LA LARGA SOMBRA DEL IMPERIO ROMANO

Las convenciones historiográficas establecen que la Pars Occidentalis del imperio romano desapareció con la deposición de Rómulo Augústulo a manos de Odoacro en 476 y que la Pars Orientalis lo hizo cuando el emperador Constantino XI Dragases Paleólogo murió defendiendo Constantinopla frente al salto del padisah turco Mehmed II en el año 1453. Pero son convenciones falsas.

Legal e institucionalmente el imperio romano, y es un desmán más que le debemos a Napoleón, terminó cuando este se coronó emperador en 1804 arrastrando al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Francisco II de Habsburgo-Lorena, a renunciar al título imperial para coronarse a su vez simple emperador de Austria en 1806, tras la conformación de la Confederación del Rin y su aceptación del poder francés.

A partir de entonces, de 1806, comienza la banalización del título imperial cundiendo los emperadores por el mundo. Hasta en América se proclamaron emperadores como Agustín de Iturbide en México (1822-1823) o Pedro I y Pedro II de Brasil (1822-1889) y, en última instancia, a imitación del II Reich alemán (1871-1918) con sus dos emperadores: Guillermo I y Guillermo II, hasta los ingleses buscaron autotitularse emperadores no ya en Europa, para no enojar a los alemanes, sino en la India, desde 1877 hasta 1945.

Pero el diálogo político, jurídico, propagandístico e institucional con el Imperio Romano vertebró toda la historia de Europa y parte de la de Asia y África. Ya el rey Clodoveo de los francos tenía en más valor su título de Patricio del Imperio, que le convertía en delegado legítimo del poder imperial en occidente tras 476 y hasta el auge de Teodorico el Grande, que el de rey de su pueblo. Previamente, en 414, el rey visigodo Ataúlfo pretendió acceder al título imperial contrayendo matrimonio con Gala Placidia, hija de Teodosio I y hermana de los emperadores Arcadio y Honorio; Atila invadió Italia en 452 para contraer matrimonio con la princesa Honoria, hija de Gala Placidia y Constancio III y hermana del emperador Valentiniano III a quien odiaba por haber mandado asesinar a su amante, y el culto rey de los vándalos, Hunerico, contrajo matrimonio, con la misma intención que los anteriores, con Eudocia, una hija de Valentiniano III, de la que nacería el rey Hilderico en cuyo apoyo, tras el golpe de Estado de Gelimer, envió el emperador Justiniano un ejército mandado por Belisario que acabaría con el reino vándalo en África (533). Son solo algunos ejemplos de los siglos V y VI, pero el diálogo jurídico, político e institucional con el imperio se extendió a lo largo de siglos.

Por ejemplo, cuando cayó Constantinopla en 1453, el gran príncipe de Moscovia, Ivan III el Grande, que había unificado Rusia, se consideró heredero legítimo del imperio y asumió el título de César (Zar), segundo en el protocolo imperial, siendo el primero el de Augusto, por el simple hecho de que no poseía el control efectivo la capital imperial. Desde entonces y hasta la caída del último zar ruso en 1917 la aspiración final de la monarquía rusa fue conquistar Constantinopla y asumir el título supremo de Augusto. Curiosamente, Mehmet II, el conquistador turco de Constantinopla, también reclamó para sí el título imperial romano, aunque nadie (salvo algunos ortodoxos que estaban sometidos a su poder) le reconoció como tal (era un bárbaro y un musulmán y ambas condiciones le excluían de la silla imperial) y, en contrapartida, los otomanos no reconocieron el Sacro Imperio hasta que este se lo impuso por las armas en el siglo XVII, hasta entonces el emperador alemán era tratado por ellos como simple «rey de Viena». Claro está que, en sus territorios, los emperadores otomanos hacían lo que les venía en gana y así, ante los búlgaros y otros balcánicos sometidos, se presentaban con el título de zares, aunque utilizasen el persa de padisah para relacionarse con el mundo oriental y acabasen asumiendo el de sultán en concomitancia con su asunción del califato que les ensalzaba a la condición imperial en el mundo musulmán compensando el desdén y rechazo cosechado en el cristiano.

Paralelamente, el hecho de que los rusos ostentasen tan solo el título de César (Zar) condujo a los alemanes a no asumir el de Augusto y contentarse con ese mismo (Káiser), lo que también tuvo su importancia en el mundo político de los siglos XIX y XX.

A ese respecto hay que decir que la diferencia de rango entre ambos títulos proviene de la Tetrarquía cuando Diocleciano, tras pacificar el imperio, allá por 293, estableció un mecanismo pacífico y ordenado de acceso al trono que hizo saltar por los aires el levantisco Constantino I, mal llamado el Grande, que dio un golpe de Estado en 306 inaugurando un largo periodo de guerras civiles que le otorgaron el poder absoluto en 324.

No quiero aburriros más.

© Fernando Busto de la Vega.

UN OJO EN LA RETAGUARDIA (EL AJEDREZ Y OTRAS VIBRACIONES)

Paul Morphy (1837-1884) se consideraba un gran pecador por jugar al ajedrez y, de hecho, a su regreso a su Nueva Orleans natal, después de arrasar en América y Europa como jugador, se retiró para no volver a incurrir jamás en el vicio ajedrecístico. Corría el año 1859 y el campeón aún no había cumplido los veintitrés años. Ahora esa mentalidad nos parece un exceso de puritanismo.

De hecho, mi padre me enseñó a jugar al ajedrez (y a boxear) al cumplir los cuatro años, y lo hizo considerando que estaba cultivando mi cerebro, mi inteligencia y mis valores morales. Pero ¿y si estaba equivocado?

Durante mucho tiempo el concepto ajedrecístico que más me fascinaba era el de zeinot: esa situación progresivamente desesperada en el que el tiempo se acaba y el jugador debe economizarlo para lograr llevar a cabo su propósito, todos los movimientos previstos y que necesita para alcanzar su objetivo. Perfecta metáfora de la vida en general y de muchos de sus momentos en particular. Aunque eso era antes, ahora me desprecio por haber sido tan pretencioso y pedante. Las nuevas generaciones, o algunos de sus miembros, han traído prácticas nuevas y nuevas fascinaciones al adocenado mundo del ajedrez.

Hablo, naturalmente, del joven Hans Niemann (19 años) y las acusaciones vertidas contra él después de haber derrotado al campeón mundial Magnus Carlsen (32 años). Al parecer, y según se dice, el californiano, se introduce en el ano unos aparatitos vibratorios a través de los cuales, quizá mediante código morse, sus cómplices le chivan los mejores movimientos después de haberlos consultado en una computadora.

Obviamente, después de saber esto, deseo ver una partida de ajedrez protagonizada por esta emergente figura y que el plano televisivo se fije constantemente en su rostro. Debe ser de lo más revelador e interesante verle interpretar los mensajes de sus cómplices mientras le vibra el culo en morse tratando en todo momento de no dejarlo traslucir… y, quien sabe, quizá luchando contra un placer culpable.

Más aún: vivo fascinado con la idea del ajedrez vibratorio. Aunque, si he de ser sincero, me agradaría más en versión femenina y nudista.

Y también podría ser un buen formato televisivo: a los concursantes se les introducirían estos elementos vibratorios en el ojo (u ojete) de la retaguardia, se les harían preguntas difíciles y se permitiría a su equipo consultarlas vía internet para transmitírselas mediante código morse expresado en vibración que el concursante debería interpretar. Estoy convencido de que sería un éxito.

Todo esto me recuerda, en todo caso, una historia que me contó en cierta ocasión alguien que trabajaba como funcionario de prisiones.

Existía la sospecha de que uno de los internos escondía en su celda un teléfono móvil, pero por más que la registraban no lograban encontrar su escondite. Hasta que un día, en medio de uno de los habituales registros, alguien le llamó y el culo empezó a sonarle y vibrarle al ritmo de la Primavera de Vivaldi. El recluso, impertérrito, mientras los funcionarios le miraban con ironía, explicó que le había sentado mal la comida y que aquello que sonaba y vibraba eran sus tripas en trance de tránsito intestinal irreversible. No coló la excusa.

Y no quiero seguir… empezaría a desbarrar.

(Porque estoy recordando a una antigua amiga que se entretenía en ponerse peta zetas en el… para…y, claro…no quiero ir por ahí) Silencio.

© Fernando Busto de la Vega.

CHINA Y LOS MOSQUITOS

Sencillamente, el régimen chino (rígido, tiránico, estúpido y obsoleto) no aprende ni razona. Décadas de tiranía y represión tienen siempre un mismo resultado: la pérdida del sentido de realidad, el endiosamiento de los altos cargos y la consiguiente decadencia.

Ahora parece que el régimen chino quiere hacer desaparecer a los mosquitos.

Ya lo intentó en los años 50 y 60 (pretendiendo, además, la inmunda salvajada de exterminar también a los gorriones) y el resultado que obtuvo fue una hambruna (una más de las atribuibles a Mao y sus seguidores) que mató a millones de personas y una terrible plaga de chinches que martirizó a los que quedaron vivos y en la miseria.

Deberían aprender, los mandamases chinos (esos mandarines arriscados en la represión y la vacuidad), que la naturaleza es un todo que debe tender al equilibrio y en el cual cada ser vivo tiene su lugar y su utilidad. Es cierto que, en ocasiones, ciertas especies se convierten en plagas. Pero, en este caso, cabría preguntarse si la plaga no es el régimen chino en sí mismo.

A nadie le gustan los mosquitos y las moscas, pero forman parte fundamental de la cadena trófica. Eliminarlos a nivel global como pretenden los politicastros del aparato de Xin Jing Ping, esos patanes del tardomaoísmo, engendraría una catástrofe que aceleraría la extinción masiva en la que ya nos encontramos y deberíamos intentar frenar, además de tener efectos catastróficos a nivel económico y social.

Dice el Evangelio: por sus obras los conoceréis. Y por sus intenciones, también; añado yo. Y los apparatchik chinos han demostrado por qué deben ser derrocados. Ya los conocíamos, ahora los conocemos mejor. Delenda est la China comunista.

© Fernando Busto de la Vega.

DOS MÉRITOS DE JAVIER MARÍAS

A nadie que siga este blog se le oculta mi empeño en reformular el panorama literario de los últimos cien años para eliminar las erróneas perspectivas impuestas por una maquinaria literaria y propagandística al servicio de la petulancia, la pedantería y la vacuidad de ciertos sectores oligárquicos y provincianos, a menudo nucleados en torno a la decepcionante industria editorial catalana que se erigió en faro comercial después de la guerra civil (no olvidemos que, por mucho que se victimicen los catalanistas, el triunfo de Franco significó el de la paleta y explotadora oligarquía catalanista cuyos vástagos, con un buen capital a su disposición, pudieron dárselas de progres, de comunistas de salón y de iluminados popes de la intelectualidad sin salir de su provincianismo, de su antiespañolismo, de su clasismo y de su limitada formación escorada a la anglofilia y el afrancesamiento). Como ejemplo de lo dicho, hace meses publiqué este pequeño trabajo sobre Felipe Trigo o este otro sobre algunos escritores sobrevalorados.

En esa tesitura revolucionaria (poco apreciada por las masas, he de admitirlo) es preciso aprovechar cada coyuntura para avanzar en la revisión de las creencias culturales imperantes y en el socavamiento de la errónea perspectiva heredada, no para derribar mitos con pies de barro, que caerán por su propia inercia que los desprotege frente a los vaivenes y rigores de la Historia, sino para encontrar figuras hoy ocultas y desconocidas. Y, sobre todo, para engendrar un mundo literario y cultural completamente diferente y comprometido con el resurgir de España como realidad poderosa.

Necesitamos barrer a las oligarquías corruptas e incompetentes y ello implica demoler sus andamios propagandísticos, también en el ámbito literario. Aniquilar sus lugares comunes y desmochar sus torres en el aire que nos parecen sólidas a base de relatos sesgados y perspectivas viciadas. Necesitamos, también, desarrollar nuevas estructuras sociales, nacionales y culturales y ello implica construir sobre las ruinas del pasado.

Por eso no podemos ceder a la hipocresía ni a la debilidad complaciente.

Y el caso de Javier Marías permite, ahora que su muerte lo ha puesto de moda, señalar dos de sus principales méritos que nos ayudarán a aclarar las estructuras del mecanismo literario, propagandístico y cultural de este país.

Su primer mérito fue nacer en la familia adecuada, con los contactos adecuados. No solo sucede en la literatura. En muchos ámbitos de la sociedad española (empresa, política, profesiones liberales…) los méritos, los contactos y las oportunidades se heredan. Si Javier Marías hubiera procedido de una familia pobre de Vallecas quizá hubiera logrado publicar, pero raramente habría alcanzado el estatus que alcanzó, por muchas milongas que nos cuenten. ¿Desmerezco con esto su obra? En absoluto, digo que en España vivimos en una sociedad clasista, cerrada y cutre que no permite el ascenso de los vástagos de las clases trabajadoras salvo como mascotas marginales y que, si su procedencia hubiera sido otra, no conoceríamos su obra y nadie la glosaría en los medios de comunicación. Ergo ese fue su primer gran mérito: nacer no ya en la familia adecuada, sino en la clase social precisa y, dado el republicanismo de su padre, en el momento adecuado para aprovechar el péndulo de la Transición y la emergencia de una socialdemocracia burguesa necesitada de referentes culturales que esgrimir como propios. Marías fue el equivalente literario a la Movida o a la nueva comedia madrileña, una moda para parecer modernos y creerse mejores que sus antecesores de los niños pera que ocuparon el espectro cultural y político en los ochenta y noventa sin ser otra cosa que un relevo generacional de la oligarquía de siempre.

El segundo gran mérito de Javier Marías, y ya hablamos sobre ello en el artículo que dedicamos a Salman Rushdie, fue encarnar la ideología adecuada, incluyendo una acusada inclinación a la influencia de lo anglosajón que refleja muy bien (como la fascinación de Garci por el cine norteamericano y sus tics «culturales» o ciertos tortuosos desvíos de Gonzalo Suárez) la desconexión de las clases altas y medias de este país con su propia cultura, de hecho: el avanzado proceso de aculturación y colonización que padecemos y que debe ser revertido de inmediato.

Lo dejo aquí.

© Fernando Busto de la Vega.

LA OSCURA SEDUCCIÓN DEL PAPEL HIGIÉNICO

Quedó acreditado durante el confinamiento: el papel higiénico ejerce una oscura seducción para el ser humano. Especialmente si es español.

Me ha tocado estos días pasarme por la Biblioteca de Aragón en la calle Doctor Cerrada de Zaragoza para visitar el Registro de la Propiedad Intelectual (ya saben: zarandajas legales relacionadas con la literatura) y como quiera que hace años trabajé allí y todavía me quedan amigos y antiguos compañeros, perdí gran parte de la mañana charlando con unos y con otros. El vigilante de seguridad de la puerta, que es amiguete desde hace años, estuvo dándome el palique acostumbrado y contándome anécdotas propias de su gremio.

Entre ellas la guerra que han mantenido con cierto ladrón de papel higiénico. Regularmente alguien penetraba en las instalaciones de la biblioteca durante el horario de atención al público, entraba en los baños y se llevaba todos los rollos de papel que encontraba. Para evitarlo, los portarrollos se protegieron con candados, pero el ladrón se proveyó de cizallas y continuó con su actividad. Al cabo, por idea de mi amigo, el vigilante, colocaron bandas magnéticas en el interior del canutillo de cartón que sonaron al pasar por el arco de seguridad de la salida. Así identificaron y capturaron al ladrón.

La historia me llamó la atención porque hace años, cuando yo trabajaba en los Servicios Sociales tuvimos un caso similar. Todos los días, pero absolutamente todos, desaparecían todos, pero absolutamente todos, los rollos de papel higiénico de los baños de nuestra sede, lo cual devino enseguida en apasionante misterio a desentrañar (ríanse ustedes de los cuentos de Sherlock Holmes o de las novelas de Agatha Christie).

Nosotros, más rudos y rudimentarios que mi amigo el vigilante de la Biblioteca de Aragón, no recurrimos ni a candados ni a medios tecnológicos, simplemente a la observación y la deducción. Así logramos centrar nuestras sospechas en cierto anciano con boina que entraba y salía diariamente a la misma hora sin efectuar ninguna gestión. Enviamos a la vigilante de seguridad a interceptarle y, en efecto, encontró que debajo de la chaqueta llevaba un montón de rollos robados. A pesar de ser descubierto, el anciano se reía, lo cual excitó la suspicacia de la vigilante que, en un golpe de audacia, descubrió que llevaba un último rollo escondido bajo la boina.

Así se solucionó el apasionante caso del papel higiénico robado, aunque no acabó la carrera criminal del anciano delincuente que a las pocas semanas formó banda con otros de su misma edad presentándose con chalecos que recordaban a los funcionarios del Ayuntamiento para robar las aceitunas que daban los olivos que teníamos en la puerta. De todos modos era preferible verle robar olivas mirando irónicamente hacia nuestras instalaciones como si nos engañase que soportar a otra señora, casi octogenaria, que venía a la misma puerta a levantarse la falda en modo exhibicionista (sin nada debajo) o, en su defecto, orinar allí mismo.

No obstante, el colofón llamativo de mi conversación con mi amigo el vigilante ha consistido en una información que yo desconocía. Parece ser que en China tienen el mismo problema con el papel higiénico y que lo han solucionado con su típica técnica tajante y expeditiva: tasando el papel mediante reconocimiento facial (afortunadamente facial y no de otras geografías más íntimas) y, además, no deja repetir. Si asomas la cara por segunda vez al aparato te tacha de abusón y te quita puntos de tu carnet de ciudadano.

RECONOCIMIENTO FACIAL PARA PAPEL HIGIÉNICO EN CHINA, RECONSTRUCCIÓN ARTÍSTICA,

Me pregunto cuanto tardará en llegar a España semejante forma de racionar y expender el papel higiénico en los lugares públicos y como la tomarían los españoles…bien, imagino…porque cada día estamos más domesticados y nos acercamos más a la condición de inocentes y adocenados corderitos (con los machos adultos y caracterizados de turno, que tampoco faltan. Digo: mardanos y cabrones).

© Fernando Busto de la Vega.