A ver si lo he entendido bien. Un marica (perdón, homosexual) borracho tiene una bronca tabernaria con un travelo de tronío (perdón, transexual macizorro) en la fiesta posterior a los Premios Feroz en Zaragoza y eso se convierte en un mediático caso que ejemplifica el acoso sexual de los hombres hacia las mujeres en un remedo cañí del hipócrita y retorcido Me Too yanqui. Pues vale.
Durante décadas esas cosas sucedían todos los fines de semana en los callejones oscuros de los barrios chinos y bajos fondos de las ciudades. Ciertos ambientes son lo que son y no van a cambiar. La diferencia es que ahora se han normalizado y dignificado sin exigirles ningún cambio ni adaptación y se les ha permitido trasladarse a las grandes galas y egregios eventos sociales. Pero ya se sabe, aunque la mona se vista de seda…y luego está el fundamentalismo feminista, siempre a la que salta para regodearse en el victimismo totalitario le incumba o no lo sucedido. No hay más.
Solo diré una cosa: cuando se pierden la vergüenza, la dignidad y las buenas costumbres llega la decadencia. Cuando se permite que la chusma invada los palacios quizá algunos lo consideren una revolución, pero, a la larga, todo acaba en dictadura y sangre, de unos o de otros. Lo dejó aquí.
Si atendemos al relato oficial impuesto desde el poder llegaremos a creer que la sociedad en la que vivimos es violenta, agresiva y salvaje y que este peligro siempre parte de los mismos, los hombres blancos heterosexuales, de un colectivo que, según parece, debe vivir encadenado y salir a la calle con bozal. Todo es agresión. Hay legiones de voceros y activistas que no hacen sino clasificar, inventar y publicitar listas de microagresiones a determinados constructos sociales cuyos supuestos miembros a menudo no se identifican como tales, dentro de una feroz campaña de control social totalitario de corte maoísta mucho más peligrosa e insidiosa de lo que pueda parecernos si no la analizamos con cierta atención. Todo son micromachismos, microrracismos, microhomofobias, microleches en vinagre.
En ocasiones, humorísticamente o no, la cosa llega a extremos kafkianos, por ejemplo: te encamas con una preciosa rubia de ojos azules y una rotunda negra de lomos color chocolate y esta última medio se enfada y te llama racista porque se la metes primero a la rusa. Invitas a cenar a otra y te llama machista si la dejas pasar primero por la puerta o le acercas la silla para que se siente y maleducado si no lo haces. Eres machista si le pagas la cena y rácano si no lo haces…y un cabrón, al que se puede insultar y arrojar objetos contundentes, cuando te hartas, te levantas de la mesa y te vas diciéndole que la aguante su abuela.
Como digo, en ese relato progre y dominante, y ferozmente maniqueo, la violencia siempre va en la misma dirección y hay toda una caterva de ofendiditos dispuestos a crucificar al señor blanco heterosexual por sus microherejías inventadas. ¿Qué sucedería si ese colectivo maldito invirtiera las tornas y comenzara a ofenderse también y a victimizarse? Podríamos hablar de la violencia institucional instalada en los medios represivos (policía, juzgados…) donde sistemáticamente se ignora la presunción de inocencia de los hombres, colectivo discriminado y perseguido por el feminazismo, de la ejercida por esa misma secta y el Mariconismo Internacional en los medios de comunicación, contra el mismo colectivo acosado, insultado y vilipendiado como lo fueron los judíos en la Alemania nazi…
Pero no quiero profundizar tanto. Hoy estoy de buen humor (en mi ciudad es puente de comer roscones para celebrar la festividad de San Valero y estoy a punto de batir un record en esa especialidad) y me limitaré a ofenderme un poco por un micromariconismo del que he sido víctima.
Salgo a comer con un amigo para celebrar la cercana publicación de mi próxima novela (El Incidente Lesmes) y regalarle algún ejemplar que el tipo, obstinadamente, se empeña en remunerarme. Llegan los postres, él se entrega al pacharán y yo, a pesar del exceso de roscones, me doy con denuedo al tiramisú. Pues bien: la camarera me trae mi tiramisú con dos cucharitas para que lo compartamos, sonríe y nos guiña el ojo llamándonos «parejita»…Ha supuesto que somos maricones y estamos liados, y le parece muy bien, es moderna y enrollada.
Por lo visto uno no puede salir a comer, ni a nada, con un amigote sin que el prejuicio gay que se está imponiendo en la sociedad haga presuponer que lo normal es que esos dos tipos sean pareja. Y a mí eso, como macho alfa de la especie, me molesta, me ofende y me encocora. No hay nada de malo en ser maricón, dicen, pero no deben mezclarse churras con merinas.
¡Que me ha ofendido el micromariconismo, vaya! …¡Con lo que me gusta el tiramisú y ya no voy a poder tomarlo en público, y menos en compañía de varones, para no sufrir la agresión del mundo feminista-progre-maricón en forma de micromariconismo!
En fin…El siglo XXI…Mao en la sombra y los putos wokes indocumentados cacareando…Así nos va.
El puritanismo protestante y evangelista nos está ganando la partida con todo su cortejo de histeria y falta de humor. Esto me aburre y me enfada. Es más: se opone frontalmente a mi forma de ser ( y de pensar y escribir, que es lo fundamental) meridional y romana (y no olvidemos que la civilización es cosa de mediterráneos y levantinos, los germanos fueron siempre, y siguen siendo, bárbaros despreciables que solo encuentran redención cuando se integran y acatan el legado de Grecia y Roma).
De modo que como necesidad moral, cultural y cuasi fisiológica quiero compartir con mis lectores algo de humor salaz y gorrino (con mucha desvergüenza y libertad) del renacimiento español (tan importante o más que el italiano, aunque esta parte también suelan negárnosla los exégetas de la Historia y la Cultura, habitualmente rehenes del sesgo antiespañol emanado de la Reforma Protestante y todavía persistente) evocando una festiva composición de Juan del Encina que aparece en el Cancionero de Palacio, recopilación de los «hits» que se cantaban e interpretaban en la corte de los Reyes Católicos allá por el descubrimiento de América, la conquista de Granada y los primeros años del siglo XVI.
La canción, denominémosla así para mejor comprensión, se titula Si Habrá En Este Baldrés y cuenta que tres mozas se afanaban por masturbar a un tipo afortunado que, a pesar de sus respetables dimensiones fálicas, no ofrecía materia suficiente para tantas manos de modo que una de las chicas acabó teniendo que buscarse otra pija, otro carajo para despellejarlo…romántico y triste a un tiempo.
La hipocresía tanto de los sindicatos como de los organismos públicos en España es inmensa, delictiva e inmoral. Por eso, la aritmética médica que vamos a denunciar en esta entrada tiene mucho de gramática parda (y desvergüenza absoluta).
Los médicos, sobrepasados, dicen, por sus obligaciones en el ámbito público donde son funcionarios asentados, se han puesto en huelga para conseguir atender a un cupo limitado y preestablecido de pacientes a los que atender diariamente. Su argumentación se basa en la mejora del servicio que dicen pretender dar a dichos pacientes. Pero ellos y los sindicatos que los representan saben que ni el Ministerio de Sanidad ni las consejerías autonómicas del mismo ramo van a contratar más médicos para hacer frente al exceso de pacientes, por lo tanto el cupo establecido, lejos de mejorar la atención médica de los mismos, sirve solo para aumentar las listas de espera, empeorar la eficacia de la sanidad pública y estimular el negocio privado en el que los mismos médicos, por las tardes, pueden hacer el mismo trabajo que por las mañanas en el servicio público consiguiendo mayores beneficios al tiempo que los ya establecidos bloquean el acceso al mundo laboral de los jóvenes asegurándose así un medio profesional sin competencias indeseadas.
Luego, esos mismos médicos y sus sindicatos hablan de defender el sistema público de salud y de favorecer el acceso a la profesión de los jóvenes a los que ellos mismos excluyen forzándolos a emigrar una vez que han adquirido una excelente formación en las universidades públicas del país.
La aritmética parda de los médicos y de sus sindicatos, así como la de los organismos públicos, resulta, por lo tanto, milagrosa, puesto que en ella dos más dos jamás sumarán cuatro y la cuadratura del círculo se intenta a martillazos.
En otras palabras: el corrupto y estamental gremio de los médicos establecidos, que han conseguido seguridad laboral como funcionarios, abusan del sistema para beneficiarse de la sanidad privada y los corruptos políticos españoles, untados por los lobbies de la medicina privada, les permiten salirse con la suya mientras la sanidad pública se adelgaza y agoniza en beneficio de la instauración del negocio privado al modo estadounidense en España.
Más adelante, cuando destruyamos el régimen corrupto de 1978, restablezcamos el orden y exijamos responsabilidades y castigos, nos llamarán tiranos y dictadores. Pasa siempre, los inmorales y los delincuentes nunca van faltos de retórica ni de justificaciones y disculpas. Pero dos más dos siempre deben ser cuatro, o algo falla. Y, si falla, es estafa.
Como la propia izquierda de este país tiende a jugar a la defensa del calamar, esparciendo tinta para ocultar las evidencias y aprovecharse de la ignorancia general para imponer sus puntos de vista, siempre contrarios a los intereses nacionales, a España, conviene poner los puntos sobre las íes de vez en cuando.
Llega la noticia de que el traidor Brahim Ghali ha sido reelegido en la dirección del Frente Polisario. ¿A alguien le extraña? El Frente Polisario funciona a la búlgara y no se verá, salvo mediante golpe armado o institucional, un cambio en la cúpula.
Dicho esto, conviene recordar quién es el tal Brahim Ghali para que nunca nadie vuelva a engañarnos sobre él y sus andanzas.
Lo primero que debemos recordar es que en el Sáhara Español, los nativos tenían, en pleno franquismo, su propia cámara representativa, la Yemáa, que podían presentarse a los puestos provinciales y municipales, que disponían de representación en las cortes de Madrid y que el capital y el empeño español les proporcionó luz eléctrica, agua corriente, televisión, radio y todas las ventajas del mundo moderno (incluyendo Land Rover Santana con los que sustituir los camellos para atravesar el desierto) a cambio, eso sí, de prohibir la esclavitud (que existía, afectando a toda una casta, la de los haritim) y nivelar las diferencias raciales entre los amos árabes, los vasallos bereberes y los ya citados esclavos haritim.
Precisamente esa abolición de la esclavitud ¡en pleno siglo XX! que supuso la presencia de España en el Sáhara, la intolerancia religiosa de los musulmanes y el dinero llegado a los notables saharauis desde Argelia y Libia condujo a movimientos «independentistas» que, como ya explicamos en otro lugar, no eran sino un intento del imperialismo soviético para conseguir un pasillo entre el Mediterráneo y el Atlántico que evitase el paso de sus barcos por el estrecho de Gibraltar.
Brahim Ghali, integrado en el Ejército Español, en las Tropas Nómadas del Sáhara que se fundaron como unidades de camellos en los años 30 y en los 60 pasaron a estar motorizadas, y comprometido, por lo tanto, con el progreso y la modernización, así como con la representación en El Aaiún (recordemos la Yemáa) y Madrid de los indígenas saharauis, fue sensible al dinero que distribuyó Gadafi desde Libia y al servicio de la URSS, y se convirtió en un líder guerrillero. De hecho, el primero en atacar a sus propios compañeros del Ejército Español (en posiciones defendidas por saharauis leales a España pertenecientes a las mismas Tropas Nómadas a las que él había pertenecido, en medio del desierto).
En otras palabras: un traidor a España, como lo son cuantos integraron e integran o apoyan de alguna manera al Frente Polisario, que se encontró con la invasión marroquí solo cuando consiguieron la retirada de España y llevan décadas quejándose de la supuesta traición española a sus designios.
Yo sigo exigiendo el fusilamiento de Brahim Ghali y de cuantos le apoyan y defienden como traidores a España y considero que es bueno recordar a quienes ahora escuchan las proclamas de unos y otros sin la información adecuada (la prensa no informa, hace propaganda) esa condición de traidor a España y al pueblo saharaui.
Pero cuidado: decir lo anterior no implica que olvide la traición a España de Juan Carlos I en este asunto y el modo en que se vendió, literalmente, recordemos el negocio con el petróleo en los años setenta y su vinculación con los jeques que se hicieron fuertes en la especulación urbanística en Marbella en esa década y la siguiente, sin hablar de algunos traficantes de armas, a los intereses de Arabia Saudi y los emiratos del golfo pérsico, donde no en vano ha acabado exiliado. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión.