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EL ZOMBI DE JOAQUÍN COSTA

A estas alturas del baile, escribo en febrero de 2022, parece ya fuera de toda discusión que el régimen de 1978 se encuentra en descomposición. No asistimos, a mi modo de ver, a una crisis metamórfica, un espasmo que permitirá una renovación y una adaptación para la supervivencia, sino terminal. Y el gran peligro es que no atisbamos alternativa alguna. La crisis terminal del régimen de 1978 amenaza muy seriamente con convertir a España en un Estado fallido.

En estos momentos, asistiendo a las convulsiones del Partido Popular, podemos percatarnos de algunas de las causas subrepticias que conducen a dicho colapso. Si afinamos bien la observación y no nos dejamos llevar por el apasionamiento o por las ruidosas contorsiones del espectáculo público que nos ofrecen, seremos capaces de abordar una diagnosis en profundidad que, más allá de la coyuntura, nos mostrará la estructura subyacente. El verdadero problema de fondo.

Bien, para no alargarnos innecesariamente: el liderazgo partidista de Pablo Casado se hunde irremediablemente en el tumulto de las facciones (nada que no se viera en el directo antecedente del actual régimen, en el de 1876, cuando llevaba un recorrido temporal más o menos similar al actual y que podemos conceptuar casi como determinismo biológico) y, para sobrevivir, el partido busca un cirujano de hierro (utilizo deliberadamente esta expresión costista) que establezca un nuevo liderazgo indiscutido.

Para ello se recurre a un caudillo regional, el presidente autonómico de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, que ha revalidado cuatro mayorías absolutas y permanece al frente de la Xunta desde el año 2009 habiendo evitado con éxito la implantación de Ciudadanos y de Vox en el parlamento autonómico. Sede parlamentaria en la que el PP mantiene la mayoría desde 1990, más de treinta años ya.

A nadie se le oculta que dicha estabilidad y pertinacia trasciende lo ideológico y lo sociológico para instalarse abiertamente en lo clientelar. El PP se mantiene en Galicia al modo del siglo XIX, con un caciquismo comarcal y local que tiende redes clientelares en todo incompatibles con una moderna democracia. Habría que ver el modo en que Núñez Feijoo, en caso de consolidar su liderazgo al frente del PP, trasvasaría su exitoso modelo al resto de España. Es cierto que existen territorios (no señalaré cuales) que experimentan penetración radicular y caciquil del PP similar a la de Galicia, lo que le facilitará, como a sus antecesores, la consolidación electoral. Sin embargo, en otros territorios será complicado tejer dichas redes clientelares con la rapidez necesaria.

Pero decir esto es solo parte del diagnóstico. El problema no son la redes caciquiles y clientelares tejidas por el Partido Popular en determinadas zonas de España. El verdadero problema reside en que este mismo sistema se reproduce en todo el Estado. De hecho, los diversos independentismos en Cataluña, Vascongadas, Baleares y otros lugares no son otra cosa que la implementación pública de los caciquismos locales y sus redes clientelares.

España sigue bajo la dictadura de los caciques, algunos de los cuales, como siempre sucede en los momentos de descomposición nacional, aspiran a la independencia. Las taifas conducen, indefectiblemente, a la disgregación. Nada ha cambiado en la estructura social, política y económica de España desde 1876 y por ello los problemas del pasado se reproducen y se reproducirán en un bucle vicioso y autodestructivo.

La regeneración por la que clamaba Joaquín Costa nunca se produjo (aunque muchos, especialmente las dictaduras encargadas de gestionar el continuismo de los caciques de siempre, clamasen por ella como argumento propagandístico) y seguimos necesitándola, ahora más que nunca.

Podemos decir que Joaquín Costa ha muerto (en 1936, no en 1911) y que sigue deambulando por el paisaje crepuscular de la España en descomposición, en pronunciada cuesta abajo hacia su condición de Estado fallido, a guisa de zombi, rugiendo sus consignas sin poder articularlas en adecuados discursos. Habla, pero ya en un idioma desconocido.

España, amigos, se va por el sumidero de la Historia. Disfrutadlo.

© Fernando Busto de la Vega

BASHO, ESE TURISTA

Cuando uno acaba comprendiendo que Matsuo Basho era un simple turista, todo cambia.

Tanto la exagerada fascinación, rayana en la impostura y la fabulación, de los primeros traductores del poeta japonés al español, procedente en cualquier caso de la que le transmitieron sus asociados nipones, como el hecho comprobado que desde 1679, a los treinta y cinco años, se convirtiera en «laico consagrado» del zen, suelen inducirnos a error. Consideramos fruto del desapego lo que no es sino frivolidad.

No estoy diciendo con esto que sea mal poeta y mucho menos me sumo a las acusaciones de mediocridad de un experto como Masaoka Shiki que, a mi juicio, comprendió la obra de Basho todavía menos que los traductores occidentales, queriendo ver en ella lo que nunca existió (una voluntad de innovación) y cerrándose en un exagerado concepto formalista.

Basho, como todos, simplemente era producto de su tiempo y su tiempo, la estricta dictadura Tokuwaga, tendía, como todas las dictaduras, a la irrelevancia moral. Uno no se hacía preguntas trascendentes, simplemente aceptaba la verdad oficial y dialogaba con ella sin excesivas complejidades, sin cuestionarla. Las cosas eran como eran, y punto. El estado anterior, el desorden y la guerra, era peor. Eso no podía cuestionarse. Y, de hecho, solo lo cuestionaron los cañones del comodoro Perry en 1854.

Un ejemplo inmejorable de esa frivolidad (que no critico, tan solo describo) de Basho y su poesía, esa condición de turista (y solo pondré uno para no alargar esta entrada, el tema daría para un extenso libro y es mejor no alargarlo demasiado aquí) lo tenemos en el libro Nozarashi Kikô ( Diario de Una Calavera a la Intemperie) en el que podemos leer: «Caminaba junto al río Fuji cuando encontré a un niño de apenas dos años abandonado. Lloraba desconsoladamente (…)bajo el frío viento de otoño el niño me hizo recordar al trébol, que cae de noche y se marchita cuando amanece. Bajé mis mangas en señal de duelo, le eché un poco de comida y pensé, al pasar junto a él:

Los que se compadecen de los monos ¿cómo se comportarán con este niño en el viento de otoño?»

Viene después un párrafo de lamento y conformidad sangrientamente estoica que concluye: » Esto es algo que te viene del cielo y solo puedo llorar por tu destino» para pasar de inmediato a comentar: «El día que íbamos a cruzar el río Oi, estuvo lloviendo sin pausa» e insertar un poema sobre sus amigos de Edo, ansiosos por su regreso y preocupados por el peligroso tránsito de la corriente fluvial.

El niño abandonado se convierte así en una simple anécdota lacrimógena y dramática con que adornar un viaje por provincias, más o menos al modo moderno en que ciertas «influencers» que se benefician no cuestionando el mundo establecido y el poder que lo rige, se hacen fotos con niños desnutridos y miserables de los países tercermundistas que visitan. Es el mismo espíritu frívolo y conformista. El mismo actuar hacia la galería de los favorecidos por el régimen.

Sí, definitivamente, Basho era un turista y un «influencer» de su época. No lo critico, pero comprenderlo lo cambia todo. Es así.

© Fernando Busto de la Vega

SOBRE FELIPE TRIGO Y LAS MIXTIFICACIONES DE LA GAUCHE DIVINE

Al analizar la cultura española del siglo XX solemos recurrir al sencillo lugar común de considerar culpable de todo lo malo a la dictadura franquista. No seré yo quien la defienda, pero resulta imprescindible ampliar perspectivas y modificar inercias de origen político y propagandístico para llegar a comprender adecuadamente el periodo y las causas que nos han conducido paulatinamente a la decadencia cultural y literaria. Y, a menudo, se pasa por alto el pésimo papel que la «Gauche Divine» y sus tejemanejes empresariales artístico-culturales basados en la mentalidad paleta, acomplejada y antiespañola de sus integrantes, procedentes en su inmensa mayoría de la burguesía barcelonesa y en su totalidad asimilados a sus premisas ideológicas, han jugado en el devenir cultural, y especialmente literario, español.

En efecto, la emergencia de Barcelona como potencia editorial e icono de modernidad especialmente durante el franquismo y siempre bajo la égida de la burguesía catalana, tan acomplejada de su subsidiariedad en el ámbito nacional como ávida de cobrar un protagonismo con marchamo de «modernidad» y «europeísmo», supuso una catástrofe terminal para la literatura y otros ámbitos artísticos. Soy consciente de que muchos se horrorizarán ante esta heterodoxa afirmación y tratarán de esgrimir en mi contra los supuestos éxitos y logros de esa «Gauche Divine» aludiendo desde el «boom» latinoamericano (fenómeno sobredimensionado y, en general, carente de interés, aunque nos vendan lo contrario y en otras entradas exploraremos más a fondo el asunto) hasta autores como Eduardo Mendoza o Juan Marsé (uno de los pocos surgidos de ese maremágnum a quien respeto) tildándome, además, de ignorante. No discutiré con ellos, no merece la pena. Me limitaré a decir, y con toda la malévola guasa de la cita y su contexto histórico-político: «ladran, luego cabalgamos».

Uno de los desaguisados causados por el auge de esa tan bien financiada como hábil autopropagandista generación barcelonesa es el olvido de Felipe Trigo, uno de los más relevantes y mejores escritores del siglo XX en España. Cierto que las dictaduras de Primo de Rivera y Franco ejercieron un papel decisivo y pionero en escamotear su obra (radicalmente crítica con el caciquismo y eróticamente inasumible por la hipocresía nacionalcatólica), pero no debemos olvidar que, precisamente, los retoños de la Gauche Divine procedían de esa misma burguesía caciquil que Trigo criticaba y que ejercitaban esa misma hipocresía, revistiendo de modernidad y progresismo sus propios excesos vitales al tiempo que criticaban desde el severo puritanismo marxista los ajenos. Pero, sobre todo, eran víctimas de sus propias carencias e ignorancias. De sus propias perspectivas geográficas. No conocieron, y sobre todo, no reconocieron a Trigo porque las generaciones anteriores se lo ocultaron y no lo apreciaron por su «madrileñismo centralista». Don Felipe era extremeño (luego charnego, no nos engañemos) y triunfó en el ámbito cultural de la capital, de modo que no convenía a la proyección ideológica que desde el complejo de inferioridad catalanista alentaba a aquellos vástagos díscolos de la burguesía catalana. Además, la moda demagógica del momento era el marxismo-leninismo cuando no el maoísmo y Felipe Trigo había deambulado a lo largo de su vida desde el socialismo militante hacia el reformismo radical vinculado a Melquiades Álvarez, no resultaba, por lo tanto, buen ejemplo, era preferible postergarlo.

De hecho, el mayor y tardío esfuerzo por recuperar su figura, ya en los años ochenta del siglo XX, procedió de un cineasta castellano y marcadamente castellanista, Giménez-Rico, que adaptó en 1987 la novela Jarrapellejos llevándola al Festival de Berlín. Pero el intento no dejó de ser un fuego de artificio a causa de la indiferencia que la hegemonía cultural y literaria alcanzada en esas fechas por la ficción ideológico-cultural creada por el éxito empresarial de la Gauche Divine en España y fuera de ella, había generado un sesgo que seguía manteniendo la marginalidad esencial de Felipe Trigo en cuanto figura literaria.

Sin embargo, desde estas páginas, consciente y abiertamente combativas y heterodoxas, queremos (para mejor decir: yo, Fernando Busto de la Vega, quiero) no solo reivindicar la figura de este autor sino también su absoluta centralidad en la historia literaria española e hispano americana cuyo relato ha de modificarse en este siglo XXI perfilando y opacando el excesivo peso que el citado éxito de la Gauche Divine ha adquirido en el viciado sesgo que constituye el relato histórico de la literatura, el arte y la cultura española del siglo XX. Hay que rectificar y es preciso establecer un nuevo canon y una doxología completamente distinta. Hemos de adorar nuevos dioses hoy olvidados y postergados, y derribar a los ídolos de barro que nos ofrecen como totems intocables.

Desgraciadamente, esta entrada está ya prolongándose demasiado y será preciso posponer el análisis de la obra y personalidad de Felipe Trigo para otra ocasión. Hasta entonces, y jamás creí que pronunciaría frase semejante, ¡a cascarla, Boccaccio!

© Fernando Busto de la Vega

SHERLOCK HOLMES COMO METÁFORA

En Las Siervas de Kromsak (novela víctima de una pésima edición que lamento en 2017 y que reivindico a pesar de todo como propia) uno de los detectives protagonistas se llama Juan Sherlock. Como él mismo se encarga de explicar al Profesor Escorpio, su cliente del momento, que da inicio a la trama, su nombre se debe a que desciende del general irlandés que, al servicio de España, defendió Melilla del asedio marroquí en 1775. Militar hoy en día, como tantos otros, injustamente olvidado a quien creí justo homenajear.

Ahora bien: en algún momento de La Verdadera Historia del Bucicarlos Vengador (publicada en 2018 y que desde 2019 ha vendido más de 40000 copias piratas en ebook sin que ni una sola de ellas haya redundado en mi beneficio económico o reputacional, si bien agradezco el éxito del libro) aparece también Sherlock Holmes, esta vez en persona y acompañado de su hermano Sherrinford (menos conocido que Mycroft), intentando sin éxito esclarecer cierto misterio que no hace al caso traer a colación. Alguno de mis lectores (de hecho, una lectora a la que aprecio sobremanera) cayó en la cuenta de estas dos apariciones y llegó a la conclusión de que experimento una fascinación por el personaje. No es del todo cierto.

La verdad radica en que he pensado mucho sobre la naturaleza del fenómeno literario y su arbitrariedad (sí, en ocasiones me pongo estupendo) y el ejemplo de Sherlock Holmes resulta a estos efectos de lo más elocuente. El imparable éxito del personaje mientras su autor se empeñaba en olvidarlo para escribir otras cosas «serias» e «importantes», no olvidemos que Sir Arthur Conan Doyle llegó a asesinar a Sherlock Holmes (en efecto: en las cataratas Reichenbach) y se encontró con que medio Londres se vistió de luto en señal de protesta y la presión social y de sus lectores le obligó a resucitar al personaje, es de lo más elocuente. También podría haber puesto similar ejemplo con el Pérsiles de Cervantes, que el consideraba su obra cumbre y que nadie ha leído, y el Quijote, que él desdeñaba y se considera su obra maestra. Pero, desengañémonos, dicho ejemplo no hubiera interesado a nadie. Y ese es un desalentador, pero indiscutible, síntoma del descrédito y postergación de la herencia cultural hispana incluso entre los propios españoles. Somos una civilización en decadencia (y de esto hablaremos mucho en este blog señalando, además, a los culpables) y vivimos en el maremágnum anglosajón. Hay gente en la hispanosfera que repite miméticamente que Shakespeare es el mejor dramaturgo de la Historia sin haber visto una sola obra de Lope de Vega…Y así nos va.

A lo que íbamos: es cierto que me interesa mucho la figura de Sherlock Holmes como metáfora de la naturaleza de la literatura y el modo en que se burla, a través de los deseos del público, de la voluntad y el ego del autor. La faceta más dura y cruel de esta realidad es el desinterés. El autor propone: escribe y publica, y el público desdeña su empeño condenándole al anonimato y el fracaso. Sin embargo, el triunfo no deseado es todavía peor. El fracaso es un purgatorio del que acaso con tiempo, trabajo y suerte se pueda salir; el éxito indeseado es un infierno permanente.

© Fernando Busto de la Vega