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LA REGLA DE FARRAR Y LA RACIONALIDAD LIMITADA

En apicultura es conocida y aplicada la llamada Regla de Farrar según la cual el crecimiento y prosperidad de una colmena estimula la productividad individual de cada abeja en particular. En otras palabras: podemos aludir audazmente a un «estado de la opinión» dentro de la colmena y concluir que el optimismo general y el progreso inducen a una mayor implicación personal en el desarrollo comunal.

Sin salir (todavía) del ámbito de los insectos, podemos reparar en los presupuestos de la Inteligencia de Enjambres que pusieron en pie Gerardo Beni y Wang Jing y el concepto de estigmergia desarrollado en 1992 por Marco Dorigo no solo para aplicarlos en cuestiones matemáticas y relacionadas con la inteligencia artificial, sino llevadas, con las debidas precauciones, al estudio y comprensión de la sociedad humana relacionándolas con el concepto de «racionalidad limitada» puesto en vigor por el premio Nobel de Economía de 1978 (y, ojo: Premio Turing de la ACM en 1975 y a la Contribución Científica Distinguida de la Asociación Norteamericana de Psicología en 1969) Herbert Alexander Simon, que también fue miembro de la Association for Computing Machinery.

En otras palabras: el estudio de los insectos ha conducido a conceptuarnos como enjambres y ello repercute de manera directa en el diseño y desarrollo de la Inteligencia Artificial aplicada al control y la ingeniería social. La pregunta que me corroe es si nuestros nuevos amos (esos oligarcas tecnológicos ultraliberales y explotadores en colaboración con las estructuras de poder establecidas) tendrán en cuenta la Regla de Farrar para diseñar nuestro futuro.

Sea como fuere, hay que admitir que estos oligarcas tecnológicos de la anglosfera tienen las de perder. Son intelectualmente inferiores a sus rivales chinos. Y estos sí que tienden a una sociedad-enjambre, pero claramente solo entienden la aplicación de la Regla de Farrar para las élites del Aparato. Ergo: estamos jodidos. Nuestro futuro es el infierno. Salvo que lo paremos todo en seco ahora. Y no lo vamos a hacer, porque no somos enjambres, somos rebaños…y la estulticia del rebaño se define por la ignorancia programada y autoaceptada de sus individuos, así como por su cobardía.

Obviamente, las meditaciones esquematizadas en esta entrada podrían llevarnos muy lejos y, para llegar a sus últimas consecuencias, requerirían un libro mazacote, cercano a las mil páginas y nada sencillo de leer (menos aún de escribir y publicar), por lo tanto lo dejo aquí: en el apunte. Confío en la inteligencia y la curiosidad del lector para darle curso y llegar a conclusiones.

Un saludo.

© Fernando Busto de la Vega.

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA LITERATURA

Es cierto: la inteligencia artificial ya es capaz de escribir novelas y poemas. Algunos, especialmente en los grandes grupos editoriales, andan ya salivando con la novedad y barajando la posibilidad de acabar con el oficio de escritor poniendo tras las portadas de sus libros (quizá bajo falsos avatares) a estas máquinas que no cobran ni tienen ego. Puede parecernos algo terrible, pero es la deriva lógica del sector. Desde hace décadas la literatura se considera únicamente como producto y se buscan únicamente los réditos (y no estoy en contra del beneficio en el mundo literario: existen gastos de edición, promoción y distribución; los profesionales del medio, incluyendo, lo que a veces se olvida, al propio autor, está bien que cobren por su trabajo) a cualquier precio. De ahí esas prácticas de las grandes editoriales (y los autores famosos y aclamados por la prensa y los medios de comunicación, siempre mediante pago o intercambio de favores) de escribir mediante targets (y vuelvo a repetir que ya es significativo que en el mundo editorial español de utilice un palabro anglosajón), el uso de negros, la promoción de autores-producto (Vargas Llosa, García Márquez y tantos otros…no quiero citar a autores vivos…sé que Don Mario alienta todavía, pero, vamos, le queda poco y como escritor ha bajado ya a la tumba, quién sabe si también subido a los cielos).

Cuando la literatura se convierte en un subproducto de consumo alejado de la verdad y de la originalidad y circunscrito estrictamente a líneas de producción férreamente fordistas encomendar a la inteligencia artificial dicha producción es un paso lógico de la industria y, naturalmente, viene a desarbolar a aquellos autores bien instalados en la misma, a los promocionados y endiosados por su conformidad con las directrices de los grandes grupos editoriales.

Pero la inteligencia artificial solo puede regurgitar galeradas ya obsoletas, comportarse como lo que en mi infancia se denominaba «repitemonas»…escribir y vender una y otra vez lo mismo, sin aportar nada nuevo.

La inteligencia artificial no tiene vida y, por lo tanto, no es capaz, ni lo será nunca, de aportar el valor de la originalidad y la diferencia. Un autor puede narrar aquella anécdota de su infancia, aquel cuento que le contaba su abuela, hablar de lo que ha visto, aprendido y comprendido…dar voz a los que se fueron sin poder alzarla en vida, desnudar su corazón buscando el corazón de sus lectores, airear sus más íntimas reflexiones, sus más desbocados deseos, sus vicios más inconfesables, sus virtudes íntimas, sus miedos, sus inseguridades, su amor…y puede hacerlo porque está vivo y tiene una trayectoria vital, un posicionamiento moral, una personalidad individual…quizá la inteligencia artificial acabe desarrollando también una personalidad individual, pero ¿en qué se parecerá a la humana? ¿Escribirán los robots novelas y poemas para otros robots? Es posible, pero ¿eso en que nos concernirá como lectores?

Bien. Hay que aceptar que los grandes grupos editoriales recurrirán a la inteligencia artificial para seguir su producción en serie y destinada al simple consumo. Hay que asumir que los autores-producto desaparecerán….los escritores de raza, no. Estos deberán trabajar en otras cosas para sobrevivir, tendrán que abrirse paso con canales de promoción y distribución secundarios y contraculturales, pero no desaparecerán. Antes al contrario: ganarán en libertad y, por lo tanto, en originalidad y calidad. El camino del renacimiento literario y artístico está, precisamente, en los escritores independientes e ignorados por los grandes y medianos grupos editoriales, en los que no son invitados a las ferias del libro ni consiguen entrevistas en la televisión o la prensa.

El nuevo escritor no será ya una estrella literaria y tendrá que ganarse la vida como pueda…pero tiene la oportunidad de cambiar la literatura y formar parte del nuevo resurgir de la literatura y la cultura.

La inteligencia artificial se agotará en sí misma a fuerza de repetirse. El poeta y el escritor tienen la gran oportunidad, siendo humildes y marginados, de ser libres, indómitos, ingobernables…salvajes y partícipes de un nuevo renacimiento. Ahora se distinguirán los que buscan ser estrellas, aunque deban poner el culo, de aquellos que son, en una sola palabra: ESCRITORES.

No olvidemos que la tecnología también sirve para resistir y llevar a cabo una guerra asimétrica y contracultural. Ha llegado el momento de divertirse escribiendo, y peleando…

Una última cosa: la moderna educación, destinada a crear ignorantes manejables, ha apartado a millones de posibles futuros lectores de los libros y la literatura. Esa es otra batalla fundamental a desarrollar. Ellos no vendrán a nosotros, salgamos a su encuentro, conquistémoslos, seduzcámoslos ¿Ha habido alguna vez un momento más apasionante para ser escritor o poeta?

© Fernando Busto de la Vega.

EL FIN DEL ESPEJISMO TECNOLÓGICO

La tecnología nos obnubila y cautiva nuestra imaginación llenándonos de esperanza en gran medida porque el cientifismo, ya desde mediados del siglo XIX, se erigió en un a modo de nueva religión moderna de la que todavía no nos hemos desengañado ni sentimental ni racionalmente. Pero la ciencia y la tecnología tienen sus limitaciones y tarde o temprano nos iremos percatando de ello y recalibrando nuestra posición. Por supuesto, y conociendo la naturaleza humana, este cambio de postura será promovido por una crisis significativa y dolorosa que nos obligará a apearnos de nuestro Clavileño particular enfrentándonos con la cruda realidad.

Aparte de ese condicionamiento previo casi religioso, nos enfrentamos también, en relación con la tecnología, a una propaganda constante (los mismos industriales tecnológicos están obligados a contarles milongas y presentarles espejismos o proyectos absolutamente inmorales como el del control total de los usuarios y la explotación totalitaria de sus datos a sus inversores, a fin de cuentas se resume todo en inversión y beneficio) que, como no puede ser de otro modo, reproduce los estereotipos ideológicos de dichos inversores que no por ser ricos y haber obtenido beneficios previos son sabios y están debidamente preparados. De hecho, el inversor se limita a obtener réditos de una situación concreta, a modificarla inmoralmente a su favor para seguir obteniendo beneficios y a tender al inmovilismo, son las circunstancias objetivas y externas que ignora las que le derriban del caballo y hacen progresar la historia. Los inversores, y todos sus teóricos, son miopes, tienen miras estrechas y viven su propia fábula hasta que la realidad los sodomiza con furia y fruición.

EL LOBO DEL WALL STREET, UNA CRUDA METÁFORA DE LA INMORALIDAD Y CEGUERA DEL INVERSOR, TAMBIÉN EN EMPRESAS TECNOLÓGICAS

Pues bien: la fábula de los inversores actuales en tecnología y, por ende, la ideología (y propaganda) con que esta se nos presenta, es la ferozmente neoliberal, que parte de una falacia que los propios neoliberales han llegado a creer: la posibilidad del crecimiento y del enriquecimiento ilimitado al margen de las condiciones naturales objetivas. Y ese es el talón de Aquiles que más temprano que tarde pondrá fin a la burbuja tecnológica.

Andamos obnubilados y preocupados con la inteligencia artificial y con otro sinfín de posibilidades que se nos ofrecen como procesos surgidos ex nihilo y milagros inagotables…pero eso, amigos, es propaganda, peor: una creencia, una superstición basada en sueños. La realidad es otra, y es terca. Apliquemos el sentido común y comprenderemos dónde estamos en realidad y a dónde nos dirigimos.

La gran falacia, y el factor que la derribará (desgraciadamente arrastrando a toda la humanidad al abismo), de la superstición neoliberal, como ya hemos dicho, es la del crecimiento infinito y la del enriquecimiento constante en progresión geométrica. Ignoran que toda riqueza esta indefectiblemente ligada a los recursos naturales. La tecnología también. Ahí tenemos, si no lo creemos, las guerras subcoloniales y a menudo ocultadas por la prensa para el control y la adquisición de tierras raras y minerales como el coltán. Pero no hace falta profundizar tanto para darnos cuenta de la realidad…pensemos en toda la electricidad necesaria para mantener todos nuestros dispositivos electrónicos en funcionamiento. Pensemos en toda la que es precisa para mantener encendidos y refrigerados los grandes centros de datos y el coste de conseguirla (tanto económico como medioambiental, meditemos en la posibilidad de su consecución en la cantidad precisa, siempre en aumento, incluso recurriendo a las fuentes renovables)… pensemos en el cuello de botella surgido a raíz de la pandemia con los chips…

La tecnología, como cualquier otra industria, se basa en los recursos naturales disponibles y el planeta está sobreexplotado y mutando hacia la aridez y la inhabitabilidad. Pronto, hemos de ser conscientes, la tecnología dejará de ser viable, al menos del modo neoliberal de crecimiento perpetuo que ahora la configura. Vivimos una burbuja que explotará más temprano que tarde. Convendría ir pensando en un futuro diferente. ¿Postapocalíptico?…no quiero ponerme dramático ni ciberpunk, pero sí muy diferente. No creáis a los falsos profetas del crecimiento perpetuo, del enriquecimiento sin tasa y de la tecnología infinita. Somos finitos, el planeta es finito y los recursos son finitos. Y eso no lo cambia nada ni nadie. La catástrofe tecnológica está servida.

© Fernando Busto de la Vega.

BERTA VÁZQUEZ ESTÁ GORDA

Berta Vázquez está gorda y miles de gilipollas se lanzan a criticarla mientras miles de imbéciles, llevados de la conmiseración, se lanzan a defenderla. Si se le hubiera ocurrido descubrir una cura contra el cáncer a nadie le importaría y, por lo que parece, sus virtudes artísticas como actriz y cantante, tampoco.

Superficialidad y vacuidad…esas son las premisas de las redes sociales, de las inteligencias artificiales y de los demás avances tecnológicos. La tecnología y el mundo modernos no nos conducen hacia nuestro mejor yo, simplemente nos vacían y nos limitan eliminando de nosotros todo aquello que nos puede hacer útiles, creativos, profundos, inteligentes y sabios.

¿Debemos seguir ese camino en esas condiciones? A lo mejor deberíamos desencantarnos de la tecnología y las modernidades de una vez y comenzar a pensar de nuevo en el ser humano. No se trata de renunciar a la tecnología, sino de arrebatársela a las oligarquías capitalistas y ponerla al servicio de la civilización y la humanidad, en lugar de la explotación y la ignorancia de las masas programadas por las élites

Por lo demás, también Anna Netrebko engordó y sigue cantando ópera. Puede que no volvamos a verla en biquini sobre el escenario ni adoptando poses sexys, pero quizá así desafine menos. Lo uno por lo otro.