Vaya por delante que no experimento la más mínima simpatía por la teocracia islámica de Irán, pero en un contexto de ilegal agresión imperialista por parte de los Estados Unidos e Israel parece adecuado hacer una precisión en la que, probablemente, la mayor parte de mis lectores no ha caído hasta hoy.
Debemos tener en cuenta que el líder de la revolución chiita de Irán debe ser un ayatola, pero también un descendiente directo de Mahoma.
En otras palabras, Jomeini y Jamenei podían haberse proclamado califas y tratar de restablecer el califato chiita, lo que hubiera implicado una declaración expansionista y universalista. Al proclamar una república los ayatolas renunciaron ya desde 1979 a la yihad conformándose con la contención de su régimen dentro de sus fronteras.
Naturalmente, como cualquier nación rodeada de enemigos (las monarquías sunitas del Golfo encabezadas por Arabia Saudí, Israel, los Estados Unidos…) Irán organizó a escala regional una política de defensa que incluía una faceta expansiva y de búsqueda de aliados externos, esto resultaba inevitable.
Pero es preciso tener en cuenta el detalle que motiva esta entrada: al proclamarse república y no califato Irán renunció de facto al expansionismo y la guerra. No es un régimen que yo pueda defender en modo alguno, ni tampoco lo pretendo, pero al césar lo que es del césar…el imperialismo y la agresión están en otro bando. Un bando que tampoco es ni puede ser el nuestro.
Nadie más contrario que yo al expansionismo imperialista de los Estados Unidos y al matonismo de Donald Trump, pero conviene examinar con desapasionamiento las cuestiones que pueden arrastrarnos a la guerra o, como mínimo, a la pérdida de la dignidad y, haciéndolo, no podemos si no constatar dos extremos incómodos para nuestra posición geoestratégica: el primero que Dinamarca no desarrolló bien su trabajo en Groenlandia al aplicar los típicos protocolos germánico-protestantes en su relación con la población de la isla (supremacismo, racismo, exlusivismo) y que los Estados Unidos han adquirido históricamente un cierto patronazgo (interesado, es cierto) sobre dicha población. Dediquémosle unos minutos a tan interesante asunto.
Lo primero que debemos entender es que no fueron los daneses quienes llegaron a Groenlandia en el siglo IX fueron noruegos e islandeses. Y precisamente a Noruega se supeditó la población nórdica groenlandesa en 1281. Más tarde, Noruega fue absorbida por Dinamarca y cuando finalmente se disolvió su unión en 1814, Copenhague se quedó con Groenlandia.
En cualquier caso, el asentamiento noruego llegó a su final a comienzos del siglo XV, desapareciendo sin dejar noticia de su final y probablemente a manos de los nuevos invasores procedentes de Alaska y origen inuit.
Dinamarca no volvió a preocuparse de Groenlandia hasta 1607, cuando la exploró y reclamó como propia, aunque no comenzó a repoblarla hasta 1721. Desde esa fecha y hasta 1940, Groenlandia no fue sino una posesión danesa condenada por las políticas de Copenhague a la pobreza y el aislamiento.
Cuando los nazis invadieron Dinamarca en 1940, el gobernador danés de Groenlandia quedó aislado y buscó el protectorado de los Estados Unidos, que se establecieron en la isla en 1941 para frenar el avance nazi en la zona. Su llegada supuso el inicio de la abundancia para la población groenlandesa hasta entonces aislada del mundo por las políticas coloniales de Dinamarca. Groenlandia comenzó a recibir productos industriales y modernos de los Estados Unidos y pasó del siglo XIX (o XVII) al XX. Esto asentó un vínculo cordial y fuerte entre groenlandeses y yanquis.
En 1946 Estados Unidos le propuso a Dinamarca comprarle Groenlandia (un proyecto que ya se había acariciado en 1867) y Copenhague se negó en redondo. Para asegurar su dominio, en 1953 incluyó a Groenlandia como un condado más de Dinamarca, pero aplicando políticas poco realistas y empáticas: los groenlandeses que pretendiesen cursar estudios superiores eran obligados a hacerlo en Dinamarca, que no estableció universidades en Groenlandia, y durante dos largas décadas se aplicaron a las mujeres groenlandesas que no eran de raza danesa la esterilización forzosa con la idea de aniquilar a los aborígenes de origen inuit y consolidar una población germánica pura (una bonita política supremacista aria después de la derrota del III Reich llevada a cabo por una supuesta democracia occidental). Políticas estas citadas, y otras que sería largo enumerar que, obviamente, suscitaron la indignación y el desapego de los groenlandeses.
En 1972 surgieron nuevos problemas: Dinamarca ingresó en la Comunidad Económica Europea, pero Groenlandia, a pesar de ser un condado más desde hacía veinte años, quedó al margen. Ello obligó a Copenhague a otorgarle la autonomía en 1979. Más tarde, a comienzos del siglo XXI, Dinamarca asumiría el euro como moneda, Groenlandia permanecería en la antigua corona danesa, con la trascendencia económica que ello suponía.
La autonomía, impulsada por los intereses políticos y económicos de Dinamarca, no en virtud de los derechos de los groenlandeses, tuvo, de todos modos, el efecto de paliar las políticas racistas de los daneses (señaladamente el fin de las esterilizaciones forzosas de mujeres no germánicas) y aupar en el autogobierno a los partidos independentistas.
¿Cuenta Dinamarca con los suficientes partidarios unionistas en Groenlandia como para enfrentarse a las ambiciones yanquis? Y si no es así ¿Cual es la causa? ¿Defender la posesión danesa de dicha isla con tropas europeas favorecería los intereses de los groenlandeses o los designios nacionalistas y racistas de una Dinamarca que quizá tiene demasiadas verdades incómodas a las que enfrentarse?
En suma, y para no alargarnos, ante este asunto hay que evitar la visceralidad y recurrir al frío raciocinio y a la calibración exacta de los pros y contras geoestratégicos.
ESCENA DE UNO DE LOS SACRIFICIOS HUMANOS SEGUIDOS DE CANIBALISMO QUE HABITUALMENTE PRACTICABAN LOS AZTECAS Y QUE SHEINBAUM Y AMLO REIVINDICAN CRITICANDO LA OBRA LIBERADORA Y CIVILIZADORA DE ESPAÑA EN AMÉRICA.
El ridículo e impostado (siempre está al servicio de imperialismos extranjeros y en contra de su propio pueblo) nacionalismo y racismo antiespañol que alienta en las ilegitimas repúblicas de Hispanoamérica ha tenido dos grandes etapas de servilismo externo y traición. La primera, que abarcó todo el siglo XIX y hasta mediados del XX, en que sirvió a los intereses imperialistas anglosajones (de Londres primero, de Washington después); la segunda, todavía en curso, en la que sirven al maoísmo y las aspiraciones imperialistas de la China comunista.
Estos «americanistas», «indigenistas» y «nacionalistas» de pacotilla y tres al cuarto (mirando a México tenemos ahora a AMLO, un tipo obviamente español por sus cuatro costados, un criollo sin mezcla, y a Sheinbaum una judía de ascendencia askenazi, ni siquiera sefardí, es decir: sin ninguna relación con España ni con América en los cuatro siglos de presencia española allí, una advenediza, una extranjera en la hispanosfera, como representantes de esas corrientes) suelen ser gentecilla estúpida y ridícula que para justificar su poder y la penetración de los imperios a los que sirven (en este caso: China) mienten y se inventan la historia.
Reflexionemos brevemente sobre México. El mero hecho de que cuatrocientos españoles pudieran sojuzgar al imperio azteca ya hablaría de por sí mal de este último. ¡Un imperio sojuzgado por medio millar de hombres!…mal imperio y pésimo estado sería. Pero resulta que los cuatrocientos españoles que conquistaron Tenochtitlán iban acompañados de trescientos mil tlaxcaltecas hartos de la tiranía azteca. Y si esos cuatrocientos españoles pudieron quedarse en Nueva España fue, evidentemente, porque quisieron no solo los trescientos mil tlaxcaltecas sino los millones y millones de indígenas que habitaban el territorio y que encontraron una mejora obvia en la administración española.
Cuando la impresentable judía lituana que es Sheinbaum y el criollo estúpido y resentido que es López Obrador reivindican a los aztecas, están reivindicando los sacrificios humanos sistemáticos y la práctica del canibalismo. Cuando critican a España están criticando a la potencia que liberó a los restantes pueblos indígenas de la tiranía azteca, que fundó hospitales, universidades, ciudades, que introdujo a América en la civilización…
Obviamente alguien en la propia América española debería empezar a callar las bocas de estos impresentables al servicio del maoísmo.
Y, por cierto: es América la que debe pedir perdón a España por su traición y darle las gracias por haber recibido de ella la liberación de los pueblos de los imperios y tribus rapaces que las devastaban y la civilización. Honremos la PAX HISPÁNICA (y el progreso a ella asociado)… Porque… ¿Dónde han ido las ilegítimas republicas de la América española desde su independencia?…En España vivían mejor, ahora son tercer mundo.
Que Trump es un cantamañanas parece fuera de toda discusión. Que tiene la inteligencia justa para pasar el día y la moral propia de un narcisista ególatra y sin formación, también. Sin embargo, hay que decirlo: Donald Trump es la quintaesencia destilada del protestantismo germánico: paleto, supremacista, racista, avaro, ignorante, inclinado a la violencia y el robo en todas sus formas…en otras palabras: es la máxima y más prístina encarnación de lo que representan los Estados Unidos. Y, como tal, acabará siendo la causa no ya de su ocaso, sino de su destrucción.
La racanería e ignorancia del tipo y de sus seguidores raya a tal nivel de indigencia mental que no acaban de comprender el mundo en el que viven, el sistema de defensa y alianzas que les permiten todavía, y a pesar de todas sus deficiencias y la carga que su ideología e intereses representan para el mundo en su conjunto, continuar siendo una potencia mundial. En decadencia cada vez más acentuada, pero potencia (nuclear) al cabo.
Anda el chisgarabís zanahorio por esos parajes parlanchines de la campaña electoral afirmando que sus aliados (Taiwán, los países de la OTAN) deberán pagar su defensa si quieren que Estados Unidos siga amparándolos. Parece no comprender el zangolotino que tanto la Europa Occidental como Taiwán son colchones que garantizan la supervivencia y el poder de los Estados Unidos. Si cae Taiwán, nada parará a los chinos hasta California. Si caen Berlín o Londres nada parará a los rusos hasta Nueva York.
Si los aliados de Estados Unidos se ven compelidos a situaciones enojosas por causa de este país, de la potencia imperialista que deben contentar, muy bien pueden acabar cambiando de rumbo y aliándose con sus enemigos: ¿Qué quedaría de la «América Grande» de Trump si Taiwán se integrase en la China comunista y los europeos occidentales llegasen a acuerdos con Moscú?…Trump y sus seguidores, incapaces de ver más allá de sus propias narices, fían sus exabruptos y sus exigencias a la existencia de élites políticas, económicas y sociales de carácter colonial que garantizan el statu quo existente. Pero el hartazgo bien puede acabar derribándolas. La legitimidad social de la UE, la OTAN y demás instituciones del entramado imperialista estadounidense nunca fue grande, ahora cada vez mengua más. El siglo XXI tanto en Europa como en los Estados Unidos será un siglo de revoluciones para evitar la decadencia evidente y la destrucción que nos amenaza. Pero Trump, un imbécil en toda la extensión de la palabra, es incapaz de comprenderlo. Ha sido toda su vida un explotador y un especulador, un estraperlista respaldado por la legalidad dudosamente ética liberal-capitalista, y sigue pensando en esos términos. Y la avaricia acaba rompiendo el saco, ya lo sabemos (nosotros que tenemos dos dedos de frente, lo sabemos).
Por cierto: ¿llegó a conseguir que México pagara el muro aquel famoso?…
¡Que estemos en manos de viejos chochos sin inteligencia, cultura, sensatez ni dignidad! Cada día es más preciso restablecer el orden y la civilización.
Como Churchill, y en general todo el entramado germano-judeo-protestante, Kissinger (judío, alemán de origen y estadounidense de adopción) consideraba que una España fuerte era peligrosa. Peligrosa para los intereses imperialistas, racistas y supremacistas de ese entramado en concreto e hizo todo lo posible, y con gran eficacia, para mantener a España débil.
Algunos españoles del otro lado del Atlántico (que siguen considerándose erróneamente ciudadanos de repúblicas independientes) pensarán que esta perspectiva de Kissinger debe resultarles indiferente o, incluso, pueden llegar a mirarla con simpatía. Se equivocan. Lo que debilita a la España peninsular nunca ha beneficiado en absoluto a las ilegítimas repúblicas americanas porque, les guste o no, son parte escindida, pero parte al fin, de la España total y si la peninsular cae, las Españas del otro lado del mar, no pueden levantarse. De hecho, conocida es la oleada de dictaduras y exterminio que impulsó Kissinger en América con la excusa de combatir el comunismo, pero el fin último de endeudar a dichas repúblicas y someterlas, como siguen estando, de nuevo a la égida anglosajona. Al imperialismo germano-judeo-protestante. Con una España fuerte eso jamás hubiera sucedido, con una España unida a ambos lados del Atlántico seríamos nosotros, los españoles de ambos hemisferios, los que dictáramos el paso a nuestros enemigos.
Ahora bien, centrándonos en la España peninsular es preciso recordar que fue Kissinger el artífice de la Marcha Verde que privó a España de sus últimas provincias africanas (Sahara Español, que algunos denominan indebidamente «occidental») entregándoselo a Marruecos. Y no debemos olvidar que Estados Unidos sigue alentando el rearme de Marruecos, que solo puede ir en contra de los intereses de España, mientras nuestros ineptos y corruptos políticos, de todo signo, aquí no hay izquierdas y derechas, solo estúpidos y traidores, siguen jugando al pacifismo y descuidando el poder militar, moral y cultural de España. La idea de mantener una España debilitada y dividida a ambos lados del Atlántico sigue siendo una premisa del imperialismo supremacista judeo-anglosajón y protestante. Nada ha cambiado. Tampoco la sumisión de nuestros políticos a dicho imperialismo o, lo que es peor, a los imperialismos moscovita y pequinés, todavía más peligrosos y detestables.
Debemos recordar también que fue Kissinger quien impuso el ilegítimo régimen español de 1978 predestinado a la autodestrucción programada. La constitución de ese año llevaba implícita la evolución hacia la condición de Estado fallido. Ya estamos contemplando en nuestros días los primeros síntomas visibles de dicha obsolescencia programada (amnistía a los independentistas, abandono de la autodefensa frente a los enemigos externos…) y nada va a cambiar hasta que se consume esa deriva y nos convirtamos realmente en un Estado fallido.
Se lo deberemos, claro está, a Kissinger, pero también a la traición y estulticia de todos nuestros gobernantes desde 1976.
Enrique Kissinger, hay que decirlo siempre y cada vez más fuerte, era un enemigo de España, y eso quiere decir de toda la Hispanidad. No lo olvidemos. Tengamos también presentes las políticas a desarrollar para librarnos de la autodestrucción y esclavitud que tanto a la España peninsular como a las de ultramar nos reservan Washington (que, por cierto, deberíamos escribir «Guasinton», Moscú o Pequín ).
Aunque sé de sobra que esto que digo es predicar en el desierto. Al cabo, como siempre, habrá que restablecer el orden por las malas. Es nuestro sino.