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SEGUIMOS EN 1626

El conde-duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, es sin ningún lugar a dudas uno de las más grandes estadistas de la historia de España. Quizá por eso se le suele preterir, arrumbar al olvido y aun a la burla. Eso se debe a las persistentes fuerzas de la anti-España que hemos dejado prosperar y actuar en nuestro ecosistema político, social y cultural durante demasiado tiempo y cuya erradicación será un paso indispensable para el restablecimiento de nuestra grandeza y auge.

No fue Olivares el primero en comprender la extrema necesidad de centralización y coordinación para conseguir la eficiencia en la gestión de los problemas y el destino de España (como ilustre antecedente podemos citar a Fernando II de Aragón), pero sí fue el primero en arbitrar políticas para avanzar en ese sentido. Precisamente, en 1626 intentó implementar la Unión de Armas, proyecto que unía en sí mismo dos de las grandes líneas de acción para el asentamiento y engrandecimiento de España: por un lado trataba de laminar los particularismos creando una unidad de acción y convirtiendo a los súbditos hispanos de la Corona en españoles más allá de cualquier exclusión jurídica y política (así un aragonés podía acceder a honores y puestos castellanos y a la inversa) y, naturalmente, generalizaba la contribución económica al Estado. Oligarquías egoístas como las catalanas o las vascas ya no quedaban exentas de contribuir al gasto de la grandeza del Estado de la que se beneficiaban. Quedaban obligados a sostener su parte del esfuerzo, a dejar de ser parásitos.

Tal política quedó abortada por el poder institucional de las oligarquías egoístas, sin visión de Estado ni de futuro y provincianas en los territorios no castellanos y por la sublevación de algunas de estas oligarquías parásitas dispuestas a todo con tal de no contribuir a la grandeza común, de no perder sus privilegios. Así Portugal, con la ayuda de Inglaterra, se sublevó en 1640 y ese mismo año la oligarquía catalana se entregó a Francia en uno de sus habituales actos de traición y deserción. Los catalanes pudieron ser reducidos al orden en 1652, los portugueses, en cambio, consumaron su traición en 1668. En conjunto, la larga guerra dentro de la península dejó en agua de borrajas el muy necesario proyecto de Unión de Armas.

Hoy en día, por mor de las nocivas fuerzas políticas españolas (hay que incluir al PP, siempre dispuesto a negociar con independentistas y nacionalistas) nada ha cambiado. Seguimos en 1626, necesitados de una enérgica política de unificación y coordinación para desarrollar un proyecto común y unívoco sin tolerancia para los díscolos y con ejemplar rigor para eliminar o reconducir a los traidores. En suma, como siempre explicamos en estas páginas: somos un Estado fallido al borde de la disolución.

Luego habrá que arreglarlo a sangre y fuego y los de siempre, los enemigos, la anti-España, se quejarán de los justos y duros castigos que han cosechado y sin duda se les aplicaran. Pero no se puede construir España desde la culpabilidad, la inoperancia y la mano blanda.

© Fernando Busto de la Vega.

LA LIMITACIÓN INTELECTUAL DE LOS ANGLOSAJONES

Me sucede a menudo: comenzar a leer cualquier voluminoso (y siempre pretencioso) ensayo anglosajón inducido por amigos entusiastas que cifran su formación e información en los engendros «culturales» de la anglosfera y acabar arrojándolo con desidia y desdén poco después de pasar las primeras cien páginas o, con suerte, las doscientas. ¿El motivo? Siempre el mismo: la limitación intelectual de los anglosajones y, por ende, su indigencia cultural y la falta de tino y de interés en sus conclusiones.

Cuando uno se enfrenta a cualquier tipo de ensayo procedente del mundo anglosajón sabe que van a suceder dos cosas: la primera, y muy significativa, es el absoluto borrado de los logros e influencias de España en cualquier campo cultural, filosófico, científico o político. En España se coció la modernidad desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII, pero eso jamás lo van a aceptar los anglosajones.

El problema anglosajón, que puede extenderse al común de los germánicos es, por un lado, su racismo, por otro su envidia y su odio a lo latino (y no hablo de los sudamericanos sino del mundo mediterráneo que implementó y vehiculó la civilización desde Atenas hasta El Escorial durante dos mil años) y su absoluto provincianismo, son paletos.

He explicado ya en algunas otras entradas de este blog como la repulsa de Lutero a lo que encontró en Roma durante su viaje de 1510 no se debía, como después quiso explicar, a la decadencia moral y espiritual de la ciudad. Lo que le horrorizó fue el Renacimiento, el retorno a la civilización que para un monje alemán racista y paleto solo podía suponer el anatema. Toda la reforma protestante, que en la práctica vino a suponer una vía de escape de los germanos a su sumisión moral, política y cultural a la civilización mediterránea, continúa esa línea hasta nuestros días: la repulsa a la civilización haciendo hincapié en el comarcalismo autorreferencial, limitado, xenófobo, supremacista y alicorto de la insulsa pedantería, vacua charlatanería y escasa profundidad intelectual del mundo germano, así como una exaltación de su avaricia y rapacidad.

Los germanos, hay que decirlo, fueron deficientemente civilizados. El hecho, triste, de que permanecieran fuera del Limes romano tuvo, y sigue teniendo, nocivas consecuencias políticas, sociales, culturales y de todo tipo que se traducen, ya en el Romanticismo, en la sesgada, limitada y ruin interpretación de la cultura y el arte europeos (dejando a España fuera y aceptando a Italia solo con reticencias a causa de la influencia de especialmente los músicos italianos en las lerdas y provincianas cortes alemanas) y continúa hasta nuestros días.

Como decíamos, cualquier ensayo o estudio de origen anglosajón que decidamos leer va a tener este defecto: la ignorancia (a menudo no voluntaria, sino ocasionada por la misma falta de conocimientos del pomposo autor habitualmente con doctorados y diplomas en las mejores universidades anglosajonas) de todo el legado mediterráneo y, especialmente, español. Pero no solo este defecto. Además, en su provincianismo autorreferencial que solo mediante el respaldo del poder imperial y económico oculto tras él no despreciamos universalmente (de hecho Inglaterra y Estados Unidos son los dos imperios más provincianos, menos universales y más anquilosados intelectualmente de la historia, incluyendo a los asirios y a los árabes), estos ensayos tienden a ignorar (de nuevo por desconocimiento de los autores, verdaderos eruditos en los parvos campos anglosajones, pero absolutos ignorantes en el resto del ancho mundo) las aportaciones, opiniones y avances de competidores. Ignoran todo sobre Rusia, no saben nada de China, del islam solo guardan imágenes estereotipadas…

En suma, y para no extenderme: es triste que nuestros intelectuales, a los que, como se sabe, desprecio con todo el alma (mientras ellos me ignoran y si llego a inquietarles recurrirán al desprestigio), se nutran precisa y casi exclusivamente de la cultura anglosajona y sigan considerando a la fauna intelectual y universitaria de los decadentes centros anglosajones a ambos lados del Atlántico como referencias principales y ciertas (por cierto que esto sucede tanto en la izquierda como en la derecha) de sus opiniones. Ello demuestra la tantas veces denunciada en estas páginas, decadencia moral e intelectual de nuestra «intelligentsia» y la urgente y perentoria necesidad de enviarla colectivamente al muladar de la historia para dar paso a un renacimiento hispano y civilizatorio.

Aviso: la próxima vez que un tipo culto (o una tipa culta, me de igual) me induzca a la lectura de un cantamañanas anglosajón abandonaré la educación y la moderación para ser didáctico a la antigua. ¡Vienen collejas, tontos del haba!… Y quien avisa no es traidor.

© Fernando Busto de la Vega.

ALFONSO EL BATALLADOR ¿MARICÓN?

MONUMENTO A ALFONSO EL BATALLADOR EN ZARAGOZA, UNA NOCHE DE ESTE VERANO.

Lo cierto es que resulta triste (y a la par nauseabundo) comprobar hasta donde llega la estulticia y la indigencia cultural de algunos que pomposamente (y por certificación universitaria, y habría que hablar de la ilegitimidad intelectual que está alcanzando la universidad en nuestros días) se denominan historiadores.

Ayer mismo, mi excelente amigo Sergio L. (por cierto: a ver si aprovechamos estos días para tomarnos unas cañitas), me envió un corte de vídeo en el que una de estas «doctoras en Historia» sabelotodo, jactanciosa y ayuna de conocimientos indispensables para el desarrollo de su profesión, al dar cuenta del desastroso matrimonio de Alfonso el Batallador con la reina Urraca de León, zanjaba las desavenencias (sin tener en cuenta los arduos y enconados problemas políticos que se oponían al normal desarrollo de aquel matrimonio, siendo el principal de todos la ambición de Diego Gelmírez, arzobispo de Compostela, que veía en la llegada al trono de León de Alfonso I de Aragón un freno para su dominio casi absoluto en Galicia) y los problemas en el lecho aludiendo a la homosexualidad de Alfonso el Batallador.

Vamos a ver. Seamos serios. Esta señora con todos sus doctorados y todo el prestigio académico que quiera tener (el prestigio académico entre catedráticos mediocres, cantamañanas insulsos y cenutrios de ambos sexos adocenados y cegados por la deriva político-propagandística del momento carece de otro valor que la autocomplacencia social, pero es nulo si atendemos a la capacitación profesional e intelectual de esa mayoría de mamelucos de cuarta con título y cátedra conseguida de favor o al pairo de lo ideológicamente conveniente…y por eso procuro alejarme del viciado ambiente universitario) carece de la perspectiva adecuada. Y esta señora y otros historiadores e historiadoras como ella, no tiene esa perspectiva adecuada porque toma demasiados cafés con sus amiguitas feministas, progres y lesbis y dedica muy poco tiempo a comprender la época que trata de explicar.

Cierto que la experiencia con las mujeres de Alfonso el Batallador era escasa y que muy probablemente llegó al matrimonio sin ninguna tentativa sexual, pero esto no se debía a la homosexualidad, sino al ascetismo. Alfonso I de Aragón fue un personaje muy próximo a la Orden del Temple, incluso llegó a donarle en su testamento su caballo, su espada y su reino. A lo largo de su vida y de su reinado, Alfonso el Batallador siguió las reglas del Temple que incitaban a combatir constantemente al infiel (cosa que hizo impecablemente y con notabilísimo éxito) y vetaban el contacto con mujeres. Un templario no debía hablar, tocar ni mirar a ninguna mujer, ni siquiera a su propia madre. Era parte de su renuncia al mundo y de su entrega al combate sagrado.

Alfonso I de Aragón, el Batallador, no era un maricón, era un templario in péctore y esta señora lo sabría si se hubiera molestado en leer las reglas del Temple, que son asequibles y están impresas en castellano y hasta en una edición popular.

Así nos luce el pelo y por eso habrá que cerrar las universidades. Demasiada mediocridad, demasiada política, demasiado cabildeo, demasiado memo metido a catedrático…

OTRA FOTOGRAFÍA ALGO MÁS HEROÍCA DEL MISMO MONUMENTO. AMBAS DEL AUTOR.

© Fernando Busto de la Vega.

EL TUTEO Y LA FALANGE

CAMILO JOSÉ CELA Y GONZALO TORRENTE BALLESTER, DOS FALANGISTAS AL AZAR.

En España nos tuteamos de manera habitual, es un hecho. Muy pocas veces hay quien reflexione al respecto y busque el motivo de esta anomalía social tanto histórica como geográfica (el tuteo no es habitual, salvo en Suecia, en ninguna parte de Europa o América) y quien lo hace muy a menudo queda preso de los lugares comunes y el relato oficial de la Historia pensando que este tuteo se debe a la quiebra de la rígida etiqueta franquista durante la Transición y que representa un signo de democracia, igualitarismo y social democracia. Y, naturalmente, se equivoca.

No tiene demasiada importancia, se trata tan solo de una curiosidad, pero resulta interesante encontrar las verdaderas raíces de las costumbres sociales. Hacerlo ayuda a poner en perspectiva las verdades oficiales y los relatos dogmáticos que vienen a justificar las aspiraciones políticas de estos o aquellos.

En España esta puesta en perspectiva es especialmente interesante porque desarma rápidamente las ínfulas de la izquierda y demuestra su escasa influencia en la vida social e histórica del país.

Con el tuteo sucede lo mismo.

El tuteo es cosa de los falangistas.

Habrá quien clame por el origen sindical del mismo y quiera atribuírselo a la UGT o la CNT, y se equivocará. La UGT y el PSOE fueron siempre grupúsculos pequeño burgueses y no se apeaban el tratamiento como principio. Todavía en 1938 Largo Caballero, Negrín y Prieto se trataban de usted tras décadas de militancia común y de amistad más o menos continua. En cuanto a la CNT, en 1937 dejó de contar y de influir en España (afortunadamente).

Los que desde 1936 impusieron sus usos y costumbres en la sociedad hasta bien entrado 1976 fueron los falangistas que se tuteaban entre sí sin importar su rango (al Jefe Nacional se le saludaba con un «¡A tus órdenes!») ni su procedencia social (en la CNT predominaba la clase obrera, en la Falange se mezclaban todas las clases) y así fue impregnándose la sociedad española de igualitarismo y hermandad entre españoles.

De modo que, mal que nos pese, hemos de reconocerlo y tenerlo presente: este rasgo tan característico de la vida social española no proviene de la Transición ni de la influencia izquierdista sino de la falangista.

Es un dato histórico, no sufráis por él. Pero id aprendiendo a diferenciar churras de merinas.

© Fernando Busto de la Vega.

TRUMP, LA ESTUPIDEZ DEL ESPECULADOR

Que Trump es un cantamañanas parece fuera de toda discusión. Que tiene la inteligencia justa para pasar el día y la moral propia de un narcisista ególatra y sin formación, también. Sin embargo, hay que decirlo: Donald Trump es la quintaesencia destilada del protestantismo germánico: paleto, supremacista, racista, avaro, ignorante, inclinado a la violencia y el robo en todas sus formas…en otras palabras: es la máxima y más prístina encarnación de lo que representan los Estados Unidos. Y, como tal, acabará siendo la causa no ya de su ocaso, sino de su destrucción.

La racanería e ignorancia del tipo y de sus seguidores raya a tal nivel de indigencia mental que no acaban de comprender el mundo en el que viven, el sistema de defensa y alianzas que les permiten todavía, y a pesar de todas sus deficiencias y la carga que su ideología e intereses representan para el mundo en su conjunto, continuar siendo una potencia mundial. En decadencia cada vez más acentuada, pero potencia (nuclear) al cabo.

Anda el chisgarabís zanahorio por esos parajes parlanchines de la campaña electoral afirmando que sus aliados (Taiwán, los países de la OTAN) deberán pagar su defensa si quieren que Estados Unidos siga amparándolos. Parece no comprender el zangolotino que tanto la Europa Occidental como Taiwán son colchones que garantizan la supervivencia y el poder de los Estados Unidos. Si cae Taiwán, nada parará a los chinos hasta California. Si caen Berlín o Londres nada parará a los rusos hasta Nueva York.

Si los aliados de Estados Unidos se ven compelidos a situaciones enojosas por causa de este país, de la potencia imperialista que deben contentar, muy bien pueden acabar cambiando de rumbo y aliándose con sus enemigos: ¿Qué quedaría de la «América Grande» de Trump si Taiwán se integrase en la China comunista y los europeos occidentales llegasen a acuerdos con Moscú?…Trump y sus seguidores, incapaces de ver más allá de sus propias narices, fían sus exabruptos y sus exigencias a la existencia de élites políticas, económicas y sociales de carácter colonial que garantizan el statu quo existente. Pero el hartazgo bien puede acabar derribándolas. La legitimidad social de la UE, la OTAN y demás instituciones del entramado imperialista estadounidense nunca fue grande, ahora cada vez mengua más. El siglo XXI tanto en Europa como en los Estados Unidos será un siglo de revoluciones para evitar la decadencia evidente y la destrucción que nos amenaza. Pero Trump, un imbécil en toda la extensión de la palabra, es incapaz de comprenderlo. Ha sido toda su vida un explotador y un especulador, un estraperlista respaldado por la legalidad dudosamente ética liberal-capitalista, y sigue pensando en esos términos. Y la avaricia acaba rompiendo el saco, ya lo sabemos (nosotros que tenemos dos dedos de frente, lo sabemos).

Por cierto: ¿llegó a conseguir que México pagara el muro aquel famoso?…

¡Que estemos en manos de viejos chochos sin inteligencia, cultura, sensatez ni dignidad! Cada día es más preciso restablecer el orden y la civilización.

© Fernando Busto de la Vega.