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PETARDEO FEROZ

A ver si lo he entendido bien. Un marica (perdón, homosexual) borracho tiene una bronca tabernaria con un travelo de tronío (perdón, transexual macizorro) en la fiesta posterior a los Premios Feroz en Zaragoza y eso se convierte en un mediático caso que ejemplifica el acoso sexual de los hombres hacia las mujeres en un remedo cañí del hipócrita y retorcido Me Too yanqui. Pues vale.

Durante décadas esas cosas sucedían todos los fines de semana en los callejones oscuros de los barrios chinos y bajos fondos de las ciudades. Ciertos ambientes son lo que son y no van a cambiar. La diferencia es que ahora se han normalizado y dignificado sin exigirles ningún cambio ni adaptación y se les ha permitido trasladarse a las grandes galas y egregios eventos sociales. Pero ya se sabe, aunque la mona se vista de seda…y luego está el fundamentalismo feminista, siempre a la que salta para regodearse en el victimismo totalitario le incumba o no lo sucedido. No hay más.

Solo diré una cosa: cuando se pierden la vergüenza, la dignidad y las buenas costumbres llega la decadencia. Cuando se permite que la chusma invada los palacios quizá algunos lo consideren una revolución, pero, a la larga, todo acaba en dictadura y sangre, de unos o de otros. Lo dejó aquí.

© Fernando Busto de la Vega.

UN POCO DE HUMOR RENACENTISTA (SI HABRÁ EN ESTE BALDRÉS)

El puritanismo protestante y evangelista nos está ganando la partida con todo su cortejo de histeria y falta de humor. Esto me aburre y me enfada. Es más: se opone frontalmente a mi forma de ser ( y de pensar y escribir, que es lo fundamental) meridional y romana (y no olvidemos que la civilización es cosa de mediterráneos y levantinos, los germanos fueron siempre, y siguen siendo, bárbaros despreciables que solo encuentran redención cuando se integran y acatan el legado de Grecia y Roma).

De modo que como necesidad moral, cultural y cuasi fisiológica quiero compartir con mis lectores algo de humor salaz y gorrino (con mucha desvergüenza y libertad) del renacimiento español (tan importante o más que el italiano, aunque esta parte también suelan negárnosla los exégetas de la Historia y la Cultura, habitualmente rehenes del sesgo antiespañol emanado de la Contrarreforma y todavía persistente) evocando una festiva composición de Juan del Encina que aparece en el Cancionero de Palacio, recopilación de los «hits» que se cantaban e interpretaban en la corte de los Reyes Católicos allá por el descubrimiento de América, la conquista de Granada y los primeros años del siglo XVI.

La canción, denominémosla así para mejor comprensión, se titula Si Habrá En Este Baldrés y cuenta que tres mozas se afanaban por masturbar a un tipo afortunado que, a pesar de sus respetables dimensiones fálicas, no ofrecía materia suficiente para tantas manos de modo que una de las chicas acabó teniendo que buscarse otra pija, otro carajo para despellejarlo…romántico y triste a un tiempo.

Y, ya de paso, recomiendo estas otras joyas eróticas del medievo español y un repaso a la Lozana Andaluza.

© Fernando Busto de la Vega.

LOS SONETOS DEL QUIJOTE Y LA ORTODOXIA LITERARIA

La fama literaria, intelectual, moral o científica, hay que decirlo, no es sino un colegueo, una convención social orquestada desde el poder. Ojo: no digo desde el Gobierno de turno, que también influye, sino desde el poder fáctico, la suma de intereses creados y correlacionados que dictan la ortodoxia, aquello que se establece como paradigma básico al servicio del mantenimiento del statu quo. Eso que Félicien Marceau denominaba » El Huevo» en su obra de teatro del mismo nombre estrenada en el Théâtre de l´Atelier de París el 27 de diciembre de 1957. Aunque a este respecto conviene citar también Los Intereses Creados de Jacinto Benavente, estrenada en el Teatro Lara de Madrid el 9 de diciembre de 1907.

No hay que darle más vueltas. La fama literaria es fruto de los intereses creados y conforma una ortodoxia y una doxología conveniente para la clase dominante. Nadie ajeno al «huevo», al merengue que, citando el tango de Enrique Santos Discépolo, conforma el lodo en el que todos nos revolcamos manoseados.

¿Quién es grande y merece ser leído, editado, alabado y premiado? Quien el poder decide, de este modo se va generando eso que los rusos denominan la intelligentsia, cuyos miembros dependen del poder y del conjunto de intelectuales y artistas célebres e integrados para ser ensalzados y confieren, a su vez, legitimidad al poder y al conjunto de intelectuales y artistas que los ensalzan.

Quien no se encuentra en esas redes (explicitadas en el siglo XX en aquellas latosas y jerárquicas tertulias de escritores en las que los autores de relumbrón peroraban entre el pelotilleo de los aspirantes que, en caso de ser bendecidos y protegidos, a menudo a cambio de servicios poco dignos o dádivas poco confesables, veían el inicio de su ascenso; y en el reparto de premios amañados entre autores de la propia editorial o entre editoriales) no es nadie. Hablábamos a ese respecto en artículos pasados del mérito de Javier Marías, el significado de las ferias del libro o el ninguneo al que viene siendo sometido todavía hoy Felipe Trigo.

Todo esto, naturalmente, no es nuevo. Constituye la esencia básica del mundo literario desde que Dionisio de Siracusa se rodeó de una corte de poetas y filósofos propagandistas para blanquear su tiranía, si no antes.

De modo que conviene ser bastante escéptico con los fastos y los ídolos literarios y tener siempre presentes las grandes figuras exaltadas en sus épocas que hoy nadie recuerda y cuantos, todavía aplaudidos (no citaré nombres) no pasan del gaznate del lector medio que solo finge haberlos leído porque da prestigio intelectual haberlo hecho.

Pero, amigos, cuando un libro necesita exégetas, o no consigue hacerse entender y disfrutar fácilmente por el gran público, permitiendo a la vez que lo disfruten y aprecien los eruditos, ese libro (y su autor, por muy pagado de sí mismo que esté y mucho que lo jaleen los críticos y santones de la cultura) ha fracasado. Es un truño, una mierda que carece de otro valor que el simplemente subjetivo de quienes, diciendo que lo aprecian, se exaltan a sí mismos como grandes intelectuales distanciándose de la masa.

¿Pero qué pasa cuando el autor está fuera del enjuague, cuando es ignorado o marginado por la intelligentsia dominante? ¿Debe aceptar la ortodoxia?¿Rendirse, humillarse?…Si conoce el paño, evidentemente no. Los pomposos solo son ruido de fondo, sombras proyectadas por el sol del poder, al cambio: nada.

Esto supo verlo muy bien el denostado, en su tiempo, Don Miguel de Cervantes.

En los siglos XVI y XVII la señal de estar dentro del merengue literario era conseguir que autores famosos elogiasen tu libro con sonetos laudatorios que colocar al principio del mismo (un equivalente de los actuales prólogos a cambio de los cuales he visto a más de uno poner el culo en pompa, acuclillarse con los labios en «o» y a alguna moza lozana, no sé si andaluza, ejercer el más viejo oficio del mundo, en ocasiones con alguna vieja pasa de Corinto o cualquier otra isla griega que todos conocemos…es así, lo he visto, no me lo han contado. También he visto pagar ingentes cantidades por tales prólogos y otros géneros de patronazgo…). Cervantes, cuando fue a publicar su Don Quijote, no consiguió que nadie le proporcionase uno de estos sonetos. Esta humillación hubiera quebrado las piernas de otro menos bragado, menos experimentado y menos seguro de sus dotes literarias. Él lo solucionó mediante la ironía y el desdén hacia los relumbrones de su época: haciendo que los sonetos que encabezaban su libro fueran burlescos y firmados por figuras igualmente famosas, pero ficticias, como Amadís de Gaula, Orlando Furioso o Belianís de Grecia.

Que la primera parte del Quijote, nunca bendecido por la intelligentsia del momento, se convirtiera en un éxito de ventas sentó tan mal en las altas esferas literarias del momento que hasta se intentó sabotear las ventas de la segunda parte editando una apócrifa (la de Avellaneda) que en su mismo prólogo reconocía que salía a la luz para privar a Cervantes de las ganancias que pudiera obtener con esa segunda parte legítima.

Bien: hoy todos sabemos quién es Cervantes y hemos olvidado a casi todos los autores de relumbrón que no quisieron escribirle sonetos laudatorios para el Quijote.

Así son las cosas.

Nada hay más tóxico, limitado, ridículo y aburrido que el mundillo literario ni nada más humillante de conseguir (salvo que vengas con pedigrí de fábrica, siendo hijo o sobrino…o ahijado de algún modo más o menos santo de alguna péñola de fama y poder) que los parabienes de sus próceres.

El buen escritor, sobre todo ahora que la tecnología y las circunstancias abren nuevas vías a la independencia, debe dar la espalda a los cenáculos de los Parnasos prefabricados, hacer bien su trabajo y entregarse a su reducido público sin tratar de adularlo ni dejarse arrastrar por él. Lo demás…se verá.

© Fernando Busto de la Vega.

DALÍ, PICASSO, BOUGUEREAU, ALFONSO PASO Y LA POSTERIDAD

Resulta complicado experimentar algún tipo de simpatía por Salvador Dalí. Sin embargo, no es factible descartar de raíz ni su expresión artística ni el andamio teórico que la sustenta. Desgraciadamente, las necesariamente escuetas entradas de un blog como este no son el ámbito preciso para abordar largas y sesudas disertaciones sobre la filosofía del arte y la naturaleza de la posteridad (con todo lo que tiene de azar y subjetividad). No obstante, me permitiré un pequeño apunte.

Sabemos que William-Adolphe Bouguereau, simplemente «el pintor» «la hegemonía académica» de la burguesía parisina del XIX, fue odiado, envidiado y denostado por todos los jóvenes vanguardistas que detestaban tanto su éxito como el obstáculo que representaba para su propio camino hacia la fama (algo parecido a lo que en la escena teatral madrileña sucedió en los años sesenta con el auge casi absoluto de Alfonso Paso y los jovenzuelos «vanguardistas» y «revolucionarios» afiliados al PCE y que hubieran dado una mano por ser la mitad de famosos y seguidos que él).

Como el vanguardismo, aupado por los destrozos de la Primera Guerra Mundial y las maniobras propagandistas antiburguesas de determinadas corrientes políticas, acabó triunfando, Bouguereau fue arrojado al olvido, como se condenó al ostracismo cultural a Alfonso Paso tras la muerte de Franco.

Después de la Segunda Guerra Mundial el asunto del arte se convirtió en parte de la propaganda imperialista de soviéticos y yanquis. Los unos apostaban por el arte abstracto, los otros por lo contrario. En ese contexto nada inocente, y seguramente bien financiado bajo mano por diferentes agencias gubernamentales, estalló la controversia entre Dalí y Picasso en torno a la validez de la obra de Bouguereau. Dalí, declarado franquista y fan del capitalismo, la defendía. Picasso, que recitaba de comunista (aunque como el propio Dalí explicó al inicio de su libro Picasso y Yo: «Picasso es comunista, yo tampoco.»), la denostaba.

En esta disputa aparentemente artística podemos contemplar el trasfondo de la lucha «cultural», pero sobre todo propagandística, de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos y, si lo deseamos, subsumida en ella, la estela fratricida (y estúpida) de las dos Españas enfrentadas en la Guerra Civil. Sirve esto para comprender y dar a entender el modo en que los intereses políticos y las ambiciones imperialistas interfieren en el mundo artístico, literario e intelectual viciándolo y prefabricando perspectivas afines al auge de tal o cual facción.

Sea como fuere, y a pesar de estar sujetos a la hostilidad arbitraria de políticos incultos y totalitarismos imperialistas catetos, pintores, literatos, intelectuales y artistas diversos protagonizan carreras de fondo que traspasan con amplitud su temporalidad vital. Y ello me lleva a preguntarme: ¿dentro de quinientos años quién habrá vencido, a quién se recordará y admirará? ¿A Bouguereau o a los jóvenes vanguardistas que le odiaban y trataron de arrojarlo al olvido? ¿A Alfonso Paso o a los jóvenes que le detestaban y presumieron en los setenta de abrir nuevas vías vanguardistas al teatro? ¿Al academicismo burgués anclado en normas clásicas y por lo tanto eternas, o a las vanguardias díscolas y claramente afectadas de un egolatrismo manierista y freudiano regodeo en la propia adolescencia? ¿A Dalí o a Picasso?

El tiempo dirá, claro. Yo solo me lo pregunto.

© Fernando Busto de la Vega.

SOPA PALEOLÍTICA (REFLEXIÓN LITERARIA)

lentil soup on a bowl and spoo

Hubo una época de mi vida en la que mi gran ambición (aparte de la literatura, siempre mi primer y más constante amor) era desarrollar una meritoria labor en la arqueología medieval de la que tan necesitada anda España. Como es obvio, ese sueño se truncó por diversos motivos institucionales y personales entre los que no jugaron un papel menor la cortedad de miras, la endogamia enfermiza, la todavía excesiva influencia eclesiástica y partidista (catolicismo, comunismo y neoliberalismo son verdaderas plagas en nuestras universidades) los egos cortoplacistas y ramplones, los intereses mezquinos, la iniquidad y la pasmosa estupidez del elemento universitario así como el censurable objetivo estatal de convertir la carrera de Historia en un semillero de profesores de secundaria sin más ambiciones intelectuales ni personales que convertirse en funcionarios grises, dóciles y leales a la ideología trasladada desde el poder como dogma social (y ahí los actuales currículums escolares y las leyes del tipo de la de Memoria Democrática juegan un papel relevante y nauseabundo). Pero no por ello dejé de participar en algunos seminarios y cursos más o menos especializados y no necesariamente relacionados con el principal interés que me movía.

En ese sentido, la Arqueología Experimental siempre me atrajo mucho, por lo que tiene de locura y de juego, y por la utilidad ulterior que podía obtener en mis investigaciones adaptándola al campo medieval.

Recuerdo que una de las conclusiones de este campo de estudio que más me admiró fue la demostración que hicieron algunos arqueólogos experimentales (extranjeros, obviamente) de que en el paleolítico se podía cocinar y comer sopa. La cosa puede parecer un asunto menor, pero debemos recordar que, en esa época, el ser humano no disponía de capacidad para fundir metales ni elaborar objetos de cerámica, todo lo más algunas escudillas y cucharas de madera, de modo que el consenso generalizado entre los prehistoriadores era que la sopa no apareció como uso alimenticio hasta el neolítico. Ahora ha quedado demostrado que hasta los neandertales pudieron tomarla.

Tras mucho estrujarse las meninges y dedicar muchas horas a intentar cocinar sopa sin cacharros, los investigadores dieron con la solución: se fabrica un odre (con el pellejo de cualquier animal de tamaño medio) cuyas extremidades se cosen convenientemente, se le llena de agua (y ya se habría inventado la cantimplora), se le añaden a ese agua los ingredientes deseados (carne, verduras y frutos que se hubieran podido recolectar, algún elemento sazonador…), se calientan unas piedras del tamaño adecuado en la hoguera y al cabo se arrojan también al interior del odre cuyo contenido calientan y cocinan permitiendo a los seres humanos del paleolítico tomar una sopa que, además de reconfortante, podía estar deliciosa.

Insisto: este descubrimiento puede parecer menor, pero es todo un hito que cambió por completo lo que sabíamos de nuestros lejanos ancestros, su modo y su calidad de vida.

Pero no es mi intención centrar este pequeño artículo en asuntos serios y académicos, sino traer a colación el cursillo (o lo que fuera) en el que yo preparé y consumí sopa paleolítica, momento que no deja de tener íntima conexión con mi obra y con ese sesgo que algunos desalmados tildan de surrealismo ibañezco o berlanguiano (y otros, más leídos, de esperpento carpetovetónico), pero no es otra cosa que transcripción de cierta realidad española cada vez más escondida por las ansias de parecer guiris de los modernos peninsulares.

España, amigos, es diferente, esperpéntica, surrealista, absurda, abismal, genial, terrible, mágica, encantadora, cutre y sublime y no podemos considerarnos buenos escritores si en lugar de aceptar y transmitir en nuestros escritos esa realidad que nos hace grandes nos empeñamos en caerles simpáticos a los guiris adoptando sus adocenados, planos y desdeñables modelos sociales, culturales y artísticos. Por eso, amigos escritores contemporáneos (y no digamos ya escritoras), vosotros y vosotras tendréis ahora mucho más éxito que yo, pero yo perduraré convirtiéndome en un clásico. Yo camino desnudo, vosotros llenos de perifollos, adornos y artificios brillantes, pero insulsos. Yo como castañas asadas y torrijas con las abuelas, vosotros os prostituís en las playas con los turistas. Esa es la diferencia.

La aculturación y la domesticación a la que estamos sometidos y que vosotros, como actrices porno arrodilladas con la boca abierta delante de un cimbel en flor esperando que os rieguen la boca, aceptáis sumisos y deseando tragarlas os hacen insulsos, irrelevantes, prescindibles y tibios…y por tibios la posteridad os arrojará de su boca.

Y llegados a este punto, y puesto que mis lectores me riñen si me alargo demasiado, creo que ha llegado el momento de acabar el artículo y dejar la anécdota que quería contar para más adelante.

Feliz Año.

© Fernando Busto de la Vega.