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SAN EXPEDITO, ESE PAGANO

Como saben bien quienes me siguen, soy pagano y, sin embargo, devoto de San Expedito. Nadie debe extrañarse, un pagano, por definición, respeta y rinde culto a todos los dioses mayores y menores y a los espíritus poderosos especialmente si son ayudadores y milagrosos como San Expedito. Un pagano sabe también que un mito (existe la firme sospecha entre los propios cristianos de que San Expedito nunca existió, de que es uno de tantos santos inventados por el mentiroso y descarado Eusebio de Cesárea) cumple funciones de realidad divina y, al tiempo, de enseñanza espiritual y teológica (esto es algo que ignoran los cristianos y, todavía más los musulmanes, Mahoma era un ignorante sin profundidad teológica, filosófica ni espiritual y las sectas surgidas de él mantienen esa ignorancia, exceptuando a ciertos sufíes, no todos).

Si existe el mito y la acción divina y espiritual del ente, importa poco si tuvo realidad carnal e histórica o no. Hay entidades que vienen del mundo espiritual y se manifiestan en el físico como realidades míticas y no por ello son menos reales (salvo para aquellos que no entienden nada y se aferran simplemente a una realidad unidimensional). En ese sentido, para mí San Expedito, fuera o no un centurión romano martirizado en Melitene (actual Malatya, Turquía) es un espíritu poderoso, un dios menor dispuesto a ayudar a los menesterosos y eso (y algunos de sus favores) me basta para reverenciarlo.

Ahora bien, precisamente como pagano estoy en mejores condiciones para entender su mito y su significado que los propios cristianos. Porque el mito, el nombre del santo y su funcionalidad son plenamente paganas y marcan un importante hito en el desarrollo popular de esta religión en el tramo final de su libertad, antes de ser aplastada por las sectas cristianas.

De Expedito se cuenta que en cierta ocasión un cuervo se le presentó graznando la palabra «cras», «cras», esto es: mañana, mañana y él le pisó respondiendo:«hodie», «hodie», es decir: hoy, hoy. En el mito cristiano, que deforma y malinterpreta lo sucedido, se especifica que el cuervo, portador de mensajes diabólicos (en realidad lo es de Apolo y Odín) intentó detener la conversión del santo que estaba a punto de abrazar el cristianismo y este lo despreció sin atender a la argucia demoniaca.

En realidad, desde el paganismo el mito tiene otro significado: el cuervo es, efectivamente, un pájaro oracular que transmite la voluntad de los dioses, especialmente Apolo, a los humanos. Pero en el paganismo los humanos deben respetar a los dioses, no temerlos u obedecerlos ciegamente, luego la voluntad divina puede ser ignorada (el propio Ruy Díaz de Vivar en el Romance del Mio Cid tiene cuervos contrarios cuando sale de Castilla y rechaza el augurio con gestos de significado mágico y religioso) y triunfar a pesar de ello (ahí está Ulises luchando contra la furia de Hera y logrando regresar a Ítaca) y San Expedito (incluso con su propio nombre que significa el que elimina los obstáculos y abre los caminos) viene a ser un dios menor que ayuda al ser humano precisamente a eso: a ignorar la voluntad divina contraria, quebrar los malos augurios y conseguir aquello que se precisa y es justo. Ese es el verdadero significado de su mito, inscrito en la tradición prometeica y hercúlea.

No debemos a este respecto olvidar otro elemento del mito cristiano que nos remite directamente al paganismo. Según los hagiógrafos de Expedito, este pertenecía a la XII Legio Fulminata, fundada por Julio César, y cuyo mito trataron de apropiarse para el cristianismo. Se cuenta que esta legión llegó a encontrarse en una situación extrema, cercada por los enemigos y carente de agua que beber. En esa tesitura sus integrantes (que según los hagiógrafos eran cristianos y rezaron a su dios) invocaron la ayuda divina y fueron escuchados estallando una tormenta con poderosos truenos y relámpagos que espantó a sus enemigos y les proveyó del agua que necesitaban salvándoles tanto del cerco como de la sed. La interpretación cristiana atribuye el milagro a su dios, pero lo cierto es que el dios del trueno y el relámpago era Zeus, Júpiter si lo preferimos. El relato, es pues, plenamente pagano.

Ahí lo dejo.

© Fernando Busto de la Vega.

EL ORO DE AMÉRICA

CATEDRAL DE CIUDAD DE MÉXICO, UN EJEMPLO DE EN QUE EMPLEAMOS EL ORO ESPAÑOL, PUES LAS TIERRAS DE AMÉRICA ERAN LEGALMENTE ESPAÑOLAS, EN AMÉRICA.

Todos esos cantamañanas de la América Hispana antes a sueldo del imperialismo anglosajón y ahora cada vez más siervos del maoísmo y del imperialismo chino que no dejan de expandir la falsa Leyenda Negra contra España como loros estúpidos, ignorantes y amaestrados y que no paran de clamar por el oro que supuestamente les debe España, me aburren y tienen mi más profundo desprecio, exactamente igual que las cucarachas. Pero, al igual que sucede con las cucarachas, por muy sucios, ínfimos y despreciables que resulten hay que combatirlos.

OTRO EJEMPLO: LA CATEDRAL DE LIMA

Hablemos, pues, del oro.

¿Qué se hizo con él? Construir ciudades monumentales, universidades, hospitales, acueductos y otras muchas obras públicas y edilicias en toda América, desde Alaska a Tierra del Fuego. Se utilizó también para mantener a los piratas ingleses, holandeses y franceses a raya asegurando la paz y prosperidad de los habitantes de la América española, también para sostener lejos de los campos y pueblos de los súbditos españoles (indiferentemente de su origen, raza o posición social) a las tribus hostiles y sin civilizar desde apaches y comanches a tehuelches y ranqueles que solo se convirtieron en verdaderas amenazas para las zonas agrarias, ganaderas y civilizadas a comienzos del siglo XIX, con la retirada de los españoles. Se utilizó ese oro para mantener abiertas las vías de comercio con Asia y Europa que tanto enriquecieron a los americanos hispanos financiando ejércitos y flotas que vencieron, con el ardor y la sangre de los españoles, en Europa, Asia, América, África y hasta Oceanía.

Se utilizó también para llevar la salud y la vida desde Europa a América como sucedió con la expedición Balmis, que sirvió para vacunar contra la viruela a los súbditos españoles de América desde Texas a Tierra del Fuego entre 1803 y 1806 logrando librarlos de una plaga que masacró a cientos de miles de europeos no españoles y habitantes de la América sajona…

¿He de seguir?

Lo dejaré aquí no sin recordar que AMÉRICA DEBE PEDIR PERDÓN A ESPAÑA POR SU TRAICIÓN Y DAR LAS GRACIAS POR LA CIVILIZACIÓN QUE LES LLEVAMOS. De nada.

© Fernando Busto de la Vega.

POR LA REUNIFICACIÓN DE ESPAÑA A AMBOS LADOS DEL ATLÁNTICO Y MÁS ALLÁ DEL PACÍFICO.

EL ORDEN Y EL PESO DE LAS PALABRAS

kirk Douglas en el personaje que bien pudo haberse llamado El Rubicundo Neurótico.

Obviamente, como escritor vivo obsesionado con la sintaxis y la gramática y dándole vueltas a asuntos quizá triviales que no revisten el menor interés para la mayoría de los mortales, pero ocupan parcelas extensas de mis cavilaciones. Una de esas materias absolutamente impopulares, arcanas incluso, totalmente esotéricas, es el peso y el orden de las palabras.

Pensemos, por ejemplo, en el título español de una película del Hollywood clásico: Lust for Life, dirigida en 1956 por Vincente Minelli y protagonizada por Kirk Douglas que interpreta a Vincent Van Gogh. Se trata de un biopic seguramente muy mejorable cuyo título se tradujo en Hispanoamérica, casi miméticamente, como «Sed de vivir» y en España como «El loco del pelo rojo». Y este último título será el que nos induzca a la breve meditación que pretendo sirva como ejemplo de otras más especiadas, extensas y profundas que ocupan a menudo mi pensamiento como individuo obligado a titular y empeñado en narrar historias con el efectismo deseado, aprovechando para ello el peso y el orden de las palabras.

Alguien con el pelo rojo es, obviamente, un pelirrojo. Hubiera sido más correcto un título semejante a El pelirrojo loco o El loco pelirrojo. Como sinónimos de pelirrojo podemos utilizar taheño o rubicundo, pero eso nos alejaría todavía más del concepto pretendido: El taheño loco, El Rubicundo loco…

Seguramente El pelirrojo loco se descartó porque induce a pensar en una comedia algo alocada y un tanto surrealista. El loco del pelo rojo suena más a drama y pompa.

El taheño loco carece de gancho ¿Quién sabe qué demonios es un taheño?…alguno llegaría a pensar en un toro (y quien dice toro, dice vaquilla) e imaginaría alguna charlotada cinematográfica con el Bombero Torero por banda.

En cuanto a El rubicundo loco (o, por buscar algún sinónimo también para loco: El rubicundo neurótico, o El rubicundo demente) ¿Qué historia podría sugerir? Dejo al lector que la imagine por su cuenta.

Naturalmente, recurriendo al femenino y alterando el orden de las palabras y jugando con los sinónimos podríamos inventarnos otra película completamente distinta. Pensemos en La traviesa pelirroja…

Ahí lo dejo.

Soy muy moderado en la elección de la pelirroja traviesa por aquello de la omnipresente censura en internet. Para algunas cosas, y por culpa de la influencia del despreciable puritanismo anglosajón, seguimos en los años cincuenta.

© Fernando Busto de la Vega.

SHEINBAUM, AMLO: APOLOGÍA DEL CANIBALISMO

ESCENA DE UNO DE LOS SACRIFICIOS HUMANOS SEGUIDOS DE CANIBALISMO QUE HABITUALMENTE PRACTICABAN LOS AZTECAS Y QUE SHEINBAUM Y AMLO REIVINDICAN CRITICANDO LA OBRA LIBERADORA Y CIVILIZADORA DE ESPAÑA EN AMÉRICA.

El ridículo e impostado (siempre está al servicio de imperialismos extranjeros y en contra de su propio pueblo) nacionalismo y racismo antiespañol que alienta en las ilegitimas repúblicas de Hispanoamérica ha tenido dos grandes etapas de servilismo externo y traición. La primera, que abarcó todo el siglo XIX y hasta mediados del XX, en que sirvió a los intereses imperialistas anglosajones (de Londres primero, de Washington después); la segunda, todavía en curso, en la que sirven al maoísmo y las aspiraciones imperialistas de la China comunista.

Estos «americanistas», «indigenistas» y «nacionalistas» de pacotilla y tres al cuarto (mirando a México tenemos ahora a AMLO, un tipo obviamente español por sus cuatro costados, un criollo sin mezcla, y a Sheinbaum una judía de ascendencia askenazi, ni siquiera sefardí, es decir: sin ninguna relación con España ni con América en los cuatro siglos de presencia española allí, una advenediza, una extranjera en la hispanosfera, como representantes de esas corrientes) suelen ser gentecilla estúpida y ridícula que para justificar su poder y la penetración de los imperios a los que sirven (en este caso: China) mienten y se inventan la historia.

Reflexionemos brevemente sobre México. El mero hecho de que cuatrocientos españoles pudieran sojuzgar al imperio azteca ya hablaría de por sí mal de este último. ¡Un imperio sojuzgado por medio millar de hombres!…mal imperio y pésimo estado sería. Pero resulta que los cuatrocientos españoles que conquistaron Tenochtitlán iban acompañados de trescientos mil tlaxcaltecas hartos de la tiranía azteca. Y si esos cuatrocientos españoles pudieron quedarse en Nueva España fue, evidentemente, porque quisieron no solo los trescientos mil tlaxcaltecas sino los millones y millones de indígenas que habitaban el territorio y que encontraron una mejora obvia en la administración española.

Cuando la impresentable judía lituana que es Sheinbaum y el criollo estúpido y resentido que es López Obrador reivindican a los aztecas, están reivindicando los sacrificios humanos sistemáticos y la práctica del canibalismo. Cuando critican a España están criticando a la potencia que liberó a los restantes pueblos indígenas de la tiranía azteca, que fundó hospitales, universidades, ciudades, que introdujo a América en la civilización…

Obviamente alguien en la propia América española debería empezar a callar las bocas de estos impresentables al servicio del maoísmo.

Y, por cierto: es América la que debe pedir perdón a España por su traición y darle las gracias por haber recibido de ella la liberación de los pueblos de los imperios y tribus rapaces que las devastaban y la civilización. Honremos la PAX HISPÁNICA (y el progreso a ella asociado)… Porque… ¿Dónde han ido las ilegítimas republicas de la América española desde su independencia?…En España vivían mejor, ahora son tercer mundo.

© Fernando Busto de la Vega

¿POR QUÉ SE TUMBÓ EL CABALLO? HEGEL LE ZURRA A SCHOPENHAUER.

En 1820, a sus cincuenta años, Georg Wilhem Friedrich Hegel era la indiscutible estrella de la Filosofía alemana y disfrutaba de su fama y su prestigio como catedrático en la Universidad de Berlín, entonces capital del reino de Prusia. Acababa de publicar dos de sus obras más importantes: Ciencia de la Lógica (1816) y Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817) y no tardaría en publicar Filosofía del Derecho (1821). Nadie le disputaba abiertamente su posición y mucho menos después de la muerte de Fichte en 1814.

Pero no todo el mundo estaba satisfecho con esa situación. El joven filósofo de origen germano-polaco Arthur Schopenhauer, que tenía treinta y dos años en 1820, odiaba a Hegel y consideraba su preminencia en la Filosofía alemana una falacia, casi una ofensa personal. Después de haberse doctorado en la Universidad de Jena y pasado un tiempo en Weimar, donde se hizo amigo de Goethe, se trasladó a Dresde, capital del reino de Sajonia, en 1814. Allí redactó la obra que creía iba a revolucionar el panorama de la Filosofía alemana acabando con el reinado de Hegel: El mundo como voluntad y representación.

El libro, publicado en Leipzig a comienzos de 1819 y que en la segunda mitad del siglo XIX y durante el XX sería uno de los más influyentes, pasó por completo desapercibido en aquel momento. No movió ni una sola brizna de hierba del paisaje filosófico alemán. Hegel ni siquiera parpadeó. Humillado y ofendido, Schopenhauer dio un portazo y abandonó Dresde para olvidar viajando a Italia como había hecho en el pasado su amigo Goethe. El viaje de Goethe, que era consejero privado del duque de Weimar y disfrutaba de una desahogada posición económica, duró dos años entre 1786 y 1788. Schopenhauer no pudo pagarse más allá de unos meses en Italia en aquel 1819 (nótese que el libro de Goethe sobre su viaje se publicó en 1817).

De regreso a Alemania, Schopenhauer tenía dos prioridades: resolver su situación laboral y económica y desquitarse con Hegel. De modo que decidió presentarse, en la primavera de 1820, a una oposición para conseguir plaza de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín, donde reinaba Hegel y él mismo había estudiado un par de cursos con el ya difunto Fichte.

Llegó a Berlín entre alharacas sin querer ser discreto ni humilde y lanzando pestes contra Hegel al que se empeñaba en destronar. Todo el mundo se enteró de sus pretensiones y muchos las acogieron con regocijo. El espectáculo era prometedor porque, entre otras cosas, el propio Hegel iba a formar parte del tribunal que determinaría su admisión o no en la facultad de Filosofía de la universidad.

El 23 de marzo de 1820 Schopenhauer se presentó a la prueba de acreditación como profesor de la Universidad de Berlín y expuso sus tesis de manera brillante. Hegel le escuchó con educada displicencia y, cuando le llegó el turno de hacer preguntas, se limitó a hacer la siguiente:

—Si un caballo se tumba en la calle ¿Cuál será el motivo?

A lo que Schopenhauer respondió:

—Los motivos serían dos: por una parte, el suelo se encuentra bajo él. Por otra, el cansancio, que es una característica del estado interior del caballo. Si en lugar de en la calle se hubiera encontrado al borde de un abismo no se hubiera tumbado.

Ahí le estaba esperando Hegel para iniciar su contrataque, para barrerlo y zanjar su hostilidad impidiendo, humillantemente gracias a su argumentación, que pudiese alcanzar su plaza de profesor en Berlín. De modo que comenzó su objeción:

—¿Cuenta usted también las funciones animales entre los motivos? Esto es, los latidos del corazón, la circulación sanguínea…¿son consecuencia de motivos?

Pero Schopenhauer era un hueso duro de roer, disfrutaba de una formación sólida, extensa y en diversos campos del saber y pudo zafarse saliéndose por la tangente: extendiendo su respuesta a otras materias ajenas a la pura Filosofía:

—Estas no se denominan funciones animales. En psicología se denomina así a los movimientos conscientes del cuerpo animal. Y con esto no hago otra cosa que remitirme a la Psicología de Haller.

De todos modos, Hegel estaba dispuesto a tomar su presa, a machacar a aquel arrogante advenedizo recién llegado de Dresde (la capital de un reino rival, un duro competidor de Prusia, si bien el propio Hegel había nacido en Stuttgart capital del reino de Baden-Württemberg) e insistió en su argumentación:

—¡Ah! ¡Pero si eso que dice usted no es lo que se entiende bajo la denominación de funciones animales!

E iba a seguir destrozando al aspirante cuando intervino un médico que se encontraba entre el numeroso público que se había dado cita para asistir a aquel debate, el doctor Lichtenstein, catedrático de zoología de la Universidad de Berlín desde 1811 y director del zoológico de la misma ciudad desde 1813, un experto reconocido, y terció en defensa de Schopenhauer:

—Señor doctor—dijo dirigiéndose a Hegel—discúlpeme si me entrometo, pero he de decir que el señor Schopenhauer tiene la razón en este asunto. Nuestra ciencia denomina animales a las funciones por él indicadas.

Hegel quedó en ridículo, guardo humillante e imagino resentido silencio y Schopenhauer consiguió su puesto de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín. Si hubiera sido menos orgulloso y prepotente a lo mejor le hubiera ido bien, pero continuó insensatamente con su cruzada y estableció sus clases en los mismos horarios que las de Hegel pensando que podría arrebatarle al menos parte de los numerosos alumnos que acudían a las mismas. No lo consiguió. Seis meses después debía abandonar Berlín humillado y aplastado por el éxito y la fama de Hegel. Volvió a Italia dejando en Berlín a su nueva amante, la cantante de ópera de diecinueve años Caroline Medon, con la que mantuvo un largo y tormentoso romance con una serie de hijos de dudosa atribución, pero esta es ya otra historia (que contaremos más adelante, porque somos cotillas y nos gustan los culebrones).

© Fernando Busto de la Vega.