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LIBROS DE AGOSTO

Esta va a ser una entrada más sentimental que literaria, pero no por ello dejará de tener algún interés para el lector desocupado ávido de encontrar algún libro más o menos clásico al que hincarle el diente.

Sucede siempre, en cuanto se acerca el mes de agosto me asaltan deseos de colocar sobre mi mesilla de noche (donde ahora tengo una biografía de Negrín y un estudio sobre la guerra de la Vendée, y los habituales volúmenes de Basho, San Juan de la Cruz y Rumi) dos libros: Últimas Tardes con Teresa, de Juan Marsé y Tuareg, de Alberto Vázquez Figueroa. Son, sin duda, dos grandes novelas. Dos lecturas amenas y apasionantes cada una en su categoría, pero la verdadera razón de este deseo, como he dicho, es puramente sentimental.

En lo tocante a Tuareg, de Vázquez Figueroa, me recuerdo a los trece años, en el viejo y amplio caserón con fantasma incluido en el que vivíamos entonces mi madre y yo, leyéndolo con fruición. Puesto que la historia transcurría en pleno desierto, para ambientarme mejor, me parapetaba en uno de los balcones, cobijándome del sol bajo una de aquellas añosas y maravillosas persianas de madera, entre las cuatro y las seis de la tarde, en medio del calor más acuciante y feroz del día. Mi madre, Diamantina, me reñía y me invitaba a dormir la siesta o, al menos, refugiarme en la fresca sombra de mi habitación, yo la ignoraba e integraba el sudor y la intensa canícula en la que parecía fundirse el lapislázuli del cielo para disfrutar mejor de aquella historia sahariana…hasta que, a eso de las seis, mi amor de entonces, la que sería mi primera novia, Belén (un ángel de larga melena rubia, grandes ojos verdes y rostro de anuncio) regresaba de la piscina y, pasando bajo mi balcón, me llamaba…ahí terminaba la literatura y comenzaba el verano.

Son estos intensos recuerdos de primera adolescencia y no tanto el libro en sí, lo que me llama a retomar la lectura de Tuareg, cosa que casi nunca hago. Lo que sí se repite cada año es la lección aprendida entonces. Yo con trece años ya quería ser escritor. Ya lo era, de hecho. Y Vázquez Figueroa me enseñó una lección fundamental: se puede ser buen escritor, escribir grandes libros, trascendentales incluso, sin encastillarse en la pedantería y la erudición vacua y sin sentido. Escribir, y este es un mantra y un mandamiento para mí, es como practicar sexo y cocinar. Ciertamente hay que disfrutar, pero pensando también en los demás, en quienes van a participar de la liturgia (sea esta literaria, sexual o gastronómica) y ponérselo fácil. Eso, en parte, lo aprendí a los trece años con Tuareg de Vázquez Figueroa.

Últimas Tardes con Teresa es harina de otro costal. De hecho, debo confesarlo, Juan Marsé es uno de los pocos escritores contemporáneos por el que siento algún respeto y esto debe notarse en mi día a día.

En este caso la melancolía me conduce a otro verano, el de los quince años.

Fue un verano de mucha limonada y aún más café con hielo, de esconderse por los rincones y quemar las madrugadas, de creer en la música como vía de escape hacia las estrellas y componer y cantar canciones con los amigos, como tantos otros chavales de nuestra edad. Un verano que creí adulto y fue la quintaesencia de la adolescencia exaltada.

Y en esto: Teresa, el Pijoaparte, Maruja, la lucha de clases, la diferencia de barrios, las motos robadas, las chicas medio desnudas en las playas, la maldad de los celos, la desesperación de los deseos inalcanzables…el amor, las aspiraciones, el engaño, la mezquindad, la impostura…la lección literaria de que toda buena novela debe reflejar la miseria del ser humano, sus limitaciones físicas y morales. Otra gran lección para un escritor en ciernes. Un zangolotino de quince años que lo ignora todo, pero quiere aprender deprisa, que lleva dentro el fuego exaltado de la creación y la procreación, de la filosofía, el idealismo y el amor, de la pasión y el conocimiento absoluto de que la lucha puede conducir a la derrota, sin que ello importe demasiado. Al menos a los demás.

Son dos libros que vienen a mi en agosto por cuestiones sentimentales, pero que, en cualquier caso, recomiendo al lector. Especialmente al lector adolescente (si es que eso sigue existiendo).

Vale.

© Fernando Busto de la Vega.

ALFONSO EL BATALLADOR ¿MARICÓN?

MONUMENTO A ALFONSO EL BATALLADOR EN ZARAGOZA, UNA NOCHE DE ESTE VERANO.

Lo cierto es que resulta triste (y a la par nauseabundo) comprobar hasta donde llega la estulticia y la indigencia cultural de algunos que pomposamente (y por certificación universitaria, y habría que hablar de la ilegitimidad intelectual que está alcanzando la universidad en nuestros días) se denominan historiadores.

Ayer mismo, mi excelente amigo Sergio L. (por cierto: a ver si aprovechamos estos días para tomarnos unas cañitas), me envió un corte de vídeo en el que una de estas «doctoras en Historia» sabelotodo, jactanciosa y ayuna de conocimientos indispensables para el desarrollo de su profesión, al dar cuenta del desastroso matrimonio de Alfonso el Batallador con la reina Urraca de León, zanjaba las desavenencias (sin tener en cuenta los arduos y enconados problemas políticos que se oponían al normal desarrollo de aquel matrimonio, siendo el principal de todos la ambición de Diego Gelmírez, arzobispo de Compostela, que veía en la llegada al trono de León de Alfonso I de Aragón un freno para su dominio casi absoluto en Galicia) y los problemas en el lecho aludiendo a la homosexualidad de Alfonso el Batallador.

Vamos a ver. Seamos serios. Esta señora con todos sus doctorados y todo el prestigio académico que quiera tener (el prestigio académico entre catedráticos mediocres, cantamañanas insulsos y cenutrios de ambos sexos adocenados y cegados por la deriva político-propagandística del momento carece de otro valor que la autocomplacencia social, pero es nulo si atendemos a la capacitación profesional e intelectual de esa mayoría de mamelucos de cuarta con título y cátedra conseguida de favor o al pairo de lo ideológicamente conveniente…y por eso procuro alejarme del viciado ambiente universitario) carece de la perspectiva adecuada. Y esta señora y otros historiadores e historiadoras como ella, no tiene esa perspectiva adecuada porque toma demasiados cafés con sus amiguitas feministas, progres y lesbis y dedica muy poco tiempo a comprender la época que trata de explicar.

Cierto que la experiencia con las mujeres de Alfonso el Batallador era escasa y que muy probablemente llegó al matrimonio sin ninguna tentativa sexual, pero esto no se debía a la homosexualidad, sino al ascetismo. Alfonso I de Aragón fue un personaje muy próximo a la Orden del Temple, incluso llegó a donarle en su testamento su caballo, su espada y su reino. A lo largo de su vida y de su reinado, Alfonso el Batallador siguió las reglas del Temple que incitaban a combatir constantemente al infiel (cosa que hizo impecablemente y con notabilísimo éxito) y vetaban el contacto con mujeres. Un templario no debía hablar, tocar ni mirar a ninguna mujer, ni siquiera a su propia madre. Era parte de su renuncia al mundo y de su entrega al combate sagrado.

Alfonso I de Aragón, el Batallador, no era un maricón, era un templario in péctore y esta señora lo sabría si se hubiera molestado en leer las reglas del Temple, que son asequibles y están impresas en castellano y hasta en una edición popular.

Así nos luce el pelo y por eso habrá que cerrar las universidades. Demasiada mediocridad, demasiada política, demasiado cabildeo, demasiado memo metido a catedrático…

OTRA FOTOGRAFÍA ALGO MÁS HEROÍCA DEL MISMO MONUMENTO. AMBAS DEL AUTOR.

© Fernando Busto de la Vega.

EL MEJOR WESTERN DE LA HISTORIA (LA BATALLA DE LAS COLINAS DEL WHISKY, THE HALLELUJAH TRAIL, 1965)

Me consta que los puristas del género y los fans de John Ford están en este momento rasgándose las vestiduras (aunque afirmo que El Sargento Negro, Sergeant Rutledge, 1960, no le va a la zaga a esta) y que el director de The Hallelujah Trail, John Sturges, es también el autor de una de las películas más racistas y despreciables de la historia (Los Siete Magníficos, 1960, adaptación de Los Siete Samuráis de Akira Kurosawa en la que los samuráis son mercenarios anglosajones y los campesinos, mejicanos en la miseria), pero nada de eso me importa. Es verano, hace calor y el eco trae recuerdos de aquellos entrañables cines al aire libre de la infancia. Hoy por hoy, deseando pasar un buen rato y recrearnos en la aventura, la comedia, una buena historia bien contada, con excelentes personajes y tensiones dramáticas perfectamente trazadas, música briosa y adecuada…hoy por hoy, digo, y por lo menos hasta octubre, sostengo que La Batalla de las Colinas del Whisky es el mejor western de la historia y merece la pena verlo en familia o con amigos.

Fuera de eso, como aficionado impenitente a la historia y la estrategia militar, sigo estudiando muy a fondo la táctica de la «dirección casi paralela» y el «contacto separado» que tan bien escenifica y explica Burt Lancaster en su papel de coronel Gearhart.

Por cierto, es preciso recordar aquí a los guionistas: William Gulick y John Gay y al autor de la banda sonora, Elmer Bernstein.

Un último apunte, este algo más pedante: que Sturges era un fiel alumno de Kurosawa y que aprovechaba sus enseñanzas se nota en esta película en el detalle del mapa para explicar la acción, artificio procedente sin duda alguna de Los Siete Samuráis (1954).

No molesto más por hoy.

© Fernando Busto de la Vega.

AMOR ALADO

La naturaleza es impúdica, especialmente en verano. Todo el mundo anda enfrascado en los asuntos de la procreación y el pudor es solo cosa de humanos (y ni siquiera de todos).

De modo que uno anda por ahí, de terraza en terraza, de parque en parque, y no para de encontrarse a todas horas con el llamado milagro de la vida en pleno desarrollo. Desde el arrullo apremiante de las palomas a los desvaríos públicos de algunos humanos pasando por todo tipo de paradas nupciales de innumerables especies de mamíferos, aves e insectos.

Y uno acaba dándose cuenta de lo aburridas y poco espectaculares que resultan las cópulas humanas en relación con las de otros animales. Especialmente los insectos.

Ahí están las mariposas, y hablo exactamente de la especie Lasiommata Megera, con sus espectaculares vuelos en espiral desde el suelo hasta lo más alto de las copas de los árboles, culminando su coreografía con el ayuntamiento y la separación para retomar la danza de nuevo desde el suelo, o los mosquitos volando en plena cópula, el uno cabeza abajo, el otro cabeza arriba en una oposición bifrontal que asciende y desciende rítmicamente…son apenas dieciséis segundos de sexo salvaje, pero en plena acrobacia. ¿Qué decir de las libélulas y su afán contorsionista y ese empeño en volar unidas?

Si fuera un individuo sesudo y serio y no estuviéramos en julio, quizá llegaría a conclusiones filosóficas profundas y repletas de consecuencias y conclusiones. Como soy yo, estoy a pique de terraza y sucesión de cañas y abandonado (por no decir perdido en) a la molicie y el vicio, solo se me ocurre decir que la pornografía de la especie humana (esa que quiere tasar y prohibir el puritanismo progre que nos ha caído en desgracia y al que habrá que combatir como se combatió el de sacristía, a fuerza de pecar y vulnerar cada ley insulsa y estúpida que impongan) está sobrevalorada. Quizá me arriesgue y funde una productora especializada en el porno entomológico. A lo mejor mi público no se excitará ni encontrará motivo para la masturbación (aunque hay gente para todo), pero seguro que queda pasmado y asombrado con la espectacularidad del sexo de insectos y demás bichejos.

Sí, anochece, son las diez de la noche y aún queda una pálida luz que hace risueño y dulce el mundo. Quizá de ahí mi ensoñación empresarial…

Estamos a mediados de julio, no seamos demasiado estrictos. Divertíos, fornicad aunque no podáis volar cabeza abajo durante el folleteo (siempre os quedarán la carretilla, el helicóptero e inventos semejantes para hacer gollerías) y ved mucho porno humano antes de que las pacatas castradoras de Igualdad os lo tasen. Hoy por hoy eso de ver porno e irse de putas es un acto contracultural y revolucionario.

Acabaría este artículo con alguna imagen de la cópula humana, pero luego mi amigo y buen seguidor de este blog , el Unga-Unga, me echa la bronca aseverando (lo hizo con el artículo del cameltoe) que no puede leer mis cosas en público. La gente se asoma a su móvil, ve ciertas imágenes…y el pobre se avergüenza…así que nada de gente en bolas y follando. Así, de paso, puede que también evite la cada vez más omnipresente y patética censura de internet y este artículo alcance un posicionamiento aceptable.

© Fernando Busto de la Vega.

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL Y JUAN NEGRÍN (SIN OLVIDAR TANGENCIALMENTE A SEVERO OCHOA)

SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL, PREMIO NOBEL DE MEDICINA EN 1906.

No podemos engañarnos, todos sabemos que hay libros que no escribiré ni interesantísimas investigaciones en las que no perderé el tiempo. Ello no significa en modo alguno que no señale el camino a aquellos que teniendo tiempo, medios y ganas para investigar anden a la búsqueda de temas de interés. En ese sentido, con varias décadas menos, me identifico con el George Dumézil de La Prostituta y los Señores de Colores cuando, ya con más de ochenta años y dándose cuenta de que no iba a tener tiempo de completar todas las investigaciones que tenía en cartera sobre la trifuncionalidad indoeuropea, las resumió en dicho libro para que sus discípulos directos e indirectos tuvieran una guía que seguir.

En estos días ando repasando la biografía de Juan Negrín más allá de su aspecto político y he dado con una interesantísima línea de tensión histórica y científica poco explorada que bien justificaría meses de huroneo historiográfico en archivos y bibliotecas: la influencia que Santiago Ramón y Cajal ejerció sobre la carrera científica de Negrín a través de la presidencia de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE). La influencia y la confrontación de ambas voluntades con predominio de la de Ramón y Cajal, en mejor posición social y de prestigio.

JUAN NEGRÍN, PRESIDENTE DEL GOBIERNO DE LA II REPÚBLICA ESPAÑOLA (1937-1939)

La primera vez que Juan Negrín recurrió al patronazgo de Ramón y Cajal y la JAE fue en 1912 cuando acababa de doctorarse en Medicina en Leipzig con tan solo veinte años. Desde ese momento y hasta que en 1917 la propia JAE fundó y le puso al frente del Laboratorio de Fisiología General la férrea voluntad de Ramón y Cajal resultó determinante para dirigir la vida y carrera del futuro presidente del Gobierno republicano con un momento clave en 1916 cuando, regresado a España desde Alemania a causa de la I Guerra Mundial, Negrín solicitó a la JAE una beca para estudiar en Estados Unidos. Beca que le fue denegada por el propio Ramón y Cajal con el argumento de que primero debería transmitir en España los conocimientos adquiridos en Leipzig y ofreciéndole el puesto de director del Laboratorio de Fisiología General creado ad hoc para él en 1917.

Subsidiariamente, otra interacción interesante en la historia científica que debería estudiarse con más profundidad es la del propio Negrín y su discípulo Severo Ochoa.

De hecho, podría trazarse un puente de Nobel a Nobel (de Ramón y Cajal a Severo Ochoa) pasando por Juan Negrín como nexo común. Resultaría un libro ilustrativo e interesante.

Como sabemos, Severo Ochoa se distanció de su maestro Negrín cuando este decidió entrar en política en 1930 argumentando, en mi criterio con buen tino, que un científico debe dedicarse a la ciencia, no a la política. De hecho Negrín dilapidó su carrera científica y hasta su prestigio por su desafortunada incursión en la política. La ruptura total llegó en 1935 cuando Ochoa opositó a la cátedra de Fisiología de la universidad de Santiago de Compostela y Negrín votó en su contra para apoyar al candidato de su amigo Pi y Suñer, su propio hijo: Jaime Pi y Suñer.

El lance es interesante en varios aspectos, pero sobre todo porque muestra el nivel de compadreo, endogamia y amiguismo que ya entonces predominaba en la universidad española y lo poco fiables que los laureles académicos y las prelaciones escolares resultan a menudo. No diré mucho más al respecto.

SEVERO OCHOA, DISCÍPULO DE NEGRÍN Y PREMIO NOBEL DE MEDICINA EN 1959.

© Fernando Busto de la Vega.