El domingo 26 de julio de 1806, en Winkel, con Maguncia a la izquierda y Bingen (la abadía de Hildegarda) a la derecha, ambas en la orilla opuesta, la joven poetisa de 26 años Karoline Von Günderrode, desesperada por no conseguir que su amante, Georg Friederich Creuzer, que tendría el mal gusto de sobrevivirla hasta 1853, abandonara a su mujer, buscó un tranquilo y adecuado paraje en la rivera del Rin y llegó hasta él con un llamativo vestido rojo. Una vez allí, tras asegurarse de que se encontraba sola, extrajo de su faltriquera un estilete de plata y se lo clavó en el corazón dejándose caer, como una Ofelia travestida en amapola, en la corriente impetuosa del río, que la arrastró durante días hasta que la encontraron en un remanso. Había dejado escrito el siguiente poema:
A pesar de mi nueva y reciente opinión sobre Matsuo Basho no desdeñaré la ocasión de recurrir a un pasaje de la Senda Hacia El País de Oku (yo prefiero la traducción de La Estrecha Senda Hacia el Lejano Norte) que, desde la primera vez que la leí, allá por la adolescencia, viene dándome que pensar.
Seré escueto y dejaré la reflexión, como siempre, al lector.
Llegados al paso de Shirakawa, que delimitaba la frontera entre el Japón más o menos doméstico y controlado y el lejano norte todavía salvaje y misterioso (al menos para un habitante de Edo-Tokio), Basho nos cuenta una anécdota sobre su discípulo y compañero, el ronin Kawai Sora.
En una de sus habituales digresiones cultas, el poeta recuerda como Fujiwara-no-Kiyosuke, un compilador de poemas y anécdotas del siglo XII, contaba como cierto viajero procedente de la corte se puso su mejor traje, el más formal y ceremonial, para atravesar el paso de Shirakawa.
Kawai Sora, también muy consciente de este antecedente histórico-literario y vestido con su traje negro y harapiento de peregrino, simplemente se colocó en la cabeza una corona de deutzias y atravesó con ese aderezo el mismo paso dejando escrito un haiku:
«Deutzias blancas en mi frente,
me visten de gala
para cruzar el paso de Shirakawa.»
Y tenemos aquí planteada una de esas interesantes dicotomías de la existencia.
Podemos zanjarla recurriendo al displicente escepticismo moderno: Sora no era un noble cortesano, tampoco vivía en el siglo XII sino en el XVII…no son situaciones comparables.
Sin embargo, es evidente que Basho y Sora querían compararlas y dejar una lección de vida, de literatura y de filosofía.
¿Cómo atravesar los grandes hitos del camino y de la vida? ¿Con pompa y circunstancia o con alegre humildad?
Mi respuesta individual está clara, quienes me conocen no dudarán. Dejo que el lector opte por la suya.
La expansión del islam fue, sobre todo, la expansión de los árabes bárbaros, ayunos de cultura y procedentes de la periferia del mundo civilizado que lograron enriquecerse y hacerse poderosos con la excusa religiosa. Ello no significó en ningún momento que obtuviesen el respeto de los sometidos en tierras civilizadas (sirios, persas, egipcios…) y no tardó en surgir un movimiento cultural contrario al predominio de los bárbaros árabes y que miraba con cierta distancia el islam. Hablo de la shubiya.
Con toda probabilidad, el mayor representante de esta corriente cultural, o al menos el que más prestigio mantiene en nuestros días por la perfección con la que hablaba y escribía el árabe clásico, fue el poeta Abu Nuwás nacido, sin que exista una fecha precisa, en torno al 750 en el suroeste del actual Irán. Su padre era un árabe perteneciente al ejército de los Omeyas, su madre una persa. A pesar de que la educación de Abu Nuwás fue la propia de un árabe, estudiando con poetas de esa raza y conociendo la vida del desierto, la temprana muerte de su padre le permitió recibir una educación predominantemente persa en su casa, lo que le convirtió en partidario de los Abasidas y en seguidor de la shubiya.
La poesía de Abu Nuwás está repleta de desdén e ironía frente a los clásicos lugares comunes de la antigua poesía árabe y el comportamiento de los rudos conquistadores islámicos, siempre hablando de sus genealogías, de caza y de guerra y despreciando los avances de la civilización.
Además, como núcleo de su oposición al dominio de los árabes bárbaros y del islam, adoptó una temática poética de libertinaje elogiando el vino y la bisexualidad en un mundo en el que frecuentaba más las tabernas atendidas por hermosas muchachas que distaban mucho de vivir sometidas a los preceptos islámicos y hermosos y complacientes muchachos susceptibles a la sodomía y demás prácticas sexuales entre hombres y los monasterios cristianos donde se expendía vino que las mezquitas y estimando en mayor medida el legado del emperador persa Cosroes que el del camellero analfabeto, cruel y vengativo que fue Mahoma.
Sin embargo, quizá porque vivía en Bagdad desde el reinado de Harun Al- Rashid, cuando llegó la guerra entre los hijos de este por la sucesión: Al-Amín, con sede en Bagdad y apoyado por los árabes y Al Mamún, con sede en Persia y apoyado por los persas y otros sometidos, tomó partido por el primero. Dilemas de la política y azares de las guerras civiles. Sea como fuere, el triunfo de Al Mamún coincidió con la muerte de Abu Nuwás sin que conozcamos tampoco muchos más datos.
Lo importante aquí es poner de manifiesto que el islam en cualquiera de sus formas extremistas (sunnitas o chiitas) nunca fue una realidad indiscutible ni la verdadera naturaleza de los pueblos a los que ha sometido y sigue sometiendo. El islam, instrumento del imperialismo árabe y secta destructiva, es una superestructura ideológica ajena a la realidad social e impuesta por la fuerza, la tiranía y el dominio de los fanáticos más despreciables. Así, cuando vemos el Irán de los ayatolas, no estamos viendo la realidad persa, estamos viendo el predominio de una secta sobre la sociedad, estamos viendo la falsificación de la historia y de la cultura de todo un pueblo a manos de unos clérigos radicales y refractarios a la civilización. Estamos viendo también la enorme dimensión histórica del Sha Reza Palevi, tan vilipendiado por la izquierda al servicio de Moscú, y cuanto ha retrocedido la libertad y la modernidad en el mundo islámico desde los años setenta. Ahora incluso la Turquía secularmente laica está en peligro de regresión.
No podemos seguir contemporizando con las monarquías del Golfo ni con los ayatolas, se impone una revolución no ya laica, sino antiislámica en todo el mundo, comenzando por La Meca (y Teherán). Y, ojo: Europa.
NOTA: adjunto dos fotografías que ilustran bien los mundos opuestos entre los que tenemos que optar. La primera, es evidente: los burkas y demás garambainas del totalitarismo islámico. La segunda es una fotografía de la modelo Mahlagha Jaberi, de origen iraní que, naturalmente, no vive en Irán. Debemos elegir, no podemos seguir siendo neutrales: o fardos enlutados o mujeres libres que puedan lucir su cuerpo en las playas si les place. O islam o civilización.
En tiempos de incertidumbre como estos, lo mejor es refugiarse en el placer sereno (o en el tumultuoso si se tienen a mano un par de mujeres ardientes y complacientes con las que fornicar y reír) y no renunciar al vino ni a la belleza mientras se escuchan palabras de sabiduría milenaria. Personalmente, me gusta, a veces, brindar a través de los siglos con Omar Jayam y hoy quiero hacerlo públicamente, en esta charla intemporal y muda aderezada con buen vino, mejor talante y una sonrisa relajada nacida de la confianza en el infinito y el desprecio hacia lo contingente.
Así pues, reproduzco aquí tres de los poemas de Jayam, que no serán hueros e inútiles en tiempos como los que corren.
¿Temes lo que pueda traerte el mañana?
No te apegues a nada,
no interrogues a los libros, ni a tu prójimo.
Ten confianza. De otro modo,
el infortunio no dejará de confirmar tus temores.
No te preocupes por ayer, ya ha pasado.
No te angusties por mañana, aún no ha llegado.
Vive sin nostalgia ni esperanza,
tu única posesión es el instante.
Lámparas que se apagan, esperanzas que se encienden: amanece.
Lámparas que se encienden, esperanzas que se apagan: anochece.
Cierra tu libro y piensa. Mira impasible al Cielo
y a la Tierra. Da al pobre la mitad de tus bienes,
perdona las ofensas, no le hagas daño a nadie
y apártate a un rincón si quieres ser dichoso.
Son los versos de mi amigo Omar en los que ahora meditaba, con mi copa de vino en la mano. Ya es de noche, pero sé con certeza que amanecerá.
Y no olvidemos a ese respecto al amigo Juan de la Cruz.
Estamos en agosto, hace calor y no nos apetece enfrascarnos en sesudas y profundas disquisiciones. Así que tiraré de anécdota un tanto infantil y bastante ramplona para rellenar esta página y unos minutos de asueto para mis lectores.
Ya he explicado varias veces en estas entradas que lo mío es el zen (no budista) y el estoicismo. Naturalmente, uno no puede decir esto sin haber pasado un buen puñado de horas sentado en meditación y efectuándola con otras muchas técnicas. Por algún motivo esta circunstancia a los varones y a las mujeres de cierta edad les resulta por completo indiferente mientras que a las jóvenes las atrae con una cierta pátina de reverencia. Es lo habitual: donde las mujeres con experiencia ven un gilipollas, las jovencitas bobas encuentran un tipo muy profundo e interesante.
Ello conduce a veces, lo confesaré, a experiencias mixtas entre el misticismo y la bellaquería que encuentran su traducción en poemas como este de El Gorrión en la Rama Desnuda:
Al alba, sentada en tanga para meditar,
dice:—guíame.
Respondo:—mata a Buda sin vacilar.
Hazlo, y bésame.
Esa mezcla entre lo divino y humano, que tanto puede escandalizar a muchos, es, sin embargo, una utilísima enseñanza que no desgranaré aquí.
Pues bien, vamos a la anécdota (y, ojo, a su enseñanza):
Días pasados, en un breve viaje a Levante, mi joven anfitriona y sus amigas me pidieron que las guiara en una práctica de zazen (o similar) que yo encaucé por la técnica Shikantaza.
El zazen siempre se practica vestido, pero las chicas, con la intención de integrarse en la naturaleza, exigieron practicar desnudas. Me pareció bien. Tal determinación condujo a unas largas pesquisas para encontrar un lugar lo suficientemente retirado y discreto como para encontrarse en la naturaleza, pero sin mirones indeseados.
Finalmente, al anochecer, consintieron comenzar el ejercicio.
No hubo mirones, pero las chicas acabaron huyendo a la carrera del lugar entre gritos y manotazos: atraían a los mosquitos y estos se mostraban inmisericordes. No negaré que me reí a gusto. Su impulso místico acabó ahí, mientras huían en cueros por el campo, no lejos del mar, perseguidas por una miríada de insectos.
En ese punto yo recordé otro poema de El Gorrión en la Rama Desnuda:
Calor feroz de estío, medito.
Las moscas que revolotean mi calva
¿me martirizan o me salvan?
Naturalmente no les hablé a las chicas de este poema ni de la enseñanza que conlleva. No lo hubieran comprendido. En lugar de eso se vistieron y buscamos una terraza agradable. Lo demás ya no resulta de interés para el lector.