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EL SESGO ANGLOSAJÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA (RECTIFICANDO LAS MENTIRAS DE LOS INGLESES).

  • INTRODUCCIÓN
  • 1.- EL DESCUBRIDOR DEL RÍO NÍGER
  • 2.- EL DESCUBRIDOR DE LAS FUENTES DEL NILO
  • 3.- EL PRIMER EUROPEO NO MUSULMAN EN ENTRAR EN LA MECA
  • 4.- EL PRIMER EUROPEO EN ENTRAR EN TOMBUCTÚ
Río Níger.

INTRODUCCIÓN

Haré un entrada breve, pero ilustrativa.

Los anglosajones mienten habitualmente y se inventan la historia para acreditar su petulancia y su innato afán de rapiña y gloria injustificada. Ello no tendría particular importancia de no consagrarse sus mentiras como verdades absolutas que permean la credulidad mundial. Por eso conviene ir rectificando sus mentiras y recuperando la verdad.

Hoy nos centraremos en algunos hitos de la exploración y los descubrimientos.

A saber:

1.- EL DESCUBRIDOR DEL RÍO NÍGER.

Según los anales anglosajones, el primer europeo en llegar al Níger fue el escocés Mungo Park en 1795. Naturalmente, es falso. El primero fue el hispanorromano, natural de una familia gaditana, Lucio Cornelio Balbo el Menor que después de derrotar a los garamantes en el desierto del Fezzán el 19 a. d. C. alcanzó las riberas del Níger desde el norte, gracias a lo cual, el río aparece descrito y mencionado en la obra de Claudio Ptolomeo.

2.- EL DESCUBRIDOR DE LAS FUENTES DEL NILO.

Para los anglosajones, que incluso hicieron una película al respecto, el descubrimiento de las fuentes del Nilo se debe a partes más o menos alícuotas a los ingleses Richard Burton y John Haning Speke allá por 1860. Pero, ¿sorpresa? Un español llegó mucho antes. Me refiero al misionero jesuita Pedro Páez Jaramillo que llegó hasta allí acompañado nada menos que por el emperador de Etiopía en 1618.

Los anglosajones, como decíamos, incluso han hecho una película sobre las aventuras de Burton y Speke, «Las Montañas de la Luna» (1990), que las televisiones españolas suelen reponer con frecuencia y el público español ver con credulidad. Todavía España no ha hecho ninguna película ni sobre Balbo el Menor ni sobre el padre Páez Jaramillo. Así nos va.

3.- EL PRIMER EUROPEO NO MUSULMÁN EN ENTRAR EN LA MECA.

Por no abandonar todavía a Richard Burton. Los anglosajones insisten en que este fue el primer europeo no musulmán en entrar en La Meca allá por 1853. También es mentira. En este caso, el primero fue un italiano: Ludovico de Varthema, natural de Bolonia, en 1503. De todos modos, en el mismo siglo XIX, en plena expansión del wahabismo por Arabia, allá por 1806, el español Domingo Badía, disfrazado como Alí Bey Al Abbasí, llegó antes que cualquier inglés a La Meca.

4.- EL PRIMER EUROPEO EN ENTRAR EN TOMBUCTÚ.

Una vez más, los ingleses claman por la primacía aludiendo a la expedición de Alexander Gordon Laing en 1826. Falso de nuevo. El primer europeo fue un español nacido en Granada nacido como Hasán Ibn Muhamad Al Wazzan Al Gharnati que, al bautizarse a manos del papa León X, pasó a llamase Juan León de Médicis, más conocido como León el Africano. Su llegada a Tombuctú fue en torno a 1510. Más tarde Joder Pachá, nacido en Cuevas de Almanzora, Almería, como Diego de Guevara, conquistó la ciudad al frente de una columna de moriscos españoles al servicio del sultán de Marruecos. Muchos se quedaron allí mezclándose con las mujeres shongay y dando origen a un pueblo mestizo, los arma, que gobernaron Tombuctú hasta 1833. En otras palabras: que cuando el inglés Laing entró en Tombuctú los que mandaban allí eran descendientes de españoles…

Baste por hoy.

© Fernando Busto de la Vega

¡ ESTÁ VIVO!… (FRANKENSTEIN, MESMER Y CROSSE)

Todos conocemos esta escena crucial de la película Frankenstein (1931) y resultaría redundante abundar sobre las raíces del libro de Mary Shelley o los experimentos públicos con cadáveres del doctor Ure en la universidad de Glasgow allá por 1818. Ir por ese camino sería aburrir al lector ya sobradamente informado al respecto. Conviene, pues, que sigamos otro. Hablaremos, por lo tanto, de Andrew Crosse (1784-1855), el experimento con el cual logró, en apariencia, crear vida de la nada utilizando agua y electricidad y las consecuencias sociales que tuvo para él semejante éxito.

Crosse creció en un ambiente social y académico en que la posibilidad de que la electricidad pudiera dar y devolver la vida era una intuición generalizada y tendía a considerarse una realidad casi palpable. Ello procedía, en primer lugar, de los experimentos públicos realizados por Luigi Galvani (amigo y colega de Alessandro Volta e inventor de la galvanización) a partir de 1780 en los que aplicaba una corriente eléctrica a la espina dorsal de una rana muerta y conseguía que moviera espasmódicamente las patas. De ahí derivaron los ya citados experimentos públicos de Andrew Ure en Glasgow y sus intentos de resucitar cadáveres que tanto impresionaron a Mary Shelley y consecuencias tan fecundas tendrían en la cultura popular a través del cine.

Pero en la época había una figura mucho más carismática, llamativa, estrambótica y atrayente que vinculaba la electricidad con la salud. Me refiero, naturalmente, a Franz Anton Mesmer (1734-1815), que estudió en Ingolstadt (como lo haría el ficticio doctor Frankenstein) y en Viena y publicó en 1766 su tesis De Planetarum Influxu In Corpus Humanum en la que trataba de validar, entre otras cosas, la astrología médica. Pero le fue bien: contrajo matrimonio con una mujer adinerada y pudo establecerse como médico de la clase alta en Viena.

En 1768, Mesmer prestó su lujoso domicilio para el estreno de la primera ópera de Mozart, Bastien und Bastienne, y el compositor se acordó de él en otra de sus óperas, Cosí Fan Tutte, estrenada en Viena en 1790 y en la que, después del total descrédito del doctor Mesmer y el mesmerismo, se le citaba con cierto recochineo en una escena en la que Despina, la criada, disfrazada de médico, utiliza una piedra mesmérica para curar a unos falsos envenenados.

En 1774, el doctor Mesmer, comenzó a hacer experimentos públicos con imanes. Hacía ingerir a sus pacientes ciertos brebajes que contenían limaduras de hierro y luego mediante la aplicación de imanes hacía que estas se movieran dentro del cuerpo consiguiendo «curaciones» milagrosas. Poco después llegó al convencimiento de que no eran los imanes sino él mismo el que producía las curaciones y comenzó a usar simplemente la imposición de manos. La consecuencia es la imaginable: en 1777, después de fracasar en el intento de curación de la famosa pianista y compositora María Theresia Von Paradis, quedó desacreditado en Viena y se trasladó a París, donde se convirtió en una celebridad y publicó su ensayo Mémoire sur la Découverte de Magnétisme Animal (1779) en el que afirmaba que la vida era el flujo de la electricidad a través de los canales del cuerpo y que la enfermedad procedía del bloqueo de los mismos. El modo de curarlos era el contacto del enfermo con alguien cargado de ese mismo flujo, es decir: un médico-curandero, el propio Mesmer, que podía curar por imposición de manos o mediante objetos previamente «tratados».

En 1784, Luis XVI organizó una comisión científica (de la que formaron parte entre otros Lavoissier, Guillotin o Franklin) que desacreditó por completo las tesis de Mesmer que al año siguiente abandonó París con el rabo entre las piernas desapareciendo prácticamente para la Historia. A este respecto quizá convenga señalar los parecidos entre el mesmerismo y otras prácticas modernas como el Reiki. Pero, de eso, hablaremos en otra ocasión.

Andrew Crosse, como decíamos, creció y se educó en ese ambiente, en la intuición de que el flujo de energía eléctrica era parte no solo indispensable, sino creadora, de la vida y, llegado a la vida adulta y después de estudiar en Oxford, decidió concentrar sus ansias científicas en ese campo llevando a cabo un experimento que tuvo inesperadas consecuencias para su reputación y vida social.

En 1836 Crosse, que estaba trabajando en la electrolisis y la electrocristalización, se percató de que en una de sus muestras, al cabo de algunos días, aparecían formas de vida. Se entusiasmó y decidió llevar a cabo el experimento definitivo. Tomó agua de una gruta, un agua filtrada por gruesos estratos cálcicos que él estimó pura, le aplicó una corriente eléctrica constante y, al cabo de veintiséis días, pudo comprobar que en el recipiente nadaban unos animalitos perfectamente formados y vivos. Se entusiasmó, creyó que había logrado crear vida a base de agua pura y electricidad y lanzó las campanas al vuelo. El éxito fue rotundo, se hizo famoso y todo el mundo le prestó atención…Hoy sabemos que la clave del experimento fue no hervir el agua y que las formas de vida que encontró en la misma no procedían de la generación espontánea sino de los huevos puestos por insectos en los charcos de la gruta, pero en 1836 el shock fue máximo…

…Tan impactante que los sectores eclesiásticos anglicanos (recordemos que esta historia, real, transcurre en Inglaterra) se sintieron ofendidos y consideraron a Crosse una especie de nigromante maligno que había roto el orden divino usurpando la labor de Dios, de modo que su casa en Fyne Court fue asaltada, como en las mejores películas del género, por una turbamulta enfurecida que portaba antorchas e iba encabezada por algunos clérigos (insisto: protestantes, no católicos) furibundos que le sometieron a un exorcismo forzado, destruyeron sus instrumentos de trabajo y prohibieron que la gente volviera a dirigirle la palabra.

Hubo otros científicos que por esas mismas fechas pudieron replicar con éxito el experimento de Crosse, pero, después del exorcismo de Fyne Court, prefirieron guardar silencio y desdibujarse. Crosse acaso (ahora sabemos que no) había descubierto el origen de la vida haciendo innecesario el concepto de Dios y dejando obsoletos los dogmas cristianos, pero era mejor guardar silencio, el dogma imperante se había impuesto mediante el terror. Así funcionan las cosas.

Corolario: ningún dogma debe ser respetado. Todos deben caer, los presentes y los futuros. Así se avanza.

© Fernando Busto de la Vega

DOS SAETAS DE SOLEDAD MIRANDA (UNA INTERPRETACIÓN MORAL Y ANTROPOLÓGICA, CURRITO DE LA CRUZ, 1965)

Hay cierta parte del legado patrimonial inmaterial de la cultura española que es ya olvido y vía muerta. Son usos y costumbres perdidos, sutilezas rituales desaparecidas. Por ese motivo nos toca ya ir haciendo trabajo de etnógrafos y antropólogos, poniéndolas por escrito para que no se pierdan del todo y las futuras generaciones puedan entender en su totalidad los entresijos de las obras de esos tiempos que les lleguen.

Es por ello que quiero parar mientes y analizar someramente dos escenas de la película Currito de la Cruz, versión de 1965, que, dadas las fechas, parece apropiado seleccionar precisamente ahora. Me refiero a las dos saetas que en distintos puntos del metraje y de la trama interpreta la actriz Soledad Miranda.

Currito de la Cruz es mucho más que un clásico del cine español. Se basa en la novela de Alejandro Pérez Lugín publicada en Librería Sucesores de Hernando en 1921 y llevada al cine en cuatro ocasiones (1926, 1936, 1949 y 1965). El hecho de que desde la última no se hayan filmado más versiones y de que, con toda probabilidad, muchos de los lectores jóvenes (y digo menores de cincuenta años) seguramente no la conozcan es signo más que evidente del fin de una era que venía a representar a la perfección y que acaso podemos datar entre 1876, al inicio de la Restauración y 1970, ya en pleno tardofranquismo.

En 1965 existía todavía un público, en edad madura y provecta, capaz de apreciarla y disfrutarla como demuestra que la protagonizasen actores en la plenitud de su carrera como Paco Rabal o Arturo Fernández y la dirigiese un director igualmente reconocido y activo en aquel momento: Rafael Gil.

El argumento de la novela y las películas es sencillo: Curro, huérfano criado en un orfanato gestionado por monjas, consigue ser apadrinado por un torero famoso de cuya hija se enamora. Pero esta se fuga con el máximo rival en el ruedo de su padre, que la burla dejándola abandonada y embarazada. El padre reniega de ella y el enamorado Curro, que se ha convertido en una nueva figura del toreo, la cuida y todo acaba en reconciliación.

En la película, El personaje de Soledad Miranda (la voz es de Pilar Montenegro, la Sultana de Jerez), todavía inmersa en el cine español del momento antes de pasarse apenas cuatro años después al internacional de erotismo y terror, canta las dos saetas que motivan esta entrada. La primera, la que abre esta exposición, la segunda, la que coloco a continuación.

Misma saeta, diferente escenario.

El rito, como debe ser, se repite cíclicamente. Todo vuelve a suceder año tras año en el mismo lugar, a la misma hora. Ese es su valor. El tiempo pasa, el misterio permanece. El tiempo pasa, las circunstancias cambian, el misterio permanece y nos va afectando de diferentes maneras. Los años y los azares de la vida nos hacen ahondar en él, comprenderlo mejor. Nos hace mejores y más grandes porque nos enfrentamos a él desde la experiencia, la derrota, los errores cometidos, las enemistades adquiridas…ese es el valor del rito, de cualquier rito y vale también (y quizá sobre todo) para la Semana Santa y su interpelación al dolor y la redención. Yo, que no soy cristiano sino seguidor de los antiguos dioses y el Recto Orden, comprendo, sin embargo, muy bien ese valor (no en vano el cristianismo es una simple apropiación de los ritos paganos y su significado por una secta triunfante que algún día deberá ser de nuevo orillada para la restauración de la verdadera Religión).

Es precisamente en ese cambio de escenario, donde reside la sutileza del ritual y de la película.

En la primera saeta, la joven, todavía libre de culpa, canta públicamente. Es más un acto de exhibición y orgullo que de devoción o reflexión introspectiva. Lo que puede esperarse de una chica joven y bien considerada, nada que deba criticarse, es también parte del rito. Y es parte del rito el orgullo del padre que la escucha desde la procesión, y la mezcla del amor profano que también es lícito y hasta sagrado en primavera…asistimos a un aspecto del misterio.

En la segunda, que se escenifica años después, pero el mismo día de la semana a la misma hora, durante la misma procesión del Gran Poder que se repite, todo ha cambiado. La chica, ya una mujer, se ha convertido, a los ojos de todos, en una pecadora. Es la hora de la penitencia, no de lucirse. Canta ahora oculta tras las cortinas del balcón, sin dejarse ver, del mismo modo que los nazarenos se cubren las caras y los cuerpos para no ser reconocidos. Es un acto de penitencia y redención que conducirá a la reconciliación, al perdón humano, no divino.

La enseñanza, que la tiene, es hermosa: si los ritos y los mitos nos sirven para expresar el arrepentimiento y conducirnos a la reconciliación y el perdón humano, aceptémoslos y vivámoslos lo más a fondo posible, independientemente de nuestras creencias. Una religión, cualquier religión, es solo una opinión, lo importante es su efecto, si resulta beneficioso.

Del perdón de los dioses no debemos preocuparnos. Su manifestación, sea cual sea nuestro dogma, se hace presente en el reconocimiento de nuestros errores y el perdón que nos dan y que damos a nuestros semejantes.

Aunque también es posible que todo lo escrito se deba a la sobredosis de torrijas, buñuelos, leche frita, incienso y tambores (soy zaragozano y la Semana Santa de Zaragoza se basa en el tambor) Un ejemplo…

Así que no me hagáis mucho caso.

©Fernando Busto de la Vega

LA MÁS INQUIETANTE PELÍCULA DE TERROR DEL CINE ESPAÑOL (MARCELINO PAN Y VINO,1954)

Domingo de Ramos, llego a casa para comer algo entre las procesiones de la mañana y las de la tarde, enciendo la televisión y zapeo para encontrar algo con que entretener la pitanza. En no se qué cadena frailuna están emitiendo, como no, Marcelino Pan y Vino, a mi juicio la más inquietante película de cine de terror español de la historia.

El hecho de que el autor inicial del relato y coguionista de la película, José María Sánchez Silva, fuera un destacado periodista falangista, que la historia se desarrollara en un convento franciscano y el interlocutor del niño se encarnase en un Cristo relegado (vaya usted a saber por qué) en un desván, pareció confundir a la censura y al público. Pero si nos fijamos bien, la película es de absoluto terror.

Un niño huérfano recogido por unos frailes encuentra una entidad fantasmal en un desván apartado y entabla amistad con ella. Esta entidad, que, como hemos dicho, se manifiesta en un crucifijo diciendo ser Jesucristo en persona, va manipulando y confundiendo al niño hasta que logra matarlo.

El enfoque del narrador y del director es cándido y amparado en la intensidad religiosa y clerical que el régimen de la época imponía a las expresiones sociales y artísticas, pero se trata a todas luces una perspectiva equivocada que edulcora ingenuamente la más siniestra historia de terror gótico y psicológico que se ha llevado al cine en España. Si no me creen, vuelvan a ver la película con menos inocencia y ya me dirán…

Para terminar, confesaré (aunque será pésimo para mi reputación) que si las pacatas leyes de origen protestante que dominan las mal llamadas democracias occidentales y la economía me lo permitieran, haría una versión de la película ambientada en un convento de monjas desenfrenadas (me viene a la cabeza, como modelo, Interior de un Convento de Walerian Borowczyk), protagonizada por una adolescente (¿y por qué pienso en Valerie y su Semana de las Maravillas?) y con la imagen de una Virgen sandunguera en lugar de un Cristo, con mucho terror gótico, sentido del humor negro y altas dosis de erotismo al gusto de los setenta del siglo XX. Después de todo, va siendo hora de empezar a quebrar la feroz y kafkiana censura impuesta en los inmorales regímenes liberales por la Revolución Conservadora que se inició en Francia en 1976 y se extendió por el mundo desde Estados Unidos a partir de 1977.

Soy así, no tengo remedio.

© Fernando Busto de la Vega

PEQUEÑO APUNTE SOBRE TRADICIÓN ORAL Y LITERATURA.

Ya lo he superado, seguramente a causa de la edad y la experiencia, pero hubo una época en la que, cada vez que la investigación histórica o literaria me conducía a la constatación documental de lo que hasta entonces eran simples consejas de viejas, historias orales que había escuchado desde la infancia, una electrizante sacudida puramente física recorría mi anatomía.

El asunto puede parecer menor, pero se encuentra en la base de la comprensión de muchas obras literarias. A fin de cuentas, un escritor solo puede innovar realmente aportando su propia experiencia vital. Los moldes, independientemente de los artificios formales, son siempre los mismos y solo se diferencian con los ingredientes exclusivos de cada autor. La literatura, en cierta medida, es como el vino y el queso: un producto básicamente artesano (aunque la industrialización tienda a colonizarlo y pervertirlo) que alcanza su singularidad por los ingredientes y las condiciones ambientales de su elaboración.

No abundaré en la idea expresada en el párrafo anterior porque me conviene ser breve y lo esencial ya está enunciado.

Contaré, sin embargo, que la primera vez que experimenté ese choque de encontrar en un libro bien documentado históricamente, con su bibliografía y su sección de documentos y anexos especializados, las historias que había escuchado oralmente, fue con veintipocos años.

Mi madre, Diamantina, era asturiana. En consecuencia no fueron pocos los veranos que pasé en Asturias, y, obviamente, incontables las historias relacionadas con el maquis que me contaron, sobre todo porque en los años cuarenta mis abuelos habían tenido un restaurante frecuentado por la alta sociedad de Oviedo (se servía marisco y pescado de calidad en un momento de la posguerra que resultaba muy difícil de encontrar) y que funcionaba como enlace y refugio para muchos maquis y su red de apoyo. A veces el gobernador civil y los cabecillas de la Falange asturiana y hasta los jefes de la Guardia Civil estaban cenando allí mientras en el sótano o en la trastienda se escondía uno bajado del monte o que pretendía subir o en la mesa de al lado alguien escuchaba disimuladamente.

Mi abuelo, taxista en Buenos Aires y Montevideo y minero en las Cuencas asturianas, era un militante de UGT que había participado en la revolución de 1934 y en la guerra civil, ello le convertía en carne de paredón y, de salvarse, de eterno represaliado. Por suerte para él (y su posteridad, entre la que me cuento), estaba casado, como el propio Marx, con la hija de un noble, un marqués, y, del mismo modo que él salvo la vida de algunos familiares de mi abuela (es lo que tienen las guerras civiles y las revoluciones sociales: puedes odiar al enemigo de clase, pero acabas, salvo que seas un hijo de la gran puta, ayudando a tus amigos, vecinos y familiares del otro bando), en 1939 le salvaron la suya y le ayudaron a montar aquel restaurante.

Puede el lector considerar la cantidad de historias de maquis que yo escuché en mi infancia y el choque casi eléctrico cuando encontré muchas de ellas corroboradas documentalmente, y hasta con fotografías de los protagonistas, en un sesudo libro de investigación histórica.

Por cierto, el restaurante de marras, del que hablaré con más detenimiento en otro lugar (y puede que sirva de base para alguna futura novela) y que, entre otras cosas, permite rectificar y contextualizar adecuadamente cierto poema de Miguel Hernández y libros más o menos fantasiosos escritos sobre su protagonista, que en mi familia fue siempre conocida con desdén como «La Manquele», cerró a causa de un hecho que también quiero consignar aquí como tradición oral para dar ocasión a historiadores futuros a verificarla si así lo desean y si encuentran la documentación adecuada.

Había uno de los policías de la Brigada Político Social, la encargada de perseguir, detener y torturar a los disidentes políticos del franquismo, que sufrió un drama personal. Su mujer le engañó con otro, o así lo creyó él, quedando embarazada. El tipo (mejor: tipejo) cuando el niño nació, y en evidente estado de ebriedad (y quién sabe si estupefaciente), le introdujo los dedos por la fontanela y le reventó la cabeza. No le sucedió nada. Todo el mundo miró para otro lado y bastó con declarar muerto al neonato por causas naturales para dar carpetazo al asunto.

Sin embargo, lo sucedido era del dominio público y cuando el prominente cornudo-torturador se presentó en el restaurante de mi abuelo, este le impidió la entrada diciéndole, literalmente, que en su casa no entraban asesinos hijos de puta. El tipejo se puso chulo, mi abuelo, Gregorio, se mantuvo firme y, finalmente, el policía sacó su pistola reglamentaria poniéndosela en la cara. Pero mi abuelo estaba prevenido y, armado desde su época de revolucionario, le apuntaba a su vez con su propia pistola (que yo mismo tuve en las manos décadas más tarde, como apreciada reliquia familiar) a la entrepierna. La cosa quedó en tablas…o, para mejor decir: ganó mi abuelo, ya que el policía fue retirado del local por algunos compañeros suyos más sensatos.

En cualquier caso, menos de una semana después, el restaurante estaba cerrado con excusas burocráticas.

Por aquella época mi madre no había cumplido los veinte años y otro policía de alto rango, un tal Cuervo, tuvo la desvergüenza de ofrecerse a anular el cierre a cambio de ciertos favores…y eso acabó de estropearlo todo. La respuesta de mi madre, siempre digna, no se redujo al bofetón, de hecho lo descalabró de un par de botellazos en la cabeza y no hubo ya vuelta atrás. Ahí acabó el negocio de hostelería de la familia.

Llegados a este punto, seguramente el lector seguirá intrigado por la fotografía que ilustra este artículo. Diré que también tiene que ver con la tradición oral y con mi madre.

Hubo una época en la que, aunque parezca mentira viendo el melón pelado que ahora corona grotescamente mi amplia estructura, yo tenía pelo (negro y ondulado) y lo llevaba largo. Precisamente por sus ondulaciones y su cantidad, a veces adoptaba inconcebibles y algo cómicos volúmenes y mi madre, mandándome (casi siempre sin éxito) a peinarme, me repetía «pareces Kammamuri».

Durante décadas nunca supe quién podía ser el tal Kammamuri, ella lo ignoraba también por completo, se limitaba a usar una frase hecha que ya utilizaba mi abuela.

Resultó, hechas las indagaciones pertinentes, que Kammamuri fue un faquir (aunque él prefería referirse a sí mismo como derviche) originario de la India portuguesa que ganó enorme fama circense en España durante los años veinte y treinta del siglo XX. Solía enterrarse durante semanas enteras para reaparecer después sano, salvo y sonriente (que yo sepa ejecutó este truco en Madrid y en Zaragoza allá por 1933), se hizo crucificar en el Circo Price y protagonizó otros muchos espectaculares números similares. Al parecer, mi abuela debió asistir a alguna de sus funciones y se quedó con lo espectacular de su melena a lo afro. Lo demás, tradición oral.

© Fernando Busto de la Vega