En cualquier caso, esta madrugada, mientras trataba de conciliar el sueño con la humilde ayuda, no ya del aire acondicionado sino de un simple ventilador, me ha venido a la mente esta pregunta:
—Siendo que el consumo de energía es algo puramente privado; siendo, además, que como consumidor pago esa energía a precio de usura (a causa de la incuria del Estado y sus sucesivos gobiernos que han tolerado y fomentado el chiringuito oligopólico de las operadoras energéticas y que a estas alturas todavía no las ha nacionalizado encarcelando a sus corruptos dirigentes abismados en la explotación del pueblo y en la especulación más indigna e inmoral) ¿Qué derecho tiene ese mismo Estado a imponerme la cantidad y el modo de utilización de dicha energía? ¿Pretenderlo no es a la vez un signo de incompetencia, de connivencia con los especuladores y de pura y simple tiranía?
Sí, claro, tienen toda una panoplia de argumentos moralmente plausibles para justificar sus actos. Pero solo son propaganda y excusas vacías para esconder su incompetencia, su corrupción y su autoritarismo.
Y es peor de lo que parece, porque resulta que todo esto viene a cuenta por la notoria incompetencia de los rapaces alemanes que, después de insultarnos y robarnos a manos llenas durante la crisis de 2008 (provocada en gran medida por su incompetencia y su avaricia) ahora tratan de esconder su fracaso convirtiéndonos una vez más en cabezas de turco y deudores de su mala gestión.
¿De verdad queremos seguir siendo socios de esa gente? ¿De verdad nos sirve para algo la Unión Europea?
Al final han sido unas cuantas preguntas más de las que prometía el título, pero todas ellas procedentes.
Y, para colmo, la sandía a precio de caviar…también por la incuria gubernamental.
Parapetados sobre la ficción ultratecnológica en la que nos desenvolvemos (que concebida desde una perspectiva de dominio cultural y explotación social, ayuna de neutralidad y en absoluto dispuesta para nuestra evolución personal o social lejos de mejorarnos como individuos y como especie, nos lastra y nos conduce a la involución), miramos al pasado con soberbio y pomposo desdén, considerándonos muy lejos de nuestros ancestros. Pero lo cierto es que vivimos en pleno neolítico.
Nuestra mentalidad es plenamente neolítica y la última vez que se modernizó fue en la Edad del Bronce. Puede parecernos otra cosa, pero estamos lejos de ser modernos y mucho menos avanzados.
Vivimos todavía en el paradigma del crecimiento infinito en esa ideología que la Biblia especifica en el «creced y multiplicaos» y en la idea de que el mundo está hecho para la expansión de la economía humana. Cito a la Biblia en este punto, pero es una idea común, puramente neolítica, extendida por todas las culturas y ámbitos del mundo y que ha permeado a las «modernas» ideologías (liberalismo, marxismo) que no son sino una evolución laicista de la superstición teocrática neolítica con modificaciones de la Edad del Bronce que conforma el paradigma en el que vivimos.
Pero la realidad ha derribado ya esa creencia. Sabemos ahora que el planeta permite tan solo un crecimiento limitado y que es preciso dejar grandes espacios abiertos al desarrollo libre de un medioambiente intacto. Sabemos también que debemos adaptar nuestro crecimiento y nuestro número a los recursos que podamos aprovechar dentro de lo razonable.
Sabemos, además, que el neolítico procede en el fondo de una oportunidad climática que, según todos los indicios, se acaba. Entramos en una nueva era ( diría yo que no mejor) y esa debería ser la principal preocupación de la humanidad. En lugar de eso vemos a los líderes religiosos (a todos sin excepción ) reafirmándose en los dogmas absurdos y ya superados de sus religiones neolíticas con modificaciones de la Edad del Bronce y a los líderes políticos impulsando políticas puramente insertas en el pensamiento neolítico ya periclitado.
Si nos fijamos en las actitudes de Estados Unidos, China y Rusia veremos que las grandes superpotencias, lejos de ocuparse del cambio de era que ya vivimos, siguen ancladas en mentalidades arcaicas (desde el dogma del crecimiento infinito al del domino fáctico) que nos conducen a la destrucción.
El neolítico acaba, las estructuras antiguas ya no nos sirven. Vivimos ante una dicotomía cada vez más acuciante: extinción o salto evolutivo. Desgraciadamente, ninguna de las estructuras políticas, estatales, sociales, religiosas o culturales del momento nos sirven para evitar la extinción y nos lastran a la hora de lanzarnos al necesario y salvador salto evolutivo.
Cada vez somos menos inteligentes y estamos más manipulados, la inercia política de las grandes estructuras estatales, ideológicas, económicas y religiosas nos arrastra sin remedio. Ansío el salto evolutivo, pero dudo mucho que seamos capaces de darlo.
El neolítico se acaba y con él parece que nos acabaremos también nosotros.
Cuando la violación se convierte en una opinión política al servicio del totalitarismo de determinados grupúsculos que han colonizado el poder, todo se vuelve turbio, escabroso y despreciable.
Mientras Gobierno y prensa están usando la histeria generada por una oleada de dudosos pinchazos en discotecas para hacer ruido sobre supuestas violaciones mediante sumisión química que, en realidad, no se producen (por cierto: he conocido algunas chicas que sufrieron violaciones mediante sumisión química, pero, y esto no lo dice la gritona y sesgada ortodoxia del Ministerio de Igualdad, también chicos), pasarán por alto un escándalo que se extiende por toda Europa aprovechando que estos hechos en concreto se han producido en Polonia.
Una chica de 14 años ha sido torturada y violada por instigación de una mujer de 39, delante de otras tres chicas de su misma edad que animaban y vitoreaban al violador mientras una de ellas lo grababa todo con el móvil.
Una mujer y unas adolescentes instigando y jaleando la violación de otra adolescente. No es un caso frecuente, pero tampoco extraño. Yo conozco casos incluso en los que el violado era un chico. Pero de esto no se habla, se esconde bajo la alfombra porque la realidad, ya lo sabemos, destruye la Verdad Oficial de las feminazis que aspiran a establecer una dictadura violenta, salvaje y castradora.
Como el caso del irlandés violado en Valencia del que dábamos cuenta hace poco más de un mes, de este tampoco hablará, salvo honrosas excepciones, la prensa, es más: nos lo ocultarán en la medida de lo posible.
Esa es la gentuza totalitaria y mentirosa que se llama feminista. Con esos argumentos torticeros nos imponen sus leyes. ¿Hasta cuando lo consentiremos?
Llevo meses quemándome las pestañas en libracos endiablados para conseguir aprender algo de las nuevas doctrinas militares de los Estados Unidos. Es preciso conocer estas cosas para comprender el presente y el futuro.
En principio, el asunto puede parecer emocionante y, cuando uno se adentra en toda esa jerga grandilocuente y pretenciosa de los analistas gringos (guerra mosaico, guerra multidominio, guerra en enjambre…) parece que se mueve en un horizonte nuevo de ultratecnología aplicada e ideas rompedoras. No obstante, una vez desmontada la parafernalia lingüística esparcida por los autores a guisa de cortina de humo para justificarse ante quienes les pagan como distinguidos especialistas e intelectuales, las nueces defraudan en comparación con el ruido.
Resumiendo mucho, podemos decir que los analistas estadounidenses, después de veinte años de análisis y cotorreo han descubierto a los Bersaglieri de La Marmora ( y, sobre todo, de Garibaldi), que, por otra parte, no son otra cosa que una copia de los voltigeurs napoleónicos, o, para mejor decir, la batalla de Esfacteria.
Esfacteria fue una batalla que tuvo lugar en el 425 a.d. C. en la isla de ese nombre y en la que los hoplitas espartanos (infantería pesada de orden cerrado) fueron derrotados por los peltastas mesenios (infantería ligera que luchaba en orden abierto) al servicio de los atenienses, lo que no dejó de significar una enorme humillación porque muchos de estos peltastas eran antiguos ilotas, esclavos de los espartanos, huidos y alistados en las filas atenienses.
Mientras sostuvo la hegemonía en el orden cerrado y el poder de las grandes plataformas de combate y de maniobra, Estados Unidos peleó como todos los imperios de la Historia: privilegiando el orden cerrado sobre el abierto. En las guerras asimétricas eran los otros quienes debían recurrir al orden abierto y las estrategias guerrilleras (desde los siux en el siglo XIX hasta los vietnamitas en el XX y los yihadistas en el XXI). En el fondo no eran sino la transliteración de las guerras coloniales al espejismo militar e imperialista yanqui.
Ahora eso ha cambiado. Rusia, China e incluso Irán amenazan con igualar la capacidad de los Estados Unidos en el orden cerrado y los gringos intentan pasarse al orden abierto para sobrevivir en combate. Nada nuevo.
Lo nuevo es que intentan hacerlo poniendo en el escenario de combate enjambres de pequeñas plataformas de combate (drones, robots…) interconectados y operados en tiempo real por una inteligencia artificial que permita tomar decisiones autónomas a los diferentes comandantes que estructuren el campo de batalla. Se trata de una táctica audaz, y que puede resultar revolucionaria…si no sucumbe a la cacofonía. Muchas voces y muchas líneas de acción entremezcladas en un combate pueden conducir a una Babel catastrófica. Veremos.
Eso sí: nosotros, siempre a la vanguardia, estamos comprando tanques, caza-bombarderos y grandes barcos de guerra, esa es nuestra línea de aprovisionamiento. En otras palabras: llevamos veinte años de retraso.
Y, por cierto: eso de fundar el Ejército del Espacio…¿Es solo una etiqueta o España está tomando medidas efectivas para implementarlo? Personalmente pienso que lo primero. Es triste.
Estoy empezando a estar harto de leyes «progres» que tienen como función última limitar mi manera de pensar, lo que puedo decir o hacer o el modo en que debo comportarme. Al decir esto, y es un efecto secundario del pensamiento totalitario que anima a ciertos colectivos, muchos me tildarán ya de facha y de derechista. No lo soy (abjuro de todo sectarismo y me opongo a cualquier forma de tiranía, sea azul, verde o roja). Ahora, en los días que corren, la tiranía que más amenaza, la dictadura que va imponiéndose subrepticiamente, es la roja, por eso es esa la que hay que combatir en primer lugar.
Lo primero que debemos advertir es que el totalitarismo izquierdista no es en absoluto inocente y derivado de una ingenua sobreactuación de jóvenes idealistas exaltados. Nos enfrentamos a la vieja (data de 1945-1948) Táctica del Salami según la cual, rodaja a rodaja, los partidos comunistas se quedaron con la totalidad de los Estados donde fuerzas contrarias no lograron frenarlos. Y, por cierto, que no establecieron precisamente democracias ni llevaron libertad ni prosperidad a sus pueblos. Porque esa es otra: si te proclamas defensor del proletariado y en lugar de conducirlo a una era de prosperidad lo condenas a décadas de miseria, algo falla. Y para quién quiera enmendarme la plana en este punto, dos ejemplos: Cuba y Corea del Norte. Y en cuanto a la forma de tratar al pueblo y la libertad de los ciudadanos ahí están, sin agotar el elenco: las purgas de Stalin, los millones de muertos de Mao, Pol Pot…
Lo segundo es que ellos mismos saben que carecen de implantación, que la sociedad en su conjunto, salvo en escasísimo porcentaje decreciente, repudia sus imposiciones y está lejos de convertirse en su vía de ascenso al poder. Por ese motivo andan desesperados buscando ampliar sus bases electorales con todo género de clientelismos, desde el patrocinio que pretenden ejercer sobre el colectivo LGTBI (a cuyos miembros están lejos de favorecer con ello, solo a ciertos colectivos subvencionados y a radicales histéricos—o histériques— que perjudican con sus actos y declaraciones la convivencia pública y, por lo tanto, a los miembros de a pie de sus propios colectivos estigmatizados en su vida cotidiana por el fanatismo de los predicadores a sueldo del régimen), o las mujeres (cuya representación se limita a las alharacas de los grupúsculos organizados afines al poder adquirido por los izquierdistas), la idea absurda de reducir la edad de votación a los dieciséis años o de admitir toda una caterva de neodamois procedentes de la inmigración, y no suficientemente españolizados, en el censo electoral.
Saben que son minoritarios, pero están decididos a ocupar el poder, a utilizarlo para regar con subvenciones a sus organizaciones títeres e ir escalando peldaños hasta poder imponer su hegemonía indiscutible al modo más estalinista posible. Es así, la estrategia es clara para cualquiera que no sea estúpido.
Mientras tanto, limitan cuanto pueden la libertad de pensamiento y de palabra (no hay más que ver esa aberración doctrinal y totalitaria que es la Ley de Memoria Democrática que están imponiendo, o el modo en que se alían con los independentistas para permitirles imponer del mismo modo versiones aberrantes y falsas de la Historia para favorecer su conquista del poder estatal) y censuran el comportamiento social introduciendo leyes destinadas a hacer prevalecer dictatorialmente su ideología de género y otras similares y a dividir a la sociedad para crear un escenario artificial de buenos y malos en los que ellos, erigiéndose en adalides de los «buenos», puedan auparse al poder.
Hoy por hoy, y desde el desafortunado momento en que Rodríguez Zapatero alcanzó la presidencia del Gobierno en 2004, la izquierda representa un verdadero peligro de dictadura y está llevando a cabo un golpe de Estado paulatino. Evidentemente, es preciso frenarlo.
Desgraciadamente, dentro del ilegítimo régimen liberal que padecemos, esta certeza nos deja en manos de otro sectarismo no mucho mejor.