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IDEOLOGÍA Y SALUD MENTAL

La ideología, cualquier ideología, es una seria tara mental, un sesgo cognitivo próximo a la psicosis en su inadaptación al medio y a la realidad objetiva.

En estos tiempos estoy harto de tratar con elementos ideologizados que no ven más allá de los dogmas de su secta y esto me indigna y me aburre. Por lo tanto he de decirlo alto y claro: cualquier ideología es una enfermedad mental que distancia al individuo de la realidad.

Lo sensato, lo útil y por lo tanto lo verdaderamente ético es el análisis objetivo de la realidad para encontrar el medio más cómodo y eficaz de convivencia y prosperidad. Esto, sin embargo, impone la renuncia a cualquier prejuicio, al odio, al ego y a los relatos dogmáticos que favorecen el poder de ciertas camarillas, por eso se rechaza.

Las ideologías, como dogmas sectarios, se imponen por la pobreza intelectual y moral de los individuos que prefieren ser monos de mente embotada, pero emotividad ligada a un grupo que seres humanos evolucionados.

En cierta ocasión conocí una secta cuyo líder les había convencido de que si alcanzaban cierto nivel de pureza espiritual podrían atravesar las paredes. Todos los seguidores de dicha secta eran chatos, se habían roto la nariz, en ocasiones varias veces, contra algún muro. Ninguno llegó a la conclusión de que su líder y los dogmas que les inculcaba eran erróneos, pensaban, simplemente, que no habían alcanzado el nivel espiritual óptimo para atravesar los muros…y seguían rompiéndose las narices sin remedio.

De modo que, amigo, amiga, amigue…si tienes unas ideas muy firmes y estás en lo cierto mientras los demás, ya tus enemigos, se equivocan, háztelo mirar, tienes una forma socialmente aceptada de psicosis, pero que esté aceptada por la mayoría no te hace menos loco, menos dogmático, menos repugnante.

© Fernando Busto de la Vega.

TERRORISTAS EN LAS LISTAS

Obviamente, no voy a entrar en el artificial ruido electoral del ilegítimo y contraproducente régimen que padecemos en España. Ningún proceso electoral que en él se produzca servirá jamás para cambiar nada ni apartar a la nación de su destrucción programada por el capitalismo anglosajón al que estamos sometidos.

No obstante, de vez en cuando, si bien desde la hipocresía, en el estridente palique del fáctico cotorreo prefabricado de los indignos partidos y los medios al servicio de su propaganda se plantean casos morales de interés cuyo debate solo demuestra la inmoralidad esencial del sistema y de sus actores, comenzando, naturalmente, por aquellos más abiertamente despreciables del cuadrilátero plebiscitario, como los independentistas y, en especial, aquellos que ampararon y siguen defendiendo el terrorismo como arma.

Hablo de Bildu y de ETA, por supuesto. Pero, cuidado: no voy a sumarme al griterío y el parloteo de los «constitucionalistas» de la banda diestra sobre su truculenta y despreciable decisión de incluir asesinos confesos en sus listas por el simple hecho de que se trata de un alboroto artificial. El debate no se desarrolla en el campo de la ética sino en el del politiqueo (ojo: que no digo política sino politiqueo, adviértase el matiz). A la Derecha, como a la Izquierda, le importa muy poco el hecho moral y los muertos y sus familias (como les trae sin cuidado el futuro de Doñana o la propia viabilidad social, ecológica, económica y demográfica de España), tan solo gritan, se escandalizan y señalan con el dedo para arañar votos de incautos, del mismo modo que los otros, los que llenan sus listas de asesinos convictos (poco, si pueden presentarse a las elecciones es porque no se les castigó debidamente en su momento) y confesos, justifican sus actos y desprecian el dolor y la dignidad de las víctimas y sus familias con el fin de seguir sacando rédito electoral de un falso relato «heroico» y victimista. Unos y otros son gentuza de baja ralea como demuestra su participación en el rastrero juego electoral del ilegítimo y perjudicial régimen antiespañol que es el parlamentarismo liberal-borbónico que padecemos.

Lo que yo planteo, desde la serenidad filosófica, la integridad ética y el profundo asco institucional, es el hecho incontrovertible de que un terrorista, sea del signo que sea y milite bajo las siglas que milite es incompatible con la representación política.

Para escapar del ruido electoral, pondré un ejemplo lejano que sigue sirviendo de aleccionador modelo histórico e intemporal, me refiero a Catilina.

A Lucio Sergio Catilina se le conoce sobre todo por el intento de golpe de Estado del 63 a. d. C. al que se enfrentó en el senado Cicerón, que debía ser asesinado durante el mismo, y su posterior revuelta fallida que le condujo a la muerte.

Propiamente hablando, Catilina no fue un terrorista (aunque en su fuga hacia el campamento de Manlio pretendió incendiar Roma), más bien un represor que, durante las guerras civiles de la época de Sila, se hizo famoso por cortarle la cabeza al opositor Gratidiano y pasearla por las calles de Roma para llevársela a Sila, jefe del partido aristocrático. Esta imagen salvaje y terrible le persiguió siempre concitando contra él el odio de los rivales del partido popular y el desprecio de sus compañeros del aristocrático. Si a eso le unimos que su vida personal nunca fue ejemplar (siempre le persiguió la sombra de la corrupción y hasta se salvó por los pelos, por el apoyo de sus amigos, de la acusación de haber sido amante de una vestal) se comprenderá que los censores le impidiesen hasta en dos ocasiones acceder a las elecciones consulares, lo que acabó conduciéndole a la conjuración y la rebelión. Acto final que demostró públicamente lo acertado de apartarlo del cursum honorum por su inmoralidad evidente.

Ningún Estado, y mucho menos un partido, puede permitirse el hecho de que los terroristas, represores y verdugos en guerras civiles puedan aspirar al poder por medios constitucionales y, si esto es posible, estamos hablando de un régimen inmoral y, por ende, ilegítimo. Y de partidos deleznables que deberían ser prohibidos, perseguidos y diezmados para asegurar la salubridad democrática. (Añadiré aquí que aquellos que atentan contra el medioambiente, los derechos del pueblo y defienden los de las corporaciones y el capital extranjero y llevan corruptos, peones de la banca o de intereses económicos especulativos y explotadores así como antiespañoles deben ser tenidos también por traidores y verdugos).

Para terminar pido a los medios de comunicación, inútilmente porque son medios al servicio del ilegítimo régimen y carecen de integridad y libertad, que en este periodo de campaña electoral adopten una rutina interesante: publicar las fotografías de los candidatos terroristas al lado de las de sus crímenes. También de aquellos que están al servicio de intereses espurios con las de las consecuencias de sus actos (personas a las que han dejado sin futuro, en la calle, en el paro o abocados a la pobreza y el dolor por el deterioro de la sanidad pública, la rapiña inmobiliaria o la incompetencia dolosa).

Veamos las caras de los candidatos y las consecuencias de sus actos. Eso sí sería una adecuada campaña electoral. No sucederá, claro.

© Fernando Busto de la Vega.

LO JUSTO Y LO APROPIADO

JUMENTUD, DIVINO TESORO.

Ando estos días dándole vueltas a una curiosa dicotomía sobre la que, pienso, no se ha reflexionado lo suficiente: la diferencia sustancial entre aquello que es justo y aquello que es socialmente apropiado y las consecuencias políticas y morales que tal diferencia acarrea.

A menudo lo justo resulta profundamente inapropiado. La Justicia (con mayúscula y como concepto) es básicamente irreverente y revolucionaria porque ni entiende ni debe entender de intereses creados, jerarquías establecidas ,usos consuetudinarios y consensos vigentes. La Justicia, como la Verdad, arraiga en la objetividad y desafía las subjetividades convenientes y los recovecos grises establecidos por el poder en ejercicio.

Lo apropiado (y entramos aquí en esos pantanosos terrenos totalitarios y maniqueos de la corrección política y las ideologías fácticas elevadas a dogmas intocables) viene a encajar en los estrechos márgenes de las conveniencias de dicho poder en ejercicio, en esos recovecos grises tan útiles para la ingeniería social totalitaria, la censura y la represión subrepticia. Hemos, pues, de convenir que lo justo y lo socialmente apropiado son conceptos no solamente diferentes, sino antagónicos. Y deducir que las leyes, como convencionalismos implantados desde el poder en ejercicio, vienen a proteger los intereses establecidos, la perpetuación del poder legislador y los recovecos grises que le permiten dicha perpetuación, no a implementar la Justicia, aunque puedan producirse con aparente equidad y neutralidad.

Así, pues, sabiendo que lo justo y lo apropiado son conceptos antagónicos y que las leyes pertenecen más al convencionalismo de lo apropiado que a la radicalidad de lo justo debemos preguntarnos: ¿Justicia o Ley?

Tengo unos cuantos amigos biempensantes y adocenados que no lo dudarían ni un solo instante: Ley.

Yo, tampoco: Justicia. Es decir: revolución.

Así soy: un idealista sin remedio, un tipo altamente inapropiado, un revolucionario en agraz…quizá, en el fondo, todavía un adolescente lleno de sueños y esperanzas. Acaso la Justicia es también un asomo de Juventud…o, atendiendo a la famosa errata, de Jumentud.

Dejémoslo aquí.

© Fernando Busto de la Vega.