Archivo de la categoría: mundo y carne

LA DESCONFIANZA DEL FEO

Esta entrada podría titularse también «La desconfianza del viejo (o de la madurez, para no resultar tan ofensivo)» o «Gato escaldado del agua fría huye».

Pues señor (obsérvese el guiño, que la mayoría de vosotros no captaréis, a Romualdo Nogués) uno, a pesar de estar lejos de esa condición, ha adquirido algunas costumbres de jubilado. La más conspicua, la de pasear cuando tiene tiempo libre por el parque cercano a su casa y hasta calentar banquillo durante largo rato para meditar y reflexionar sobre qué escribir o cómo hacerlo.

Estando en ello, este domingo sucedió algo reseñable. Incluso, diría, milagroso y supercalifragilísticoespialidoso rozando con lo chiripitifláutico ( y ojo: ambas son referencias muy anteriores a mí).

Hallábase este pobre escribidorcete sentado en un banco mirando a las avutardas (con gesto altivo y noble, casi napoleónico, eso sí) y haciendo anatomía de sus entrañas (esta es cita de Cervantes) cuando una inmarcesible y preciosísima rubia, que recreo con aproximación en la foto adjunta, paró su bici a mi altura, me saludó y comenzó a hablar conmigo.

En otra época, no tan lejana, el que suscribe, se hubiera ilusionado, puesto cara de ternerillo no por romántico menos erotómano y pensado:

—¡Ya está! ¡Ya he ligado!

Hoy, en cambio, le he lanzado a la rubia una mirada asesina, he medio levantado el lado derecho del labio con desdén y he respondido a su «hola» con una especie de rebuzno a medio camino entre la cortesía y el asco que ha venido a sonar:

—Ñieck…hmmlá.

Todo ello pensando:

—¿Qué querrá sacarme esta?

En mi favor debo advertir al lector que, en meses pasados, sentado en ese mismo banco, se me acercaron otras mujeres: una quiso enrolarme en su secta, otra tasó justiprecio sobre sus encantos y servicios, la tercera me confundió con un invasor de la galaxia X-62 y quiso combatirme. Tuve que huir de su furia, por desgracia no encontré mi nave espacial y acabé escondido, agachado, entre unos setos y una fuente, mientras ella me buscaba con su desintegrador especial y espacial, que se parecía sospechosamente a un martillo.

De modo que el hecho de que una preciosa rubia desconocida detuviese su bicicleta ante mí y me saludase con una sonrisa afable no me tranquilizó en absoluto, más bien todo lo contrario.

Pero hubo suerte: se trataba de una antigua alumna de cierto instituto de secundaria en el que trabajé y que me recordaba de hace apenas unos pocos años. Ahora ha crecido, está en la universidad…nos hemos tomado un café (y lo ha pagado ella).

No todo iba a ser malo.

Pero la moraleja del gato escaldado ahí queda.

Cierro la entrada con fotos de rubias en bicicleta descartadas para ilustrar la entrada, ninguna de ellas traducía con precisión el concepto que pretendía transmitir al lector, pero, oye, no están mal como fotos, ni como rubias:

© Fernando Busto de la Vega.

LOS AMANECERES DOMINICALES Y LA LITERATURA

Como sabéis, tengo la mala costumbre de anotar aquí los argumentos de novelas que jamás escribiré por si a alguien le resultan útiles. Esta entrada no será una excepción.

Frecuentemente, los domingos por la mañana, debido a lo que les queda de la madrugada de los sábados etílicos, lisérgicos, alucinógenos, eróticos, pasionales y desfasados, suelen ser fecundos semilleros de historias que pueden constituir el núcleo inicial de una novela, incluso en una tranquila ciudad de provincias como esta en la que habito: Zaragoza.

El último galimatías dominical que me hizo aguzar las orejas literarias sucedió hace ya unos meses y no condujo a nada, porque resultaba tan surrealista que ni siquiera yo fui capaz de encontrarle pies y cabeza para armar una historia coherente, no digo ya sensata o creíble.

El enigmático galimatías al que me refiero consistió en la concatenación en un mismo espacio geográfico y temporal de tres hechos por completo extraños y dispares que involucraron a una patrulla policial a eso de las siete de la mañana de un domingo cualquiera de primavera.

El lugar es preciso y no demasiado exótico: la calle Genoveva Torres Morales que corre encajonada entre lo que se conoce en la ciudad como El Rollo, antigua zona de bares y diversión juvenil, y el río Huerva, lugar que, por cierto, tiene su protagonismo en la próxima novela que pretendo publicar: El Incidente Lesmes.

Pues bien, una primaveral mañana de domingo de este mismo año 2022, una vecina vio desde su balcón como una mujer joven caminaba desnuda, magullada y llorando por este apartado callejón arrumbado en la periferia de barrios más poblados y de clase media. Le preguntó qué le sucedía y la caminante desnuda afirmó haber sido violada. Como es natural, la vecina llamó de inmediato a la policía y una patrulla uniformada se presentó a los pocos minutos allí haciéndose cargo de la supuesta víctima que, trasladada al hospital, resultó no haber sido agredida ni violada y tampoco soltó prenda de lo que le había sucedido.

Estando en el escenario de los hechos, mientras se ocupaban de la supuesta víctima, los agentes divisaron, caminando por ese mismo callejón, a un individuo que venía sin camisa y con los pantalones remangados. De inmediato sospecharon de él como violador y le dieron el alto. El tipo, ni corto ni perezoso, se dio a la fuga arrojándose al agua y uno de los policías se zambulló también en el Huerva para capturarlo, cosa que logró. Resultó que el tipo ni tenía nada que ver con lo sucedido a la caminante desnuda ni había cometido delito ninguno ni tenía antecedentes penales… simplemente, según confesó, se asustó al ser interpelado por la policía y saltó al río. Tampoco explicó por qué andaba por ahí medio desnudo.

Finalmente, y esta es la guinda del pastel y la percha literaria, la patrulla sufrió el ataque del Aprietahuevos.

El Aprietahuevos es un género extraño de terrorista, supervillano o demente cuya manía es emboscarse en los más inesperados lugares y cargar a la carrera sobre el primer policía varón que encuentra, entonces, por sorpresa, le agarra los testículos, se los aprieta con furia y se da a la fuga. Es una amenaza en la sombra a la que todavía no han podido capturar…lo cual ya de por sí daría para una buena novela.

Pero la concatenación de esos tres sucesos en el mismo lugar a la misma hora es demasiado surrealista y extraña como para que este humilde literato sea capaz de organizarlos en una novela. Como mucho podría utilizarlos como historias separadas.

No muy lejos de allí, en el paseo Fernando el Católico, hubo un tipo, hará un par de años, que amaneció el domingo paseándose también en cueros (qué manía), pero con un cuchillo en una mano y su propio pene amputado en la otra. Por supuesto lo puso todo perdido de sangre y, aunque sobrevivió, sigue internado en algún centro psiquiátrico.

Remataré la entrada con un hecho reciente. De este mismo domingo próximo pasado. El incidente implica a un tipo seguramente del género cretináceo y una prostituta no muy avispada y se explica en cuatro encuentros sucesivos a lo largo de este otoño, que resumiré:

1.- El tipo contrata los servicios de la prostituta y todo va como se supone que debe ir.

2.- El tipo vuelve a requerir los servicios de la prostituta, esta le hace un quiebro y, prometiéndole volver, le saca 50 euros para hacer una compra. Naturalmente se marcha y no regresa.

3.- El tipo desea venganza, telefonea a la puta y se cita con ella en una dirección inexistente obligándola a un viaje en balde.

4.- Con la cantidad de putas que hay, el tipo llama de nuevo a la misma prostituta, se reúnen, discuten y la cosa acaba mal. El tipo la viola, le pega y la deja abandonada en los Pinares de Venecia, naturalmente él acaba detenido y ella en el hospital.

¿No os parece el inicio de una bonita historia de amor y venganza? Yo la escribiría, pero no tengo ganas ni tiempo. Os la cedo.

© Fernando Busto de la Vega.

SOBRE EL SEXO Y LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

¿Quién en su sano juicio no está ya harto de toda la bobada dictatorial de la ideología de género? Llegados a este punto (y precisamente como macho alfa obligado a dirigir y disciplinar la manada) a lo mejor conviene recordar sucintamente qué es lo que nos enseña la naturaleza, a la postre único juez y maestro en estos asuntos.

Salvo la partenogénesis propia de organismos muy simples y la mitosis celular de algunas plantas, todo en la naturaleza está dividido en dos sexos (y solo dos) con la funcionalidad exclusiva de la procreación para la perpetuación de las distintas especies. Es así, no hay más.

Follamos para reproducirnos y es preciso que los genes provengan de dos especímenes de sexos opuestos (machos y hembras). Todo lo demás son cuentos.

Como eso de fornicar, si nos paramos a pensarlo, es molesto, sucio, incómodo y exige un nivel de intimidad excesivo, la naturaleza nos ha tendido la trampa del placer. Los especímenes, embriagados de cócteles hormonales adecuados, incurren en el acto que, habitualmente, provoca la liberación en el organismo de otros cócteles hormonales (dopamina, serotonina…) que hacen deseable un acto que, sin dicho condicionamiento hormonal, seguramente no nos gustaría. La prueba: imagínese besándose con lengua con cualquiera a quien no ame o no le excite sexualmente…más aún: inténtelo.

Es precisamente esa descarga hormonal la que convierte el sexo en un acto cultural llevando a variables recreativas (desde el intercambio de parejas o las camas redondas a la pornografía pasando por la masturbación, las orgías y otras prácticas) y la que, en cierto modo, justifica las prácticas homosexuales.

Pero hay que atenerse a la naturaleza: la finalidad última del sexo (y no niego en absoluto su función cultural y recreativa, es más: la reivindico) es la reproducción, de modo que las cosas son muy simples: existen dos sexos. Solamente. Todo lo demás son desarreglos hormonales o mentales que ciertos colectivos ideológicos de financiación nunca bien aclarada aprovechan y manipulan para obtener poder y quien sabe si debilitar a grupos humanos indeseados mediante la corrupción de la correcta percepción de la naturaleza.

Y hay que empezar a decirlo ya en voz alta.

© Fernando Busto de la Vega.

LA VIRTUOSA FUNCIONALIDAD DEL MICROPENE

Tengo amigos que, vaya a saber usted por qué, se muestran exultantes al enterarse de que, como el propio actor porno ha confesado, el miembro viril de Nacho Vidal anda de capa caída, blandito y medio humillado. Será que el ocaso de los dioses siempre satisface a los humanos.

Uno puede soportar con más o menos calma y sumisión a un tirano, a un dictador corrupto y cruel (que suelen ser tipos pequeñajos y feos sin ningún atractivo), pero a esos actorcillos o cantantes guaperas que humedecen las entrepiernas de nuestras novias, y no digamos ya a esos actores porno con miembros elefantiásicos y desproporcionados que las inducen a esperanzas ilusorias; a esos, no. Esos, por arte del birlibirloque promocional los tenemos hasta en la sopa y sabemos a ciencia cierta que, aunque lo nieguen, nuestras contrapartes menstruantes fantasean y se tocan con ellos mientras a nosotros, bueno: nos soportan y nos compadecen…hasta que consiguen algo mejor, si lo consiguen, que a menudo ellas tampoco son la Venus de Milo…ni de ninguna otra parte.

Hay que decirlo: la fantasía del pene sobredimensionado vende. Triunfa.

Hace años yo tenía un amigo negro que disfrutaba de un enorme éxito con las mujeres, especialmente blancas, por las expectativas que estas albergaban sobre su órgano de apareamiento. Desgraciadamente para ellas y para él, el pobre joven no las cumplía. Al parecer, porque obviamente no hice comprobación alguna al respecto, el miembro viril de este amigo africano estaba por debajo de la media, incluso de países poco calificados en ese campo, y las chicas le desdeñaban de inmediato, muchas apenas le echaban mano al instrumento y comprobaban que no daba la talla.

—Y para colmo—confesaba mi compungido amigo—, ni bailo bien ni sé jugar al baloncesto.

Murió joven. De hastío y pena, quizá.

En ese orden de cosas, recuerdo también cierto individuo que, allá por el cambio de siglo, recorría la geografía hispana con un espectáculo consistente en mostrar su enorme falo que alcanzaba el medio metro de extensión. Según me dijeron algunas amigas constituidas en espectadoras de tan sórdido show, porque evidentemente yo tampoco acudí a presenciarlo, la cosa resultaba a la vez impactante y grimosa. Una minga de aquel tamaño daba cosilla…mala cosilla. Además, decían, tardaba una eternidad en ir alcanzando su tamaño inmenso y, en ocasiones, la acumulación de tanta sangre en aquel punto provocaba el desmayo del protagonista. Y por supuesto, ninguna de ellas hubiera estado dispuesta a dejarse penetrar por aquella monstruosidad, temían ser partidas en dos o ver afectados sus órganos internos. Un drama, vaya.

Carezco de noticias fidedignas, pero me da la sensación de que la carrera de aquel hombre-polla fue corta. A mí me sirvió para escribir un cuento en el cual un artista de semejantes características se veía acosado por la envidia de un jefe mafioso que enviaba a sus hombres para secuestrarlo, amputarle el miembro y hacerse un injerto, un trasplante. El cuento tuvo cierto éxito y alguna difusión, pero era muy malo y acabé por retirarlo de la circulación.

Sea como fuere, y, para terminar, el colofón a todo este asunto, que el inicio de las fiestas del Pilar con su reguero inextinguible de cervezas y cubatas en las largas noches zaragozanas ha propiciado e impulsado, me quedaré con el comentario de mi amigo Juanjo Zhao, chino-aragonés orgullosísimo de su micropene:

—Quien mucho abarca… las pichas pequeñas requieren menos esfuerzo y mucho menos mantenimiento para alcanzar su funcionalidad y duran más en activo y perfecto uso..

Juanjo Zhao, dixit. Yo me reservaré mi opinión… y vosotras, chicas, las que estáis en el secreto, no seáis malas, que nos conocemos y tenéis muy pérfida condición láctea.

© Fernando Busto de la Vega.

O PUTA O MONJA, ANITA…

Ilustro la entrada con una fotografía de Ana de Armas completamente vestida y sin rastro de su cuerpo para que no se asquee la chiquilla. Por otro lado, debo afirmar que la considero una actriz inmensa y magnífica. La admiró, no lo negaré. Pero no por ello puedo aplaudir todo lo que diga o haga.

Anda estos días Ana de Armas quejándose de que sus desnudos en Blonde se viralizarán descontextualizándose para convertirse en objetos de consumo masturbatorio y sostiene que esto la asquea y la convierte en víctima de violencia de género… o sea…vale…

Si repasamos la carrera cinematográfica de Ana de Armas comprobaremos que ha hecho un generoso uso de su indudable belleza física para ascender en su trabajo. Y no me parece mal. Si yo pudiera ir por ahí desnudándome para promocionar mis novelas lo haría sin dudar y sin preocuparme del uso secundario y descontextualizado que otros y otras pudieran hacer de dichas imágenes (pero, creedme: es mejor que no me quite la camiseta, y mucho menos, los calzoncillos).

A mí me parece bien que haya actrices (y actores) que se desnuden en el cine, incluso sin venir a cuento. Me parece bien, también, que no lo hagan. Cada cual es libre de gestionar su propio físico y el tono general de su propia carrera.

Lo que no resulta de recibo es pretender estar en misa y repicando. Aceptar desnudarse, cobrar por ello, y por los derechos de imagen devengados (quizá es ahí donde le duele a Ana de Armas, que no va a cobrar por las visualizaciones «viralizadas» de sus desnudos) y luego hacerse la casta y la víctima. Si estás buena y enseñas carne sabes desde cinco horas antes de quitarte las bragas lo que va a suceder y lo aceptas, porque cobras por ello y porque te da la real gana. No vale hacerse la ñoña y la víctima después y, mucho menos, intentar hacer demagogia y propaganda afín al Me Too…que por cierto: a ninguna de las que luego se quejaron en aquel movimiento les obligaron a aceptar los tratos ni dejaron de cobrar por sus actos. Si no querían chupar esta o aquella polla o enseñar el culo eran muy libres de renunciar a ser estrellas de Hollywood y resignarse a una carrera de actriz desconocida en el teatro. Pero querían ser estrellas y tragaron con todo (nunca mejor dicho)…para luego quejarse y hacerse las víctimas. Pobrecitas…

No, nenas, o puta o monja…ambas cosas son incompatibles. La dignidad no es una cuestión de hipocresía y llanto, sino de coherencia y respeto hacia uno mismo y los demás.

Por cierto: estoy recordando cierto consejo que daba sobre las actrices Pierre Louys en su Manual de Educación Para Señoritas…pero voy a dejarlo ahí.

© Fernando Busto de la Vega.