Archivo de la categoría: cultura

REVISITANDO A PIERRE LOUYS Y MARTIN VAN MAELE, SIN OLVIDAR A DAVID HAMILTON

Vivimos una época de creciente censura y feroz prohibicionismo sobre hechos artísticos y culturales previamente libres. Hay que tomar conciencia.

En estos tiempos en los que el histérico totalitarismo feminista y el estalinismo woke imponen sobre el mundo el más pacato y acendrado puritanismo protestante conviene, a guisa de acto revolucionario, regodearse en ciertos aspectos y elementos de la cultura como los que figuran en el encabezado de este artículo a quienes vengo a reivindicar con descaro, altivez, conocimiento de causa y plena consciencia de las más que posibles consecuencias. Hay que plantar cara al talibanismo «progre» y defender la civilización a la que amenaza.

No escribiré demasiado, bastará con nimias alusiones para lograr mi objetivo.

De Pierre Louÿs, autor de obras como Astarté (1891), Las Canciones de Bilitis (1894), cuya adaptación al cine por David Hamilton en 1977, así como su ahora vilipendiada obra fotográfica y cinematográfica quiero recomendar especialmente (aunque, precisamente a causa de la censura instaurada por el dominante y pacato puritanismo dominante, no pondré al lector ningún ejemplo…lo que es un modo de recalcar el hecho de que dicha censura existe hoy y no hace algunos años…es un proceso que lentamente nos van imponiendo los movimientos ya aludidos) , o El Crepúsculo de las Ninfas (1925) me gustaría recomendar al lector su muy instructivo Manual de Urbanidad Para Jovencitas (1917) y exigir que se incluya en los planes de estudio de los institutos.

¿Pondré aquí algunos fragmentos de tan necesario libro?…no, dejaré que cada cual lo descubra por su cuenta, será más divertido. E insistirá sobre el hecho de la censura impuesta sobre la civilización, el arte y la cultura por determinados grupos cancerígenos que han tomado el poder, transmiten la decadencia y deben ser desalojados del mismo con todas las armas a nuestro alcance.

Es hora de comenzar la revolución y acabar con el talibanismo decadente del feminismo y el wokismo en todas sus formas.

Lo mismo sucederá con Martin Van Maële y alguno de sus mejores trabajos que quiero recomendar, sin mostrárselos, al lector. Por ejemplo: La Grande Danse Macabre des Vifs (1905)…

Algunos lectores, de cierta edad, sabrán de lo que les estoy hablando y comprenderán el tono ligero en que lo hago. Otros, los más jóvenes, seguramente no tendrán ni la más remota idea de a qué me refiero y no conocerán ni a Pierre Louÿs, ni a Martin Van Maële ni a David Hamilton y, seguramente, se escandalizarán cuando descubran sus obras. Bien: el escándalo es el primer paso hacia la libertad.

.Seguimos en combate.

© Fernando Busto de la Vega.

DICTADORES-ESCRITORES

Es indudable que el libro, per sé, tiene un prestigio especial. Hay algo, acaso desde los primeros testimonios cuneiformes, que liga el hecho de escribir un libro o de consagrar algo en sus páginas con una forma de sacralidad inmutable, de consagración intelectual e incluso espiritual. Un buen ejemplo de lo dicho son los libros sagrados de las diferentes religiones de los que nos ocuparemos en otro momento. Ahora es el turno de las veleidades literarias y filosóficas de conocidos dictadores modernos.

Lógicamente, y desde el Mein Kampf de Hitler, el primer interés literario de los dictadores ha sido codificar su propio ideario para convertirlo en dogma social y político indiscutible y sin posibilidad de ser ignorado. Así tenemos el Libro Rojo de Mao, el Libro Verde de Gadafi, La Historia me absolverá, de Fidel Castro o La Gobernación y Administración de China de Xi Jinping, que además aporta a la imprenta otros textos como Teoría y Práctica de la Agricultura Moderna (1999), Un Estudio Sobre la Conciliación rural en China (2001) o Sobre Propaganda y Trabajo Ideológico del Partido Comunista (2020)… Con todo, el dictador chino se encuentra lejos de la locuacidad atribuida al antiguo dinasta coreano Kim Il Sung, a quien el régimen de Corea del Norte atribuye nada menos que la autoría de 18000 volúmenes.

Pero, sin duda, mi escritor-dictador favorito es Saparmurat Nyyazov, dictador de Turkmenistán (1991-2006), que escribió un solo libro en el que difundía su ideología, el Rujnamá, «Libro del Alma», y concibió como a modo de un nuevo Corán. Tan engreído estaba de su intento filosófico-literario que todavía hoy se hacen preguntas sobre el mismo en las oposiciones del país (utilizar las oposiciones para la propaganda del régimen es una técnica muy extendida, por ejemplo, en España, desde que ciertos partidos están en el poder es obligatorio estudiar sus más que discutibles modificaciones legislativas basadas en el feminismo radical y la ideología de género, lo que deja bien a las claras la mentalidad totalitaria de dichos partidos y corrientes). Además, cada vez que Nyyazov firmaba un contrato para la exportación de gas o petróleo con una multinacional incluía entre las clausulas la obligación de estas multinacionales de traducir a varios idiomas y publicar en diversos países el opúsculo. Otra cosa es las ventas que obtuviera (a ese respecto, cuando Xi Jinping, siguiendo la estela de Mao publicó su libro principal en Inglaterra apenas obtuvo cien ventas). Más aún: Nyyazov hizo enviar un ejemplar de su Rujnamá a la Estación Espacial Internacional y elevó un monumento al libro y su portada en la capital de Turkmenistán, Asjabad.

Monumento al libro de Nyyazov en Asjabad, capital de Turkmenistán

Es posible que alguien me censurara si dejara de mencionar en esta entrada la actividad periodística y literaria de Francisco Franco de quien tenemos el libro Diario de una Bandera (1922) La Masonería, así como la novela Raza, que dio lugar a la película de 1942.

Y, precisamente Raza, nos conduce a otro capítulo de la literatura escrita por dictadores, la ficción.

Pocos saben que Benito Mussolini publicó una novela cuando todavía era socialista, en 1910, titulada La Amante del Cardenal y que obtuvo un éxito editorial apreciable.

Más conocida es la obra literaria de Sadam Hussein, compuesta por cuatro novelas: Zabiba y el Rey (2000), Fortaleza Amurallada (2001), Hombres y la Ciudad (2002) y ¡Fuera de Aquí, Maldito! (2006) que gozan de bastante éxito en Oriente Medio (salvo Israel) y están empezando a publicarse con gran expectación en Japón.

En fin, yo ya he publicado cuatro novelas…¿Llegaré a convertirme en dictador?…Difícil: mi lema revolucionario viene a ser el de Agustín de Foxá: Café, Copa y Puro. Aunque, como no fumo y bebo poco, quizá debería adaptarlo a: Café, Churros y Buena Siesta.

© Fernando Busto de la Vega

EL SESGO ANGLOSAJÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA (RECTIFICANDO LAS MENTIRAS DE LOS INGLESES).

  • INTRODUCCIÓN
  • 1.- EL DESCUBRIDOR DEL RÍO NÍGER
  • 2.- EL DESCUBRIDOR DE LAS FUENTES DEL NILO
  • 3.- EL PRIMER EUROPEO NO MUSULMAN EN ENTRAR EN LA MECA
  • 4.- EL PRIMER EUROPEO EN ENTRAR EN TOMBUCTÚ
Río Níger.

INTRODUCCIÓN

Haré un entrada breve, pero ilustrativa.

Los anglosajones mienten habitualmente y se inventan la historia para acreditar su petulancia y su innato afán de rapiña y gloria injustificada. Ello no tendría particular importancia de no consagrarse sus mentiras como verdades absolutas que permean la credulidad mundial. Por eso conviene ir rectificando sus mentiras y recuperando la verdad.

Hoy nos centraremos en algunos hitos de la exploración y los descubrimientos.

A saber:

1.- EL DESCUBRIDOR DEL RÍO NÍGER.

Según los anales anglosajones, el primer europeo en llegar al Níger fue el escocés Mungo Park en 1795. Naturalmente, es falso. El primero fue el hispanorromano, natural de una familia gaditana, Lucio Cornelio Balbo el Menor que después de derrotar a los garamantes en el desierto del Fezzán el 19 a. d. C. alcanzó las riberas del Níger desde el norte, gracias a lo cual, el río aparece descrito y mencionado en la obra de Claudio Ptolomeo.

2.- EL DESCUBRIDOR DE LAS FUENTES DEL NILO.

Para los anglosajones, que incluso hicieron una película al respecto, el descubrimiento de las fuentes del Nilo se debe a partes más o menos alícuotas a los ingleses Richard Burton y John Haning Speke allá por 1860. Pero, ¿sorpresa? Un español llegó mucho antes. Me refiero al misionero jesuita Pedro Páez Jaramillo que llegó hasta allí acompañado nada menos que por el emperador de Etiopía en 1618.

Los anglosajones, como decíamos, incluso han hecho una película sobre las aventuras de Burton y Speke, «Las Montañas de la Luna» (1990), que las televisiones españolas suelen reponer con frecuencia y el público español ver con credulidad. Todavía España no ha hecho ninguna película ni sobre Balbo el Menor ni sobre el padre Páez Jaramillo. Así nos va.

3.- EL PRIMER EUROPEO NO MUSULMÁN EN ENTRAR EN LA MECA.

Por no abandonar todavía a Richard Burton. Los anglosajones insisten en que este fue el primer europeo no musulmán en entrar en La Meca allá por 1853. También es mentira. En este caso, el primero fue un italiano: Ludovico de Varthema, natural de Bolonia, en 1503. De todos modos, en el mismo siglo XIX, en plena expansión del wahabismo por Arabia, allá por 1806, el español Domingo Badía, disfrazado como Alí Bey Al Abbasí, llegó antes que cualquier inglés a La Meca.

4.- EL PRIMER EUROPEO EN ENTRAR EN TOMBUCTÚ.

Una vez más, los ingleses claman por la primacía aludiendo a la expedición de Alexander Gordon Laing en 1826. Falso de nuevo. El primer europeo fue un español nacido en Granada nacido como Hasán Ibn Muhamad Al Wazzan Al Gharnati que, al bautizarse a manos del papa León X, pasó a llamase Juan León de Médicis, más conocido como León el Africano. Su llegada a Tombuctú fue en torno a 1510. Más tarde Joder Pachá, nacido en Cuevas de Almanzora, Almería, como Diego de Guevara, conquistó la ciudad al frente de una columna de moriscos españoles al servicio del sultán de Marruecos. Muchos se quedaron allí mezclándose con las mujeres shongay y dando origen a un pueblo mestizo, los arma, que gobernaron Tombuctú hasta 1833. En otras palabras: que cuando el inglés Laing entró en Tombuctú los que mandaban allí eran descendientes de españoles…

Baste por hoy.

© Fernando Busto de la Vega

¡ ESTÁ VIVO!… (FRANKENSTEIN, MESMER Y CROSSE)

Todos conocemos esta escena crucial de la película Frankenstein (1931) y resultaría redundante abundar sobre las raíces del libro de Mary Shelley o los experimentos públicos con cadáveres del doctor Ure en la universidad de Glasgow allá por 1818. Ir por ese camino sería aburrir al lector ya sobradamente informado al respecto. Conviene, pues, que sigamos otro. Hablaremos, por lo tanto, de Andrew Crosse (1784-1855), el experimento con el cual logró, en apariencia, crear vida de la nada utilizando agua y electricidad y las consecuencias sociales que tuvo para él semejante éxito.

Crosse creció en un ambiente social y académico en que la posibilidad de que la electricidad pudiera dar y devolver la vida era una intuición generalizada y tendía a considerarse una realidad casi palpable. Ello procedía, en primer lugar, de los experimentos públicos realizados por Luigi Galvani (amigo y colega de Alessandro Volta e inventor de la galvanización) a partir de 1780 en los que aplicaba una corriente eléctrica a la espina dorsal de una rana muerta y conseguía que moviera espasmódicamente las patas. De ahí derivaron los ya citados experimentos públicos de Andrew Ure en Glasgow y sus intentos de resucitar cadáveres que tanto impresionaron a Mary Shelley y consecuencias tan fecundas tendrían en la cultura popular a través del cine.

Pero en la época había una figura mucho más carismática, llamativa, estrambótica y atrayente que vinculaba la electricidad con la salud. Me refiero, naturalmente, a Franz Anton Mesmer (1734-1815), que estudió en Ingolstadt (como lo haría el ficticio doctor Frankenstein) y en Viena y publicó en 1766 su tesis De Planetarum Influxu In Corpus Humanum en la que trataba de validar, entre otras cosas, la astrología médica. Pero le fue bien: contrajo matrimonio con una mujer adinerada y pudo establecerse como médico de la clase alta en Viena.

En 1768, Mesmer prestó su lujoso domicilio para el estreno de la primera ópera de Mozart, Bastien und Bastienne, y el compositor se acordó de él en otra de sus óperas, Cosí Fan Tutte, estrenada en Viena en 1790 y en la que, después del total descrédito del doctor Mesmer y el mesmerismo, se le citaba con cierto recochineo en una escena en la que Despina, la criada, disfrazada de médico, utiliza una piedra mesmérica para curar a unos falsos envenenados.

En 1774, el doctor Mesmer, comenzó a hacer experimentos públicos con imanes. Hacía ingerir a sus pacientes ciertos brebajes que contenían limaduras de hierro y luego mediante la aplicación de imanes hacía que estas se movieran dentro del cuerpo consiguiendo «curaciones» milagrosas. Poco después llegó al convencimiento de que no eran los imanes sino él mismo el que producía las curaciones y comenzó a usar simplemente la imposición de manos. La consecuencia es la imaginable: en 1777, después de fracasar en el intento de curación de la famosa pianista y compositora María Theresia Von Paradis, quedó desacreditado en Viena y se trasladó a París, donde se convirtió en una celebridad y publicó su ensayo Mémoire sur la Découverte de Magnétisme Animal (1779) en el que afirmaba que la vida era el flujo de la electricidad a través de los canales del cuerpo y que la enfermedad procedía del bloqueo de los mismos. El modo de curarlos era el contacto del enfermo con alguien cargado de ese mismo flujo, es decir: un médico-curandero, el propio Mesmer, que podía curar por imposición de manos o mediante objetos previamente «tratados».

En 1784, Luis XVI organizó una comisión científica (de la que formaron parte entre otros Lavoissier, Guillotin o Franklin) que desacreditó por completo las tesis de Mesmer que al año siguiente abandonó París con el rabo entre las piernas desapareciendo prácticamente para la Historia. A este respecto quizá convenga señalar los parecidos entre el mesmerismo y otras prácticas modernas como el Reiki. Pero, de eso, hablaremos en otra ocasión.

Andrew Crosse, como decíamos, creció y se educó en ese ambiente, en la intuición de que el flujo de energía eléctrica era parte no solo indispensable, sino creadora, de la vida y, llegado a la vida adulta y después de estudiar en Oxford, decidió concentrar sus ansias científicas en ese campo llevando a cabo un experimento que tuvo inesperadas consecuencias para su reputación y vida social.

En 1836 Crosse, que estaba trabajando en la electrolisis y la electrocristalización, se percató de que en una de sus muestras, al cabo de algunos días, aparecían formas de vida. Se entusiasmó y decidió llevar a cabo el experimento definitivo. Tomó agua de una gruta, un agua filtrada por gruesos estratos cálcicos que él estimó pura, le aplicó una corriente eléctrica constante y, al cabo de veintiséis días, pudo comprobar que en el recipiente nadaban unos animalitos perfectamente formados y vivos. Se entusiasmó, creyó que había logrado crear vida a base de agua pura y electricidad y lanzó las campanas al vuelo. El éxito fue rotundo, se hizo famoso y todo el mundo le prestó atención…Hoy sabemos que la clave del experimento fue no hervir el agua y que las formas de vida que encontró en la misma no procedían de la generación espontánea sino de los huevos puestos por insectos en los charcos de la gruta, pero en 1836 el shock fue máximo…

…Tan impactante que los sectores eclesiásticos anglicanos (recordemos que esta historia, real, transcurre en Inglaterra) se sintieron ofendidos y consideraron a Crosse una especie de nigromante maligno que había roto el orden divino usurpando la labor de Dios, de modo que su casa en Fyne Court fue asaltada, como en las mejores películas del género, por una turbamulta enfurecida que portaba antorchas e iba encabezada por algunos clérigos (insisto: protestantes, no católicos) furibundos que le sometieron a un exorcismo forzado, destruyeron sus instrumentos de trabajo y prohibieron que la gente volviera a dirigirle la palabra.

Hubo otros científicos que por esas mismas fechas pudieron replicar con éxito el experimento de Crosse, pero, después del exorcismo de Fyne Court, prefirieron guardar silencio y desdibujarse. Crosse acaso (ahora sabemos que no) había descubierto el origen de la vida haciendo innecesario el concepto de Dios y dejando obsoletos los dogmas cristianos, pero era mejor guardar silencio, el dogma imperante se había impuesto mediante el terror. Así funcionan las cosas.

Corolario: ningún dogma debe ser respetado. Todos deben caer, los presentes y los futuros. Así se avanza.

© Fernando Busto de la Vega

DOS SAETAS DE SOLEDAD MIRANDA (UNA INTERPRETACIÓN MORAL Y ANTROPOLÓGICA, CURRITO DE LA CRUZ, 1965)

Hay cierta parte del legado patrimonial inmaterial de la cultura española que es ya olvido y vía muerta. Son usos y costumbres perdidos, sutilezas rituales desaparecidas. Por ese motivo nos toca ya ir haciendo trabajo de etnógrafos y antropólogos, poniéndolas por escrito para que no se pierdan del todo y las futuras generaciones puedan entender en su totalidad los entresijos de las obras de esos tiempos que les lleguen.

Es por ello que quiero parar mientes y analizar someramente dos escenas de la película Currito de la Cruz, versión de 1965, que, dadas las fechas, parece apropiado seleccionar precisamente ahora. Me refiero a las dos saetas que en distintos puntos del metraje y de la trama interpreta la actriz Soledad Miranda.

Currito de la Cruz es mucho más que un clásico del cine español. Se basa en la novela de Alejandro Pérez Lugín publicada en Librería Sucesores de Hernando en 1921 y llevada al cine en cuatro ocasiones (1926, 1936, 1949 y 1965). El hecho de que desde la última no se hayan filmado más versiones y de que, con toda probabilidad, muchos de los lectores jóvenes (y digo menores de cincuenta años) seguramente no la conozcan es signo más que evidente del fin de una era que venía a representar a la perfección y que acaso podemos datar entre 1876, al inicio de la Restauración y 1970, ya en pleno tardofranquismo.

En 1965 existía todavía un público, en edad madura y provecta, capaz de apreciarla y disfrutarla como demuestra que la protagonizasen actores en la plenitud de su carrera como Paco Rabal o Arturo Fernández y la dirigiese un director igualmente reconocido y activo en aquel momento: Rafael Gil.

El argumento de la novela y las películas es sencillo: Curro, huérfano criado en un orfanato gestionado por monjas, consigue ser apadrinado por un torero famoso de cuya hija se enamora. Pero esta se fuga con el máximo rival en el ruedo de su padre, que la burla dejándola abandonada y embarazada. El padre reniega de ella y el enamorado Curro, que se ha convertido en una nueva figura del toreo, la cuida y todo acaba en reconciliación.

En la película, El personaje de Soledad Miranda (la voz es de Pilar Montenegro, la Sultana de Jerez), todavía inmersa en el cine español del momento antes de pasarse apenas cuatro años después al internacional de erotismo y terror, canta las dos saetas que motivan esta entrada. La primera, la que abre esta exposición, la segunda, la que coloco a continuación.

Misma saeta, diferente escenario.

El rito, como debe ser, se repite cíclicamente. Todo vuelve a suceder año tras año en el mismo lugar, a la misma hora. Ese es su valor. El tiempo pasa, el misterio permanece. El tiempo pasa, las circunstancias cambian, el misterio permanece y nos va afectando de diferentes maneras. Los años y los azares de la vida nos hacen ahondar en él, comprenderlo mejor. Nos hace mejores y más grandes porque nos enfrentamos a él desde la experiencia, la derrota, los errores cometidos, las enemistades adquiridas…ese es el valor del rito, de cualquier rito y vale también (y quizá sobre todo) para la Semana Santa y su interpelación al dolor y la redención. Yo, que no soy cristiano sino seguidor de los antiguos dioses y el Recto Orden, comprendo, sin embargo, muy bien ese valor (no en vano el cristianismo es una simple apropiación de los ritos paganos y su significado por una secta triunfante que algún día deberá ser de nuevo orillada para la restauración de la verdadera Religión).

Es precisamente en ese cambio de escenario, donde reside la sutileza del ritual y de la película.

En la primera saeta, la joven, todavía libre de culpa, canta públicamente. Es más un acto de exhibición y orgullo que de devoción o reflexión introspectiva. Lo que puede esperarse de una chica joven y bien considerada, nada que deba criticarse, es también parte del rito. Y es parte del rito el orgullo del padre que la escucha desde la procesión, y la mezcla del amor profano que también es lícito y hasta sagrado en primavera…asistimos a un aspecto del misterio.

En la segunda, que se escenifica años después, pero el mismo día de la semana a la misma hora, durante la misma procesión del Gran Poder que se repite, todo ha cambiado. La chica, ya una mujer, se ha convertido, a los ojos de todos, en una pecadora. Es la hora de la penitencia, no de lucirse. Canta ahora oculta tras las cortinas del balcón, sin dejarse ver, del mismo modo que los nazarenos se cubren las caras y los cuerpos para no ser reconocidos. Es un acto de penitencia y redención que conducirá a la reconciliación, al perdón humano, no divino.

La enseñanza, que la tiene, es hermosa: si los ritos y los mitos nos sirven para expresar el arrepentimiento y conducirnos a la reconciliación y el perdón humano, aceptémoslos y vivámoslos lo más a fondo posible, independientemente de nuestras creencias. Una religión, cualquier religión, es solo una opinión, lo importante es su efecto, si resulta beneficioso.

Del perdón de los dioses no debemos preocuparnos. Su manifestación, sea cual sea nuestro dogma, se hace presente en el reconocimiento de nuestros errores y el perdón que nos dan y que damos a nuestros semejantes.

Aunque también es posible que todo lo escrito se deba a la sobredosis de torrijas, buñuelos, leche frita, incienso y tambores (soy zaragozano y la Semana Santa de Zaragoza se basa en el tambor) Un ejemplo…

Así que no me hagáis mucho caso.

©Fernando Busto de la Vega