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MANUAL DE MASTURBACIÓN CUÁNTICA

Cualquier escritor y editor, por muy incompetentes que sean, saben de sobra que un buen título y una buena portada son, junto con la máxima publicidad y la más adecuada distribución posibles, la receta mágica para el éxito inicial de un libro. O de un artículo y tú, amigo lector, si has llegado hasta aquí, lo has descubierto también.

A veces las inadvertidas erratas o la insultante estulticia de un autor con ínfulas de divo son las que dan con la tecla del título llamativo.

En el caso que nos ocupa, y que da título a esta entrada insulsa y vacua (las sustanciosas y enjundiosas resultan a menudo menos interesantes para el lector), la clave del título se debe a la segunda causa.

Una chica recién graduada en psiquiatría, muy concienciada en el feminismo predominante y deseosa de aportar su granito de arena, ha escrito un libro basado en la premisa de que las mujeres, para empoderarse del todo, deben separar su placer sexual del trato con los hombres. Eso las conduce al lesbianismo y la masturbación

Como, por lo visto, resulta extraordinariamente complicado que las mujeres encuentren la satisfacción sexual, sobre todo sin el adecuado asesoramiento de esta egregia consejera, la joven psicóloga ha escrito un mamotreto de casi mil páginas explicando a las mujeres el modo de masturbarse para no solo alcanzar el placer y la satisfacción sexual sino para empoderarse y liberarse del yugo patriarcal. Ha llamado al grueso opúsculo Manual de Masturbación Cuántica…

…Y por alguna extraña razón, en lugar de someterlo al criterio de alguna aguerrida correligionaria, me lo ha traído a mí, último mono de la literatura patria y ente de lo más patriarcal, para que lo evalúe. Me han bastado dos páginas para comprender que, además de ser la autora una fervorosa practicante de lo que predica (lo cual no deja de ser un triste desperdicio, porque es guapa y debería compartir su belleza y juventud, aunque fuera con aguerridas y peludas correligionarias), confunde «cuántico» con «tántrico».

Su pestiño onanista, quiero decir: su obra liberadora y empoderadora, debería titularse Manual de Masturbación Femenina Tántrica. Le he informado de su error y ha quedado muy contristada, quizá interrumpa su intención de publicar el dichoso manual incluso una vez corregido (en Word resultaría un proceso de lo más sencillo). Sea como fuere, le he pedido que me deje utilizar el erróneo título original que hoy sirve para encabezar esta entrada y algún día, quién sabe si para originar algún tipo de novela de ciencia ficción con mucho de erotismo canalla y sentido del humor negro.

Estamos en época de crisis, no hay que desperdiciar nada, ni siquiera la estupidez ajena.

© Fernando Busto de la Vega

BASHO, ESE TURISTA

Cuando uno acaba comprendiendo que Matsuo Basho era un simple turista, todo cambia.

Tanto la exagerada fascinación, rayana en la impostura y la fabulación, de los primeros traductores del poeta japonés al español, procedente en cualquier caso de la que le transmitieron sus asociados nipones, como el hecho comprobado que desde 1679, a los treinta y cinco años, se convirtiera en «laico consagrado» del zen, suelen inducirnos a error. Consideramos fruto del desapego lo que no es sino frivolidad.

No estoy diciendo con esto que sea mal poeta y mucho menos me sumo a las acusaciones de mediocridad de un experto como Masaoka Shiki que, a mi juicio, comprendió la obra de Basho todavía menos que los traductores occidentales, queriendo ver en ella lo que nunca existió (una voluntad de innovación) y cerrándose en un exagerado concepto formalista.

Basho, como todos, simplemente era producto de su tiempo y su tiempo, la estricta dictadura Tokuwaga, tendía, como todas las dictaduras, a la irrelevancia moral. Uno no se hacía preguntas trascendentes, simplemente aceptaba la verdad oficial y dialogaba con ella sin excesivas complejidades, sin cuestionarla. Las cosas eran como eran, y punto. El estado anterior, el desorden y la guerra, era peor. Eso no podía cuestionarse. Y, de hecho, solo lo cuestionaron los cañones del comodoro Perry en 1854.

Un ejemplo inmejorable de esa frivolidad (que no critico, tan solo describo) de Basho y su poesía, esa condición de turista (y solo pondré uno para no alargar esta entrada, el tema daría para un extenso libro y es mejor no alargarlo demasiado aquí) lo tenemos en el libro Nozarashi Kikô ( Diario de Una Calavera a la Intemperie) en el que podemos leer: «Caminaba junto al río Fuji cuando encontré a un niño de apenas dos años abandonado. Lloraba desconsoladamente (…)bajo el frío viento de otoño el niño me hizo recordar al trébol, que cae de noche y se marchita cuando amanece. Bajé mis mangas en señal de duelo, le eché un poco de comida y pensé, al pasar junto a él:

Los que se compadecen de los monos ¿cómo se comportarán con este niño en el viento de otoño?»

Viene después un párrafo de lamento y conformidad sangrientamente estoica que concluye: » Esto es algo que te viene del cielo y solo puedo llorar por tu destino» para pasar de inmediato a comentar: «El día que íbamos a cruzar el río Oi, estuvo lloviendo sin pausa» e insertar un poema sobre sus amigos de Edo, ansiosos por su regreso y preocupados por el peligroso tránsito de la corriente fluvial.

El niño abandonado se convierte así en una simple anécdota lacrimógena y dramática con que adornar un viaje por provincias, más o menos al modo moderno en que ciertas «influencers» que se benefician no cuestionando el mundo establecido y el poder que lo rige, se hacen fotos con niños desnutridos y miserables de los países tercermundistas que visitan. Es el mismo espíritu frívolo y conformista. El mismo actuar hacia la galería de los favorecidos por el régimen.

Sí, definitivamente, Basho era un turista y un «influencer» de su época. No lo critico, pero comprenderlo lo cambia todo. Es así.

© Fernando Busto de la Vega

SOBRE FELIPE TRIGO Y LAS MIXTIFICACIONES DE LA GAUCHE DIVINE

Al analizar la cultura española del siglo XX solemos recurrir al sencillo lugar común de considerar culpable de todo lo malo a la dictadura franquista. No seré yo quien la defienda, pero resulta imprescindible ampliar perspectivas y modificar inercias de origen político y propagandístico para llegar a comprender adecuadamente el periodo y las causas que nos han conducido paulatinamente a la decadencia cultural y literaria. Y, a menudo, se pasa por alto el pésimo papel que la «Gauche Divine» y sus tejemanejes empresariales artístico-culturales basados en la mentalidad paleta, acomplejada y antiespañola de sus integrantes, procedentes en su inmensa mayoría de la burguesía barcelonesa y en su totalidad asimilados a sus premisas ideológicas, han jugado en el devenir cultural, y especialmente literario, español.

En efecto, la emergencia de Barcelona como potencia editorial e icono de modernidad especialmente durante el franquismo y siempre bajo la égida de la burguesía catalana, tan acomplejada de su subsidiariedad en el ámbito nacional como ávida de cobrar un protagonismo con marchamo de «modernidad» y «europeísmo», supuso una catástrofe terminal para la literatura y otros ámbitos artísticos. Soy consciente de que muchos se horrorizarán ante esta heterodoxa afirmación y tratarán de esgrimir en mi contra los supuestos éxitos y logros de esa «Gauche Divine» aludiendo desde el «boom» latinoamericano (fenómeno sobredimensionado y, en general, carente de interés, aunque nos vendan lo contrario y en otras entradas exploraremos más a fondo el asunto) hasta autores como Eduardo Mendoza o Juan Marsé (uno de los pocos surgidos de ese maremágnum a quien respeto) tildándome, además, de ignorante. No discutiré con ellos, no merece la pena. Me limitaré a decir, y con toda la malévola guasa de la cita y su contexto histórico-político: «ladran, luego cabalgamos».

Uno de los desaguisados causados por el auge de esa tan bien financiada como hábil autopropagandista generación barcelonesa es el olvido de Felipe Trigo, uno de los más relevantes y mejores escritores del siglo XX en España. Cierto que las dictaduras de Primo de Rivera y Franco ejercieron un papel decisivo y pionero en escamotear su obra (radicalmente crítica con el caciquismo y eróticamente inasumible por la hipocresía nacionalcatólica), pero no debemos olvidar que, precisamente, los retoños de la Gauche Divine procedían de esa misma burguesía caciquil que Trigo criticaba y que ejercitaban esa misma hipocresía, revistiendo de modernidad y progresismo sus propios excesos vitales al tiempo que criticaban desde el severo puritanismo marxista los ajenos. Pero, sobre todo, eran víctimas de sus propias carencias e ignorancias. De sus propias perspectivas geográficas. No conocieron, y sobre todo, no reconocieron a Trigo porque las generaciones anteriores se lo ocultaron y no lo apreciaron por su «madrileñismo centralista». Don Felipe era extremeño (luego charnego, no nos engañemos) y triunfó en el ámbito cultural de la capital, de modo que no convenía a la proyección ideológica que desde el complejo de inferioridad catalanista alentaba a aquellos vástagos díscolos de la burguesía catalana. Además, la moda demagógica del momento era el marxismo-leninismo cuando no el maoísmo y Felipe Trigo había deambulado a lo largo de su vida desde el socialismo militante hacia el reformismo radical vinculado a Melquiades Álvarez, no resultaba, por lo tanto, buen ejemplo, era preferible postergarlo.

De hecho, el mayor y tardío esfuerzo por recuperar su figura, ya en los años ochenta del siglo XX, procedió de un cineasta castellano y marcadamente castellanista, Giménez-Rico, que adaptó en 1987 la novela Jarrapellejos llevándola al Festival de Berlín. Pero el intento no dejó de ser un fuego de artificio a causa de la indiferencia que la hegemonía cultural y literaria alcanzada en esas fechas por la ficción ideológico-cultural creada por el éxito empresarial de la Gauche Divine en España y fuera de ella, había generado un sesgo que seguía manteniendo la marginalidad esencial de Felipe Trigo en cuanto figura literaria.

Sin embargo, desde estas páginas, consciente y abiertamente combativas y heterodoxas, queremos (para mejor decir: yo, Fernando Busto de la Vega, quiero) no solo reivindicar la figura de este autor sino también su absoluta centralidad en la historia literaria española e hispano americana cuyo relato ha de modificarse en este siglo XXI perfilando y opacando el excesivo peso que el citado éxito de la Gauche Divine ha adquirido en el viciado sesgo que constituye el relato histórico de la literatura, el arte y la cultura española del siglo XX. Hay que rectificar y es preciso establecer un nuevo canon y una doxología completamente distinta. Hemos de adorar nuevos dioses hoy olvidados y postergados, y derribar a los ídolos de barro que nos ofrecen como totems intocables.

Desgraciadamente, esta entrada está ya prolongándose demasiado y será preciso posponer el análisis de la obra y personalidad de Felipe Trigo para otra ocasión. Hasta entonces, y jamás creí que pronunciaría frase semejante, ¡a cascarla, Boccaccio!

© Fernando Busto de la Vega