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TERCERMUNDISMO

Lo que vemos aquí no es fruto de la pobreza, sino de la irresponsabilidad y el egoísmo individuales y la falta de organización administrativa y respeto mutuo.

La verdad reside en los detalles, esta es una frase que se repite a menudo en estas páginas y que nos servirá una vez más para llegar a comprender una realidad oculta, incómoda y que enfurecerá a algunos.

Por cuestiones profesionales me veo obligado a tratar, desde la trinchera de la administración pública, con cientos de inmigrantes cada semana y esto me permite percatarme de algunos rasgos que, a la postre, explican muy bien tanto la naturaleza de la ineficacia e inviabilidad de sus naciones de origen como la compleja integración de esas personas en la nuestra sin contribuir a su deterioro.

Existe un rasgo común en muchos (nunca se debe generalizar al extremo) de los inmigrantes que llegan de la América hispana, del Magreb y del África negra (y que no se da en los europeos ni los asiáticos no musulmanes): la incapacidad, en apariencia total y aparentemente definitiva para ceñirse a un simple trámite administrativo. El mero hecho de comprender que debe acudirse a los sitios con cita previa y recordar la fecha y la hora de la misma representa ya en sí mismo un problema grave. Hay gente que se presenta sin la debida cita y se enfada cuando no se le atiende sin ella y otros muchos que, simplemente, la dejan pasar, se presentan semanas o meses después y se enfadan también cuando se les indica que ya perdieron su cita.

La cosa es sencilla, se limita a decirles: «para poder ser atendidos en condiciones, dedicándoles el tiempo que requiere su trámite, tienen que venir tal día a tal hora» y un porcentaje elevadísimo ni siquiera es capaz de cumplir esta simple obligación por mucho que se la recalques e insistas en ello usando un idioma que comprendan (que esta es otra: cuando emigras a un país, como mínimo se pensaría que deberías haberte preocupado de aprender los rudimentos de su lengua y no pensar que todo va a funcionar, como suelen creer los subsaharianos, quedándote de pie y mirando al suelo con infantil carita de pena para que el funcionario blanco te lo de todo masticadito y servido y que esta actitud se mantenga en muchos casos dos y tres años después de haber llegado al país). Y esta incapacidad denota los males intrínsecos de esas sociedades de origen que la llegada de estos inmigrantes amenaza con imponer aquí.

Es preciso decir que, cuando ven que, al haber hecho caso omiso de sus citas, no van a poder realizar el trámite cuando y como a ellos les apetece, estos individuos reaccionan de diferentes maneras. Unos (generalmente los magrebíes y algunos hispanoamericanos que tiran de odio racista y resquemores antiespañoles elevando el tono con la esperanza de que el funcionario acabe cediendo por temor a ser tachado de racista) con rabia y agresividad. Otros con lloros, ruegos y ofrecimientos (pequeños intentos de soborno), algunos (especialmente los subsaharianos) quedándose de pie durante horas en el mostrador de turno sin marcharse por mucho que les digas que nadie les va a recibir y les vuelvas a explicar mil veces que necesitan cita previa.

Hay algunos, especialmente hispanoamericanos, que se encastillan y exigen que sea el funcionario quien les de la cita previa que necesitan y se niegan en redondo a tomarla por ellos mismos porque, al parecer, representa un ultraje que deban hacerlo como ciudadanos autónomos y responsables y necesitan que un funcionario español les haga de mayordomo.

Todo esto pueden parecer simples anécdotas que atañen a recién llegados necesitados de adaptarse a su nuevo entorno, pero muestran en realidad las disposiciones mentales propias de personas procedentes de países ineficaces y desorganizados.

En primer lugar podemos constatar la total y absoluta falta de responsabilidad personal y de respeto hacia la administración y los restantes ciudadanos. Solo su problema les importa y pretenden ser atendidos cuando les conviene y les apetece (los hay que se presentan a cinco minutos del cierre de la oficina de turno y pretenden que se les atienda aunque su trámite lleve media hora o cuarenta minutos y no faltan los que llegan una hora antes o media hora después del horario de cierre y se dedican a golpear las puertas para que se les habrá prorrumpiendo en malas caras e insultos cuando se les indica el horario de atención al público y se les explica que deben atenerse a él) sin querer comprender que se necesita un orden para respetar las necesidades y derechos de los restantes usuarios. Son personas incapaces de atenerse a un simple proceso de cita previa a causa de la indisciplina moral y social que traen de fábrica ; quiero recordar aquí que, durante la pandemia, cuando tomaba el autobús que me conducía al Centro COVID en el que trabajaba como voluntario, los únicos que viajaban sin mascarillas y con los que había que discutir todos los días para que se las pusieran, debiendo llamar a veces a la policía, eran hombres de ascendencia hispanoamericana que rechazaban, por chulería y desprecio al bien común, someterse a las normas profilácticas establecidas para todos, ellos eran demasiado guapos y chulos para aceptarlas y sumarse al esfuerzo común y, claro, algunos acababan detenidos por los «racistas» cuerpos de seguridad.

Acto continuo, tras la irresponsabilidad personal, la falta de madurez para cumplir el único deber que se les impone (acudir a una fecha y hora precisas) y el desprecio hacia los derechos ajenos y el desconocimiento de los propios deberes, llega la fase de excepción, en la que buscan quebrar las normas a su favor mediante los gritos, las posiciones pasivo-agresivas, las exigencias, los llantos, los ruegos y los intentos de soborno. Esto también denota una disposición moral deplorable y típica que define per sé al tercermundismo.

Digo con esto, y para terminar, que el tercermundismo y sus nefastas consecuencias, van mucho más allá de las causas políticas, económicas y postcoloniales (la América hispana jamás fue una colonia y, en el peor de los casos, lleva sin serlo doscientos años) que esgrime la demagogia maoísta y cala en el comportamiento moral de sus ciudadanos. Hablamos de una disposición inmadura, irresponsable, egoísta y desorganizada que amenaza por su propia existencia a la eficacia de los Estados avanzados poniéndolos en peligro de caer en los mismos abismos que los países tercermundistas. Hay que tener cuidado con eso.

Otra de las taras morales de estos inmigrantes tercermundistas es su profunda y agresiva ignorancia que abarca desde la total incompetencia digital e incluso alfabética (es elevado el número de subsaharianos que llegan a Europa sin saber leer ni escribir) hasta el problema de las supersticiones contrarias a la civilización que traen y no abandonan (subsaharianos y magrebíes son básicamente musulmanes, hay muchos hispanoamericanos que llegan como despreciables evangelistas de sectas predominantemente antiespañolas) …y esa es una amenaza sistémica. Europa, y especialmente España, deben defender la civilización que representan en todos los frentes, también en el del control de las sectas hostiles que pretenden arraigarse en su territorio. Eso de la libertad de religión es una derivada del mosaico de sectas protestantes que en modo alguno podían imponerse unas sobre otras en los Estados Unidos y que no tenían otro remedio que coexistir. Desde esa realidad sectaria la idea pasó al liberalismo parlamentario anglosajón, pero es una de tantas excrecencias masónicas incompatibles con la grandeza y permanencia de España y la civilización que representa que debemos eliminar. Y, para ello, lo sabemos, es necesario derrocar al ilegítimo régimen intruso de 1978 que padecemos.

Creo que se nota la diferencia y no dudo en qué realidad queremos vivir, para preservarla debemos ser conscientes de los insidiosos peligros que el tercermundismo trae consigo y cercenarlos de raíz.

© Fernando Busto de la Vega.

MIS PROBLEMAS CON LA BENEFICIENCIA Y LA CARIDAD

Man in blue suit giving coins to elderly woman in slum pathway

No cabe la menor duda de que la miseria y la indigencia representan un fracaso de la humanidad y de cualquier sistema político y económico, además de representar un cuadro evidente de injusticia y tiranía política. Ningún régimen que albergue en su seno (e incluso propicie, como el capitalismo) la indigencia y la miseria puede ser considerado legítimo y, por lo tanto, debe ser combatido sin tregua.

Dicho esto, añadiré que, como pagano, sigo las enseñanzas de Homero, que advertía en la Odisea que los pobres son de Zeus y deben ser tratados como si fueran él mismo en persona y como caballero (sí, soy tan primitivo que todavía creo y sigo las enseñanzas ancestrales de la Orden de Caballería, que no necesariamente es cristiana) estoy educado para utilizar mi fuerza, mi voluntad y mis recursos para proteger a los débiles. Más allá de eso, mi madre, Diamantina, me enseñó con el ejemplo a no desamparar a nadie, a no permitir que nadie sufra ni pase necesidades a tu alrededor. Momentos hubo en los que las circunstancias la obligaron a trabajar dieciocho horas diarias para sacarme adelante (yo era un niño todavía y mi padre había muerto) y, a pesar de ello, siempre se preocupaba por los demás, daba de comer a quien lo necesitara y a menudo pagaba o contribuía a pagar, según sus posibilidades, alquileres o facturas de gente más necesitada, por lo general, madres jóvenes y solteras que en la época carecían de apoyo.

Esa es la moral que me conforma y la educación que recibí. Sin embargo, no puedo evitar mantener objeciones sobre la beneficencia y la caridad.

En gran medida, claro está, por la experiencia. El ejemplo de mi madre y el modo en que muchas de aquellas personas «necesitadas» y a muchas de las cuales tuve que parar los pies y echarlas de mi casa en cuanto fui alcanzando la adolescencia (con gran enfado de mi madre, que me consideraba insensible ), abusaban de su bondad para no mover un dedo en su propio beneficio, tiene un peso no escaso en este posicionamiento. Aquellas jóvenes madres o personas necesitadas que venían a llorar a mi casa para llevarse comida, ropa o un sobre con billetes no solían ser proactivas en la resolución de sus problemas. Si mi madre les pagaba el alquiler, no se molestaban en buscar trabajo para pagar el del mes siguiente, les bastaba con recorrer en llanto las estaciones que podían ordeñar. Las jóvenes madres tampoco solían preocuparse de sus hijos, en lugar de ello, demasiado a menudo, dedicaban sus esfuerzos a procrearles hermanos con padres diferentes e igualmente indiferentes aumentando en progresión geométrica sus problemas y dificultades. Todo ello me llevó a identificar un tipo humano de indigente recurrente que se regodea en la incuria y coacciona la moral ajena para vivir a costa de los buenos. Con el tiempo trabajé en los Servicios Sociales y me encontré a menudo este género de parásito sin ambición, dignidad ni propósito. Recuerdo un caso en concreto: cierto tipo cercano a los treinta años que llevaba tutelado por el Estado desde su infancia y que incluso había tenido un hijo y vivía mantenido (piso, subsidios, etc.) por las instituciones fue obligado a trabajar para que se hiciera cargo de su propia vida. Su jornada laboral comenzaba a las siete y media de la mañana, a las ocho menos cuarto del primer día ya estaba en la sede de los Servicios Sociales con su ropa e instrumentos de trabajo indignadísimo y gritándole a la asistente que se ocupaba de su caso. Resultaba que aquella gente que le había contratado pretendía que trabajase y eso le parecía inadmisible. No hubo modo de que regresara al trabajo ni que admitiera nunca más el más ligero intento de hacerlo trabajar. Vivía, con su mujer y su hijo, a mesa puesta con piso y sueldo fijos a costa del contribuyente. Es un caso extremo, pero elocuente.

De modo que sí, una de mis primeras objeciones a la beneficencia y la caridad es que difícilmente llega a las personas dignas que la necesitan de verdad (porque por regla general ni la buscan ni la aceptan) y nutre toda una casta de parásitos indolentes y a menudo inmorales a los cuales dicha beneficencia no ayuda más allá de lo mínimo. Los mantiene sin trabajar, pero en la indigencia, y, desde luego, alejados de cualquier ambición de mejora moral o personal lo cual repercute negativamente en su avance personal y pudre a la sociedad. Por ese motivo soy más partidario de dar formación, trabajo y oportunidades que rentas y dádivas o, en caso necesario, supeditar estas a la redención moral y social de los receptores. La vagancia y el parasitismo son en sí mismos males morales, políticos y sociales que no deben tolerarse ni fomentarse (tampoco entre los ricos). La riqueza, para ser legítima, ha de ser útil y tender a la grandeza moral de su propietario y de la sociedad en la que prospera, si tiende al lujo y la molicie debe ser censurada y castigada.

Pero más allá de todo esto, lo he comprobado (a lo largo de toda mi vida he tenido inquietudes sociales, políticas, intelectuales y espirituales y esto último me condujo a conocer y analizar a numerosos benefactores y filántropos de todo tipo, género, origen y condición) el problema moral de la beneficencia y la caridad (también de los servicios sociales) es que se desenvuelve en una dicotomía viciada y perjudicial en la que los intereses del parásito crónico vienen a fomentar el ego del benefactor estableciéndose un «yo» autocomplaciente y autocomplacido en su superioridad social y moral que más o menos inconscientemente desprecia a quienes ayuda mientras quienes son ayudados desprecian, manipulan y engañan a su benefactor para mantener sus vicios y su indolencia y, amigos, ahí anda el Diablo corrompiendo y confundiendo la verdad espiritual y conduciendo a unos y a otros por caminos dorados que llevan a cualquier parte menos a la redención espiritual de unos y otros.

A buen entendedor pocas palabras bastan. No diré más. Pensad, vigilad.

QUIZÁ, PARA MEDITAR SOBRE LO DICHO CONVENGA VOLVER A VER ESTA EXCELENTE PELÍCULA DE LUIS BUÑUEL: VIRIDIANA.

© FERNANDO BUSTO DE LA VEGA.

LOS REGALOS DE LAS ORCAS Y OTRAS OBSERVACIONES ETOLÓGICAS.

Parece que la nueva comidilla de la prensa sensacionalista (es decir: de la prensa toda en sus páginas secundarias) es un estudio sobre las orcas que determina un nuevo y hasta ahora nunca descrito comportamiento que hace hiperventilar a los etólogos y desvariar a los periodistas (que, hay que decirlo, deberían mejorar su formación humanística y científica, las nuevas hornadas salidas de las Facultades de Ciencias de la Información pueden ser águilas en ese campo, pero denotan en cada párrafo que escriben o en cada frase que enuncian sus profundas carencias en áreas tan importantes, indispensables para cualquiera que quiera explicar el mundo, aunque sea desde la humildad de la crónica diaria) amenazando con convertirse en la magufada del verano.

Hete aquí que ahora las orcas (se documentó primero el comportamiento en Oceanía, pero la prensa española asegura que también se da entre el grupo de orcas que hasta ahora eran conocidas por atacar barcos en el estrecho de Gibraltar) se dedican a hacer regalos a los barcos. Partes de sus presas son ofrecidas a los humanos, aparentemente con buena voluntad, y de este hecho andan los expertos sacando conclusiones, entre ellas la que parece más importante y aceptada es la que demuestra el reconocimiento de las orcas a la mente humana. Explican que esos regalos vienen a decir: «sabemos que sois inteligentes como nosotras y este es un regalo para demostrar esa equiparación y el respeto que conlleva». No lo niego, pudiera ser.

Sin embargo, en contacto con especies depredadoras no deberíamos descartar la posibilidad del señuelo y el tanteo. En cualquier caso, yo no sería el primero en lanzarme al mar para interactuar con las orcas amistosas que hacen regalos.

Por otro lado, tampoco cabe descartar una moda. Las orcas, las ballenas y delfines en general, no cabe dudarlo, son especies inteligentes y expresan comportamientos culturales (creo que ya no puede existir discusión al respecto y tampoco en referencia a los grandes simios, aunque yo lo extendería a las aves en general y a muchas otras especies, claro que yo no soy un etólogo). Ya previamente se han documentado comportamientos asimilables a modas. Por ejemplo aquella orca que en el verano de 1987 se puso un atún muerto en la cabeza a guisa de sombrero y dio en pasearse así por el océano. En cuestión de semanas todas las orcas en centenares de kilómetros a la redonda la imitaban. Luego, llegado el otoño, la moda cesó y no quedó rastro de ella hasta que en 2008 se recuperó brevemente. Es un caso curioso, existen muchos más que no puedo detallar aquí.

Debo decir a ese respecto, que las modas y comportamientos que podemos denominar culturales o tentativos (según el contexto en que deseemos enmarcarlos) no se dan únicamente en los mamíferos marinos o las aves (¿cabe recordar aquí aquellos mirlos de Gran Bretaña que en los años cincuenta aprendieron a abrir las botellas de leche que los lecheros dejaban en las puertas de las casas para ingerir su contenido?) si no también los peces. Tan solo hay que caminar y ver, mirar con atención a lo que nos rodea. Pondré un ejemplo desconocido: como todo el mundo sabe, el Ebro está infestado de enormes siluros. Hace años se hizo famosa su costumbre de acechar a las palomas que iban a beber en el tajamar del Puente de Piedra a su paso por Zaragoza. La costumbre cesó cuando las palomas trasladaron sus reales a una mejana existente pasado dicho puente donde el escaso fondo de la orilla y la claridad de las aguas les permite beber sin peligro. En consecuencia, hace años que no existen siluros acechando en los tajamares y la diversión que su caza ofrecía a los humanos que se asomaban al puente y las riberas, se difuminó.

No obstante, en años posteriores, y solo durante uno o dos veranos, los siluros adoptaron otra técnica de caza: saltaban del agua al paso de las golondrinas y aviones que hacían vuelos rasantes por la superficie del mismo río en la misma zona. Desde que me percaté del comportamiento y hasta que dejó de estar de moda nunca vi que resultara exitoso. Para cuando el siluro sacaba su cabeza o incluso gran parte de su cuerpo del agua, el pájaro hacía tiempo que había pasado y quizá por el constante fracaso, la técnica se abandonó, pero no deja de ser un interesante ejemplo de tentativa que puede llevar al cambio del comportamiento de una especie en concreto en un entorno determinado. Conviene tenerlo en cuenta para sacar las conclusiones adecuadas.

Por otro lado, he podido observar, y seguramente no seré el único, que gorriones y mirlos, ambas especies urbanas y en estrecho contacto con el ser humano, cuando obtienen un buen botín (generalmente un grueso escarabajo o una cucaracha enorme entre los gorriones, un cúmulo de lombrices entre los mirlos) suelen colocarse en algún lugar visible y mostrarle orgullosamente su botín a los humanos que pasan (y que en su mayoría, ciegos ante el mundo que les rodea, les ignoran), pero también es un comportamiento interesante y a tener en cuenta. Gorriones y mirlos gustan de presentar su prosperidad a los humanos con los que conviven. También esto merece un estudio profundo y las conclusiones adecuadas.

Acabaré esta entrada hablando de los patos. Vivo en un barrio en el que, hasta que la nociva alcaldesa de mi ciudad lo destruyó con obras e intervenciones destinadas en apariencia a la modernización, pero en realidad a la privatización del espacio público y el beneficio especulativo de las grandes empresas en detrimento del ciudadano, los patos se paseaban asiduamente por las calles. Esto daba lugar a una convivencia simpática que permitía admirar las normas de urbanidad de los patos. Era frecuente cruzarse en una acera o en una esquina con una familia completa de anátidas con toda su prole que al cruzarse con el humano de turno saludaban con un «cuac» específico acompañado de una mirada concreta. Cuando se les respondía con un «hola» las mamás meneaban la cola con satisfacción.

Es algo que he vivido. Lo cuento y dejo una última reflexión: urge replantearse la percepción de la conciencia de los animales que nos rodean y, en consecuencia, nuestra relación con ellos.

© Fernando Busto de la Vega.

EL PERRO DE WAGNER (1840)

No descubro nada al decir que Richard Wagner era un ser humano despreciable y muy poco recomendable. El mejor ejemplo de lo que digo se encuentra en su impulso del antisemitismo en sus años de gloria cuando su ascenso se debió precisamente al apoyo de muchos judíos alemanes y, muy especialmente, de Giacomo Meyerbeer al que estuvo años lamiéndole las botas para conseguir de su proverbial amabilidad el apoyo y los contactos que necesitaba y este podía proporcionarle. Alguna vez por las fechas que nos ocupan llegó a escribirle. «¡Solo usted puede ayudarme prometiéndole a Joly que escribirá una ópera para él!¡El terrorismo es el único medio y usted, mi venerado autócrata de todas las notas, el único que puede utilizarlo! (…) Seré su esclavo fiel y leal pues reconozco públicamente que llevo en mí la naturaleza del esclavo. ¡Cómpreme a ese precio, dueño mío, y no hará mala compra!»

Ese era su tono con sus protectores judíos, que en efecto le protegían, y así les pagó: sumándose a la ola antisemita del nacionalismo alemán cuando por fin se consagró (claro que para imponerse por completo en el mercado alemán, y aún en el mundial, necesitaba apartar del escenario a Meyerbeer, verdadera estrella del mismo desde aproximadamente 1849 hasta la Primera Guerra Mundial). Ya lo explicó Freud (otro sinvergüenza, lean mi ensayo ¡Está Vivo!…Espera, no): hay que matar al padre.

Ahora bien, si por algo se caracterizaba Richard Wagner era por ser muy mal pagador y básicamente un estafador. En 1839 hubo de huir de Riga para eludir la ira de sus acreedores que se multiplicaron también en los tres años siguientes en París hasta tal punto que el 25 de octubre de 1840 hubo de fingir un encarcelamiento por deudas (una pequeña estafa) para aplacar a sus acreedores e intentar que los amigos que ya ni le recibían ni contestaban sus cartas, hartos de prestarle dinero sin que él tuviera intención de devolvérselo, se ablandaran proporcionándole algunas sumas adicionales por pena. No le funcionó.

Si lo pensamos, todo el asunto y desarrollo del Festival de Bayreuth no dejó de ser una gran estafa (de cuento largo) en la que con la excusa de la «pureza alemana» en la música y el arte, Wagner consiguió un teatro propio, renombre y la entronización en los altares protonazis del nacionalismo alemán con el dinero de otros individuos a los que estructuró a guisa de secta.

Pero lo que más nos puede hablar a las claras del tipo de hijo de puta que era Richard Wagner (cuya música, lo confieso, a menudo escucho con fruición, aunque me parece en exceso ampulosa y pedante) es la anécdota que en relación con su perro Robber, un terranova, él mismo nos cuenta en su autobiografía «Mein Leben» y que sucedió, precisamente, en el invierno de 1840.

Como decíamos, Wagner, su esposa del momento, Minna Plamer, una hermosa actriz de 31 años a quien los celos de don Ricardo la obligaron a abandonar la escena viéndose sumida en la miseria y debiendo soportar, haciéndose adicta al láudano, las constantes infidelidades y desprecios de su marido, y el terranova Robber hubieron de huir de Riga acosados por sus acreedores (ya en años anteriores habían tenido que huir de Königsberg y Dresde por idénticos motivos). Lo hicieron en un barco que, asendereado por las tormentas del Báltico, estuvo varias veces a punto de hundirse y provocó, con sus cabeceos y golpes, el aborto de Minna, entonces embarazada y que quedó estéril a resultas del aborto.

Era 1839.

En cuanto llegaron a París ese mismo año, el propio Wagner nos cuenta que Robber, su terranova «le fue robado»…digamos más bien que huyó o fue vendido o abandonado por su amo.

Sea como fuere, cierta noche fría y neblinosa del invierno de 1840, cuando salía de su casa para, también confesión del propio Wagner, dedicarse a una larga tanda de sablazos entre sus amistades parisinas (que ya empezaban a huirle cuando le veían a lo lejos) se topó en la misma puerta de su casa con Robber. Lo llamó, quiso abrazarlo y el perro, al reconocerle, huyó de él. Don Ricardo, que reconocía que seguramente el bicho recordaba «los pocos castigos que tontamente le había infringido durante la última parte de nuestra camaradería», le siguió, pero cuanto más corría el genio de la música más desesperadamente huía el chucho, hasta que logró perderse finalmente en la niebla y en la oscuridad.

Un perro que reencuentra a su amo y, en lugar de saltar a sus brazos y regresar jubilosamente a casa, huye de él con pánico y desesperación. Eso nos habla a las claras de la naturaleza y dureza de los «pocos castigos» que había tenido que sufrir por parte de Wagner, ese hijo de puta. Esta anécdota, que el propio don Ricardo nos narra, nos da el tono exacto de su inmundicia como ser humano.

Porque no nos vale la excusa de que «era otra época». Desde la noche de los tiempos el buen trato a los perros de la casa y su inclusión en la familia ha sido un principio indeclinable de la moral humana. Quien ha maltratado a su perro siempre ha sido repudiado y despreciado por sus vecinos.

La reacción de Robber es mucho más que elocuente.

Un terranova como fue el desgraciado Robber de Wagner.

© Fernando Busto de la Vega.

SIESTA Y JARANA

La felicidad es esto: la temperatura se acerca a los cuarenta grados y solo una cierta brisa alivia al mundo de cocerse y asfixiarse en pleno resistero. Es día de fiesta y el sol incendia el cielo que parece un océano fundido de lapislázuli y zafiros.

¿Qué hacer?

Sencillo ( y no solo es la felicidad, también un modo de estar en el mundo, un acto de afirmación nacionalista si se quiere): gazpacho, un plato de sardinas asadas acompañado por una sencilla ensalada a base de lechuga, tomate y pepino regado con excelente y frío albariño y, de postre, higos en sazón, sandía y melón, cerezas y un cafecito con hielo, todo ello aderezado con excelente compañía, risas y buena charla.

Luego una larga siesta y, más tarde, tras un vaso de horchata bien fría, jarana hasta la madrugada.

Y claro está: hay que contar a las chicas y el mar.

Nada más que decir ni comentar. Me vuelvo a la cama, a completar mi siesta.

© Fernando Busto de la Vega.