Leo que ahora es posible hacerse un selfi ante el Guernica de Picasso en el Museo Reina Sofía y que esto indigna a algunos, mientras entusiasma a otros. A mí, como casi todo este tipo de cosas, me da igual. Anticipo que no iré a Madrid para fotografiarme delante de ese cuadro ni de ningún otro.
Sin embargo, la noticia me induce a una reflexión que voy a formular únicamente como pregunta. Mi respuesta es clara, pero la obviaré.
La cuestión es esta: ¿ cual es el verdadero valor del Guernica? Naturalmente no me refiero al crematístico sino al artístico.
¿Tendríamos este cuadro en igual aprecio si no hubiera servido durante décadas a la propaganda comunista? ¿Lo veneraríamos si en lugar de Picasso en su dorado exilio parisino lo hubiera pintado otro artista? ¿Si en lugar de ser un encargo pagado a peso de oro por el mismo gobierno de la república presidido por Largo Caballero que pretendió entregar las Baleares a Italia y quizá la Canarias a Alemania a cambio de que no apoyaran a Franco, lo hubiera pintado un tal Pepe Pérez en el sótano de su casa de Cuenca?…
Soy partidario, lo saben quienes siguen este blog, de derribar los falsos mitos y las falacias artísticas y literarias del malhadado siglo XX para iniciar una nueva etapa de futuro más allá del partidismo y las oligarquías que han conducido España a su total decadencia desde la imposición de los liberales en el siglo XIX. Acaso el Guernica de Picasso sea uno de esos falsos mitos a derribar…¿Y si lo tiramos a un vertedero y ya de paso nos deshacemos de la visión maniquea, guerracivilista y sesgada que pretende implantar en el público ?
Una última cosa diré: guste o no, la guerra es un acto evolutivo. Las pierden los menos adaptados, los más débiles, aquellos que están llamados a desaparecer de la faz del mundo para dejar paso a los vencedores, que representan la ventaja evolutiva de la especie. Aquellos que pierden una guerra no deben empeñarse en mantener las ideas que les condujeron a ser derrotados ni perpetuarse en la queja permanente y en vencer con mendacidad rastrera lo que no supieron ganar en los campos de batalla. Todo derrotado es inferior por definición. La ideología del Guernica, también.
Cuando la Legión Española se fundó en 1920, en la Posición A de Ceuta, situada sobre un monte que dominaba el estrecho de Gibraltar, muchos estadounidenses que habían llegado a Europa en 1917 para participar en la I Guerra Mundial se hallaban desmovilizados en Francia sin desear regresar a los Estados Unidos y sin perspectivas viables de ganarse la vida, de modo que muchos de ellos viajaron al África española para alistarse en la nueva unidad pensando que los usos y condiciones de combate en una unidad militar española, por mucho que se tratara de una época ya decadente, iban a asemejarse en algo a las de las unidades anglosajonas. Descubrieron pronto que las tradiciones del Ejército español, todavía en 1920, veintidós años después de haber perdido a manos de los Estados Unidos nuestras últimas provincias ultramarinas (que no colonias), eran infinitamente más duras y exigentes que incluso las de los marines yanquis. No se consiguen héroes con blandura y no existe un soldado español que no deba ser un héroe en potencia.
Para colmo, en julio de 1921 llegó el desastre de Annual.
El general Fernández Silvestre, un héroe sin tacha que se encontraría en los más altos altares de la gloria patria de haber triunfado en esta guerra, y estuvo muy cerca, fracasó en su audaz avance sobre Axdir, en la bahía de Alhucemas, la capital del traidor Abd el Krim. La cosa no hubiera sido del todo preocupante de no volverse la Policía Indígena contra las tropas españolas disparándoles dentro de los blocaos y fortificaciones por la espalda y abriendo las puertas a los enemigos rifeños.
El resultado ya lo sabemos: más de diez mil soldados españoles muertos en apenas tres días, mujeres y niños españoles violados en masa y torturados antes de ser asesinados, a menudo quemados vivos o mediante crucifixión, hombre civiles castrados y asfixiados con sus propios genitales metidos en la garganta, otros clavados en las paredes o degollados. Melilla al alcance del enemigo que ocupó rápidamente el Gurugú dejando aislados, desarmados y sin provisiones a muchos españoles en la posición de Monte Arruit a los que posteriormente asesinaron después de prometerles la vida si se rendían.
Todas las salvajadas sufridas por los civiles españoles entre Axdir y Melilla podían volver a repetirse, esta vez a escala centuplicada, en la ciudad de Melilla. Había que defenderla y no se contaba con tropas adecuadas en la zona. Movilizar las de la península llevaría tiempo. Se recurrió, por lo tanto, a la Legión, que todavía se encontraba en estado embrionario.
Los legionarios llegaron en barco desde Ceuta y desembarcaron a la carrera (ese es el origen de su rápida forma de desfilar: carecían de camiones y atravesaron Melilla a paso rápido para ir al límite con el monte Gurugú) y ocuparon las posiciones más peligrosas en las condiciones más extremas. Defendieron Melilla y a su población civil luchando y muriendo. Esta es la campaña del Blocao de la Muerte, donde el cabo Suceso Terreros y su pelotón marcharon voluntarios para defenderlo sabiendo con certeza que iban a morir allí. Así se luchaba en aquellos días. Sin descanso, sin quejas, sin miedo a la muerte, solo con heroísmo y deseo de servir a España y sus ciudadanos.
Así luchaban…los españoles, pero no los yanquis alistados en la Legión que comenzaron pronto a lloriquear, quejarse y gemir. A hacer llamamientos a la prensa yanqui y a sus diplomáticos diciendo que los españoles los odiaban y deseaban mandarlos a la muerte para vengarse de lo de 1898.
Los yanquis se rajaron, lloraron a sus compatriotas tirando de Leyenda Negra e insultando a quienes les habían dado de comer y aceptado en sus distinguidas filas a pesar de haber sido enemigos hacía menos de un cuarto de siglo.
En 1922 la mayor parte de esos yanquis pudieron abandonar la Legión cerrando las puertas de la misma para sus compatriotas, hasta el día de hoy. Sencillamente, la Legión dejó de admitir estadounidenses en sus filas considerándolos cobardes, ineficaces y problemáticos.
Los yanquis pueden hacer muchas películas propagandísticas de su valor y habilidades militares, pero los cientos que intentaron servir en el Ejército español, están deshonrados. No dieron la talla.
A mi eso de que las mujeres enseñen las tetas (en español son tetas, nada de pechos, senos o demás eufemismos monjiles y frailunos) me parece bien. Mejor a los veinte que a los cincuenta, la verdad.
Que el acto de enseñar las tetas pretenda ser una reivindicación política, en cambio, se me atoja ridículo y fuera de lugar. Cambiemos las tornas y pensemos en un cantante o cualquier otro señor que, para reivindicar lo que fuera, se dedicase a hacer el molinete en público. ¿Qué dirían las feministas, los progres y demás caterva reparte-carnets de guay y moderno?
Ahora, y pienso que existe una calculada estrategia para llamar la atención y volver a la palestra detrás, Eva Amaral, en el Sonorama, ha cantado una canción a pecho descubierto siguiendo la estela, por cierto, de otras cantantes-activistas emperradas en lo mismo (curiosamente en estos días en la industria musical es muy frecuente, sobre todo entre las cantantes jóvenes, enseñar carne como no lo hacían las cantantes de generaciones anteriores para vender discos aduciendo motivos reivindicativos, la hipocresía campa a sus anchas, desde siempre, por la industria musical, este es el equivalente al «si lo exige el guion» de aquellas actrices del destape) y no la criticaré, de hecho me da igual.
El «peligro» de esta tendencia es que algunas señoras de a pie se la creen, se la toman en serio y pretenden ser reivindicativas en la vida corriente. Recuerdo, en pleno revuelo por los pezones de Ione Belarra, a cierta profesora que se presentó en el centro educativo donde trabaja con un corpiño de esos que realzan el busto, pero carecen de copas, y una fina camisetita enterando al personal y a los alumnos de su, por lo demás, nada espectacular anatomía pectoral. La señora iba por ahí muy orgullosa y como no dándole importancia a la cosa…hizo el ridículo. Hasta el día de hoy no ha repetido la exhibición, perdón: la reivindicación. Y no era precisamente una jovencita…
Por el contrario, el uso del toples en las playas y las piscinas está en regresión entre las más jóvenes, cosa que preocupa mucho, según he podido leer, a sus mamás…pero a cambio ahora enseñar el culo, incluso en la vida diaria (eso sí: como mínimo con un fino hilillo entre las nalgas para simbolizar la ropa) se ha convertido en lo más normal del mundo. Costumbres. Tampoco, he de decirlo, me molesta demasiado que las jovencitas vayan por ahí enseñando las nalgas, si bien ya hablamos en otro lugar del mal humor que estos actos reivindicativos ponen a algunas.
Ahora bien, un aspecto de esta anécdota pectoral de la señora Eva Amaral, a mi modo de ver bastante interesante, es el modo en que se pone de manifiesto la sutil, pero evidentísima, censura existente hoy en día. Si el lector se preocupa en repasar los medios de prensa observará que en la mayoría de ellos la noticia, acompañada de una fotografía del hecho, o pixelan las tetas o recortan por encima de las mismas a la hora de informar…hace quince o veinte años (o quinientos) eso no hubiera sucedido. Ahora, sí. Ahora existe una superestructura censora, las redes sociales de mentalidad puritana anglosajona, que ejerce su dominio tiránico sobre la libertad de expresión (que incluye la representación de la desnudez y de la sexualidad), que borran o limitan la difusión de ciertas imágenes (y textos, no seamos ilusos) y determinan, como si fuéramos incapaces de entendernos con nuestra propia conciencia, qué podemos ver y qué no. Hablarán, naturalmente, de la protección de la infancia…pero a la infancia no hay que protegerla de la naturaleza. Ningún infante, salvo que lo eduques en la represión y la hipocresía, va a sufrir ningún trauma por ver un desnudo, si me apuran ni siquiera una escena sexual. La clave radica en la educación y la censura en estos asuntos denota una mentalidad sucia, repugnante y anclada en el puritanismo victoriano muy propia de los anglosajones protestantes. Una mentalidad que las sociedades civilizadas (los mediterráneos de tradición católica principalmente) debemos rechazar y combatir.
Antes de acabar quiero hacer hincapié en dos cosas. La primera: el hecho de, aunque nos digan lo contrario, que existe una censura omnipresente que no afecta solo a las imágenes sino a los textos y las ideas…nos manipulan y la mayoría de vosotros no os dais cuenta, pensáis realmente que vivís en libertad.
La segunda: mi conflicto estratégico. Sé de sobra que si ilustro este artículo con tetas seré objeto de censura y su difusión se resentirá mucho…muchísimo. Por otro lado, yo también estoy reivindicativo… ¿Qué hago?…¿Me pliego a la censura subrepticia y evito las tetas para que el mensaje llegue lejos o asumo que en pleno puente de agosto nadie me va leer haga lo que haga y me doy el gustazo?
Os invitaría a votar, pero en mi obra soy príncipe soberano y mi estrategia habitual es no preocuparme todavía de una gran difusión de mis libros para volar libre bajo el radar de la censura…ya remontaremos. Y esta reflexión inclina definitivamente la balanza: tetas (no las de Amaral, naturalmente).
Me enteré de la noticia mediante un correo electrónico de mi amigo Francisco que venía a decir: «Mecagüentó, que mierda de semanas». Y hay que darle la razón, esta sola noticia basta para considerarlas pésimas.
Sea como fuere, la cosa es cierta: Francisco Ibáñez (1936-2023) ha muerto y nos ha dejado huérfanos.
La parte buena es que, quizá, a partir de ahora la triste y desangelada «intelligentsia» de este país, esa caterva prácticamente inmunda de chisgaravises y merluzos que se las dan de intelectuales y reparten carnets de guay y enrollado al tiempo que ejercen la censura con su desprecio indiferente y a los que tanta cancha dan los medios del régimen (televisiones, periódicos, radios…) empezarán a reparar en su importancia (o, lo más probable: le olvidarán).
Estoy firmemente convencido de que, en esencia, esas mentes preclaras del vigente régimen no están preparadas para comprender la grandeza de Ibáñez y su contribución a la cultura española más allá de su máscara editorial de autor infantil de monigotes.
Ibáñez fue un producto típico del mundo editorial barcelonés, basado en el amiguismo, el enchufismo, la ideología catalanocentrista y la explotación de los autores, especialmente en el mundo del cómic y, más concretamente, en la editorial Bruguera. A pesar de ello, del encorsetamiento y la opresión en la que se desenvolvió (encorsetamiento y opresión que no procedían tanto de la dictadura de Franco como de la burguesía catalana en medio de su proyecto soterradamente nacionalista de inyectar parte de su capital en el mundo editorial y cultural para imponer su relato, y ya en varias ocasiones hemos hablado aquí de ello) logró desarrollar una personalidad propia, una libertad creativa arrasadora y una crítica social demoledora que le auparán en el futuro a un puesto insigne dentro de nuestra continuidad cultural hispana.
De momento, como digo: ha dejado huérfanas a varias generaciones de españoles. ¡Hay que joderse!
Por cierto: hago notar que cuando murió Antonio Gala hace poco más de un mes no se dijo ni una sola palabra en este blog. La razón es clara: Gala es olvidable y poco interesante, una de esas excrecencias culturales que a menudo jalean indebidamente los medios de comunicación (como en su momento Camilo José Cela o Terenci Moix) y que solo ocuparán una nota a pie de página de nuestra historia cultural, artística y literaria.
Es bueno ir deshaciendo mitos y buscando las verdaderas claves de bóveda de nuestra decadente y vergonzante época cultural.
Bueno, sí, de acuerdo: lo peor que te puede pasar en Sanfermines es que te pille un toro y te despache al otro mundo de una cornada bien asestada…pero yo no escribo para decir obviedades.
No, estamos en verano, hay que mantener el espíritu alegre y ligero…
Claro, también puedes acabar, como le sucedió a mi amigo Rinconete (le llamábamos así), pillando una gonorrea de caballo tanto en las partes pudendas como en la garganta por andar al copo con un par de guiris jamonas y borrachas…curiosamente, desde aquello, la voz de Rinconete cambió, perdió dos octavas y adquirió un tonillo de carraspera bastante curioso.
Pero, no.
Lo peor que puede sucederte en los encierros de San Fermín no es que te alcance el toro, sino que tú alcances al toro.
Esto lo sé porque lo viví en primera línea en los tiempos heroicos en los que todavía solía nadar al amanecer en el Cantábrico y correr los Sanfermines si me convencían los amigos y había carne guiri de calidad que estremecer para conseguir posteriores faenas de lujo y arte en los cosos íntimos de las pensiones que se podían pagar…(o donde pillara).
No habría cumplido los veinte años y andaba por Pamplona (ciudad distante apenas 140 kilómetros de mi Zaragoza natal) en estas fechas de principios de julio, ya se sabe: fiesta y mucho calimocho, con otros tres o cuatro amigos cuando las circunstancias nos condujeron a la calle Mercaderes en las primeras horas de la mañana. Al encierro, vaya.
Por lo general, lo confieso, nuestros encierros eran puro postureo. Saltábamos a la calzada para que nos vieran nuestras ocasionales enamoradas y salíamos a la carrera en cuanto resultaba decoroso hacerlo procurando mantenernos lo más alejados posible de los toros. Pero, naturalmente, todo plan es susceptible de complicarse rápidamente y aquel año nos entretuvimos demasiado bromeando con las australianas de turno y enviándoles besitos y acabamos metidos en pleno fregado, con la manada partida delante y detrás de nosotros, que corríamos con sorprendente serenidad buscando, sin embargo, el más mínimo resquicio de escaqueo y fuga.
En esa tesitura mi amigo Carlos (no el Pequeño Copacabana, al que todavía no conocía, sino el que ahora es médico en Madrid) se encontró en una situación embarazosa. Uno de los toros le tomó cariño y le seguía muy de cerca. Él, en buena forma, casi ni se preocupaba, corría mirando hacia atrás dispuesto a hacerle un recorte en el mejor de los momentos cuando en la curva de Estafeta alcanzó sin desearlo al toro de delante.
El morlaco había medio resbalado, estaba retomando el rumbo y la carrera y Carlitos vino a estrellarse de morros en su trasero…debo explicar al lector poco instruido que los bóvidos tienen la mala costumbre de defecar, y en cantidades industriales, pero disponen de pocas ocasiones de limpiarse el culo y existe la posibilidad de que corran con el rabo levantado. Carlos se estrelló contra esa parte del animal y salió vivo, pero con la cara untada y sin dignidad ninguna.
De modo que sí: estoy convencido que lo peor que te puede pasar en Sanfermines es alcanzar a un toro por detrás…resulta sucio y humillante. Más aún si corres con la boca abierta para favorecer la respiración.
Un saludo, Carlos…y tranquilo, que jamás le contaré esta anécdota ni a tus hijos ni a tu amante, esa enfermera macizorra y guarrilla del Gregorio Marañón. Puedo decir esto último porque, lo sabes, tu mujer me odia y jamás leería algo que yo hubiera escrito.