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LOS TAMBORES, BUÑUEL, SAURA Y YO.

ICÓNICA IMAGEN DE PEPPERMINT FRAPPÉ, PELÍCULA DE CARLOS SAURA ESTRENADA EN 1967 EN LA QUE EL TAMBOR, TOCADO POR GERALDINE CHAPLIN, TIENE GRAN IMPORTANCIA ARGUMENTAL.

Soy aragonés, amigos y, por lo tanto, llevo el estruendo de los tambores en la sangre, en el alma y en la médula de mi creatividad exactamente igual que los también aragoneses Luis Buñuel y Carlos Saura, si bien no acabo de estar seguro de que este último (a fin de cuentas nacido en Huesca, ciudad donde la fiebre de la percusión litúrgica, procesional y telúricamente mágica tiene menos peso y tradición) entendiera y sintiera tan profundamente el tambor y su significado mágico y trascendente como Buñuel (calandino) o yo (zaragozano criado desde la más tierna infancia con los tambores atronando la primavera), y temo que, en última instancia, lo suyo solo fuera un a modo de impostura, de síndrome mimético y transitoriamente superficial o superficialmente transitorio.

LUIS BUÑUEL TOCANDO EL TAMBOR DURANTE LA ROMPIDA DE LA HORA EN CALANDA CON EL ACTOR FERNANDO REY MUY ATENTO A SU EJECUCIÓN.

Los tambores son ruido, pero también vibración. Una vibración que hace temblar el suelo y las vísceras cuando se vive de cerca, un ruido que convierte en dolor el repentino silencio, una experiencia que, vivida en primera persona, a pie de calle, en medio del tumulto y de la madrugada, ejerce un papel iniciático, abismal, profundamente mistérico. Hay un antes y un después para quien lo experimenta, para quien se impregna de ese tronar feroz y a la vez íntimo, de ese ruido exterior que se convierte en vibración visceral primero y espiritual después.

En el Bajo Aragón, comarca que conservó mejor que ninguna otra la pasión de los tambores trasladándola del Corpus a la Semana Santa, conocen bien esa cualidad mágica de los tambores capaces de «romper la hora», de abrir un umbral que conduce de lo cotidiano a lo trascendente, de quebrar los sellos y permitir la comunicación con lo sagrado. Quien escribe o hace cine desde el influjo mágico de los tambores conocidos en la calle y en la madrugada (o en la mañana o la tarde) habla necesariamente otro idioma. Un lenguaje abismal y profundo que marca las distancias…

GERALDINE CHAPLIN, LA HIJA DE CHARLOT, TOCANDO EL BOMBO EN CALANDA EN UNA ESCENA DE PEPPERMINT FRAPPÉ.

El turismo acecha a esta teofanía popular, pero, afortunadamente (y aunque la protagonista de Peppermint Frappé fuera la hija de Charlot, entonces pareja de Carlos Saura) todavía no hemos padecido ningún anglosajón descerebrado que descubriera el acto mágico y sagrado a sus pares llenándonos las calles de Zaragoza y los pueblos de la Ruta del Tambor de guiris ignorantes y borrachos tratando de sumarse a una tradición que no entienden ni son capaces de respetar. Pertenecer a la España interior y ser poco conocido tiene sus ventajas.

CARLOS SAURA ROMPIENDO LA HORA EN CALANDA.

El tiempo de la caja muda ha concluido. Los tambores vuelven a resonar en la primavera. El misterio ha retornado…los dioses se manifiestan en el ruido y la vibración, yo, como todos los años, me sumiré en dicha teofanía para emerger, el lunes que viene, purificado y sacralizado. Olvidad a Cristo, ignorad los pasos…zambullíos en el abismo ancestral, dejad que os transforme. Luego hablaréis un nuevo idioma que ahora ignoráis. Es la magia última de los tambores.

OTRO ICÓNICO FOTOGRAMA DE PEPPERMINT FRAPPÉ.

Y, para terminar: no confundáis esto de lo que hablo con la superficialidad de las batucadas o el legado africano y nocivo de los tambores llegados a América con los esclavos. Nada tiene que ver.

Desechad también la memez germánica de El Tambor de Hojalata y la pedantería falsamente intelectual de un escritor aficionado a besarse su propio culo como Günter Grass, nosotros no tenemos resabios nazis, culpas innombrables que expiar y sí queremos crecer, de hecho hace tiempo que lo hicimos.

ESCENA DE EL TAMBOR DE HOJALATA, CUYA PEDANTERÍA GERMÁNICA NADA TIENE QUE VER CON EL ABISMO MISTÉRICO Y TELÚRICO DE LOS TAMBORES DE ARAGÓN.

© Fernando Busto de la Vega.

BERTA VÁZQUEZ ESTÁ GORDA

Berta Vázquez está gorda y miles de gilipollas se lanzan a criticarla mientras miles de imbéciles, llevados de la conmiseración, se lanzan a defenderla. Si se le hubiera ocurrido descubrir una cura contra el cáncer a nadie le importaría y, por lo que parece, sus virtudes artísticas como actriz y cantante, tampoco.

Superficialidad y vacuidad…esas son las premisas de las redes sociales, de las inteligencias artificiales y de los demás avances tecnológicos. La tecnología y el mundo modernos no nos conducen hacia nuestro mejor yo, simplemente nos vacían y nos limitan eliminando de nosotros todo aquello que nos puede hacer útiles, creativos, profundos, inteligentes y sabios.

¿Debemos seguir ese camino en esas condiciones? A lo mejor deberíamos desencantarnos de la tecnología y las modernidades de una vez y comenzar a pensar de nuevo en el ser humano. No se trata de renunciar a la tecnología, sino de arrebatársela a las oligarquías capitalistas y ponerla al servicio de la civilización y la humanidad, en lugar de la explotación y la ignorancia de las masas programadas por las élites

Por lo demás, también Anna Netrebko engordó y sigue cantando ópera. Puede que no volvamos a verla en biquini sobre el escenario ni adoptando poses sexys, pero quizá así desafine menos. Lo uno por lo otro.

PETARDEO FEROZ

A ver si lo he entendido bien. Un marica (perdón, homosexual) borracho tiene una bronca tabernaria con un travelo de tronío (perdón, transexual macizorro) en la fiesta posterior a los Premios Feroz en Zaragoza y eso se convierte en un mediático caso que ejemplifica el acoso sexual de los hombres hacia las mujeres en un remedo cañí del hipócrita y retorcido Me Too yanqui. Pues vale.

Durante décadas esas cosas sucedían todos los fines de semana en los callejones oscuros de los barrios chinos y bajos fondos de las ciudades. Ciertos ambientes son lo que son y no van a cambiar. La diferencia es que ahora se han normalizado y dignificado sin exigirles ningún cambio ni adaptación y se les ha permitido trasladarse a las grandes galas y egregios eventos sociales. Pero ya se sabe, aunque la mona se vista de seda…y luego está el fundamentalismo feminista, siempre a la que salta para regodearse en el victimismo totalitario le incumba o no lo sucedido. No hay más.

Solo diré una cosa: cuando se pierden la vergüenza, la dignidad y las buenas costumbres llega la decadencia. Cuando se permite que la chusma invada los palacios quizá algunos lo consideren una revolución, pero, a la larga, todo acaba en dictadura y sangre, de unos o de otros. Lo dejó aquí.

© Fernando Busto de la Vega.

PLÁCIDO ¿LA MEJOR PELÍCULA NAVIDEÑA DE LA HISTORIA?

Luis García Berlanga era rico de nacimiento y disponía de una familia acaudalada que le hacía partícipe en beneficios extracinematográficos ofreciéndole de paso cierta cobertura caciquil frente a las destemplanzas represoras del franquismo, por ese motivo podía hacer cine despreocupándose de la taquilla y hasta de los productores y enfrentarse tímidamente (pero siempre desde una ironía disciplinadamente clasista y pulcramente derechista) a los sintagmas obligatorios de la narrativa oficial.

Eso, de vez en cuando, especialmente en simbiosis con Rafael Azcona ( autor genial irónicamente costumbrista y mucho más cerca de la crítica social falangista de lo que le gustaría pensar y ahora queremos reconocer) producía obras maestras destinadas a perdurar en la cultura universal (si contasen con la promoción adecuada y el respeto hacia la cultura española tan escaso en las instituciones patrias) y desbaratar el ordenado magín interno del espectador sensible (ni siquiera es preciso que sea inteligente).

Plácido, producida por Alfredo Matas (a quien no debemos olvidar en esta reseña) en 1961, es una de esas joyas berlanguianas que todo el mundo debería conocer. Personalmente, y siempre que puedo, la veo en fechas como estas, en Navidad, que es el mejor momento para apreciar su verdad y su amargura.

En su momento estuvo a punto de ser premiada como Mejor Película de Habla No Inglesa en los Oscars, pero fue derrotada por uno de esos coñazos pretenciosos de Ingmar Bergman tan aptos para alimentar el ego de «intelectuales» igual de vacuos y pretenciosos. Aunque debo recordar que ese coñazo (Como en un Espejo) estaba protagonizado por Harriet Andersson a quien, junto con el propio Ingmar Berman (¡hay de mí, que voy a suscitar la ira del puritanismo feminista!), hay que agradecerle ciertos planos de Un Verano con Mónica (1953), por cierto no muy alejados en estética, es precisa una revisión atenta, de los desnudos de Hedy Lamarr en Éxtasis (1933) y, por lo tanto, de la Freikörperkultur germánica (y nazi) cuya estela cinematográfica seguiremos en otro momento quizá hasta el escándalo en Estados Unidos de la película infantil de la Alemania comunista Gritta Von Rattenzuhausbeiuns (1985).

© Fernando Busto de la Vega

LA FELACIÓN COMO SUBVERSIÓN MAINSTREAM

Hubo una época a mediados de los años setenta del siglo XX en el que se intentó, entre otras cosas, integrar la pornografía de manera natural en el cine que podemos definir usando un feo anglicismo como mainstream. El intento acabó cuando las feministas y la Iglesia Católica pusieron el grito en el cielo, especialmente contra la película L´ Essayeuse, en Francia y zanjaron el asunto, como es habitual en ambas sectas, con la imposición de la censura, en este caso a través de la imposición de la categoría X para determinadas películas. Corría el año 1976. En 1977 la Revolución Conservadora tomó impulso, también encabezada por las feministas, en los Estados Unidos y en los ochenta acabó imponiéndose en todo el mundo. Llegaron entonces décadas de puritanismo y censura en las que el mayor rupturismo artístico se concretaba en los desnudos, especialmente de figurantes, en el teatro (incluyendo funciones operísticas), aunque no tanto en el cine.

Los efectos de esa Revolución Conservadora, que en lo económico se identifica con el neoliberalismo más salvaje, no han desaparecido, pero hay ligeras evoluciones en el mainstream impulsadas, entre otras razones, por las plataformas televisivas de cobro que, para captar clientes, han vulnerado las normas impuestas en abierto llenando algunas de sus producciones de desnudos y sexo.

Entre esas evoluciones «rompedoras», una que se está convirtiendo en tendencia sin que nos demos cuenta cabal, y que resulta interesante estudiar en su ámbito artístico, pero, sobre todo, antropológico, es la de las felaciones reales en pantalla o escena.

Así, a bote pronto, y sin pretender elaborar una lista documentada y exhaustiva de mamadas reales en películas no consideradas como pornográficas, y contando con el escándalo en Cannes en 2003 de la felación de Chloé Sevingy en The Brown Bunny que casi le cuesta la carrera, me vienen a la cabeza: la de Victoria Carmen Sonne en Melon Rainbow (2015), la de Aomi Muyock, en Love (2015), Deborah Revy y Helene Zimmer en Q (2013), Sarah McKeow en The Band (2009), Isidora Simijonovich en Klip (2012), Margot Stilley en 9 Songs (2004), Anapola Mushkadiz en Batalla en el Cielo (2005), Caroline Ducey en Diet of Sex (2014) …y antes del escándalo de Chloe Sevigny, pero a finales del XX y principios del XXI: Baise Moi (2000), Elisabetta Cavalotti en Guardami (1999), La Donna Luppo (1999), The Pornographe (2001), Romance (1999)…

Me chivan que ahora, en el teatro, Estafanía de los Santos practica una leve en la obra Lectura Fácil, que no he visto. Son solo ejemplos de una tendencia interesante.

Una tendencia que se da también en la vida cotidiana. Hoy en día es mucho más sencillo, en determinados grupos de edad, obtener una felación que cualquier otra práctica sexual, incluyendo las manuelas de toda la vida.

¿No resulta esto un interesante punto de estudio en la evolución de las costumbres?

Obviamente, por cuestiones de espacio no es este el lugar adecuado para desarrollar sesudamente estudios sociológicos, culturales, antropológicos, ideológicos y artísticos, ni creo que yo vaya a ocuparme nunca en serio de un asunto como este, pero se me ocurre una premisa sobre la que cimentar el inicio de una posible investigación al respecto: la campaña exculpatoria de Clinton en relación con el Caso Lewinski asegurando que el sexo oral no era una práctica sexual en realidad, y, claro está, el propio impacto mediático de dicho caso. Y la consecuencia a tener en cuenta: el modo en que lo que sucede en los Estados Unidos permea el mundo. Ahí lo dejo por si alguien quiere llevar a cabo la investigación adecuada.

© Fernando Busto de la Vega.