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TRUMP Y EL NAZISMO

Detesto ser autorreferencial y aludir a mis libros en este blog, pero en ocasiones como la presente resulta necesario.

Hay mucha gente en los Estados Unidos y fuera de ellos escandalizada y asustada por el uso de lemas nazis y actitudes proclives a simular las del III Reich en la administración y el entorno de Trump.

Junto al miedo y al escándalo, muestran también asombro ¿Cómo han podido los Estados Unidos llegar a esto? Es sencillo: como ya expliqué en el ensayo « ¡Está vivo! …espera, no», el nazismo y la ideología estadounidense (incluido el progresismo y el wokismo) proceden del mismo tronco ideológico germánico-protestante y este del racismo, la avaricia, el provincianismo, la ignorancia y el supremacismo del núcleo austrasiano de Europa que encarnó Martin Lutero incapaz de aceptar la hegemonía del mundo mediterráneo y de comprender el Renacimiento.

Esta reacción racista y provinciana que representó en Alemania (entendiendo como tal el ámbito germánico desde Londres a Estocolmo) la Reforma se vehiculó hacia la modernidad a través del pietismo, el evangelismo, el liberalismo, la masonería y el Romanticismo, mientras que en el mundo judío de la Europa central se manifestó mediante el sionismo y, sobre todo, el marxismo. De aquellos polvos, estos lodos.

Aunque pueda parecer paradójico y resulte difícil de aceptar sin ahondar debidamente en las raíces de todas estas manifestaciones ideológicas, marxismo, liberalismo, progresismo, feminismo y nazismo proceden de la misma raíz puritana, supremacista, totalitaria (porque el parlamentarismo liberal estuvo siempre ligado a lo censitario, la ortodoxia religiosa y la exclusión racial avanzando en sentido contrario solo a costa de la progresiva necesidad de estabilización y ampliación de la base institucional en un mundo cada vez más diverso y menos dispuesto a dejarse excluir) y perversamente provinciana que maduró a partir de la renuencia de Lutero a abandonar sus prejuicios anclados en el siglo XIII y aceptar la modernización que representaba el Renacimiento. Así las cosas, aunque las diferentes ramas ofrezcan aparentemente frutos distintos, en realidad la esencia (la composición molecular de estos, si lo preferimos) es la misma y fácilmente pueden transmutarse en un proceso aparentemente alquímico que no es tal, sino adaptación al medio y a los intereses de la clase dominante.

Diremos, para terminar, que el marxismo fue una estrategia para contrarrestar su exclusión y conseguir su predominio social y político de los judíos centroeuropeos y sigue cumpliendo ese papel para minorías raciales y sociales excluidas por el supremacismo racial y económico de los germano-protestantes, pero en modo alguno se diferencia en su esencia ideológica de lo que estos sustentan porque procede de la misma raíz: el Romanticismo cultural y político.

Leed ¡Está vivo!…Espera, no. Os divertiréis y aprenderéis mucho, incluso de vosotros mismos.

© Fernando Busto de la Vega.

TRUMP Y LA DESTRUCCIÓN DE EUROPA

Algo que siempre me sorprende es lo mal informados que están mis amigos bien informados y cuanto dependen sus conocimientos (incluso especializados) de los argumentarios académicos ( y, no nos engañemos, por ello mismo propagandísticos) de los Estados Unidos o, en general, el espectro anglosajón. Por otra parte, cuando lees a los especialistas anglosajones en geopolítica, geoestrategia o futuro en general, únicamente te encuentras con pomposos analistas autorreferenciales, que solo han leído en inglés y a los amigos o enemigos que tienen cerca y desconocen todo del rival o de escenarios complejos no procesados previamente por sus analistas.

En fin, esto viene a cuento porque no hace mucho se expusieron algunas ideas generales sobre la estrategia de Trump en Europa y muchos de estos amigos bien informados se sorprendieron y se escandalizaron de que el azafranado carcamal pretendiera separar a Polonia y Hungría de la Unión Europea conformando con ambos países el núcleo de una nueva realidad geopolítica y estratégica.

Esto ni es nuevo, ni es idea de los Estados Unidos.

Polonia viene defendiendo desde sus revoluciones nacionalistas de los siglos XIX y XX, la estrategia denominada en polaco Miedzymorze y en latín intermarium que viene a reivindicar el papel rector de la unión polaco-lituana desde la Unión de Lublin en 1569 hasta el primer reparto de Polonia en 1772. Se trata, en la práctica de un proyecto nacionalista, supremacista e imperialista de Polonia que busca establecer su poder entre el Báltico y el mar Negro y entre este y el Adriático, que la convierta en la potencia dominante en detrimento de Alemania y de Rusia.

Siguiendo el esquema inicial de la República de las Dos Naciones (Polonia y Lituania) establecida con la Unión de Lublin, el proyecto se presenta como un a modo de federación bajo el predominio polaco que en su máxima expresión incluiría a Polonia, Hungría, la parte occidental de Ucrania, Rumanía y los antiguos países de Yugoslavia así como las repúblicas bálticas y, si se deja, incluso Finlandia. De este modo Polonia recuperaría su hegemonía regional (y hasta continental) y no muy lejos de ese proyecto anda la implementación acelerada de su rearme, y, con la alianza de los Estados Unidos, debilitar a la Unión Europea y a Rusia, lo que dejaría a los norteamericanos sin contrapesos reseñables en Europa.

No debemos pensar que este plan es una innovación moderna salida de la nada. Lo exportaron a los Estados Unidos los exiliados políticos polacos que llegaron allí en el último cuarto del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. De hecho, conviene que vayamos dándonos cuenta, para comprender al imperio bárbaro de los yanquis, que la mayor parte de sus doctrinas y afinidades proceden del pasado y están arraigados en una historia que se oculta, pero no varía. Del mismo modo que para entender su afinidad con Marruecos (y cómo perjudica eso a España y hace que los Estados Unidos nunca puedan ser considerados por Madrid como verdaderos aliados) hay que comprender que este fue el primer país que reconoció la independencia de los Estados Unidos (1777), debemos entender que la doctrina del Miedzymorze llegó allí con el general Pulaski en 1777. Era este un noble polaco descendiente de los reyes de ese país que, tras fracasar en una sublevación contra Rusia tras el Primer Reparto de Polonia, se exilió en los Estados Unidos uniéndose a su ejército, fundando su caballería y dotándola de las eficaces tácticas de los ulanos polacos (y de ahí que fuera siempre una caballería ligera tal y como la vemos en los western), salvándole la vida en una ocasión a Washington y muriendo en combate en 1779.

En los Estados Unidos no hay nunca nada nuevo bajo el sol. Son un país escasamente dinámico, ideológica y socialmente inmovilista y poco preparado para los desafíos del futuro. Por ello el lodo estratégico en el que se revuelca tampoco tiene nada de novedoso. Será bueno tenerlo en cuenta.

También que Europa se debate entre las aspiraciones imperialistas de Alemania, Francia, Polonia, Hungría, Inglaterra y, claro está, Rusia y los Estados Unidos. Sin olvidar a China y el mundo musulmán. Si queremos tener una ligera idea de lo que nos aguarda, hay que estar atentos a todo eso.

© Fernando Busto de la Vega.

LA GUERRA CON RUSIA

El miedo es siempre una buena herramienta para manipular los acontecimientos y, por ello, siempre conviene ser escéptico, mantenerlo bajo control y examinar los asuntos con frialdad y discernimiento. Es preciso preguntarse qué píldora desean hacernos tragar y a quien beneficia que la engullamos.

Ahora el soniquete redundante e insistente es que Rusia planea atacar a la OTAN en breve, motivo por el cual sus miembros deben incrementar su rearme. Bien, yo soy un partidario acérrimo del rearme de Europa tanto en el aspecto puramente armamentístico como tecnológico y humano. Sin embargo, este rearme no puede seguir nutriéndose de aparatitos estadounidenses que Washington puede desconectar cuando le apetece (el equivalente moderno de los fusiles coloniales que Inglaterra vendía a los maharajas hindúes) y no puede tener otro objetivo que robustecer y estimular la independencia estratégica de Europa frente a sus competidores, incluyendo los Estados Unidos que nunca han sido aliados sino amos.

De modo que sí: soy absolutamente partidario de aumentar el gasto militar europeo (y español), de sustituir el obsoleto armamento manejado remotamente por Washington y avanzar definitiva y decididamente en la implementación de la independencia militar europea. Pero ello debe llevarse a cabo como un fin en sí mismo y con el claro objetivo de sacudirse el yugo yanqui.

Lo que no es de recibo es vivir en el miedo que atiza en el continente la CIA y acabar gastando más dinero en los juguetitos controlados de la industria armamentística estadounidense que, no nos engañemos, será lo que al final suceda (tanto la OTAN como la UE son polichinelas movidos por los hilos de Washington y por ello organismos de supeditación totalmente ineficaces para los intereses de Europa y sus pueblos).

Con respecto a Rusia debemos ser claros. La invasión de Ucrania supuso un grave desliz para Moscú. La «Operación Militar Especial» prevista por el Kremlin debía seguir un esquema ya anticuado de operaciones relámpago. Cuando las fuerzas especiales destinadas a capturar a Zelensky en la primera noche del conflicto fracasaron en su intento y la guerra se desencadenó empantanándose, Rusia, gane o pierda en Ucrania, perdió.

Cuando todo esto acabe Rusia se encontrará tan desgastada, endeudada y debilitada que difícilmente se atreverá a arremeter contra la OTAN. Por el contrario, si no fuera por el hecho nuclear, sería el momento perfecto para que la OTAN atacara y aniquilara a Rusia.

No va a existir una guerra contra Rusia en la próxima década, está incluso por ver si Putin saldrá vivo del actual atolladero. Si lo consigue, evidentemente China le empujará a continuar sus enfrentamientos, sería una hábil estrategia para eliminar a Rusia como rival sometiéndola como colonia al tiempo que debilitaba a Europa y la separaba de la alianza con los Estados Unidos que no se comprometerían en la península euroasiática si ello debilitaba sus posiciones en el Pacífico. Pero Putin sería estúpido si cediese a las presiones chinas en ese sentido.

No habrá guerra con Rusia. De un modo u otro la paz está cerca…no es buena idea volver a comprarle armas manipuladas a los Estados Unidos y seguir alimentando su industria armamentística cuando podemos desarrollar y potenciar la nuestra.

© Fernando Busto de la Vega.

LOS EXTRAÑOS RESORTES DEL ÉXITO

Hoy en día el mundo está lleno de bocazas, charlatanes, cantamañanas y estafadores haciendo apología del éxito (eufemismo que utilizan para hablar de la especulación, la avaricia, la vanidad y la miseria moral) y presentando (previo pago) todo tipo de procedimientos y trucos infalibles para alcanzarlo. Demuestran con ello, además de mucha cara dura, su total ignorancia sobre la realidad de la vida y los recovecos del destino. Por ello he creído útil traer aquí dos concisos ejemplos de cómo alcanzaron el verdadero éxito dos hombres de acción que lograron llegar a la cima del poder y del Estado.

El primero es Julio César.

Hasta que César cruzó el Rubicón no era otra cosa que un funcionario exitoso, un político ambicioso y bien situado, pero comparable a otros muchos. Solo el hecho de desafiar al Senado, cruzar el río que separaba su provincia de Italia y comenzar una guerra civil que podía haber acabado con él, pero le encumbró al poder absoluto, le permitió erigirse en una figura política e histórica singular y señera.

La decisión de cruzar o no el Rubicón era crucial y difícil de tomar, por ese motivo César se detuvo a la orilla del río, indeciso.

La historia oficial nos cuenta que al cabo resolvió arriesgarse y dio orden de invadir la Italia senatorial y dar inicio a la guerra civil. Pero el propio Tito Livio nos cuenta otra versión de los hechos. No fue Julio César, sino uno de sus centuriones, un exaltado que perdió los nervios, quien se lanzó a cruzar el río dando gritos de victoria. Sus legionarios le siguieron, luego se sumaron otros centuriones, más legionarios y César acabó cruzando el Rubicón siguiendo a sus tropas, no encabezándolas. Lo demás, ya lo sabemos.

Hablemos ahora del general Espartero.

En diciembre de 1836 la Primera Guerra Carlista se encontraba en una de sus fases decisivas. Los carlistas estaban asediando Bilbao y el gobierno liberal encargó al general Espartero, que en ese momento se encontraba en Burgos, que acudiera a romper el cerco de la ciudad, liberándola e impidiendo que Don Carlos entrase en ella. Enseguida se puso en movimiento con sus tropas. Las condujo al Cantábrico entre incesantes tormentas de viento y nieve, las embarcó en Castro Urdiales y las condujo por mar hasta Portugalete.

Una vez allí, y con el tiempo empeorando (aquel mes de diciembre fue atroz en el norte: nieve continua, ventiscas salvajes, terreno congelado o enlodado) Espartero comenzó a intentar romper el cerco de Bilbao. Primero lo intentó por una de las riberas del Nervión, siendo derrotado. Luego probó por la otra que representaba mayor dificultad puesto que implicaba atravesar el río por un puente de barcas que la tempestad destruyó y hubo de ser reconstruido más al interior lo que impidió que la caballería y la artillería se unieran a su ataque. Peor aún: el día en que debía tener lugar él cayó enfermo y hubo de ceder el mando a su jefe de estado mayor, el general Oráa, que tras horas de lucha quedó frenado por los carlistas en el lodo y la nieve. Tan grave se tornó la situación de los liberales que Espartero en plena noche y después de toda una jornada de lucha, todavía enfermo, hubo de levantarse de la cama y acudir al otro lado del río por el puente de barcas reconstruido con refuerzos. La idea era que las tropas de refresco sustituyeran a los diezmados, agotados y congelados batallones que habían estado combatiendo sin pausa durante más de doce horas.

Una vez en posición, Espartero dio la orden lógica: relevo. Sin embargo, un corneta novato y nervioso se equivocó y tocó la orden de carga. De inmediato ambos sectores del ejército, los que llegaban de refresco y los que llevaban todo el día combatiendo, corrieron al asalto de las alturas que defendían los carlistas que, sorprendidos, fueron arroyados de tal forma que huyeron levantando el cerco de Bilbao y otorgando a Espartero la victoria decisiva que le elevaría a la gloria y le conduciría incluso a la regencia. Él se limitó a ordenar el relevo seguramente con intención de dejar a Oraá al frente del combate y regresar a su cama, sin embargo el error de un corneta cambió las cosas y Espartero se encumbró anotándose una victoria en la cual su papel se limitó a seguir a sus valientes soldados cuando se lanzaron al asalto de las alturas de Luchana.

Así funciona muy a menudo el éxito (y el fracaso) hay que tenerlo en cuenta. El destino y los dioses (también la suerte) siempre juegan su papel.

© Fernando Busto de la Vega.

TRAFALGAR, EL TRIUNFO DE LA CORRUPCIÓN BRITÁNICA

En 1801 John Jervis, nombrado por Jorge III primer conde de San Vicente a causa de su victoria en el cabo de tal nombre sobre una flota española allá por 1797, fue elevado a Primer Lord del Almirantazgo inglés por el primer ministro Henry Addington, que llegaba para acabar con la era de Pitt y se manifestó tan incompetente que el resultado de sus tres años en el cargo fue el regreso triunfal del propio Pitt, al que había logrado tumbar en 1801.

Jervis no resultó mucho más eficaz que su primer ministro. El conde de San Vicente era un tipo ordenancista, estricto y honesto a rajatabla. Durante su ya larga carrera en la Armada había venido observando los tejemanejes de los contratistas civiles que aportaban madera para la reparación y construcción de barcos dentro de un sistema corrupto a más no poder. Enjuagues que crecían en número y gravedad a medida que la madera de los bosques británicos se acababa y era preciso traerla desde países remotos o, directamente, establecer astilleros en puertos como Bombay, rodeados de feraces selvas. De modo que, al llegar al Almirantazgo, zanjó por lo sano. Conocía todos los trucos y los erradicó de raíz con un resultado indeseado: los grandes asentistas, especialmente Larking y Bowsher, decidieron dejar de suministrar madera a la Armada británica y esta pasó tres años, hasta la caída de Jervis y Addington, sin poder reparar ni un solo barco, mucho menos construirlos.

Para 1804 un tercio de la flota de guerra inglesa estaba deteriorada, hacía aguas… si la estricta honradez de Jervis se hubiera mantenido un año más, su protegido (fue él uno de los más conspicuos impulsores de su carrera) Nelson se hubiera llevado la del pulpo en Trafalgar y la victoria hubiera sido española a pesar de la incompetencia y cobardía de nuestros aliados franceses. Simplemente, la flota inglesa no hubiera estado a la altura técnica del acontecimiento. De hecho, en 1805, cuando tuvo lugar dicha batalla, nada menos que 17 de los 27 navíos de Nelson habían sido reparados desde que Addington y Jervis cayeron y Pitt regresó al poder poniendo al frente del almirantazgo a Lord Melville que recuperó los suministros volviendo a tolerar la corrupción y la especulación de Larking y Bowsher.

A veces la Historia nos desarbola la moral con sus retruécanos. Todos, en principio, simpatizaríamos con la política estricta de Jervis…pero fue la tolerancia con la corrupción de los especuladores anti-patriotas la que permitió realmente el triunfo nacional de la armada británica. Da para pensar.

© Fernando Busto de la Vega.