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VANIA (UN CUENTO VAMPÍRICO)

¿La amaba? Es posible, pero eso no evitó que, llegado el momento, le clavara aquella estaca en el corazón.

Digo que es posible que la amara porque nada estaba claro en la penumbra negativa y ominosa que Vania irradiaba minando y envenenando su entorno, una penumbra que iba apartándote poco a poco de la realidad, arrastrándote, si lo permitías, hacia su torbellino autorreferencial, a su abismo de egoísmo y parasitismo. Una penumbra llena de fantasías y promesas de felicidad que nunca se cumplían porque solo existían como señuelo para la caza.

Vania era capaz de sumergirte en grandes representaciones que parecían la realidad misma. Abandonándote a su abyecto influjo podías vivir grandes y lujosas fiestas que surgían de la nada en medio de la noche, idílicos momentos que parecían tan reales, los placeres y pasiones más exaltadas, experimentar vívidamente con ella las más arrebatadoras escenas y promesas de amor…Pero toda esa realidad, que parecía la verdadera realidad sin serlo, aquel mundo estupefaciente y adictivo, ella misma resultaba adictiva cuando lo deseaba con su belleza, su sonrisa de niña inocente, su voz dulce y seductora, iba difuminándose con el avance de la madrugada. Según se acercaba el amanecer iba quedando en ella solo el egoísmo, el ansia de sangre, la depredadora, la criatura salvaje y psicopática que buscaba alimentarse no tanto por necesidad como por vicio.

Ya he dicho que Vania y las falsas realidades que destilaba como telas de araña eran adictivas y confieso que yo me dejaba llevar, disfrutándolas. El secreto para sobrevivir radicaba en ser muy consciente de que se trataba de alucinaciones, de recreaciones destinadas a convertirte en víctima, en sujeto parasitado. Bastaba con estar atento a los primeros síntomas de su cambio para evitar ser mordido. Afortunadamente, ella también disfrutaba de aquellas fantasías en las que podía olvidar su verdadera naturaleza experimentando la ficción de ser la mujer encantadora, hermosa y enamorada que fingía ser para seducirme. Le gustaba la idea de amar y ser amada, de vivir la quimera que creaba para cazarme y eso me beneficiaba. Yo le seguía el juego, dejaba pasar la noche, disfrutaba, me divertía…y el amanecer iba acercándose, de modo que su tiempo para la caza se agotaba casi sin que se diera cuenta.

Yo iba distrayéndola con arrebatadoras palabras de amor, con divertidas historias, escenas románticas, placeres eróticos…y el tiempo pasaba. Éramos felices en la tela de araña que ella tejía para mí y su conversión, su ansia, su hambre iba posponiéndose. Al final, inevitablemente, aparecía. Pero yo la conocía y estaba preparado.

Cuando emergía su verdadera naturaleza me encontraba prevenido. Había signos previos que avisaban. Vania iba perdiendo atención e interés, las escenas que recreaba perdían nitidez y coherencia, comenzaban a desvanecerse, ella misma se tornaba paulatinamente más agresiva, egoísta y taciturna…la mujer encantadora iba disolviéndose en el éter y el oscuro y desagradable vampiro tomaba progresivamente posesión de su rostro encantador y su cuerpo delicioso. Resultaba sencillo prevenir el brote. Una víctima deslumbrada quizá podía ser engañada y parasitada. Yo siempre mantuve el control.

Para dominar la furia vampírica de Vania no hacían falta crucifijos ni ajos, eso forma parte del folclore. Bastaba mantenerse firme, negarse con determinación a sus deseos, a sus ansias de sangre. En ocasiones, si se ponía demasiado agresiva, era preciso recurrir a la intimidación física. Reducirla y arrastrarla sin contemplaciones a su sótano y encerrarla allí.

Entonces volvía a mostrarse dulce y seductora. Trataba de engañarme con su preciosa voz y su actitud humilde e insinuante para que le abriera. Naturalmente, nunca conseguía engañarme. Cuando comprendía que no iba a lograr seducirme, aparecía de nuevo la furia y la rabia del monstruo. Comenzaba a gritar, a insultar, a golpear la puerta con fuerza sobrehumana, buscando derribarla para saltar sobre mí y devorarme…hasta el amanecer, luego parecía difuminarse, o dormirse, o esconderse…no sé. Nunca cometí la estupidez de abrir la puerta para mirar.

Ya he dicho que me gustaba vivir la fantasía que Vania generaba y que, a la vez, jamás dejé de experimentar el halo de negatividad y egoísmo malvado que irradiaba envenenando el ambiente a su alrededor, por eso la soporte aquellos meses con la certeza absoluta de cual sería el final. O yo acababa con ella o ella acababa conmigo. No había más.

Al final, una bestia del averno es siempre una bestia del averno por muy hermoso cuerpo y rostro de mujer que adopte, por muy embriagadoras que sean sus fiestas y muy convincentes y dulces sus simulacros de amor y sus arrebatos de pasión. Por eso acabé ensartándole aquella estaca de madera en el corazón. Lo de la estaca no es folclore, funciona.

¿Cómo la conocí?

Apareció una noche sin más en mi trabajo. Soy vigilante de seguridad con turno nocturno en un caserón antiguo que el ayuntamiento va a convertir en museo.

Una noche la encontré sonriente y seductora, vestida de negro, en la oscuridad de un rincón. Tenía la apariencia de una mujer hermosa y agradable, pero supe desde el primer momento que no era de este mundo y que buscaba mi perdición. Me aburría, sin embargo, y sentí curiosidad. Le hablé. Poco a poco, mientras reconocía su existencia, su realidad, conversando y hasta bromeando con ella, su presencia se afianzó y fue tomando posesión del espacio, de la realidad, como una niebla oscura y amenazante, pero terriblemente seductora. Yo mismo le permití conscientemente traspasar el umbral entre los dos mundos…y yo mismo acabé con ella cuando me harte de aguantarla y se hizo insoportable.

Decía llamarse Vania y no recordar el origen de su naturaleza parasitaria. Simplemente afirmaba que había aparecido en aquel rincón oscuro porque me amaba y el amor que sentía por mí la había traído a la vida (pero yo sabía que era mentira).

Decía que necesitaba, ansiaba, mi sangre para consumar una unión mística en la que todas las fantasías que era capaz de conjurar cada noche se convertirían en realidad eterna. Fui más listo que ella, nunca la obtuvo y, llegado el momento, la eliminé.

© FERNANDO BUSTO DE LA VEGA.

LA LIMITACIÓN INTELECTUAL DE LOS ANGLOSAJONES

Me sucede a menudo: comenzar a leer cualquier voluminoso (y siempre pretencioso) ensayo anglosajón inducido por amigos entusiastas que cifran su formación e información en los engendros «culturales» de la anglosfera y acabar arrojándolo con desidia y desdén poco después de pasar las primeras cien páginas o, con suerte, las doscientas. ¿El motivo? Siempre el mismo: la limitación intelectual de los anglosajones y, por ende, su indigencia cultural y la falta de tino y de interés en sus conclusiones.

Cuando uno se enfrenta a cualquier tipo de ensayo procedente del mundo anglosajón sabe que van a suceder dos cosas: la primera, y muy significativa, es el absoluto borrado de los logros e influencias de España en cualquier campo cultural, filosófico, científico o político. En España se coció la modernidad desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII, pero eso jamás lo van a aceptar los anglosajones.

El problema anglosajón, que puede extenderse al común de los germánicos es, por un lado, su racismo, por otro su envidia y su odio a lo latino (y no hablo de los sudamericanos sino del mundo mediterráneo que implementó y vehiculó la civilización desde Atenas hasta El Escorial durante dos mil años) y su absoluto provincianismo, son paletos.

He explicado ya en algunas otras entradas de este blog como la repulsa de Lutero a lo que encontró en Roma durante su viaje de 1510 no se debía, como después quiso explicar, a la decadencia moral y espiritual de la ciudad. Lo que le horrorizó fue el Renacimiento, el retorno a la civilización que para un monje alemán racista y paleto solo podía suponer el anatema. Toda la reforma protestante, que en la práctica vino a suponer una vía de escape de los germanos a su sumisión moral, política y cultural a la civilización mediterránea, continúa esa línea hasta nuestros días: la repulsa a la civilización haciendo hincapié en el comarcalismo autorreferencial, limitado, xenófobo, supremacista y alicorto de la insulsa pedantería, vacua charlatanería y escasa profundidad intelectual del mundo germano, así como una exaltación de su avaricia y rapacidad.

Los germanos, hay que decirlo, fueron deficientemente civilizados. El hecho, triste, de que permanecieran fuera del Limes romano tuvo, y sigue teniendo, nocivas consecuencias políticas, sociales, culturales y de todo tipo que se traducen, ya en el Romanticismo, en la sesgada, limitada y ruin interpretación de la cultura y el arte europeos (dejando a España fuera y aceptando a Italia solo con reticencias a causa de la influencia de especialmente los músicos italianos en las lerdas y provincianas cortes alemanas) y continúa hasta nuestros días.

Como decíamos, cualquier ensayo o estudio de origen anglosajón que decidamos leer va a tener este defecto: la ignorancia (a menudo no voluntaria, sino ocasionada por la misma falta de conocimientos del pomposo autor habitualmente con doctorados y diplomas en las mejores universidades anglosajonas) de todo el legado mediterráneo y, especialmente, español. Pero no solo este defecto. Además, en su provincianismo autorreferencial que solo mediante el respaldo del poder imperial y económico oculto tras él no despreciamos universalmente (de hecho Inglaterra y Estados Unidos son los dos imperios más provincianos, menos universales y más anquilosados intelectualmente de la historia, incluyendo a los asirios y a los árabes), estos ensayos tienden a ignorar (de nuevo por desconocimiento de los autores, verdaderos eruditos en los parvos campos anglosajones, pero absolutos ignorantes en el resto del ancho mundo) las aportaciones, opiniones y avances de competidores. Ignoran todo sobre Rusia, no saben nada de China, del islam solo guardan imágenes estereotipadas…

En suma, y para no extenderme: es triste que nuestros intelectuales, a los que, como se sabe, desprecio con todo el alma (mientras ellos me ignoran y si llego a inquietarles recurrirán al desprestigio), se nutran precisa y casi exclusivamente de la cultura anglosajona y sigan considerando a la fauna intelectual y universitaria de los decadentes centros anglosajones a ambos lados del Atlántico como referencias principales y ciertas (por cierto que esto sucede tanto en la izquierda como en la derecha) de sus opiniones. Ello demuestra la tantas veces denunciada en estas páginas, decadencia moral e intelectual de nuestra «intelligentsia» y la urgente y perentoria necesidad de enviarla colectivamente al muladar de la historia para dar paso a un renacimiento hispano y civilizatorio.

Aviso: la próxima vez que un tipo culto (o una tipa culta, me de igual) me induzca a la lectura de un cantamañanas anglosajón abandonaré la educación y la moderación para ser didáctico a la antigua. ¡Vienen collejas, tontos del haba!… Y quien avisa no es traidor.

© Fernando Busto de la Vega.

LIBROS DE AGOSTO

Esta va a ser una entrada más sentimental que literaria, pero no por ello dejará de tener algún interés para el lector desocupado ávido de encontrar algún libro más o menos clásico al que hincarle el diente.

Sucede siempre, en cuanto se acerca el mes de agosto me asaltan deseos de colocar sobre mi mesilla de noche (donde ahora tengo una biografía de Negrín y un estudio sobre la guerra de la Vendée, y los habituales volúmenes de Basho, San Juan de la Cruz y Rumi) dos libros: Últimas Tardes con Teresa, de Juan Marsé y Tuareg, de Alberto Vázquez Figueroa. Son, sin duda, dos grandes novelas. Dos lecturas amenas y apasionantes cada una en su categoría, pero la verdadera razón de este deseo, como he dicho, es puramente sentimental.

En lo tocante a Tuareg, de Vázquez Figueroa, me recuerdo a los trece años, en el viejo y amplio caserón con fantasma incluido en el que vivíamos entonces mi madre y yo, leyéndolo con fruición. Puesto que la historia transcurría en pleno desierto, para ambientarme mejor, me parapetaba en uno de los balcones, cobijándome del sol bajo una de aquellas añosas y maravillosas persianas de madera, entre las cuatro y las seis de la tarde, en medio del calor más acuciante y feroz del día. Mi madre, Diamantina, me reñía y me invitaba a dormir la siesta o, al menos, refugiarme en la fresca sombra de mi habitación, yo la ignoraba e integraba el sudor y la intensa canícula en la que parecía fundirse el lapislázuli del cielo para disfrutar mejor de aquella historia sahariana…hasta que, a eso de las seis, mi amor de entonces, la que sería mi primera novia, Belén (un ángel de larga melena rubia, grandes ojos verdes y rostro de anuncio) regresaba de la piscina y, pasando bajo mi balcón, me llamaba…ahí terminaba la literatura y comenzaba el verano.

Son estos intensos recuerdos de primera adolescencia y no tanto el libro en sí, lo que me llama a retomar la lectura de Tuareg, cosa que casi nunca hago. Lo que sí se repite cada año es la lección aprendida entonces. Yo con trece años ya quería ser escritor. Ya lo era, de hecho. Y Vázquez Figueroa me enseñó una lección fundamental: se puede ser buen escritor, escribir grandes libros, trascendentales incluso, sin encastillarse en la pedantería y la erudición vacua y sin sentido. Escribir, y este es un mantra y un mandamiento para mí, es como practicar sexo y cocinar. Ciertamente hay que disfrutar, pero pensando también en los demás, en quienes van a participar de la liturgia (sea esta literaria, sexual o gastronómica) y ponérselo fácil. Eso, en parte, lo aprendí a los trece años con Tuareg de Vázquez Figueroa.

Últimas Tardes con Teresa es harina de otro costal. De hecho, debo confesarlo, Juan Marsé es uno de los pocos escritores contemporáneos por el que siento algún respeto y esto debe notarse en mi día a día.

En este caso la melancolía me conduce a otro verano, el de los quince años.

Fue un verano de mucha limonada y aún más café con hielo, de esconderse por los rincones y quemar las madrugadas, de creer en la música como vía de escape hacia las estrellas y componer y cantar canciones con los amigos, como tantos otros chavales de nuestra edad. Un verano que creí adulto y fue la quintaesencia de la adolescencia exaltada.

Y en esto: Teresa, el Pijoaparte, Maruja, la lucha de clases, la diferencia de barrios, las motos robadas, las chicas medio desnudas en las playas, la maldad de los celos, la desesperación de los deseos inalcanzables…el amor, las aspiraciones, el engaño, la mezquindad, la impostura…la lección literaria de que toda buena novela debe reflejar la miseria del ser humano, sus limitaciones físicas y morales. Otra gran lección para un escritor en ciernes. Un zangolotino de quince años que lo ignora todo, pero quiere aprender deprisa, que lleva dentro el fuego exaltado de la creación y la procreación, de la filosofía, el idealismo y el amor, de la pasión y el conocimiento absoluto de que la lucha puede conducir a la derrota, sin que ello importe demasiado. Al menos a los demás.

Son dos libros que vienen a mi en agosto por cuestiones sentimentales, pero que, en cualquier caso, recomiendo al lector. Especialmente al lector adolescente (si es que eso sigue existiendo).

Vale.

© Fernando Busto de la Vega.

DOS MISTERIOS DE LA LITERATURA

Una novela o un poema jamás son necesarios, muchos incluso pueden considerarse superfluos y, sin embargo, algunos acaban convirtiéndose en imprescindibles.

He aquí un misterio de la Literatura: cómo un efecto propio del ego individual (el escritor escribe porque quiere y lo necesita, el proceso literario es plenamente endógeno, aunque acabe convirtiéndose en exógeno) acaba convirtiéndose en patrimonio universal o, al menos, común.

Dicho esto podemos preguntarnos, dejándonos llevar por el romanticismo o el misticismo, si realmente la producción literaria es o no necesaria. Podríamos vivir sin la Ilíada o sin el Quijote ¿pero seríamos nosotros? Cuando estas obras se individualizaron y se construyeron en el magín de Homero y Cervantes ¿eran realmente un proceso endógeno e individual o, por el contrario, los autores fueron meros cauces de intereses mayores? He ahí otro misterio de la Literatura.

No es necesario profundizar más, baste la enunciación y la invitación a la reflexión como acto mistagógico. Lo demás llegará por sí solo.

© Fernando Busto de la Vega.

ROJO INTENSO (STARKES ROT) UN POEMA DE KAROLINE VON GÜNDERRODE

El domingo 26 de julio de 1806, en Winkel, con Maguncia a la izquierda y Bingen (la abadía de Hildegarda) a la derecha, ambas en la orilla opuesta, la joven poetisa de 26 años Karoline Von Günderrode, desesperada por no conseguir que su amante, Georg Friederich Creuzer, que tendría el mal gusto de sobrevivirla hasta 1853, abandonara a su mujer, buscó un tranquilo y adecuado paraje en la rivera del Rin y llegó hasta él con un llamativo vestido rojo. Una vez allí, tras asegurarse de que se encontraba sola, extrajo de su faltriquera un estilete de plata y se lo clavó en el corazón dejándose caer, como una Ofelia travestida en amapola, en la corriente impetuosa del río, que la arrastró durante días hasta que la encontraron en un remanso. Había dejado escrito el siguiente poema:

Du, starkes Rot,

Bis in den Tod

Wird dir gleich sehen meine Liebe,

Nicht bleichen wird die Farbe,

Bis in den Tod, du, starkes Rot,

Wird dir gleich sehen meine Liebe.

Es decir:

« A ti, rojo intenso,

hasta la muerte

se parecerá mi amor,

no palidecerá el color,

hasta la muerte,

a ti, escarlata fuerte,

se parecerá mi amor.»

No quiero decir nada más.

© Fernando Busto de la Vega.