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EL AMOR ABUNDA EN TODAS LAS COSAS

En estas páginas se habla mucho de política y de otros asuntos menores, pero no debe confundirse el lector. Al Autor de estos renglones poco le importan (y cada vez menos) las pasiones del mundo. Si algún mensaje importante quiere transmitir es el del Amor (y de ahí que puedan encontrarse en este blog entradas sobre Hotei o que citan a Rumi, o a Jesús, o al Sol Invicto y los demás dioses salvadores así como a Juan de la Cruz, algunos maestros zen u otros místicos que hablan dicho idioma, el idioma que nos devolverá a casa, a nuestro verdadero hogar).

En esa misma línea quiero hoy traer a estas páginas la poesía de Hildegarda de Bingen, que hablaba un alemán dificultoso (debido a su temprana clausura) y un latín básicamente monástico, pero conocía a la perfección el idioma de los Cielos, del Dios Óptimo Máximo que ella entendía desde la secta cristiana, pero que es universal y accesible desde muchas otras (yo soy pagano y hablo, sin embargo, el mismo idioma que ella, que los seguidores del zen o que algunos sufíes). Por eso, independientemente de vuestro origen o elección, os invito a elevaros con estas músicas y meditar estas palabras.

Dice el poema de Hildegarda:

«Cáritas abundant in omnia, de imis excellentissima super sidera, atque amantissima in omnia, quia summo Regi osculum pacem dedit»

Esto es:

El amor abunda en todo lo existente, desde el humilde polvo hasta lo más alto más allá de las estrellas amándolo todo intensamente. Él le dio el beso de paz al Rey Supremo.

Nada más tengo que decir. Solo recordar a la diosa Diana-Anahita, el manantial puro de agua viva que riega el Elíseo y llega a los infiernos para la salvación de todos de la que nos habló en su momento Juan de la Cruz, cuyo poema os dejo en la versión de Rosalía.

© Fernando Busto de la Vega.

HOY, ALGO DE ESPIRITUALIDAD

Algún día escribiré un sesudo libro lleno de vacua erudición sobre la influencia de la espiritualidad contemplativa franciscana en San Juan de la Cruz, poniendo en su debida perspectiva la tan cacareada influencia sufí (que no niego) y aludiendo a un poco conocido manual de contemplación (para los modernos que se dejan seducir por lo oriental: de meditación) inglés del siglo XIV : La Nube del No Saber, que algunos atribuyen, sin demasiado fundamento, a un cartujo, pero que participa intensa y profundamente de la tradición mística franciscana.

Tradición, por cierto, que no recomiendo como camino de iluminación. Francisco de Asís, dueño de muchas virtudes espirituales, no dejaba de ser un desequilibrado y una creación de la curia vaticana para colonizar las ciudades que en ese momento escapaban de la influencia eclesiástica, y, por lo tanto, añadió una significativa carga ideológica y propagandística a todo el asunto de la formación de su orden que afectó también a la tradición contemplativa de la misma.

Esa insistencia, ideológicamente muy cristiana, pero espiritualmente perjudicial, en comparar la práctica contemplativa (o meditación) con la pasión de Cristo o el martirio de algunos santos, además de contraproducente, sádica y retorcida es por completo innecesaria. Llegar a la iluminación, al satori, si deseamos utilizar esa palabra japonesa tan vinculada el zen, es cuestión de disciplina y de constancia, pero no requiere necesariamente un periodo de sufrimiento intenso ni de identificación con el sufrimiento mistérico de ninguna mitología concreta, ni siquiera la cristiana.

A mi juicio, toda la tradición de contemplación franciscana que podemos ver en San Juan de la Cruz, por ejemplo en el poema Tras Un Amoroso Lance, cuya lectura recomiendo, pero que ofreceré al lector en la versión musical que Estrella Morente hizo en colaboración con Michael Nyman, conduce a una desesperación y dolor innecesarios para el buscador de la Verdad.

Por supuesto, y hay que decirlo, ese voluminoso y sesudo libro lleno de erudición que me propongo escribir, será por completo inútil. El camino espiritual hacia la iluminación es eso: un camino, una experiencia. Acción y no pomposa erudición.

A este respecto será interesante recordar aquel cuento zen en el que un maestro exitoso, con cientos de discípulos, se ve en la necesidad de dividir su monasterio y, por lo tanto, de erigir un nuevo maestro que comprenda la práctica contemplativa (o meditativa) y decide someter a sus discípulos a un examen. Los reúne a todos en lo que podemos definir como refectorio del monasterio, coloca en el centro de la estancia una escudilla con agua y pide a los monjes que expresen la naturaleza del agua sin utilizar esa palabra.

Naturalmente, los primeros en intentarlo son los eruditos, sentados en las primeras filas de la reunión. Durante horas parlotean y parlotean sin conseguir el propósito propuesto por el maestro. Al cabo, un fámulo, el más humilde de los monjes (y este no es dato baladí: si buscas la grandeza espiritual debes ser humilde y confundirte con los que están más abajo en la escala social, entre los poderosos nunca ha habido ni habrá presencia divina, ya lo dijo Cristo: antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico al Reino de los Cielos), harto de tanta cháchara y deseando acabar porque todavía debía fregar los platos y barrer el monasterio, se levantó, cruzó la habitación desde las últimas filas de los monjes, le dio una patada a la jícara con agua derramando esta y marchándose sin decir nada…él fue el elegido como nuevo maestro, porque era el único que demostró la comprensión última de la espiritualidad (de la cual el zen solo es un camino acaparado indebidamente por los monjes budistas).

No explicaré más. Quien esté preparado para comprender lo que digo lo comprenderá, los que no…bueno…cada cual ocupa su lugar en la escala de comprensión, id ascendiendo y todo llegará.

Comenzaba esta entrada con un poema de San Juan de la Cruz cantado por Rosalía, que homenajeaba la versión de Enrique Morente. Quiero terminarla ofreciendo al lector la versión original de este cantaor y haciendo un pequeño guiño erudito: esa fuente de la que habla el poema y que los cristianos identifican con el Espíritu Santo, entre los seguidores de Zoroastro se identificaba con la diosa Anahita, que los griegos asimilaban a Ariadna, la reina del Laberinto…os dejo el dato, aprovechadlo. No siempre tendréis tan cerca la comprensión.

Por cierto, que basta leer el poema que comienza: «Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo» para saber que San Juan de la Cruz, a pesar de su equivocada vía franciscana, alcanzó el satori, la iluminación. No dejéis de leer ese poema.

© Fernando Busto de la Vega.

Y, ya sabéis: matad a Buda, matad a Cristo, matad a Mahoma…morid vosotros mismos para resucitar.