Hace poco hablaba con mi amiga Isabel, fiel seguidora de este blog (cosa que le agradezco), sobre las audiencias ocultas que genera: aquellos del entorno más o menos profesional y social que, negándolo, lo leen. Aquellos que por morbo, curiosidad o temor a verse aludidos entran subrepticiamente en estas páginas y luego las comentan en corrillos a la hora del café (y que lograron hace meses que dejara de contar ciertas andanzas íntimas que no les incumben, pero intuyen y les deleitaría conocer).
Hablando con ella sobre esto, decía, pensé en el otro círculo más íntimo, en todas aquellas mujeres que digamos «me conocen bien», empezando por la que inspiró el reciente artículo sobre romper por WhatsApp y acabando por las que se reúnen conmigo los viernes por la noche, y caí en la cuenta de que ninguna de ellas lee este blog.
Algunas son fieles seguidoras de mis novelas (otras ni siquiera eso), pero ninguna lee este blog.
Buscan mi compañía en la vida real, nos lo pasamos bien…las hay incluso que muestran su complacencia por que «esté en Google» o juegan con Chat GPT haciendo diferentes preguntas sobre mi, pero no leen este blog. Quizá aguantarme en la vida real y a la vez leerlo es demasiado.
No sé…mis amigos, en general, lo leen y me aguantan…tengo amigas que también, pero ni una sola de las que definiremos como «íntimas conocedoras» lo hace. ¿Qué querrá decir eso? ¿Deberé preocuparme?
Sea como fuere, mi autoestima de autor ha quedado por el hecho constatado tal que el dibujito que preside esta entrada: horrorizada, destrozada y a pique de una crisis psicótica con hechuras de jamacuco histérico.
¡Malas putas!
PD.- No preste atención el lector (o lectora) a los extraños testículos del monigote. Nada tienen que ver conmigo, son simples delirios de la IA generativa.
Hasta ahora que lo he hecho por primera vez, las personas que rompían por WhatsApp me parecían despreciables, ridículas y patéticas. En cambio, probada la experiencia, confieso que he disfrutado (resulta cómoda, rápida y aséptica) y, además, me siento de lo más moderno, cool e in. ¡Por fin he entrado en el siglo XXI!
La cosa fue sencilla. Le envié a la destinataria en cuestión una acumulación de emoticonos y símbolos que venían a decir: «me aburres, no te aguanto más, hasta aquí hemos llegado, que te den» y, acto seguido, la bloqueé sin posibilidad de réplica. Nada de discutir ni soportar las amargas críticas y acerbos insultos del enemigo.
Si la ruptura se hubiera realizado en persona la bronca habría alcanzado niveles estratosféricos y al final hubiéramos acabado reconciliándonos. Siempre nos reconciliamos.
De haber recurrido al tradicional método literario, la cosa habría transitado por derroteros inútilmente eruditos y versallescos tales como: «No eres ni frío ni caliente y por tibio te escupirá Dios de su boca, cita del Apocalipsis que Prisciliano dedicó a su detractor y perseguidor Itacio como definición de su personalidad y que yo debo aplicarte a ti, cariño (bueno: ex-cariño). Tú también eres tibia y por eso te esputo de mi vida, excretándote con determinación y sin remordimiento alguno. Además, tienes las tetas pequeñas…el culo magnífico, eso sí». Y luego seguirían veinte o treinta párrafos cada vez más farragosos y confusos…me internaría por los cerros de Úbeda y quizá el mensaje se perdiera entre las anfractuosidades de un texto complejo y largo que ella jamás leería hasta el final, motivo por el cual quizá no llegase nunca a enterarse de que la dejaba.
Mucho mejor el WhattsApp…
Por cierto, cari, ya te hecho de menos ¿volvemos?
Lástima que ella, por principios ideológicos (y ganas de tocar los cojones), nunca lea este blog de un «escritor pijo» como yo. La he perdido para siempre…(¡snif!).
ESTO ES SOCIALMENTE ACEPTABLE E INCLUSO, DESDE CIERTAS TRINCHERAS IDEOLÓGICAS, DESEABLE Y EMPODERADOR.
Lo confieso, me divierte poner de manifiesto las ridículas contradicciones de la sociedad puritano-progre que nos han fabricado. También reflexionar desde el ámbito de la antropología y la etnografía sobre modos, modas y costumbres.
Hoy en día esto que los anglosajones han venido en denominar «cameltoe» y en España de toda la vida ha sido «marcar raja» está de moda. Y no me parece mal, en cuestión de gustos y usos folklóricos y tribales…
El hecho es que desde señoras de más de sesenta hasta niñas de menos de doce la práctica de vestir prendas que permitan adivinar la íntima geografía inguinal causa furor y es una práctica común y aceptada con indiferencia cotidiana.
Lo curioso es que si dicho exhibicionismo, como digo: social y ampliamente aceptado, porque la geografía concreta se cubre «pudibundamente» con un paño de pureza, se diera al natural, sin este, la cosa cambiaría. Los propios papás y mamás que en este como en otros casos aceptan la costumbre pasiva y comprensivamente y dejan a sus hijas menores pasearse por la calle de esa guisa sin encontrar incomodidad ni inconveniente moral o social, entrarían en cólera si alguien observase las mismas zonas de sus hijas sin esos dos milímetros de tela que las tapan sin esconderlas, antes bien: manifestándolas. El observador, voluntario o no, incluso, estaría incurriendo en un grave delito penado con muchos años de cárcel y absolutamente denostado por la sociedad.
¿La diferencia?…
Dos milímetros de tela, la costumbre aceptada y los prejuicios imbuidos por el puritanismo progre.
Creo que no está mal reflexionar al respecto. Que cada cual saque sus conclusiones.
ESTO, EN CAMBIO, SE CONSIDERA PORNOGRAFÍA Y PUEDE LLEGAR A ESTAR PROHIBIDO SEGÚN LA EDAD DE LA RETRATADA (A LA QUE, SIN EMBARGO SE PODRÍA FOTOGRAFIAR Y SE DEJA PASEAR POR LA CALLE Y HASTA ACUDIR AL INSTITUTO SIEMPRE QUE LA ZONA, EXPUESTA CON SIMILAR INDISCRECIÓN, VAYA CUBIERTA POR DOS MILÍMETROS DE TELA). NO DEJA DE RESULTAR INTERESANTE Y CURIOSO
Yo interpreto y analizo el mundo desde lo que veo y vivo, desde mi propia experiencia. Naturalmente estoy atento a las ajenas y no dejo de hablar, escuchar, leer y estudiar por todos los medios posibles, pero a la postre la realidad cotidiana que suelo padecer más que disfrutar es el factor determinante en mi percepción del entorno en el que me muevo.
Y, en ocasiones, mejor dicho: con frecuencia, dicha realidad es compleja, ambigua y contradictoria llevando a conceptuar que esa, la complejidad contradictoria, es la verdadera naturaleza de la sociedad en la que vivimos y que cualquier aspiración a establecer teorías generales ordenadas y bien definidas es una gesta vana…quizá, incluso, innecesaria.
Hoy voy a explicar esta intuición, casi ya certeza, con un ejemplo un tanto pícaro, pero muy definitorio.
Tengo un par de jóvenes y hermosas amigas musulmanas (resulta más sencillo seducir y conquistar a las musulmanas en plural que en singular, puesto que la vigilancia «moral» y el cotilleo invasivo e inacabable relacionado con el «honor familiar» pone en serio peligro a cualquier chica díscola que no arrastre consigo a una o dos de sus mejores amigas con las que compartir el pecado bloqueando así la indeseada difusión de su «libertinaje») hartas de corretear y bailar desnudas por mi casa, saquearme la cerveza y acabarme el chorizo y el jamón que, sin embargo, se toman muy en serio el ramadán.
Desde que ha empezado andan por ahí con el pelo recogido (suelen llevar la melena al viento), ropas anchas (suelen ir ceñidas y, a menudo, en manga corta y enseñando el ombligo y hasta los riñones) y la mirada baja. Muy serias. Y han dejado de hablar conmigo. Como mucho me saludan de pasada sin descomponer su continente devoto. Podría decirse que ceden a la presión social de su comunidad y fingen para acreditar su virtud y no incurrir en anatema con los peligros físicos y morales que ello conlleva. Pero, no. No desmienten su actitud pública con su actitud privada. De hecho, han cortado todo contacto privado conmigo. Al menos hasta el Eid Al-Fitr…la fiesta del fin del ayuno, allá por el 8 de abril. Ya me lo habían avisado: son modernas, pero buenas musulmanas.
Interesante estampa de los tiempos que corren: confusos, contradictorios…quizá apasionantes.
El otro día pude asistir a una curiosa conversación mantenida por tres niñas de doce años. A dos de ellas las habían visto morreándose y sobándose y la tercera acudía a testimoniarles su sorpresa y su pasmo, no sabía que fueran novias, les dijo. La respuesta que recibió resultó antológica y, además de hacerme sonreír, no dejó de conducirme a la reflexión.
—No somos novias—le respondió muy convencida y llena de alborozo una de las interpeladas.
—Solo somos amigas que se besan…y a veces se magrean—sentenció la segunda, no con menos entusiasmo.
—Eso: nos besamos, nos abrazamos, nos sobamos y bueno…tú sabes, pero no…—corroboró la primera, jovial.
—¡Ah, ya me parecía a mí! No me pegaba nada que fuerais novias—suspiró con alivio la tercera sucediéndose un triple abrazo colectivo y entusiasta.
Todo ello me hizo pensar en los límites y definiciones de las relaciones afectivas y sexuales quizá en estos tiempos que corren más ambiguas y desdibujadas que nunca. Si bien, estoy convencido, la claridad taxativa a la que estamos acostumbrados los nacidos y crecidos en el siglo XX no dejaba de ser en su momento una simple convención, un modo de explicar situaciones complejas de un modo sencillo. Ya se sabe, y se decía ya en el siglo XX, que cada pareja es un mundo y a menudo su complejidad las hace incomprensibles a los demás siendo el modo más sencillo de zanjar la cuestión sin entrar en intimidades innecesarias simplificar la respuesta: somos novios, somos amantes, somos amigos con derechos, no somos nada…
Estas disquisiciones propias de escritor, inclinado por tanto al análisis casi entomológico de la conducta humana, sus abismos, complejidades, contradicciones, cambios y evoluciones, me poseyeron durante algunos minutos haciéndome flotar al pairo en el flujo creativo de mi propia mismidad.
Hubo un momento en que casi estuve dispuesto a iniciar una novela con semejante conversación, pero el entusiasmo pasó pronto. ¿Una novela erótico-sentimental protagonizada por dos niñas de doce años? ¿Quién me iba a publicar semejante cosa en un mundo histérico, pacato y puritano como el que padecemos?¿Quién iba a comprarla si se publicaba? ¿Cuántas amigas modernas, feministas y profundamente conservadoras creyéndose progres y modernas iban a dejar de hablarme y comenzar a zaherirme y denunciarme públicamente?…Por no aguantarlas…
En consecuencia, deseché pronto la idea de las dos «amigas de doce años que se morrean, se soban y se masturban mutuamente sin ser novias», he ahí un efecto flagrante y muy gráfico de la censura social impuesta por el neopuritanismo progre que nos controla encerrándonos en gulags virtuales y determinando el contenido último de la literatura y el arte.
Pero seguí pensando sobre las relaciones, sus complejidades y sus ambigüedades llegando a otros puertos, alguno sin duda fruto de los años y la experiencia.
Es probable que nunca llegue a escribir ninguna novela sobre el asunto, pero mucho más interesante y productivo que el de las «amigas adolescentes que se besan» es el de los amantes, no los cónyuges, que ya no follan.
Que el sexo dentro del matrimonio es cada vez un acontecimiento más extraño según pasan los años es un lugar común, incluso del humor cotidiano y popular. Se habla mucho menos de los amantes que van dejando de verse desnudos y refocilarse mutuamente, acaso porque se sobrentiende que cuando eso sucede dejan de ser amantes y se convierten en amigos o extraños. Puede ser.
Por regla general, el fin de la pasión significa el fin del amor y de la relación en las parejas incursas en el adulterio. Pero no siempre es así. La complejidad y la ambigüedad también atacan a dichas parejas. A veces, la pasión, la diversión y el entusiasmo lúbrico que surgen al principio, quizá a los treinta y cinco de ella y los cuarenta de él, se ven interrumpidos por los hechos fortuitos de la vida: un cambio de residencia, una enfermedad, dificultades para verse sin riesgo, miedo a romper el matrimonio y las consecuencias económicas y personales subsiguientes…y al cabo de los años, dos, tres, cinco, siete…como por arte de magia, el sexo desaparece. Sigue todo lo demás: el amor, la vinculación, la confianza, incluso el deseo (dormido o aplazado, pero persistente)… aunque los actos puramente físicos se extinguen. Se convierten en amantes sin sexo. ¿O son ya solo buenos amigos, muy íntimos, que en otros tiempos se vieron desnudos pero ya no follan? Pienso que la diferencia radica en los celos y la sinceridad. Si cualquiera de ellos toma nuevas parejas sexuales sin ocultarlo y sin que el otro se ofenda, son ya viejos amigos (y amigos viejos), de lo contrario…
En fin, meditaciones laberínticas de un escritor que, lo sé, no debería compartir con sus lectores.