Un conquistador debe serlo. Un ejército victorioso es siempre un ejército leal y dispuesto a afrontar los sacrificios de la guerra sean estos cuales sean. Las cosas cambian cuando la victoria se demora y el orgullo se quiebra. Entonces el «conquistador» que lo rige puede empezar a temer por su propia cabeza (ya sea metafóricamente o no).
El ejército de los Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam cuando sus miembros dejaron de poder pasearse orgullosamente por su propio país vistiendo el uniforme militar y Atila difícilmente hubiera muerto de un infarto en su noche de bodas allá por el 453 si después de la derrota en los Campos Catalaunicos (451) no hubiera logrado destruir Milán y Aquilea (452), esta última, hay que decirlo, de pura chiripa.
Del mismo modo, la guerra colonial portuguesa (1961-1975), que no parecía poder ganarse, fue un factor fundamental para el golpe de Estado contra la dictadura de aquel país en 1974. La llamada Revolución de los Claveles se produjo por el hartazgo del ejército portugués en una prolongada guerra sin gloria en las colonias y desembocó en una inmediata (y, para mí, vergonzosa) rendición en todos los frentes.
Putin se encuentra ahora mismo en esa misma situación, con muchos soldados de reemplazo llenos de rencor por haber sido arrojados al estercolero de una guerra difícil de ganar y sin gloria y con muchos oficiales y jefes (han muerto ya tres generales, dos de ellos rusos, checheno el otro) preguntándose qué demonios hacen en semejante laberinto y avizorando un futuro todavía más sacrificado y complejo para ellos.
Nos acercamos a los idus de marzo. Y añado: ¿nos acercamos a los idus de marzo?
Yo comencé este blog ilusionado con la idea de escribir sobre literatura, arte, cultura en general, etimología y, acaso, con un poco de suerte, ir promocionando mis novelas y publicaciones pasadas y futuras, por desgracia, y citando el famoso poema de José Agustín Goytisolo, la vida nos arrastra como un aullido interminable y estalló la guerra de Ucrania (quién sabe si la Tercera Guerra Mundial) desviando mis buenas intenciones hacia la actualidad y la natural inclinación hacia la acción por la justicia, la paz y el orden.
De modo que, de momento, parezco forzado a elucubrar y opinar sobre lo que sucede y puede suceder en Ucrania o a causa de la invasión rusa, asuntos que también parecen apasionar a mis lectores. A este respecto, quiero añadir hoy una nueva reflexión que no resultará vana.
Desde pequeño fui un apasionado de la Historia. Muchos desdeñan esta disciplina como inútil, pero ello se debe solo o bien a su ignorancia o bien a su afán por manipular el pasado en su propio beneficio necesitando auditorios ignorantes que crean sin crítica ni referencias válidas las mentiras propagandísticas que les cuentan para manipularlos. Pero la utilidad de la Historia como ciencia y disciplina, incluso como complemento de la cultura personal, es precisamente esa: entender el presente y poder predecir escenarios futuros gracias al conocimiento del pasado y encontrar ejemplos paralelos para situaciones actuales.
Parece evidente que tanto el presidente Zelenski como su equipo son eficientes, conocen bien su trabajo y las condiciones de la guerra y no les falta patriotismo ni valor, pero en un escenario en el que la capital, Kiev, pueda llegar a estar cercada y, por lo tanto aislada del resto de Ucrania dificultando o impidiendo por completo las labores de comandancia general de la Presidencia, resultará siempre tentador abrirse paso hacia lugares mejor comunicados, desde donde poder dirigir la defensa con mayor eficacia y ahí es donde reside el peligro y entra en juego la Historia.
Hay que recordar en este punto el asalto ruso a Grozni en 2000 y las peripecias de Shamil Basayev y sus hombres intentando huir de la ciudad cercada y desabastecida para continuar una guerra de guerrillas en las montañas. Recordemos que la inteligencia militar rusa, alegando que solo deseaban ya conquistar la ciudad al menor coste posible, les abrió un «corredor secreto de evacuación» para que la abandonaran. Este corredor estaba minado (y de hecho, Basayev perdió una pierna al pisar una mina y hubo otros 200 muertos y un número similar de mutilados en el campo minado de Aljan-kala) y conducía a una emboscada de los Spetsnaz ayudados por misiles, artillería y bombardeos aéreos. Los islamistas chechenos fueron prácticamente aniquilados.
Hasta ahora, según las informaciones llegadas hasta occidente, miembros de la inteligencia rusa han canalizado filtraciones que han permitido al presidente Zelenski librarse de varios intentos de asesinato organizados por spetsnaz, mercenarios de Wagner y chechenos kadyrovtsy. Ello no significa que sean fuentes seguras y que no cambien de orientación en un escenario futuro que fuerce la fuga de Kiev. Ni siquiera podemos descartar que la inteligencia rusa esté desarrollando una elaborada estrategia de engaño para ganarse la confianza del presidente ucraniano y su equipo y poder cazarlos más fácil y espectacularmente después. A fin de cuentas, un presidente asesinado mientras defiende su capital es un mártir y su imagen siempre se elevará incólume contra el invasor, la figura de un presidente muerto mientras huye de su capital se puede manipular fácilmente para inducir al derrotismo de los invadidos.
Desconfíe de sus fuentes rusas, amigo Zelenski, desconfíe…y no pierda de vista las implicaciones propagandísticas de una muerte en combate.
Lluvia, sol y guerra en Sebastopol. Este efímero refrán describía , con cierto optimismo, a mediados del siglo XIX los condicionantes estratégicos que definían una época de bonanza para el agro castellano. Estaba en curso la Guerra de Crimea, circunstancia que bloqueaba las exportaciones de trigo de Ucrania y abría grandes oportunidades de negocio para los productores españoles, que afianzaron su posición económica y política en aquellos años.
2.-LA OTRA CARA DE LA MONEDA
Desgraciadamente, no todo resulta tan sencillo en la Historia y en la Política. Dentro de España hubo descontentos con la euforia de los productores de grano del interior quienes impusieron políticas librecambistas en Madrid para favorecer sus ventas en el extranjero. No se trataba de políticas descabelladas o basadas en el privilegio. Por el contrario, resultaban muy beneficiosas para la balanza de pagos nacional, necesitada, además, de rápidas y abundantes entradas de efectivo después del desastre económico ocasionado por las guerras que se venían padeciendo desde comienzos del siglo y de la pérdida de gran parte de las provincias españolas de ultramar.
Ahora bien, las oligarquías periféricas, los fabricantes textiles catalanes y los productores metalúrgicos vascos, se veían perjudicados. Sus producciones no podían competir ni en precio ni en calidad, ni siquiera en cantidad, con las inglesas y una política librecambista les damnificaba, razón por la cual pugnaban por el proteccionismo. Era una pugna perdida, el conjunto de España se beneficiaba en ese momento de las políticas librecambistas y la imposición del proteccionismo hubiera supuesto un suicidio económico. Por ese motivo, las oligarquías periféricas sufrieron reiteradas derrotas en las Cortes y apenas contaron con algún gobierno que les escuchara, lo que dio inicio a las consabidas críticas contra el «centralismo».
3.- LAS CONSECUENCIAS
De esos egoísmos perjudicados por el bien común y las consiguientes críticas al «centralismo» madrileño se alimentaron fantasías regionalistas que derivaron artificialmente (y a causa de la debilidad de los regímenes liberales y la condición social y no nacional de las dictaduras, incluida la de Franco, más preocupada por proteger a los oligarcas frente al pueblo, aunque se tratase de individuos vinculados a los artificiales nacionalismos periféricos, que de asentar España como nación integrada) en los nacionalismos y hasta independentismos que contemplamos hoy en algunas de nuestras provincias peninsulares. Fue así, y por la vía bastarda de la codicia de algunos industriales inmorales más dispuestos a proteger sus bolsillos que a participar en el auge de España mejorando a base de sacrificio patrio e inversiones su competitividad frente a Inglaterra, como una guerra en Ucrania marcó la historia de España a mediados del siglo XIX y sigue afectándonos hoy en día. Me parece adecuado hacer esta reflexión historicista en momentos como los actuales. Nada más.
No debemos perder el horizonte ni creer que todo el monte es orégano. En otras palabras: no sería inteligente ni decente mirar a Rusia en estos momentos de desasosiego y sangre y ver solo a Putin. Él solo es la cara de un régimen, no de un pueblo.
Las dictaduras pretenden siempre erigirse en la única voz de las naciones, pero deben recurrir a la imposición precisamente a causa de la polifonía social, de la pluralidad inherente a la realidad objetiva. Y no debemos engañarnos, todos los pueblos somos en esencia iguales. Todas las personas nos entendemos, tenemos los mismos sueños, las mismas aspiraciones. Una madre puede entender perfectamente a cualquier otra, un hombre de bien a otro de cualquier raza, nación, ideología o religión.
Es nuestro deber moral evitar la rusofobia, las generalizaciones, y recordar siempre que Putin es un dictador ruso, no la totalidad del pueblo ruso con el que es preciso solidarizarse y entablar futuras relaciones pacíficas.
El mejor modo que se me ocurre para expresar esta idea de que Putin solo es un dictador ruso y no toda Rusia es traer a estas páginas un vídeo de un grupo ruso, Ic3peak, cuyos integrantes (Anastasia Kreslyna y Nikolay Kostylev) fueron detenidos y vieron prohibida su gira de conciertos de 2018 precisamente por oponerse a la dictadura y componer canciones críticas con el actual régimen ruso. Quiero representar en ellos la Rusia con la que algún día deberemos abrazarnos en un futuro luminoso de paz, cuando todo esto (y Putin) haya pasado.
Añado un vídeo publicado por el grupo ya en plena guerra de Ucrania: Dead But Pretty.
La realidad es insobornable. Se puede falsear, y hay quien directamente tiene serios problemas de conexión con ella y no deja de moverse dentro de los límites estrictos de su percepción subjetiva, quien no sale de lo que quiere creer pase lo que pase a su alrededor y, para colmo, tienden a la prédica e imposición totalitaria de sus ensueños subjetivos al conjunto de la sociedad independientemente de lo que suceda ante sus propias narices. De estos (y, curiosamente, muy en especial de estas) tenemos en España muchos más de los necesarios y, encima, asociados, parasitan el Estado en todos sus niveles asfixiándolo y conduciéndolo a la autodestrucción. Es como si una plaga de gusanos nematomorfos, conocidos por llevar al suicidio a sus huéspedes, se hubiera extendido a lo largo y ancho del país ante la desidia del ilegítimo régimen vigente.
Decíamos, no obstante, que la realidad es insobornable y añadimos que cualquiera medianamente instalado en la sensatez y la correcta funcionalidad mental viene conminado por su propia estrategia de supervivencia a analizarla objetivamente y aprender de ella. Lo que está sucediendo en Ucrania, esa guerra cruel y salvaje, no puede dejar de ser un motivo de reflexión para nosotros (ya lo aseveraba la sabiduría popular desde antaño: cuando las barbas de tu vecino veas pelar…)
Y tenemos muchos, demasiados, barberos a nuestro alrededor, no solo Putin, también Marruecos y los islamistas que otean Al-Ándalus desde el Sahel.
Por lo tanto, nos conviene aprender rápidamente las lecciones que nos proporciona la guerra de Ucrania. De momento, principalmente dos: los factores de supervivencia nacional y de libertad que representan el patriotismo y la preparación militar de la sociedad. Sin ellos Ucrania hubiera sido arrollada por Rusia en los dos primeros días de guerra, pero no ha sido así.
Desgraciadamente, España se está adentrando en las peligrosísimas aguas del segundo cuarto del siglo XXI sin cuidar ni potenciar ninguno de esos dos factores, instalada en una retórica «progre» del pacifismo hippy que ya en su propio tiempo (segunda mitad del siglo XX, nótese el desfase temporal) se encontraba superado por la realidad (y abonado y financiado por oscuros intereses enemigos, por cierto en gran medida radicados en Moscú y Pequín, que siguen siendo nuestras principales amenazas).
Voy a ahorrarme expresar el profundo desprecio y el asco infinito que me causan todos esos traidores derrotistas que se cruzarían de brazos en caso de una invasión, que se entregarían (y entregarían a sus mujeres, hijos, madres y hermanas, su propia libertad, su destino y su orgullo inexistente a los invasores que ya atisban al otro lado del estrecho o que se relamen desde sus todavía, pero no eternamente, lejanos nidos, atisbando nuestra debilidad) no quiero detenerme en eso. Siendo un hombre de honor, resulta evidente que solo puedo experimentar repugnancia por semejantes deshechos humanos que no merecen el glorioso nombre de españoles y a los que exijo desde aquí que renuncien de inmediato a su nacionalidad y abandonen el país.
Pero hay que ser prácticos: identificar a los culpables de esta situación y desplazarlos del centro del escenario sin obviar su merecido castigo, para revertir el actualmente ineludible ocaso al que nos dirigimos y restablecer la posibilidad de un amanecer brillante o, al menos, de la supervivencia como pueblo y nación. Desgraciadamente, la lista de culpables es enorme y poderosa.
Por supuesto, a la cabeza de esa lista se sitúa el propio régimen de 1978, diseñado desde el principio para el debilitamiento y disgregación de España y la larga serie de gobiernos ineficaces y corruptos que han gestionado a lo largo de décadas unas políticas orientadas al enriquecimiento de la oligarquía a costa del común de los españoles creando una profunda desafección hacia el régimen y los partidos que se traslada al concepto mismo de España que, a su vez, se ha permitido socavar tanto por los independentistas diversos a los que se les ha proporcionado patente de corso y libertad absoluta para combatir al Estado, como por determinadas corrientes izquierdistas vinculadas a intereses extranjeros y contrarias por definición a ese mismo concepto de nación convirtiéndose en fuerzas cancerígenas que han hecho su trabajo debilitador ganando de lejos la batalla propagandística mostrándose, todavía hoy, cuando algunos sectores han alcanzado el Gobierno, como adalides de la modernidad, el progreso y el antifascismo cuando, en realidad, son factores de destrucción y, por lo tanto, de retroceso, miseria y desamparo futuro. En la guerra solo hay dos opciones: o combatiente o refugiado. El pacifismo y el antiespañolismo solo conducen a convertirse en lo segundo, a perderlo todo. Es así. Lo hemos dicho: la realidad es insobornable, e implacable.
Por desgracia, el desinterés y la ineficacia del régimen, corroído por lobistas de la peor especie y cuyos gobiernos se han centrado principalmente en asegurar intereses económicos de determinados grupos mientras contentaban a las masas con discursos demagógicos y fuegos artificiales sobre lo que quieren presentar como modernización y progreso, ha permitido que no solo los medios de comunicación se hayan convertido en sumisos correveidiles de esos discursos hedonistas y disgregadores, también que el sistema educativo fuera permeado por ellos. Ahora los institutos, y sé de lo que hablo, he trabajado en algunos, están copados mayoritariamente por elementos (especialmente, y no deja de ser curioso, elementas) que a sueldo del Estado han establecido férreas dictaduras doctrinales donde se predica el odio a España, se falsifica la Historia, se impone el relato de la izquierda progre ( desde el feminismo radical al pacifismo absurdo), la contracultura de origen hippy y, mientras nuestros enemigos engrasan sus AK 47, aquí educamos tontos hedonistas «flowerpower» incapaces de ser útiles a sí mismos, a sus familias y a la nación.
Afirmo que uno de los grandes males que destruirán España en esta década, si no lo remediamos, son los profesores (e, insisto, muy especialmente las profesoras) de Educación Secundaria (y no creo que las de primaria estén libres de culpa) muchos de los cuales, para el remedio nacional, deberían ser cesados de inmediato y expulsados del sistema educativo dilucidando a posteriori sus graves responsabilidades como corruptores de la juventud.
Hay que cambiar y es preciso hacerlo hoy, no mañana.