El buen gobierno es aburrido, no genera noticias. Simplemente todo funciona como es debido sin que nadie lo note ni le de importancia. Es más administración cotidiana del funcionamiento de la nación que altisonantes declaraciones políticas.
Evidentemente, siempre puede suceder un imponderable. Somos humanos. Ahora bien, cuando estos imponderables empiezan a acumularse bajo una misma administración es signo inequívoco de que esta es nefasta, está en decadencia y resulta perjudicial para sus administrados, para los ciudadanos y la nación.
En España tuvimos el año pasado un apagón general causado por la mala gestión de la red eléctrica y el énfasis demagógico en la implementación de un determinado modelo de producción y consumo y el descuido técnico en el mantenimiento de infraestructuras estratégicas claves. Hace poco, acabamos de tener un accidente ferroviario que no solo ha causado muertos y heridos sino que ha bloqueado las comunicaciones ferroviarias entre la meseta y Andalucía. Y este accidente ha sucedido una vez más por el énfasis ideológico en una determinada opción de gestión y explotación y por el descuido técnico en el mantenimiento de infraestructuras estratégicas claves. Ya no nos encontramos ante imponderables, sino ante un patrón de decadencia, incuria e incapacidad.
Una situación que, además, se resolverá con ese eufemismo tan arraigado en nuestra clase política de la «responsabilidad política». En otras palabras: unos cuantos próceres serán cesados o perderán las elecciones y se harán acreedores no a un castigo merecido por traición a la patria (la incuria y la demagogia deben ser tipificadas como tales) sino a una promoción por medio de eso que se han llamado «puertas giratorias» a ocupar lucrativos puestos directivos en empresas públicas y privadas.
Y lo peor es que, dentro del régimen, no existe alternativa. Gane quien gane las elecciones generales próximas llegaran al poder los mismos inútiles y los mismos traidores con distinto collar.
Esa es la España que tenemos. Insisto en que deberíamos cambiarla cuanto antes.
Detesto ser autorreferencial y aludir a mis libros en este blog, pero en ocasiones como la presente resulta necesario.
Hay mucha gente en los Estados Unidos y fuera de ellos escandalizada y asustada por el uso de lemas nazis y actitudes proclives a simular las del III Reich en la administración y el entorno de Trump.
Junto al miedo y al escándalo, muestran también asombro ¿Cómo han podido los Estados Unidos llegar a esto? Es sencillo: como ya expliqué en el ensayo « ¡Está vivo! …espera, no», el nazismo y la ideología estadounidense (incluido el progresismo y el wokismo) proceden del mismo tronco ideológico germánico-protestante y este del racismo, la avaricia, el provincianismo, la ignorancia y el supremacismo del núcleo austrasiano de Europa que encarnó Martin Lutero incapaz de aceptar la hegemonía del mundo mediterráneo y de comprender el Renacimiento.
Esta reacción racista y provinciana que representó en Alemania (entendiendo como tal el ámbito germánico desde Londres a Estocolmo) la Reforma se vehiculó hacia la modernidad a través del pietismo, el evangelismo, el liberalismo, la masonería y el Romanticismo, mientras que en el mundo judío de la Europa central se manifestó mediante el sionismo y, sobre todo, el marxismo. De aquellos polvos, estos lodos.
Aunque pueda parecer paradójico y resulte difícil de aceptar sin ahondar debidamente en las raíces de todas estas manifestaciones ideológicas, marxismo, liberalismo, progresismo, feminismo y nazismo proceden de la misma raíz puritana, supremacista, totalitaria (porque el parlamentarismo liberal estuvo siempre ligado a lo censitario, la ortodoxia religiosa y la exclusión racial avanzando en sentido contrario solo a costa de la progresiva necesidad de estabilización y ampliación de la base institucional en un mundo cada vez más diverso y menos dispuesto a dejarse excluir) y perversamente provinciana que maduró a partir de la renuencia de Lutero a abandonar sus prejuicios anclados en el siglo XIII y aceptar la modernización que representaba el Renacimiento. Así las cosas, aunque las diferentes ramas ofrezcan aparentemente frutos distintos, en realidad la esencia (la composición molecular de estos, si lo preferimos) es la misma y fácilmente pueden transmutarse en un proceso aparentemente alquímico que no es tal, sino adaptación al medio y a los intereses de la clase dominante.
Diremos, para terminar, que el marxismo fue una estrategia para contrarrestar su exclusión y conseguir su predominio social y político de los judíos centroeuropeos y sigue cumpliendo ese papel para minorías raciales y sociales excluidas por el supremacismo racial y económico de los germano-protestantes, pero en modo alguno se diferencia en su esencia ideológica de lo que estos sustentan porque procede de la misma raíz: el Romanticismo cultural y político.
Leed ¡Está vivo!…Espera, no. Os divertiréis y aprenderéis mucho, incluso de vosotros mismos.
Es indudable que en España nos encontramos ya en pleno ciclo electoral, lo que no deja de suponer una encrucijada peligrosa sin opciones de futuro.
Dos son los grandes problemas que asolan a España, y que inutilizan el ilegítimo régimen de 1978 convirtiéndolo en una autopista hacia un estado fallido: la oligarquía cleptocrática dominante que no ha sido alterada desde 1975 y sí en cambio fortalecida y enriquecida por el régimen y la clase media inmovilista, inclinada a la especulación y la avaricia y de moral mimetizada con la oligarquía que, dada su mentalidad y en gran medida su edad, es un factor de anquilosamiento y decadencia y, en segundo lugar, la inadecuación ideológica y programática de los partidos a las necesidades de la nación y la sociedad.
El régimen de 1978 se construyó desde fuera de la nación en una inmundo colusión de intereses entre el imperialismo yanqui y los grupúsculos políticos atados a tradiciones de pensamiento ancladas en un pasado periclitado y lealtades a poderes externos. Ningún partido que pueda aspirar a representación parlamentaria representa los intereses de la sociedad ni trabajaba para el bien de la nación, todos, sin excepción, imponen maximalismos ideológicos sectarios y alejados de la realidad y sirven a quien les paga, que no suele ser un agente interno, sino externo. En otras palabras: ejercen la traición y distan de ser soluciones para nuestros problemas.
En la derecha tenemos a VOX, que solo es fascista en el relato anacrónico y enloquecido de la izquierda. En realidad es un grupúsculo ultraneoliberal al servicio de la política desestabilizadora de los Estados Unidos. En otras palabras: un nido de traidores a España y de politicuchos mercenarios al gusto de los que sustentaban dictaduras bananeras en la América hispana. En otras palabras: merecen cárcel y paredón por el mero hecho de pertenecer a dicho partido, según sea su grado de responsabilidad e implicación. Si fueran fascistas, como afirman los alucinados izquierdistas, tendrían un programa social (del que carecen) y dignidad patriótica (que no han conocido ni de lejos, como es lógico en mercenarios al servicio de la CIA).
Vox, por lo tanto, constituye un problema grave para el futuro no solo del régimen sino de la nación, cualquier solución de futuro pasa por su eliminación radical.
El PP (partido Popular) tampoco sirve a los intereses de España ni de su sociedad. Herederos de una democraciacristiana agostada por las intensas irradiaciones de la Escuela de Chicago y erigido en portavoz no solo de la oligarquía cleptocrática sino de la clase media inmovilista y especuladora que la sustenta, es parte del problema, del cáncer terminal que sufrimos, no de la solución. Además, arrinconado en su lucha por el supuesto centro político, por el relato de la izquierda en cuestiones de género y feminazismo ni siquiera será útil en el poder para erradicar tan nefastas manifestaciones del marxismo degenerado.
¿Y la izquierda? La izquierda tampoco nos sirve para salir adelante.
El PSOE (Partido Socialista Obrero Español) ha sido siempre un partido antiespañol en su misma esencia. Un partido con un comportamiento puramente partidista. Fue republicano hasta 1934 porque la monarquía no le permitía prosperar (en 1922-1923 apoyó los intereses espurios de su patrón, el industrial Horacio Echevarrieta, causando más muertes en la guerra de Marruecos que el desastre de Annual y, para eludir el bulto en 1931 dirigió una comisión parlamentaria para cargarle la culpa del desastre a Alfonso XIII oscureciendo su nefasto papel obstruccionista en el periodo citado, jugada que emulan en nuestros días con la Ley de Memoria Histórica, que consiste principalmente en establecer la censura y un relato dogmático que les beneficie a ellos permitiéndoles erigirse en el centro político del régimen de 1978 y adalides de la democracia. Todo ello no obstó para que la UGT colaborara con la dictadura de Primo de Rivera mientras su otra mano, el PSOE, cabildeaba con los republicanos).
Cuando perdieron las elecciones de 1933 abandonaron su republicanismo para pasarse al golpismo (revolución de Asturias, 1934) y más tarde, en 1936, se inscribieron en el Frente Popular al servicio de los intereses de Stalin.
En 1974 una nueva hornada de militantes, descabalgó a los procedentes de la república (Rodolfo Llopis) siendo financiados por la CIA a través de la Fundación Frederick Ebert del SPD alemán, lo que se tradujo en los ochenta en la reflotación de la empresa automovilística pública SEAT con dinero del erario público español y su privatización en favor de Volkswagen. Así como la asunción de los principios del imperialismo yanqui (atlantismo incluido) y su conversión en un partido estabilizador del régimen que a Washington le interesaba en España, el de 1978 (débil por el autonomismo, desprovisto de bomba atómica y sometido a intereses ajenos a través de la OTAN).
EL PSOE no ha dejado nunca, desde 1974, de estar en sintonía con las fluctuaciones ideológicas de la izquierda estadounidense. No ha tenido discurso propio ni plan de país más allá de su condición de partido al servicio de los intereses yanquis. Fue así, mediante su seguidismo de las alas más o menos izquierdistas del Partido Demócrata de los Estados Unidos, como implantó en España ideologías wokes procedentes del puritanismo protestante anglosajón y totalmente contrarias a los intereses y tradiciones españolas como el feminismo o la ideología de género, que proceden de un liberalismo masónico irracionalista y perjudican (por ejemplo, afectando a la demografía y la desestructuración familiar) el futuro de la nación. En esto son, por lo tanto, tan traidores a los intereses de España y del pueblo como VOX y del mismo modo acreedores a una eliminación radical si pretendemos cimentar un futuro para España.
En cuanto a PODEMOS, SUMAR y demás ralea, hay dos cosas que decir: la primera es que no son, aunque lo pretendan, herederos del 15-M. Este movimiento no fue en modo alguno un movimiento de izquierdas, sino colonizado por la izquierda. Yo, que participé en la primera manifestación en Zaragoza que desembocó en la plaza del Pilar donde los comunistas tenían un tenderete electoral fui testigo de su desconcierto (tenía amigos entre ellos que se sorprendieron incluso de la manifestación, de la que permanecían ajenos). Esto fue en mayo y solo a partir de julio empezó a sentirse el entrismo de comunistas y separatistas en el movimiento, que pervirtieron, desactivaron (su entrada significó la estampida de la mayor parte de sus participantes, hubo un momento crucial en la acampada de Madrid cuando las feministas radicales, a las que nadie hacía caso empezaron a insinuar, sin pruebas ni acciones judiciales, que sufrían agresiones sexuales) y patrimonializaron indebidamente un movimiento que englobó a amplias capas de la sociedad y cuyo origen y motivación está lejos de ser aclarada y presenta, por cierto, muchas afinidades con las revoluciones de colores del Este, lo que hace sospechar que estuviera teledirigido por potencias ajenas, especialmente yanquis.
La segunda, es que su ideología mezcla tres componentes nefastos y absolutamente destructivos del futuro español: por un lado, han heredado el antiespañolismo del liberalismo radical y republicano compuesto e impulsado por masones del siglo XIX. En la medida en la que siguen reclamando como propio el legado de la II República, son herederos de esos masones antiespañoles que siguiendo ideologías liberales anglosajonas contribuyeron desde comienzos del siglo XIX a la destrucción de España y la conversión de sus pedazos en colonias de los ingleses y los yanquis. Precisamente de esa vinculación a la masonería liberal proviene el segundo componente nefasto para el futuro de España de su ideología: el wokismo, más exacerbado todavía que en el PSOE e igualmente destructivo. Finalmente, la impregnación marxista y muy a menudo maoísta, junto con los flujos de financiación de enemigos de España, desde el bolivarianismo al imperialismo ruso o chino, los convierte en agentes del enemigo y acreedores de fin similar a los activistas de VOX.
En cuanto a los «nacionalistas», separatistas y federalistas varios ¿Qué decir? Ellos mismos se definen como enemigos de la continuidad de España y, puesto que, en primer lugar toda su argumentación es falsa, procedente de ensoñaciones decimonónicas del romanticismo masónico y la avaricia insolidaria de sus respectivas oligarquías regionales, y en segundo ya conocemos en América el destino de las repúblicas escindidas de la unión española (convertirse en colonias de ingleses y yanquis, ahora de China y por momentos de Rusia, ahí está Cuba) queda claro que no son opciones viables ni ventajosas ni siquiera para los ciudadanos habitantes de esas regiones, hay que combatirlas, por lo tanto, con la misma saña que a Vox o las izquierdas.
Y así están las cosas en la encrucijada electoral de 2026. España se va por el sumidero y el régimen de 1978 no ofrece solución alguna que nos permita seguir adelante, antes al contrario, convierte a España en un régimen fallido. Necesitamos una revolución (política y social, claro), pero sobre todo moral e ideológica. Ya vamos tarde. Diría, incluso, que estamos muertos.
La queja generacional es un clásico de aquellos que van encontrándose de bruces con la madurez, la realidad desnuda y la quiebra de los sueños e ilusiones que llevan aparejadas. Ahora son los integrantes de las nuevas generaciones que llegan a la vida adulta quienes caen en ese lugar común del ser humano y hasta publican libros culpando de sus desgracias a las generaciones anteriores, especialmente a esa que hemos dado en denominar boomers. Y, en parte, tienen razón, pero no deja de ser un análisis parcial, quejumbroso, sentimental y que aporta muy poco a la resolución de un futuro común para el conjunto de la sociedad.
Por eso aquí, siempre de forma somera y superficial, como corresponde al formato elegido, queremos llevar el análisis un poco más allá. Mirar entre bambalinas y señalar a los verdaderos culpables o, para mejor decir, las tramoyas y escenarios que nos han conducido al punto actual que solo podremos desentrañar con éxito si llegamos a comprender con precisión y más allá de las quejas generacionales y sentimentales. No podemos ser como niños que lloran porque les niegan un capricho, sino como adultos que buscan el modo racional de acercarse lo más posible a su consecución.
No cabe negar que los boomers disfrutan una situación social y económica privilegiada que, en conjunto, impide el ascenso en dichas áreas a quienes les siguen en edad. Tampoco puede negarse que en su gran mayoría aprovechan su beneficiosa situación para entregarse a la explotación y la especulación, lo que induce distorsiones y problemas en los proyectos de sus hijos y nietos. Pero lo que debemos tener en cuenta es que esta generación alcanzó su posición en virtud de dos agresivas estrategias imperialistas bien arraigadas en su momento: el crecimiento económico y la creación del estado del bienestar con bases ideológicas keynesianas para frenar la expansión del comunismo durante la Guerra Fría y, la estrategia de la tensión, implementada mediante polarización, inseguridad ciudadana y terrorismo de diverso signo para aterrorizar a una población que podía perder lo poco que había ganado en la etapa anterior y convertirla así en una generación conservadora y timorata.
Los demás, sufrimos las consecuencias del fin de la Guerra Fría y la sustitución del keynesianismo por el neoliberalismo salvaje de la Escuela de Chicago cuyos últimos y más salvajes coletazos, son las propuestas nihilistas de gente como Trump, Milei o los lameculos españoles del trumpismo (léase Vox y PP).
El problema que dificulta nuestras vidas no es generacional (aunque también), es imperialista. Sufrimos las estrategias sociales y políticas que Washington aplicó y aplica en Europa y la América hispana para sostener su posición hegemónica, su condición de imperio. Es ahí donde debemos incidir para liberarnos y encontrar un futuro viable.
Insurrección total frente al imperialismo gringo y cambios estructurales profundos, ese es el camino.
Nadie más contrario que yo al expansionismo imperialista de los Estados Unidos y al matonismo de Donald Trump, pero conviene examinar con desapasionamiento las cuestiones que pueden arrastrarnos a la guerra o, como mínimo, a la pérdida de la dignidad y, haciéndolo, no podemos si no constatar dos extremos incómodos para nuestra posición geoestratégica: el primero que Dinamarca no desarrolló bien su trabajo en Groenlandia al aplicar los típicos protocolos germánico-protestantes en su relación con la población de la isla (supremacismo, racismo, exlusivismo) y que los Estados Unidos han adquirido históricamente un cierto patronazgo (interesado, es cierto) sobre dicha población. Dediquémosle unos minutos a tan interesante asunto.
Lo primero que debemos entender es que no fueron los daneses quienes llegaron a Groenlandia en el siglo IX fueron noruegos e islandeses. Y precisamente a Noruega se supeditó la población nórdica groenlandesa en 1281. Más tarde, Noruega fue absorbida por Dinamarca y cuando finalmente se disolvió su unión en 1814, Copenhague se quedó con Groenlandia.
En cualquier caso, el asentamiento noruego llegó a su final a comienzos del siglo XV, desapareciendo sin dejar noticia de su final y probablemente a manos de los nuevos invasores procedentes de Alaska y origen inuit.
Dinamarca no volvió a preocuparse de Groenlandia hasta 1607, cuando la exploró y reclamó como propia, aunque no comenzó a repoblarla hasta 1721. Desde esa fecha y hasta 1940, Groenlandia no fue sino una posesión danesa condenada por las políticas de Copenhague a la pobreza y el aislamiento.
Cuando los nazis invadieron Dinamarca en 1940, el gobernador danés de Groenlandia quedó aislado y buscó el protectorado de los Estados Unidos, que se establecieron en la isla en 1941 para frenar el avance nazi en la zona. Su llegada supuso el inicio de la abundancia para la población groenlandesa hasta entonces aislada del mundo por las políticas coloniales de Dinamarca. Groenlandia comenzó a recibir productos industriales y modernos de los Estados Unidos y pasó del siglo XIX (o XVII) al XX. Esto asentó un vínculo cordial y fuerte entre groenlandeses y yanquis.
En 1946 Estados Unidos le propuso a Dinamarca comprarle Groenlandia (un proyecto que ya se había acariciado en 1867) y Copenhague se negó en redondo. Para asegurar su dominio, en 1953 incluyó a Groenlandia como un condado más de Dinamarca, pero aplicando políticas poco realistas y empáticas: los groenlandeses que pretendiesen cursar estudios superiores eran obligados a hacerlo en Dinamarca, que no estableció universidades en Groenlandia, y durante dos largas décadas se aplicaron a las mujeres groenlandesas que no eran de raza danesa la esterilización forzosa con la idea de aniquilar a los aborígenes de origen inuit y consolidar una población germánica pura (una bonita política supremacista aria después de la derrota del III Reich llevada a cabo por una supuesta democracia occidental). Políticas estas citadas, y otras que sería largo enumerar que, obviamente, suscitaron la indignación y el desapego de los groenlandeses.
En 1972 surgieron nuevos problemas: Dinamarca ingresó en la Comunidad Económica Europea, pero Groenlandia, a pesar de ser un condado más desde hacía veinte años, quedó al margen. Ello obligó a Copenhague a otorgarle la autonomía en 1979. Más tarde, a comienzos del siglo XXI, Dinamarca asumiría el euro como moneda, Groenlandia permanecería en la antigua corona danesa, con la trascendencia económica que ello suponía.
La autonomía, impulsada por los intereses políticos y económicos de Dinamarca, no en virtud de los derechos de los groenlandeses, tuvo, de todos modos, el efecto de paliar las políticas racistas de los daneses (señaladamente el fin de las esterilizaciones forzosas de mujeres no germánicas) y aupar en el autogobierno a los partidos independentistas.
¿Cuenta Dinamarca con los suficientes partidarios unionistas en Groenlandia como para enfrentarse a las ambiciones yanquis? Y si no es así ¿Cual es la causa? ¿Defender la posesión danesa de dicha isla con tropas europeas favorecería los intereses de los groenlandeses o los designios nacionalistas y racistas de una Dinamarca que quizá tiene demasiadas verdades incómodas a las que enfrentarse?
En suma, y para no alargarnos, ante este asunto hay que evitar la visceralidad y recurrir al frío raciocinio y a la calibración exacta de los pros y contras geoestratégicos.