Me consta que los puristas del género y los fans de John Ford están en este momento rasgándose las vestiduras (aunque afirmo que El Sargento Negro, Sergeant Rutledge, 1960, no le va a la zaga a esta) y que el director de The Hallelujah Trail, John Sturges, es también el autor de una de las películas más racistas y despreciables de la historia (Los Siete Magníficos, 1960, adaptación de Los Siete Samuráis de Akira Kurosawa en la que los samuráis son mercenarios anglosajones y los campesinos, mejicanos en la miseria), pero nada de eso me importa. Es verano, hace calor y el eco trae recuerdos de aquellos entrañables cines al aire libre de la infancia. Hoy por hoy, deseando pasar un buen rato y recrearnos en la aventura, la comedia, una buena historia bien contada, con excelentes personajes y tensiones dramáticas perfectamente trazadas, música briosa y adecuada…hoy por hoy, digo, y por lo menos hasta octubre, sostengo que La Batalla de las Colinas del Whisky es el mejor western de la historia y merece la pena verlo en familia o con amigos.
Fuera de eso, como aficionado impenitente a la historia y la estrategia militar, sigo estudiando muy a fondo la táctica de la «dirección casi paralela» y el «contacto separado» que tan bien escenifica y explica Burt Lancaster en su papel de coronel Gearhart.
Por cierto, es preciso recordar aquí a los guionistas: William Gulick y John Gay y al autor de la banda sonora, Elmer Bernstein.
Un último apunte, este algo más pedante: que Sturges era un fiel alumno de Kurosawa y que aprovechaba sus enseñanzas se nota en esta película en el detalle del mapa para explicar la acción, artificio procedente sin duda alguna de Los Siete Samuráis (1954).
Agatha Christie no se cuenta entre mis escritores favoritos. Detesto sus mecanismos de relojería, fríos, distantes, sin gracia, tan ingleses, tan vacuos, tan perversamente hipócritas y clasistas. Obviamente, tampoco experimento ninguna simpatía por sus personajes, todos ellos olvidables y detestables.
Sin embargo, existe una excepción cuyo mérito no es directamente atribuible a Doña Ágata sino a una intérprete de esas que se cuentan en el número de las características, señoras entradas en años, sin ninguna belleza física, damas alejadas en todo de lo que uno fantasea cuando piensa en actrices, pero tocadas por el talento y el encanto de las tías solteronas o las abuelas cariñosas, curtidas por décadas de experiencia sobre los escenarios y en estado de gracia. Me refiero en este caso, lógicamente, a Margaret Rutherford y sus interpretaciones de la señorita Jane Marple en el cine de consumo inglés de los años sesenta.
Recuerdo que estas películas, sin grandes pretensiones más allá del entretenimiento del público, se proyectaron en la televisión española allá por mi adolescencia y más adelante pude verlas en versión original (donde la actuación de Margaret Rutherford gana, como cabía esperar, quilates de calidad). Ahora yacen olvidadas. Quizá su simplicidad, su presentación en blanco y negro, su falta de alharacas técnicas las convierten en insípidas para un público moderno sin demasiado criterio, empachado por el exceso de efectos especiales y, es muy posible, que la falta de aprovechamiento adoctrinador que presentan para determinados poderes y sectas que nos gobiernan las releguen al almiar de lo olvidable, pero merece la pena recuperarlas. Es, si la última razón mencionada para su olvido resulta cierta, incluso un acto subversivo.
Son apenas cinco películas estrenadas entre 1961 y 1965: Murder, She Said (1961), Murder At The Gallop (1962), Murder Most Foul (1964), Murder Ahoy! (1964) y The Alphabet Murders (1965), totalmente irrespetuosas con el canon de Agatha Christie y tocadas por el humor y el encanto de la actriz protagonista, que pasaba de los setenta cuando las protagonizó y hubo de retirarse después de la última aquejada por el alzhéimer.
LOS TRES VERDUGOS, NO LO OLVIDEMOS: HONORABLES FUNCIONARIOS, ACTIVOS EN EL TARDOFRANQUISMO EN UNA DE LAS CHARLAS QUE COMPARTEN ANTE LA CÁMARA DE BASILIO MARTÍN PATINO.
Nada, absolutamente nada, supera a la realidad pura y dura, al encuentro con los personajes fautores de la cotidianidad, con las personas en su propia circunstancia. Y ni siquiera son necesarias alharacas estilísticas ni admoniciones maximalistas. Basta poner una cámara neutral (si es que una cámara puede serlo, en la narración sea esta oral, escrita o audiovisual sucede lo que con las partículas subatómicas: la observación implica siempre modificación y sesgo) delante del individuo y dejarle hablar, expresarse. Lo demás sale por sí solo. En la vida corriente el equivalente es comer o tomarse un café con alguien. Un buen escritor conoce bien el proceso y sabe utilizarlo.
Pues bien, Basilio Martín Patino (1930-2017) hace poco más en la película documental que quiero recomendar hoy desde estas páginas. Logra, a base de dinero, como alguno de los participantes reconoce en el metraje, reunir a los tres verdugos activos durante el tardofranquismo y hacerles hablar entre ellos delante de la cámara. Nada produce mayor impresión, nada expresa mejor su nivel moral, su mismidad, su anodina y al tiempo terrible condición. Paralelamente (y no sé si aquí entra la manipulación política y el amarillismo melodramático) se intercalan entrevistas a familiares de ajusticiados y a los de un condenado a muerte. Basta con eso.
La película se rodó clandestinamente (más por afán peliculero del director y ansias de figurar en el imaginario heroico de la siempre hiperventilada y camandulera mítica libertaria que por necesidad: nadie se oponía a su rodaje, simplemente no se hubiera podido estrenar) allá por 1973.
Se estrenó en abril de 1977, en plena Transición, y cosechó apenas 250 000 espectadores pasando en gran medida desapercibida. Más tarde, en los ochenta y quizá en los noventa, se emitió alguna vez por televisión en horarios de madrugada. Poco más.
Sin embargo, es una película, un documental, absolutamente imprescindible. Un documento vivo de la realidad que pretende narrar, sin manierismos, sin afectaciones moralistas, sin la deriva histérica, mixtificadora y populista de los actuales documentales dirigidos por niñatos (más bien niñatas) sin experiencia vital ni formación cultural adecuada.
Una reliquia de cuando hasta los anarquistas como Basilio Martín Patino eran señores inteligentes, con clase y cultura. Flor de otras épocas y silencioso escarnio de la actual.
Que una novela sea llevada al cine suele ser sinónimo de éxito (y de decepción de su autor y lucro abusivo e indebido de la editorial de turno) y parece augurar una supervivencia popular del libro y la película y puede que sea así en la industria anglosajona. En la española, no.
En España la soberbia presuntuosa, maniquea, partidista y totalitaria de la Izquierda ejercida desde mediados de los años cincuenta no solo como oposición al bando vencedor sino como parte de la estrategia propagandística mundial del imperialismo comunista en sus dos versiones (moscovita y maoísta) así como la profunda incultura y aculturación sajonizante de los lamentables vástagos de la Derecha, clase inmunda en todo similar a las élites neocoloniales de América y África (de hecho ambas: nuestra Derecha y nuestra Izquierda, nos convierten en un país tercermundista y por ello deben ser aniquiladas para poder restablecer el futuro que nos corresponde) han impedido el desarrollo de una adecuada industria cultural sobre la que apoyar una identidad unitaria, poderosa y orgullosa de su pasado y de su futuro. Vivimos en un erial, en la total decadencia e inmundicia cultural y artística por culpa de la perpetua guerra civil llevada a cabo por las «dos Españas» que no son sino estructuras artificiales financiadas por nuestros enemigos. España es un zombi parasitado (deslavazado y provinciano) en todos los aspectos, también, y sobre todo, en lo cultural y artístico.
Por ese motivo, que una novela sea llevada el cine, incluso en varias ocasiones, como Currito de la Cruz, sobre la que ya hablamos en estas mismas páginas, o la que venimos a tratar hoy: El Malvado Carabel, no es sinónimo de pervivencia ni garantía de que las nuevas generaciones (y extiendo la categoría casi hasta los sesentones) tengan noticia de ella. Ni de la novela ni de las películas sucesivas.
Por ese motivo me gusta recordar en este humilde blog, para público conocimiento de las nuevas generaciones y con la intención de facilitarles la exploración de un rico pasado cultural y artístico escamoteado por las absurdas inquinas políticas y la tercermundista estructura de la industria cultural española, algunas excelentes obras y diversos autores injustamente olvidados.
El Malvado Carabel es una novela de Wenceslao Fernández Flórez (La Coruña, 1885-Madrid, 1964), autor poco apreciado por la Izquierda a causa de su ideología conservadora y poco querido por la Derecha debido a sus críticas mordaces a las clases altas y las convenciones y abusos de las mismas así como universalmente envidiado y detestado por ser amigo de Franco desde la juventud. Sin embargo, es un escritor muy recomendable que debemos recuperar. Y empezaremos por esta novela humorística que publicó en 1931 siendo llevada al cine de inmediato por otra figura a reivindicar, Edgar Neville, en 1935. Hubo otras dos adaptaciones cinematográficas: la de Fernando Fernán Gómez en 1956 y la de Rafael Baledón en 1962.
No es el único caso de novelas de Fernández Flórez llevadas al cine en diversas ocasiones. Cabe reseñar también El Bosque Animado, publicada en 1943 y puesta en imágenes por José Neches, en 1945, José Luis Cuerda en 1987 y por Ángel de la Cruz en 2001. O El Hombre Que se Quiso Matar, publicada en 1929 y adaptada al cine en dos ocasiones por Rafael Gil en 1942 y 1970.
Como vemos, Don Wenceslao no puede quejarse. Algunas de sus novelas llegaron varias veces a las pantallas, pero estoy seguro que la mayoría de mis lectores no han leído ninguna de ellas ni han visto ninguna de las citadas películas ni, seguramente, tienen conocimiento alguno de los títulos indicados. Así funciona la difusión de la cultura, el cine y la literatura españolas y así se promocionan.
El argumento del Malvado Carabel es la historia de un fracasado, un oficinista explotado y oprimido que, llegado un momento, abre los ojos y comprende que el sistema ha estado riéndose de él toda su vida y trata inútilmente de convertirse en un antisistema. A grandes rasgos, y es bien triste, nos representa a la inmensa mayoría de nosotros.
Amaro Carabel trabaja en una gran empresa con un sueldo miserable que no le permite casarse ni independizarse, de hecho, sigue viviendo con su tía (observo que luego nos venden esto de que los jóvenes no pueden independizarse por la racanería del capital explotador como cosa nueva y tratando de culpabilizar siempre a los jóvenes que cambian de cara, pero no de situación, generación tras generación) hasta que un día es despedido y su novia, desesperada, le deja. Furioso, y convencido, quizá con razón, de que la causa de todas sus desgracias es su bondad natural y su aceptación del orden establecido, decide hacerse malvado y convertirse en delincuente, sin ningún éxito. Tras diversos intentos fallidos e hilarantes de dedicarse al crimen logra robar la caja fuerte de su antigua empresa, pero no abrirla. De modo que hace un curso por correspondencia de hipnosis para conseguir que sus antiguos jefes le den la combinación de la caja y, cuando se presenta en las oficinas para lograrlo, deciden readmitirlo, con reducción de sueldo, claro…y su novia vuelve con él.
Bonita metáfora de la rebeldía juvenil, la furia antisistema y, desde luego, un universo muy alejado de Ocean´s Eleven.
Berta Vázquez está gorda y miles de gilipollas se lanzan a criticarla mientras miles de imbéciles, llevados de la conmiseración, se lanzan a defenderla. Si se le hubiera ocurrido descubrir una cura contra el cáncer a nadie le importaría y, por lo que parece, sus virtudes artísticas como actriz y cantante, tampoco.
Superficialidad y vacuidad…esas son las premisas de las redes sociales, de las inteligencias artificiales y de los demás avances tecnológicos. La tecnología y el mundo modernos no nos conducen hacia nuestro mejor yo, simplemente nos vacían y nos limitan eliminando de nosotros todo aquello que nos puede hacer útiles, creativos, profundos, inteligentes y sabios.
¿Debemos seguir ese camino en esas condiciones? A lo mejor deberíamos desencantarnos de la tecnología y las modernidades de una vez y comenzar a pensar de nuevo en el ser humano. No se trata de renunciar a la tecnología, sino de arrebatársela a las oligarquías capitalistas y ponerla al servicio de la civilización y la humanidad, en lugar de la explotación y la ignorancia de las masas programadas por las élites
Por lo demás, también Anna Netrebko engordó y sigue cantando ópera. Puede que no volvamos a verla en biquini sobre el escenario ni adoptando poses sexys, pero quizá así desafine menos. Lo uno por lo otro.