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MEDITACIÓN Y CLASE SOCIAL

¿Quién lo duda? La meditación es cosa de ricos. Tener tiempo para desconectar, un lugar adecuado y apartado para sentarte en la posición del loto, con la ropa deportiva adecuada y de marca…si vives con tu familia en un piso de cincuenta metros cuadrados que te cuesta tres cuartas partes del sueldo que ganas en un trabajo temporal es evidente que no puedes acceder a ello.

Pero no desbarremos. Esa meditación de los ricos es pura pose, postureo barato basado en filosofías ridículas y mal entendidas (hace algunos años hube de cenar con un exitoso empresario que presumía de aplicar el zen a sus chanchullos de especulador y explotador laboral y que se las daba de espiritual por esgrimir cuatro chorradas doctrinales de ese comistrajo capitalista y utilitario que es el mindfulness y no he conocido un imbécil mayor. Naturalmente, por su propio bien, se lo dije a la cara y le expuse el mejor modo de alcanzar el satori que tanto ansiaba: repártelo todo entre los pobres y ponte a fregar retretes, así llegarás antes al paraíso. Se negó, claro). Esa meditación de los ricos solo les conduce a la jactancia social, que es de donde surge. No sirve para nada.

Ya lo dijo Jesús de Nazaret (y es triste que un pagano como yo deba recurrir a este ejemplo): antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico por las puertas del Reino de los Cielos.

De modo que, amigos (vale, y amigas, hagamos esta concesión al lenguaje inclusivo ese) ,no os desaniméis. Os resumiré dos cuentos zen (el zen, por mucho que se empeñen los monjes budistas que actualmente lo monopolizan, no es un producto budista sino un patrimonio común de todo el paganismo indoeuropeo…por explicarle esto mi maestro zen de antaño, un japonés con muy mala leche, me expulsó de su lado, lo que demuestra que no era realmente un maestro zen, no había sabido matar a Buda en el momento adecuado) para explicar lo que deseo trasmitiros.

En cierta ocasión un prestigioso médico que deseaba alcanzar la iluminación se dirigió a un famoso maestro zen para convertirse en su discípulo y este le despidió con una sola orden: «trata bien a tus pacientes». El médico volvió una segunda y una tercera vez con el maestro y en todas esas ocasiones sucedió lo mismo. Resignado, se decidió a poner en ejercicio la orden del maestro zen y, de ese modo, sin meditar ni haberse retirado del mundo, alcanzó la iluminación.

Meditar no es ponerse unas mallas carísimas, o en pelotas, irse a un retiro de lujo y sentarse en la posición del loto con los ojos cerrados, es ser conscientes de la belleza del mundo, del valor de una sonrisa y de una palabra amable, de la humildad combinada con la serenidad y la firmeza y optar conscientemente por hacer lo correcto, decir lo correcto y pensar lo correcto. Todo lo demás es accesorio.

Añado el segundo cuento. Un popular maestro zen del Japón medieval tenía tantos seguidores que no le cabían en su monasterio (por cierto que tener un monasterio y cientos de seguidores es muy poco zen, evidentemente conduce a la necesidad de dinero, de organización, de contemporización con los poderes circundantes…y la mística si no es revolucionaria, no es… vale esto también para los franciscanos y otras órdenes cristianas semejantes) y decidió fundar otro (más dinero, más problemas mundanos…los monjes zen organizados se mueven en esferas ínfimas y no todos saben elevarse desde ellas) para lo cual necesitaba un verdadero maestro que lo dirigiera. ¿Cómo encontrarlo? Decidió reunir a todos sus discípulos organizándolos jerárquicamente (los más importantes delante, los demás, en orden decreciente en las filas siguientes…y volvemos a los problemas de las bajas esferas enfrentadas al ascenso místico) y poniendo delante de todos ellos un vaso con agua les pidió que expresaran la naturaleza del agua sin pronunciar esa palabra.

Naturalmente comenzaron a hablar los principales eruditos que se sentaban en la primera fila.

Horas pasaron perorando y dándoselas de sabios e importantes sin decir nada útil. Finalmente, harto y aburrido, el más ínfimo de los monjes, que se sentaba en la última fila, mientras los hombres importantes seguían aburriendo a las ovejas con sus eruditas disquisiciones, se levantó, avanzó con paso decidido hasta el vaso de agua y le pegó una patada derramando el agua y exponiendo así su verdadera naturaleza al tiempo que explicaba el zen en toda su dimensión. Él fue, y ninguno de los eruditos, el reconocido como nuevo maestro.

¿Qué quiero decir con esto?

Que no os detengáis en el postureo. Los influencers no son la verdad ni conducen a ningún lado, las fantasías capitalistas de las redes sociales son solo humo. Sonreíd, sed amables, sed útiles, sed limpios de corazón y de mente, ayudad a los demás y tened confianza en la Divinidad (le deis el nombre que le deis) que no os abandonará…sed conscientes de que los problemas mundanos solo son olas en un mar agitado, pero vuestro espíritu pertenece al cielo sereno e inalterable, ese Urano-Varuna que existe más allá de Zeus-Ahura Mazda.

Por lo demás, ser importante es sencillo y conduce siempre a la irrelevancia intelectual y espiritual. Sed humildes, dejad que os subestimen…así seréis más útiles. Resulta menos glamuroso y más duro, pero el sabio desdeña lo que sabe que solo son opiniones irrelevantes. Nuestro público no está compuesto por los monos que nos rodean, sino por los dioses cuyo aprecio y respeto debemos ganarnos.

© Fernando Busto de la Vega.

EL SACO DE HOTEI

HOTEI, DIBUJADO POR KANO TAKANOBU EN 1616. TODAVÍA HOY LA LECCIÓN ESPIRITUAL QUE DEJÓ RESPONDIENDO A DOS PREGUNTAS PROFUNDAS SIN PRONUNCIAR PALABRA ES DE IMPORTANCIA Y UTILIDAD.

Aunque actualmente a Hotei se le considera en muchos países del ámbito budista un dios o un buda, en realidad era un simple seguidor del zen que alcanzó la iluminación y vivió el resto de su existencia terrena conforme a ella.

En su faceta de dios amable y sonriente siempre dispuesto a ayudar y proteger a los niños, las mujeres, las mascotas, a defender el hogar y la inocencia se parece mucho a otro de los dioses del universo alejandrino que se cuenta entre los más preciados de mi larario, el egipcio-cartaginés Besos. Un amable y deforme enano que cumplía esas mismas funciones en el Mediterráneo y dio nombre a Ibiza.

EL DIOS BESOS, PROTECTOR DE NIÑOS, MASCOTAS, MUJERES DESAMPARADAS, DE LO INOCENTE, LO HERMOSO Y LO BELLO AL QUE, COMO PAGANO, SIGO VENERANDO.

Pero como dios Hotei carece de interés. Tan solo confirma esa enseñanza que tratan de negar las religiones monoteístas y, especialmente abrahámicas, de que cualquier ser humano, e incluso cualquier animal, puede alcanzar la divinidad, la condición de dios, si alberga y ejerce virtudes extraordinarias. Tú también, lector, podrías llegar a convertirte en un dios si desterrases la mediocridad de tu vida y te entregases a la grandeza.

El verdadero interés de Hotei, su verdadera enseñanza espiritual, es la que nos lo presenta en su aspecto puramente humano, cuando andaba por los caminos desarrapado y con un saco al hombro. Asumió la identidad del payaso, del loco que representa una oportunidad de risa y felicidad, siquiera pasajera, en la triste vida de los otros. Solía ejercer de bufón con los niños que topaba por las aldeas y les regalaba dulces y juguetes. Cuando alguien serio, alguien que representaba el poder y el orden, se le acercaba, él simplemente extendía la mano y mendigaba. Un hombre que ha alcanzado la iluminación no se digna a tratar con la pompa mundana y mucho menos con los poderosos que se creen poderosos. Únicamente les saca lo que puede para repartirlo adecuadamente. Las limosnas que obtenía Hotei iban a engrosar las golosinas de su saco.

EL LOCO DEL TAROT, UNA REPRESENTACIÓN DE AQUEL QUE HA ALCANZADO EL SATORI Y ADOPTA EL PAPEL DEL PAYASO PARA REPARTIR FELICIDAD Y ESPERANZA AL MUNDO. SI OS FIJÁIS: COMO HOTEI TAMBIÉN LLEVA UN SACO; COMO BESOS TAMBIÉN LLEVA UN CINTURÓN, APRENDED A VER.

Muchos, los ignorantes, le consideraban un loco, alguien despreciable, un simple mendigo…pero los sabios, aquellos que eran verdaderamente sabios, sospechaban, es difícil ocultarle la propia iluminación a otro que la ha alcanzado, que Hotei, en realidad, era un maestro zen, alguien que había alcanzado el satori y lo expresaba en el mundo .

Para comprobarlo sin lugar a dudas, un maestro zen le interpeló un día preguntándole delante de otros maestros cual era el camino hacia la iluminación. Hotei sonrió y, sin pronunciar palabra, dejó su saco en el suelo. Acto continuo, el mismo maestro le preguntó cómo debía vivirse después de la iluminación y Hotei recogió su saco, comenzó a andar y, cerca de allí, hizo reír a unos niños entre los que repartió golosinas.

Esta es la gran lección de Hotei: dejad vuestro saco, vaciaros para ser llenados. Luego recoged de nuevo el saco que sois y caminad repartiendo sonrisas y bondad. Lo demás, no importa. Ni el poder, ni la fama, ni la reputación, ni el dinero…nada. Sonreíd y haced que otros sonrían, apreciad la belleza y lo bueno y haced que otros se sientan atraídos hacia eso…sed indulgentes con los ignorantes que os desprecien u os ataquen…vosotros ya veis más allá.

© Fernando Busto de la Vega.

MEDITANDO DESNUDAS

Estamos en agosto, hace calor y no nos apetece enfrascarnos en sesudas y profundas disquisiciones. Así que tiraré de anécdota un tanto infantil y bastante ramplona para rellenar esta página y unos minutos de asueto para mis lectores.

Ya he explicado varias veces en estas entradas que lo mío es el zen (no budista) y el estoicismo. Naturalmente, uno no puede decir esto sin haber pasado un buen puñado de horas sentado en meditación y efectuándola con otras muchas técnicas. Por algún motivo esta circunstancia a los varones y a las mujeres de cierta edad les resulta por completo indiferente mientras que a las jóvenes las atrae con una cierta pátina de reverencia. Es lo habitual: donde las mujeres con experiencia ven un gilipollas, las jovencitas bobas encuentran un tipo muy profundo e interesante.

Ello conduce a veces, lo confesaré, a experiencias mixtas entre el misticismo y la bellaquería que encuentran su traducción en poemas como este de El Gorrión en la Rama Desnuda:

Al alba, sentada en tanga para meditar,
dice:—guíame.
Respondo:—mata a Buda sin vacilar.
Hazlo, y bésame. 

Esa mezcla entre lo divino y humano, que tanto puede escandalizar a muchos, es, sin embargo, una utilísima enseñanza que no desgranaré aquí.

Pues bien, vamos a la anécdota (y, ojo, a su enseñanza):

Días pasados, en un breve viaje a Levante, mi joven anfitriona y sus amigas me pidieron que las guiara en una práctica de zazen (o similar) que yo encaucé por la técnica Shikantaza.

El zazen siempre se practica vestido, pero las chicas, con la intención de integrarse en la naturaleza, exigieron practicar desnudas. Me pareció bien. Tal determinación condujo a unas largas pesquisas para encontrar un lugar lo suficientemente retirado y discreto como para encontrarse en la naturaleza, pero sin mirones indeseados.

Finalmente, al anochecer, consintieron comenzar el ejercicio.

No hubo mirones, pero las chicas acabaron huyendo a la carrera del lugar entre gritos y manotazos: atraían a los mosquitos y estos se mostraban inmisericordes. No negaré que me reí a gusto. Su impulso místico acabó ahí, mientras huían en cueros por el campo, no lejos del mar, perseguidas por una miríada de insectos.

En ese punto yo recordé otro poema de El Gorrión en la Rama Desnuda:

Calor feroz de estío, medito.
Las moscas que revolotean mi calva
¿me martirizan o me salvan?

Naturalmente no les hablé a las chicas de este poema ni de la enseñanza que conlleva. No lo hubieran comprendido. En lugar de eso se vistieron y buscamos una terraza agradable. Lo demás ya no resulta de interés para el lector.

© Fernando Busto de la Vega.

HOY, ALGO DE ESPIRITUALIDAD

Algún día escribiré un sesudo libro lleno de vacua erudición sobre la influencia de la espiritualidad contemplativa franciscana en San Juan de la Cruz, poniendo en su debida perspectiva la tan cacareada influencia sufí (que no niego) y aludiendo a un poco conocido manual de contemplación (para los modernos que se dejan seducir por lo oriental: de meditación) inglés del siglo XIV : La Nube del No Saber, que algunos atribuyen, sin demasiado fundamento, a un cartujo, pero que participa intensa y profundamente de la tradición mística franciscana.

Tradición, por cierto, que no recomiendo como camino de iluminación. Francisco de Asís, dueño de muchas virtudes espirituales, no dejaba de ser un desequilibrado y una creación de la curia vaticana para colonizar las ciudades que en ese momento escapaban de la influencia eclesiástica, y, por lo tanto, añadió una significativa carga ideológica y propagandística a todo el asunto de la formación de su orden que afectó también a la tradición contemplativa de la misma.

Esa insistencia, ideológicamente muy cristiana, pero espiritualmente perjudicial, en comparar la práctica contemplativa (o meditación) con la pasión de Cristo o el martirio de algunos santos, además de contraproducente, sádica y retorcida es por completo innecesaria. Llegar a la iluminación, al satori, si deseamos utilizar esa palabra japonesa tan vinculada el zen, es cuestión de disciplina y de constancia, pero no requiere necesariamente un periodo de sufrimiento intenso ni de identificación con el sufrimiento mistérico de ninguna mitología concreta, ni siquiera la cristiana.

A mi juicio, toda la tradición de contemplación franciscana que podemos ver en San Juan de la Cruz, por ejemplo en el poema Tras Un Amoroso Lance, cuya lectura recomiendo, pero que ofreceré al lector en la versión musical que Estrella Morente hizo en colaboración con Michael Nyman, conduce a una desesperación y dolor innecesarios para el buscador de la Verdad.

Por supuesto, y hay que decirlo, ese voluminoso y sesudo libro lleno de erudición que me propongo escribir, será por completo inútil. El camino espiritual hacia la iluminación es eso: un camino, una experiencia. Acción y no pomposa erudición.

A este respecto será interesante recordar aquel cuento zen en el que un maestro exitoso, con cientos de discípulos, se ve en la necesidad de dividir su monasterio y, por lo tanto, de erigir un nuevo maestro que comprenda la práctica contemplativa (o meditativa) y decide someter a sus discípulos a un examen. Los reúne a todos en lo que podemos definir como refectorio del monasterio, coloca en el centro de la estancia una escudilla con agua y pide a los monjes que expresen la naturaleza del agua sin utilizar esa palabra.

Naturalmente, los primeros en intentarlo son los eruditos, sentados en las primeras filas de la reunión. Durante horas parlotean y parlotean sin conseguir el propósito propuesto por el maestro. Al cabo, un fámulo, el más humilde de los monjes (y este no es dato baladí: si buscas la grandeza espiritual debes ser humilde y confundirte con los que están más abajo en la escala social, entre los poderosos nunca ha habido ni habrá presencia divina, ya lo dijo Cristo: antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico al Reino de los Cielos), harto de tanta cháchara y deseando acabar porque todavía debía fregar los platos y barrer el monasterio, se levantó, cruzó la habitación desde las últimas filas de los monjes, le dio una patada a la jícara con agua derramando esta y marchándose sin decir nada…él fue el elegido como nuevo maestro, porque era el único que demostró la comprensión última de la espiritualidad (de la cual el zen solo es un camino acaparado indebidamente por los monjes budistas).

No explicaré más. Quien esté preparado para comprender lo que digo lo comprenderá, los que no…bueno…cada cual ocupa su lugar en la escala de comprensión, id ascendiendo y todo llegará.

Comenzaba esta entrada con un poema de San Juan de la Cruz cantado por Rosalía, que homenajeaba la versión de Enrique Morente. Quiero terminarla ofreciendo al lector la versión original de este cantaor y haciendo un pequeño guiño erudito: esa fuente de la que habla el poema y que los cristianos identifican con el Espíritu Santo, entre los seguidores de Zoroastro se identificaba con la diosa Anahita, que los griegos asimilaban a Ariadna, la reina del Laberinto…os dejo el dato, aprovechadlo. No siempre tendréis tan cerca la comprensión.

Por cierto, que basta leer el poema que comienza: «Entréme donde no supe, y quedéme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo» para saber que San Juan de la Cruz, a pesar de su equivocada vía franciscana, alcanzó el satori, la iluminación. No dejéis de leer ese poema.

© Fernando Busto de la Vega.

Y, ya sabéis: matad a Buda, matad a Cristo, matad a Mahoma…morid vosotros mismos para resucitar.

LAS PEQUEÑAS ALEGRÍAS

Ando estos días releyendo el Manual de Vida de Epicteto ( ya sabéis que mi rollo es el zen y el estoicismo…más el estoicismo que el zen, por cierto. Sin desdeñar, y espero no escandalizaros, a Platón y, sobre todo, el neoplatonismo). Lo reconozco, consciente del baldón que ello representa en pleno siglo XXI: soy neoplatónico y emanatista.

Bien, como decía, ando estos días releyendo a Epicteto y filosofando por vía bastarda sobre la vida y la felicidad. Sucede que hace mucho que no salgo de noche con los amigotes y un exceso de inocentes desayunos con amigas de cierta edad (entre los treinta y pocos y los cuarenta y algo) anda girándome hacia lo ñoño, lo melancólico y lo cuqui. Me están pervirtiendo, vaya. ¡A mí!…¡Al solterón escéptico y cínico que miraba la vida con ironía y desdén!…(me urge una dosis aceptable de noche, juerga, garrulismo ibérico y alcohol en cantidades memorables para devolverme al buen camino…lo dejo ahí para quien quiera recoger el guante).

La parte buena de esta tesitura vital es que puede dar fruto literario (me remito al nuevo vídeo intitulado «Paseo 3» que he subido recientemente a la sección «Paseando la Vida» de este mismo blog y en el que explico —mal y poco— como alguno de estos desayunos ha engendrado el germen inicial de una futura novela. Si no por el contenido, tenéis que verlo por el espectáculo hipnótico y un tanto caricaturesco de mis cejas agitadas por el viento como locas gogós de los setenta), pero la mala, aparte del alarmante descenso de mis niveles de testosterona en sangre, es que ando ahora preocupándome por nimiedades y adaptando los consejos de Epícteto (a Buda no le hago ningún caso, no en vano fue muy posterior al desarrollo de las técnicas zen, aunque los ignorantes crean lo contrario) a esas dificultades minúsculas a las que ciertas personas (no quiero señalar) convierten en cordilleras infranqueables desde su original condición de granitos de arena. Es un mal camino del que me avergüenzo, pero que transito sin remedio.

Para no alargarlo, ya que este parloteo escrito no nos conduce a ninguna parte: hay que disfrutar las pequeñas alegrías mientras esperamos las grandes y convertir en pequeñas alegrías pequeños hechos neutros…Si amanece soleado, hay que agradecer el sol y disfrutarlo; si lluvioso, correr gozando y riendo como niños para no mojarnos y, si nos atrevemos y nadie nos ve, a saltar sobre los charcos…

Concluiré con una confesión (que hace apenas unos años hubiera ocultado bajo siete llaves): de lejos, el momento más feliz que he vivido en lo que va da año fue en el trabajo (ya sabéis que, de momento, trabajo en un centro para la atención de minusválidos psíquicos). Aprovechando una clara, mi compañero Jaime y yo pusimos a todo trapo la versión del «Barquito Chiquitito» que ilustra esta entrada y, en cuestión de segundos, estábamos rodeados de internos bailando con regocijo, cosa que también hicimos nosotros dos abandonándonos a la alegría general y prescindiendo de cualquier reparo o vergüenza…os aseguro que fue un instante de paraíso y de parusía, entendida, por supuesto, desde el lado pagano del término, que lo tiene. Una pequeña alegría que nos libero del peso de nuestro karma, de nuestras preocupaciones…volvimos a ser niños, o menos aún que niños…y eso bastó para sonreír el resto del día.

Moraleja: dejad de creeros tan importantes, abandonad vuestros temores y vuestras ambiciones durante unos minutos. Abandonaos a la inocencia y sed intensamente felices haciendo el bobo…no ser nosotros mismos es, a menudo, la mejor forma de serlo intensa y verdaderamente.

Os dejo, para finalizar esta entrada, otra forma de expresarlo (más culta, espiritual y guay): el Poema de los Átomos de Rumi.

ya sabéis:

Baila como si nadie te estuviera mirando,
ama como si nunca te hubieran herido,
canta como si nadie te estuviera escuchando,
trabaja como si no necesitases el dinero,
vive como si este mundo fuera ya el paraíso...
 Rumi.  (et ego)

© Fernando Busto de la Vega