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CAPITALISMO FRENTE A PATRIOTISMO

No podía ser de otro modo, el capitalismo nos ha corrompido y nos destrozará.

Tantas décadas permitiendo que el neoliberalismo y los neoliberales (traidores al pueblo y criminales por definición) marquen el rumbo y nos dicten su doctrina imponiéndola como “lo normal y lo decente” mientras el internacionalismo de la izquierda se decantaba, bajo paradójica influencia estadounidense, hacia lo absurdamente identitario y quimeras por completo desconectadas de la realidad, nos han conducido a un punto de no retorno que solo in extremis y con un cambio radical de mentalidad podremos enderezar para el bien común.

Frente a la lógica del capitalismo individualista es preciso que retornemos, hoy mejor que mañana, a la lógica del patriotismo.

La inflación es en gran medida (aunque no quiero simplificar) un asunto de avaricia individualista y cortoplacista que pretende anteponerse al interés general y a la actuación patriótica con mentalidad de largo alcance. Eso puede suceder porque el ilegítimo régimen liberal de 1978 ha fomentado el egoísmo frente a la moral patriótica.

Y eso debe terminar. Viene una crisis enorme no solo económica sino en muchos de los aspectos vitales y solo unidos y como una sola nación podremos superarla. Lo contrario, ya lo hemos estudiado en otras entradas, significa que los más ricos salgan de ella siendo más ricos y poderosos mientras el pueblo cae en la miseria y la patria se destroza.

Lo digo alto y claro: ES PRECISO ACABAR CON EL ILEGÍTIMO RÉGIMEN LIBERAL DE 1978 E IMPONER LA MORAL PATRIÓTICA SOBRE LA INMORALIDAD CAPITALISTA. No hablo de comunismo, ni siquiera de socialismo. Hablo de patriotismo social.

© Fernando Busto de la Vega.

EL ZOMBI DE JOAQUÍN COSTA

A estas alturas del baile, escribo en febrero de 2022, parece ya fuera de toda discusión que el régimen de 1978 se encuentra en descomposición. No asistimos, a mi modo de ver, a una crisis metamórfica, un espasmo que permitirá una renovación y una adaptación para la supervivencia, sino terminal. Y el gran peligro es que no atisbamos alternativa alguna. La crisis terminal del régimen de 1978 amenaza muy seriamente con convertir a España en un Estado fallido.

En estos momentos, asistiendo a las convulsiones del Partido Popular, podemos percatarnos de algunas de las causas subrepticias que conducen a dicho colapso. Si afinamos bien la observación y no nos dejamos llevar por el apasionamiento o por las ruidosas contorsiones del espectáculo público que nos ofrecen, seremos capaces de abordar una diagnosis en profundidad que, más allá de la coyuntura, nos mostrará la estructura subyacente. El verdadero problema de fondo.

Bien, para no alargarnos innecesariamente: el liderazgo partidista de Pablo Casado se hunde irremediablemente en el tumulto de las facciones (nada que no se viera en el directo antecedente del actual régimen, en el de 1876, cuando llevaba un recorrido temporal más o menos similar al actual y que podemos conceptuar casi como determinismo biológico) y, para sobrevivir, el partido busca un cirujano de hierro (utilizo deliberadamente esta expresión costista) que establezca un nuevo liderazgo indiscutido.

Para ello se recurre a un caudillo regional, el presidente autonómico de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, que ha revalidado cuatro mayorías absolutas y permanece al frente de la Xunta desde el año 2009 habiendo evitado con éxito la implantación de Ciudadanos y de Vox en el parlamento autonómico. Sede parlamentaria en la que el PP mantiene la mayoría desde 1990, más de treinta años ya.

A nadie se le oculta que dicha estabilidad y pertinacia trasciende lo ideológico y lo sociológico para instalarse abiertamente en lo clientelar. El PP se mantiene en Galicia al modo del siglo XIX, con un caciquismo comarcal y local que tiende redes clientelares en todo incompatibles con una moderna democracia. Habría que ver el modo en que Núñez Feijoo, en caso de consolidar su liderazgo al frente del PP, trasvasaría su exitoso modelo al resto de España. Es cierto que existen territorios (no señalaré cuales) que experimentan penetración radicular y caciquil del PP similar a la de Galicia, lo que le facilitará, como a sus antecesores, la consolidación electoral. Sin embargo, en otros territorios será complicado tejer dichas redes clientelares con la rapidez necesaria.

Pero decir esto es solo parte del diagnóstico. El problema no son la redes caciquiles y clientelares tejidas por el Partido Popular en determinadas zonas de España. El verdadero problema reside en que este mismo sistema se reproduce en todo el Estado. De hecho, los diversos independentismos en Cataluña, Vascongadas, Baleares y otros lugares no son otra cosa que la implementación pública de los caciquismos locales y sus redes clientelares.

España sigue bajo la dictadura de los caciques, algunos de los cuales, como siempre sucede en los momentos de descomposición nacional, aspiran a la independencia. Las taifas conducen, indefectiblemente, a la disgregación. Nada ha cambiado en la estructura social, política y económica de España desde 1876 y por ello los problemas del pasado se reproducen y se reproducirán en un bucle vicioso y autodestructivo.

La regeneración por la que clamaba Joaquín Costa nunca se produjo (aunque muchos, especialmente las dictaduras encargadas de gestionar el continuismo de los caciques de siempre, clamasen por ella como argumento propagandístico) y seguimos necesitándola, ahora más que nunca.

Podemos decir que Joaquín Costa ha muerto (en 1936, no en 1911) y que sigue deambulando por el paisaje crepuscular de la España en descomposición, en pronunciada cuesta abajo hacia su condición de Estado fallido, a guisa de zombi, rugiendo sus consignas sin poder articularlas en adecuados discursos. Habla, pero ya en un idioma desconocido.

España, amigos, se va por el sumidero de la Historia. Disfrutadlo.

© Fernando Busto de la Vega