su prestigio como catedrático en la Universidad de Berlín, entonces capital del reino de Prusia. Acababa de publicar dos de sus obras más importantes: Ciencia de la Lógica (1816) y Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817) y no tardaría en publicar Filosofía del Derecho (1821). Nadie le disputaba abiertamente su posición y mucho menos después de la muerte de Fichte en 1814.
Pero no todo el mundo estaba satisfecho con esa situación. El joven filósofo de origen germano-polaco Arthur Schopenhauer, que tenía treinta y dos años en 1820, odiaba a Hegel y consideraba su preminencia en la Filosofía alemana una falacia, casi una ofensa personal. Después de haberse doctorado en la Universidad de Jena y pasado un tiempo en Weimar, donde se hizo amigo de Goethe, se trasladó a Dresde, capital del reino de Sajonia, en 1814. Allí redactó la obra que creía iba a revolucionar el panorama de la Filosofía alemana acabando con el reinado de Hegel: El mundo como voluntad y representación.
El libro, publicado en Leipzig a comienzos de 1819 y que en la segunda mitad del siglo XIX y durante el XX sería uno de los más influyentes, pasó por completo desapercibido en aquel momento. No movió ni una sola brizna de hierba del paisaje filosófico alemán. Hegel ni siquiera parpadeó. Humillado y ofendido, Schopenhauer dio un portazo y abandonó Dresde para olvidar viajando a Italia como había hecho en el pasado su amigo Goethe. El viaje de Goethe, que era consejero privado del duque de Weimar y disfrutaba de una desahogada posición económica, duró dos años entre 1786 y 1788. Schopenhauer no pudo pagarse más allá de unos meses en Italia en aquel 1819 (nótese que el libro de Goethe sobre su viaje se publicó en 1817).
De regreso a Alemania, Schopenhauer tenía dos prioridades: resolver su situación laboral y económica y desquitarse con Hegel. De modo que decidió presentarse, en la primavera de 1820, a una oposición para conseguir plaza de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín, donde reinaba Hegel y él mismo había estudiado un par de cursos con el ya difunto Fichte.
Llegó a Berlín entre alharacas sin querer ser discreto ni humilde y lanzando pestes contra Hegel al que se empeñaba en destronar. Todo el mundo se enteró de sus pretensiones y muchos las acogieron con regocijo. El espectáculo era prometedor porque, entre otras cosas, el propio Hegel iba a formar parte del tribunal que determinaría su admisión o no en la facultad de Filosofía de la universidad.
El 23 de marzo de 1820 Schopenhauer se presentó a la prueba de acreditación como profesor de la Universidad de Berlín y expuso sus tesis de manera brillante. Hegel le escuchó con educada displicencia y, cuando le llegó el turno de hacer preguntas, se limitó a hacer la siguiente:
—Si un caballo se tumba en la calle ¿Cuál será el motivo?
A lo que Schopenhauer respondió:
—Los motivos serían dos: por una parte, el suelo se encuentra bajo él. Por otra, el cansancio, que es una característica del estado interior del caballo. Si en lugar de en la calle se hubiera encontrado al borde de un abismo no se hubiera tumbado.
Ahí le estaba esperando Hegel para iniciar su contrataque, para barrerlo y zanjar su hostilidad impidiendo, humillantemente gracias a su argumentación, que pudiese alcanzar su plaza de profesor en Berlín. De modo que comenzó su objeción:
—¿Cuenta usted también las funciones animales entre los motivos? Esto es, los latidos del corazón, la circulación sanguínea…¿son consecuencia de motivos?
Pero Schopenhauer era un hueso duro de roer, disfrutaba de una formación sólida, extensa y en diversos campos del saber y pudo zafarse saliéndose por la tangente: extendiendo su respuesta a otras materias ajenas a la pura Filosofía:
—Estas no se denominan funciones animales. En psicología se denomina así a los movimientos conscientes del cuerpo animal. Y con esto no hago otra cosa que remitirme a la Psicología de Haller.
De todos modos, Hegel estaba dispuesto a tomar su presa, a machacar a aquel arrogante advenedizo recién llegado de Dresde (la capital de un reino rival, un duro competidor de Prusia, si bien el propio Hegel había nacido en Stuttgart capital del reino de Baden-Württemberg) e insistió en su argumentación:
—¡Ah! ¡Pero si eso que dice usted no es lo que se entiende bajo la denominación de funciones animales!
E iba a seguir destrozando al aspirante cuando intervino un médico que se encontraba entre el numeroso público que se había dado cita para asistir a aquel debate, el doctor Lichtenstein, catedrático de zoología de la Universidad de Berlín desde 1811 y director del zoológico de la misma ciudad desde 1813, un experto reconocido, y terció en defensa de Schopenhauer:
—Señor doctor—dijo dirigiéndose a Hegel—discúlpeme si me entrometo, pero he de decir que el señor Schopenhauer tiene la razón en este asunto. Nuestra ciencia denomina animales a las funciones por él indicadas.
Hegel quedó en ridículo, guardo humillante e imagino resentido silencio y Schopenhauer consiguió su puesto de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín. Si hubiera sido menos orgulloso y prepotente a lo mejor le hubiera ido bien, pero continuó insensatamente con su cruzada y estableció sus clases en los mismos horarios que las de Hegel pensando que podría arrebatarle al menos parte de los numerosos alumnos que acudían a las mismas. No lo consiguió. Seis meses después debía abandonar Berlín humillado y aplastado por el éxito y la fama de Hegel. Volvió a Italia dejando en Berlín a su nueva amante, la cantante de ópera de diecinueve años Caroline Medon, con la que mantuvo un largo y tormentoso romance con una serie de hijos de dudosa atribución, pero esta es ya otra historia (que contaremos más adelante, porque somos cotillas y nos gustan los culebrones).