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LOS DISTURBIOS EN FRANCIA Y EL FRACASO DEL LIBERALISMO (Y EL COMUNISMO)

Ya en 1934 Enrique Santos Discépolo escribía el tango Cambalache afirmando: «que el siglo XX es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue». Ahora podemos afirmar también que fue un fracaso absoluto cuyo legado estamos sufriendo y pagando con creces.

Y lo peor es que, aunque lo parezca, nada ha cambiado. El mundo en el que vivimos sigue siendo el impuesto en 1945, en otras palabras: la ideología que destrozó el mundo, no solo Europa, sigue vigente. Por lo tanto: los errores continúan repitiéndose una y otra vez y la crisis se ahonda sin que ninguna institución de las existentes sirva en absoluto para frenar la espiral descendente que nos conduce al desastre.

Los disturbios cíclicos bajo diferentes excusas que sufre Francia (y también Estados Unidos) son un buen ejemplo de este fracaso que alienta latente en las periferias deprimidas donde los neodamois fueron hacinados y marginados durante décadas como simple mano de obra barata y campo de acción demagógica del progresismo y de esa izquierda sin rumbo dividida en dos grandes corrientes: aquella que, manejada por Moscú o Pequín, buscaba la ruina de los Estados occidentales y de su influencia a través del fomento del racismo antieuropeo o antiblanco (del que no se habla porque es contrario a los dogmas dominantes hacerlo) aun dentro de esos mismos países occidentales utilizando para ello la inmigración, y aquella otra, tildada de socialdemócrata, que buscaba sostener el estatus económico de sus votantes burgueses manteniendo a los inmigrantes y pobres en barrios apartados y tratando de mantenerlos alejados de la disidencia y la delincuencia mediante «acción social», esto es: sobornos. Mientras que la derecha simplemente los abandonaba a su suerte confiando por entero en la represión.

Hemos visto ya que ese modelo ha fracasado, que los regímenes liberales que lo promovieron son cascarones vacíos sin valores firmes que proponer e imponer y sin capacidad de seducción y absorción. El parlamentarismo liberal progresista y capitalista instaurado en 1945 en Europa por el dominio colonialista de los Estados Unidos ha dejado de ser útil, ha fracasado. Debemos, por lo tanto, arrumbarlo al vertedero de la historia, olvidar de una vez el siglo XX y comenzar en serio el XXI, que no puede continuar con las mismas premisas, ideologías y oligarquías que el anterior. Necesitamos una revolución verdadera y profunda que no puede ser complaciente con el pasado (ni liberal ni marxista) y es preciso recuperar los grandes valores de la Civilización e imponerlos por los medios precisos, sean estos los que sean. La fuerza y la violencia son un camino desagradable, pero a menudo necesario para la regeneración. No olvidemos que padecemos serios problemas (no solo sociales) y es preciso solucionarlos con rapidez y eficacia.

Por cierto, será bueno que el lector dedique también algunos minutos a constatar que al otro lado del Atlántico, en las Américas del norte y del sur, el mismo modelo ideológico, político y social ha generado similares problemas. No es una casualidad lo que sufre Europa, es una consecuencia global de unas ideologías equivocadas impuestas por los intereses de unas oligarquías perjudiciales y parasitarias.

Necesitamos una revolución antiliberal y antiprogresista, también antimarxista y antimaoísta, que fluya hacia arriba (contra las oligarquías) y hacia abajo (contra el lumpen-proletariado irrecuperable para la civilización). Es difícil, ya lo sé. pero cruzarse de brazos y ser condescendiente con el desastre que se nos aproxima para erigirse en individuos grises, inertes y políticamente correctos no solucionará nada, mimetizarse con las imperantes ideologías e intereses que nos han conducido a este abismo, tampoco.

Revolución o caos, esa es la disyuntiva.

Y os conozco: será el caos. Fracasaremos.

© Fernando Busto de la Vega.

UNA REFLEXIÓN SOBRE LA INMIGRACIÓN

No deja de resultar significativo que el barrio de los teóricos y activistas de izquierdas y de la progresía no sea nunca un barrio pobre, de clase popular. Ya desde el conde de Saint-Simon, incluyendo a Marx (que estaba casado con una baronesa prusiana a cuya costa vivió) y a Bakunin y Kropotkin (que pertenecían a la nobleza rusa) y alcanzando el elíseo de Galapagar, los demagogos de izquierdas han sido siempre ricos. Por ello suelen tener muy poca perspectiva sobre la realidad de la clase obrera e imponer férreos fanatismos en absoluta desconexión con el sentido común y los hechos objetivos.

Es por eso que la izquierda siempre fracasa. Porque es una revolución impuesta de arriba a abajo por activistas que, en el fondo, son rehenes de su clasismo y consideran que ellos son mejores que las masas y por ello deben dirigirlas, mangonearlas y vivir a su costa, explotándolas.

Uno de los fanatismos más radicales del izquierdismo, de ese izquierdismo de ricos que nunca piensa en los intereses nacionales ni en los de la clase obrera, sino tan solo en utopías irrealizables cuya consecución se supedita siempre al poder tiránico de los demagogos que las proponen de espaldas al mundo, es el de la inmigración.

Para empezar, en este aspecto, como en todos, para asegurar su hegemonía y fingir superioridad moral, juegan siempre al maniqueísmo. Ellos poseen la verdad absoluta y son los buenos y quienes no les acatan se convierten de inmediato en ultraderechistas y fascistas.

Desgraciadamente para mí, yo creo en la razón, la realidad y el sentido común y, al contrario que esos apóstoles de la progresía, me codeo con gusto con todo tipo de gente, desde los más bajos estratos sociales a los más altos (antes más, últimamente solo veo a los ricos de lejos) y ello me aporta una perspectiva más amplia y certera.

Y debo decir que no soy excesivamente optimista en cuanto a la inmigración.

Pondré dos ejemplos que hablan por sí solos. Por razones que no hacen al caso, mantengo cierta amistad con algunas adolescentes de origen marroquí, hijas, por lo tanto, de inmigrantes, que han nacido y se han criado en España, donde han gozado de todos los derechos y beneficios que el país otorga a sus naturales. Uno llegaría a creer que estas chicas se sentirían identificadas con España o, al menos, experimentarían una cierta simpatía por ella. No sucede así. Hablan español, se han librado del hiyab, estudian, a sus dieciséis y diecisiete años están lejos de verse obligadas a un matrimonio forzado…pero jamás pronuncian la palabra España. Y, cuando se refieren a ella, es siempre con desprecio y el pulgar hacia abajo sin querer escuchar qué habría sido su vida de no haber salido de Marruecos. Si esto es así con estas chicas, y no son las únicas que he conocido en semejantes circunstancias, imagínense qué sucederá con los chicos a quienes, además, imbuyen en las mezquitas de los valores coránicos directamente enfrentados a la igualdad entre sexos.

Si alguien ha soñado alguna vez con una integración posible es que no ha estado nunca a pie de calle. La estación final de este intento de asimilación es el ejemplo de Francia…y ya sabemos que conduce a la islamización y a la sustitución del elemento europeo por el africano.

Pondré otro ejemplo.

Conozco y suelo hablar con algunas asistentes y trabajadoras sociales que experimentan la realidad a pie de calle, en primera línea de fuego, y tampoco se muestran demasiado esperanzadas. En ellas, la ilusión y las expectativas de antaño se van convirtiendo poco a poco en pesimismo.

Estas amigas se ocupan de asesorar a eso que viene en llamarse menas subsaharianos, o sea: negros adolescentes africanos que llegan a España con la idea de enriquecerse rápidamente y regresar en Mercedes a sus aldeas.

El primer problema con el que se encuentran estos chicos, aparte de la ilegalidad de su acceso al país, es el de la educación. Cualquier joven español o criado en España ha pasado por la enseñanza obligatoria desde la infancia hasta los dieciséis años y, por lo tanto, les lleva una media de doce años de instrucción. Hasta el más tarugo de los educados en España aventaja al más avispado de los menas subsaharianos en más de una década de instrucción. Pero este es un hecho que los negros africanos no quieren escuchar ni aceptar…

Teniendo en cuenta dicho abismo educativo, incluso derivarlos a cursos de formación profesional que les garanticen unas mínimas posibilidades de encontrar un empleo medianamente útil a su supervivencia resulta muy difícil por no decir imposible. Están condenados de antemano, por mucho empeño que ponga el Estado, a ser temporeros de baja cualificación y, por lo tanto, a no alcanzar sus sueños perpetuándose en la marginalidad y el fracaso.

Por otro lado, su desconocimiento del idioma y de los usos sociales les aparta del contacto habitual con el resto de los ciudadanos que habitan España y los aísla en guetos autorreferenciales. De ahí que, cuando consiguen algo de dinero, en lugar de adquirir la ropa que vestiría cualquier español, compren prendas deportivas de vivos colores y marcas rimbombantes procurándose una apariencia llamativa y ridícula que incide de nuevo en el aislamiento y la dificultad de integración y consecución de un trabajo normal. Su propia ignorancia les condena, y no quieren escuchar, especialmente si son mujeres, las trabajadoras sociales, blancas quienes tratan de ilustrarles.

No entraré aquí, porque se nos va el tiempo, en los sudamericanos que, habiéndose criado e incluso nacido en España, no prescinden de las gorras de béisbol y los atuendos pandilleros y acaban integrados en bandas de delincuentes latinos.

Es triste decirlo, y hay que añadir que siempre existen excepciones, pero la perspectiva de la integración de los inmigrantes es pesimista.

La solución es que las mujeres españolas reasuman su papel biológico y social y se dediquen de nuevo a dar hijos a la patria…y aquí chocamos de nuevo con otro dogma fanático de la izquierda. Una izquierda manipulada y sostenida por nuestros enemigos.

Una izquierda que me tachará de fascista sin querer comprender que lo que expongo aquí no viene dictado por el odio ni por la ideología, sino por la experiencia y la observación objetiva. Al contrario que ellos, yo sí habito en los barrios obreros.

© Fernando Busto de la Vega.

ELOGIO DEL LIBERTINAJE (Y DEL HEROISMO CABALLERESCO)

Salvo por el hecho de que la fama negativa de los Borgia responde más bien a la xenofobia de los italianos contra una familia española que recogieron los protestantes para justificar su quebrantamiento del orden jurídico internacional (ruptura que les condujo entre otras cosas a naturalizar la piratería como acto comercial) y dejando aparte mi desdén por Orson Welles, a quien estoy lejos de considerar un genio (todo lo más un émulo tardío de las vanguardias europeas, especialmente alemanas) suscribo la frase que ilustra el vídeo de esta entrada («En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas , pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento; en Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, paz y democracia y ¿cuál fue el resultado? El reloj de cuco»). El puritanismo y el dominio gris de los comerciantes que constituyen la base del parlamentarismo liberal capitalista (que, por mucho que insista, no es ni se parece a la democracia) bloquea la creatividad (imponiendo una censura omnipresente a diversos niveles) y conduce a la decadencia moral, cultural y artística.

Es preciso, si queremos sobrevivir, librarnos del liberalismo y todas sus mentiras (incluida la de la igualdad, que es la más nociva de todas. Guste o no hay pueblos que hicieron y expandieron la Civilización y otros que todavía hoy se niegan a aceptarla y parecen incapaces de asimilarla y deben, por lo tanto, ser gobernados).

La moral calvinista del liberalismo capitalista, basada en el puritanismo bíblico y la codicia económica propia de los provincianos burgueses alemanes del XVI que se extendió con el protestantismo permitiendo el auge de clases desprovistas de educación, ayunas del sello glorioso de la caballerosidad medieval (no resulta extraño que los judíos fueran, a la postre, los grandes beneficiados del auge del protestantismo pues jamás se habían visto inmersos en la gloriosa tradición europea y helenística del héroe que devino en la figura del caballero, solo fueron especuladores y usureros y esa conculcación de los valores heroicos les vino como anillo al dedo para expandir sus negocios), es una forma de decadencia acentuada desde la Revolución Francesa y la caída del imperio español.

Y no debemos equivocarnos, la izquierda (incluyendo a progres y wokes) ha heredado ese germen de decadencia y la moral pacata del liberalismo, no olvidemos que Marx era un judío alemán crecido y educado en pleno Romanticismo, movimiento que significó la culminación de la mentalidad calvinista-protestante, y legó a sus émulos y seguidores toda esa moral decadente y puritana de la que todavía hacen gala los marxistas y afines. El anarquismo tiene la misma raíz, ergo la izquierda, incluso en su vertiente supuestamente más revolucionaria, cumple el mismo papel que el liberalismo capitalista: la degradación de la grandeza humana que conduce de cabeza a la decadencia social, moral y cultural.

Tenemos que cambiar de paradigma, retornar a la idea heroica y caballeresca, al paganismo que permite a cualquier ser humano alcanzar la condición de dios si demuestra la grandeza necesaria, al hombre que, manteniendo la ecuanimidad apolínea del nada en exceso, sabe que todo le está permitido y que las grandes acciones limpian por sí mismas las miasmas de los grandes placeres. Es preciso inaugurar la época salvaje de los héroes libertinos que nos conduzcan al nuevo nivel superior de civilización.

Sé que la mayor parte de vosotros no entenderá lo que estoy diciendo. Vivimos todavía entre tinieblas, pero yo confío en el Sol Invicto y en Cronos-Zerván, la luz regresará en forma de relámpago justo antes del alba.

© Fernando Busto de la Vega.

LA IZQUIERDA ESPAÑOLA Y LA INTEGRIDAD TERRITORIAL DE ESPAÑA

EL GOLPISTA Y TRAIDOR FRANCISCO LARGO CABALLERO (PSOE)

Un reciente ensayo del historiador Manuel Aguilera Povedano ha desvelado que el gobierno de Largo Caballero, bajo influencia comunista y, por lo tanto, convertido en marioneta del imperialismo soviético (que desde 1926 con su apoyo al complot de Prats de Molló siempre jugó a la desmembración de España ), se planteó la posibilidad de entregar las islas Baleares y Canarias a Italia y Alemania desmembrando así el país para dejar el resto en manos del imperialismo soviético bajo regencia de sátrapas hispanos afiliados al partido único (comunista).

Ya en 1873 los federalistas del cantón de Cartagena, después de reventar España en un sinfín de cantones que solo la efectiva intervención del ejército fue capaz de conjurar, pretendieron entregar la zona que controlaban a los Estados Unidos de América para escapar a su merecido castigo y seguir gobernándola.

En 1817 el general Mina viajó a Nueva España para ponerse de parte de los independentistas mejicanos y el general Riego, masón y liberal, sublevó en 1820 las tropas que iban a partir hacia América para dar un golpe de Estado en la península condenando la unidad ultramarina de España…Es una constante.

ETA surgió bajo el influjo de la URSS y utilizando su retórica anticolonialista, en los años setenta el comunista Antonio Cubillo, a sueldo de Moscú y Argel, luchó por independizar las islas Canarias, a día de hoy los partidos «izquierdistas» pactan y dejan medrar a los independentistas y muchos están a sueldo de los bolivarianos.

Hay un vicio constante, una amenaza permanente a la integridad de España y contra su legado civilizatorio en la izquierda española que deberá ser tomado muy en cuenta cuando el ilegítimo régimen de 1978 se convierta en el Estado fallido que está predestinado a ser y, con terrible esfuerzo y frente a indecibles enemigos y dificultades, consigamos restablecer el orden y un nuevo régimen fuerte y patriótico.

Esto no quiere decir, ni por asomo, que los Borbones y la oligarquía cleptocrática surgida a su alrededor desde 1833 merezcan mucho mejor trato. También son traidores y, lo que es peor, rémoras parasitarias de las que es preciso purgarse. El futuro de España no podrá construirse sobre bases del siglo XIX, XX o XXI. Un horizonte nuevo nos aguarda.

© Fernando Busto de la Vega.

UNA LECCIÓN DE LA GUERRA DE UCRANIA

La realidad es insobornable. Se puede falsear, y hay quien directamente tiene serios problemas de conexión con ella y no deja de moverse dentro de los límites estrictos de su percepción subjetiva, quien no sale de lo que quiere creer pase lo que pase a su alrededor y, para colmo, tienden a la prédica e imposición totalitaria de sus ensueños subjetivos al conjunto de la sociedad independientemente de lo que suceda ante sus propias narices. De estos (y, curiosamente, muy en especial de estas) tenemos en España muchos más de los necesarios y, encima, asociados, parasitan el Estado en todos sus niveles asfixiándolo y conduciéndolo a la autodestrucción. Es como si una plaga de gusanos nematomorfos, conocidos por llevar al suicidio a sus huéspedes, se hubiera extendido a lo largo y ancho del país ante la desidia del ilegítimo régimen vigente.

Decíamos, no obstante, que la realidad es insobornable y añadimos que cualquiera medianamente instalado en la sensatez y la correcta funcionalidad mental viene conminado por su propia estrategia de supervivencia a analizarla objetivamente y aprender de ella. Lo que está sucediendo en Ucrania, esa guerra cruel y salvaje, no puede dejar de ser un motivo de reflexión para nosotros (ya lo aseveraba la sabiduría popular desde antaño: cuando las barbas de tu vecino veas pelar…)

Y tenemos muchos, demasiados, barberos a nuestro alrededor, no solo Putin, también Marruecos y los islamistas que otean Al-Ándalus desde el Sahel.

Por lo tanto, nos conviene aprender rápidamente las lecciones que nos proporciona la guerra de Ucrania. De momento, principalmente dos: los factores de supervivencia nacional y de libertad que representan el patriotismo y la preparación militar de la sociedad. Sin ellos Ucrania hubiera sido arrollada por Rusia en los dos primeros días de guerra, pero no ha sido así.

Desgraciadamente, España se está adentrando en las peligrosísimas aguas del segundo cuarto del siglo XXI sin cuidar ni potenciar ninguno de esos dos factores, instalada en una retórica «progre» del pacifismo hippy que ya en su propio tiempo (segunda mitad del siglo XX, nótese el desfase temporal) se encontraba superado por la realidad (y abonado y financiado por oscuros intereses enemigos, por cierto en gran medida radicados en Moscú y Pequín, que siguen siendo nuestras principales amenazas).

Según las estadísticas más recientes y precisas, España solo dispone de 4000, sí, solo CUATRO MIL, reservistas (en 1989 eran dos millones y medio) y, para colmo, solo el 16% de la población estaría dispuesta a defender el país de una invasión extranjera. Ni que decir hay que así se llegó a la batalla del Guadalete. Estamos, básicamente, en estado terminal, muertos.

Voy a ahorrarme expresar el profundo desprecio y el asco infinito que me causan todos esos traidores derrotistas que se cruzarían de brazos en caso de una invasión, que se entregarían (y entregarían a sus mujeres, hijos, madres y hermanas, su propia libertad, su destino y su orgullo inexistente a los invasores que ya atisban al otro lado del estrecho o que se relamen desde sus todavía, pero no eternamente, lejanos nidos, atisbando nuestra debilidad) no quiero detenerme en eso. Siendo un hombre de honor, resulta evidente que solo puedo experimentar repugnancia por semejantes deshechos humanos que no merecen el glorioso nombre de españoles y a los que exijo desde aquí que renuncien de inmediato a su nacionalidad y abandonen el país.

Pero hay que ser prácticos: identificar a los culpables de esta situación y desplazarlos del centro del escenario sin obviar su merecido castigo, para revertir el actualmente ineludible ocaso al que nos dirigimos y restablecer la posibilidad de un amanecer brillante o, al menos, de la supervivencia como pueblo y nación. Desgraciadamente, la lista de culpables es enorme y poderosa.

Por supuesto, a la cabeza de esa lista se sitúa el propio régimen de 1978, diseñado desde el principio para el debilitamiento y disgregación de España y la larga serie de gobiernos ineficaces y corruptos que han gestionado a lo largo de décadas unas políticas orientadas al enriquecimiento de la oligarquía a costa del común de los españoles creando una profunda desafección hacia el régimen y los partidos que se traslada al concepto mismo de España que, a su vez, se ha permitido socavar tanto por los independentistas diversos a los que se les ha proporcionado patente de corso y libertad absoluta para combatir al Estado, como por determinadas corrientes izquierdistas vinculadas a intereses extranjeros y contrarias por definición a ese mismo concepto de nación convirtiéndose en fuerzas cancerígenas que han hecho su trabajo debilitador ganando de lejos la batalla propagandística mostrándose, todavía hoy, cuando algunos sectores han alcanzado el Gobierno, como adalides de la modernidad, el progreso y el antifascismo cuando, en realidad, son factores de destrucción y, por lo tanto, de retroceso, miseria y desamparo futuro. En la guerra solo hay dos opciones: o combatiente o refugiado. El pacifismo y el antiespañolismo solo conducen a convertirse en lo segundo, a perderlo todo. Es así. Lo hemos dicho: la realidad es insobornable, e implacable.

Por desgracia, el desinterés y la ineficacia del régimen, corroído por lobistas de la peor especie y cuyos gobiernos se han centrado principalmente en asegurar intereses económicos de determinados grupos mientras contentaban a las masas con discursos demagógicos y fuegos artificiales sobre lo que quieren presentar como modernización y progreso, ha permitido que no solo los medios de comunicación se hayan convertido en sumisos correveidiles de esos discursos hedonistas y disgregadores, también que el sistema educativo fuera permeado por ellos. Ahora los institutos, y sé de lo que hablo, he trabajado en algunos, están copados mayoritariamente por elementos (especialmente, y no deja de ser curioso, elementas) que a sueldo del Estado han establecido férreas dictaduras doctrinales donde se predica el odio a España, se falsifica la Historia, se impone el relato de la izquierda progre ( desde el feminismo radical al pacifismo absurdo), la contracultura de origen hippy y, mientras nuestros enemigos engrasan sus AK 47, aquí educamos tontos hedonistas «flowerpower» incapaces de ser útiles a sí mismos, a sus familias y a la nación.

Afirmo que uno de los grandes males que destruirán España en esta década, si no lo remediamos, son los profesores (e, insisto, muy especialmente las profesoras) de Educación Secundaria (y no creo que las de primaria estén libres de culpa) muchos de los cuales, para el remedio nacional, deberían ser cesados de inmediato y expulsados del sistema educativo dilucidando a posteriori sus graves responsabilidades como corruptores de la juventud.

Hay que cambiar y es preciso hacerlo hoy, no mañana.

© Fernando Busto de la Vega